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ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 — Cobre y silencio
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19: Capítulo 19 — Cobre y silencio 19: Capítulo 19 — Cobre y silencio El segundo día de encuentros cerró con el golpe de bronce del Gong del heraldo.

El rumor de la arena se volcó en las calles como una marea tibia.

Vasir salió con Kael y los suyos por la escalinata oriental.

El aire de Drakhalon olía a aceite de lámpara, a pan dulce y a metal lavado.

Rynn iba delante, con ese paso elástico de quien aún pelea con la adrenalina.

—Si nos vuelven a poner con capitalinos, yo quiero ver la cara que pondrán cuando… —empezó, y Taren le dio un toquecito con el codo: “respira”.

Lira mascaba la rabia en silencio; sus dedos, inquietos, dibujaban chispas diminutas en el aire que se apagaban antes de nacer.

Ilya miraba las fachadas, anotando mentalmente símbolos, un tic académico: “dos runas de drenaje en esa canaleta… y ese sello de humo es antiguo”.

Orven caminaba junto a Kael, vigilando la piel del brazo nuevo como si fuese una vasija recién cocida.

Kael apretó los labios; cada tanto abría y cerraba la mano, como si no terminara de creer la textura de su propia carne.

Drakhalon, la “ciudad olvidada del reino”, se encendía en estas semanas como si recordara otra vida.

En Lumenbajo, las callejas habían brotado tenderetes que solo existían durante el torneo, caballetes de vidrio con perfumes que cambiaban de color según el pulso del comprador; dados de hueso que rodaban solos si uno les susurraba una apuesta; lamparillas rúnicas con alientos de canela; planchetas que, al tocarlas, exhibían mapas de arena con las trayectorias de los duelos del día.

Desde los balcones se asomaban los hilos de la ropa común de siempre —camisas moradas que habían visto demasiadas noches—, y al lado, izadas por puro orgullo, banderolas nuevas con símbolos prestados de la Torre.

La contradicción era tan drakhalonense como el pan con sal de hierro en las plazas.

—¿A esa cola?

—Rynn señaló una hilera que doblaba la esquina.

—Ñoquis de bazo con caldo de hueso —dijo Taren, casi reverente.

—Paso —Lira frunció la nariz—.

Busquemos otra posada antes de que me desmaye.

La posada apareció cuando el barrio del mercado se abrió como una mano, La Posada del Aro de Cobre, hecha de piedra vieja, vigas negras, y sobre la puerta un aro de metal al que alguien había injertado tres runitas discretas, una para templar el frío, otra para espantar roedores, otra para que el humo hiciera un remolino hacia arriba y no tiznara el techo.

Dentro, el mundo era madera, voz y vapor.

Una dueña de brazos fuertes llevaba tazones; un muchacho con delantal corría con una bandeja de pan de algarro y estofado de garbanzos; en el rincón, una lámpara con mecha de agua ardía silenciosa, alimentada por un sello de capilaridad.

—¿Mesa para seis?

—preguntó la dueña.

—Siete, si Drakmag nos acompaña —dijo Kael, y la forma en que lo dijo dejó claro que no aceptaría un “no”.

Vasir asintió.

Se sentaron.

La madera crujió con ese crujido amable que tienen las cosas usadas.

Llegó una sopa clara con cítricos y sal de hierro; pan; un guisado de mijo con tripa de cerdo para los valientes; cerveza rubia que no olía mal.

—Tal vez no peleemos mañana —comentó Vasir, calmando el ansia de Rynn con una frase de profesor—.

No es costumbre.

Suelen dejar dos o tres días para que los vencedores recuperen cuerpo y cabeza.

—Mejor —murmuró Lira—.

Así puedo afinar el pulso.

—¿Y tú qué harás?

—preguntó Orven, directo.

—Tengo asuntos en mi tienda de alquimia —respondió Vasir.

Las cucharas se quedaron a medio camino.

—¿Tu tienda?

—Rynn casi se atraganta—.

O sea, ¿de ahí sacaste…?

Kael no dijo nada, pero todos vieron el destello de entendimiento y una aritmética mental la tienda igual a ganancias igual a pociones imposibles.

—No es lo que creen —Vasir sonrió con una tibieza que no era ironía—.

El Frasco Reluciente es un local pequeño.

Vendemos pociones básicas.

Lo reabrimos hace poco.

Y el intendente es apenas un alquimista de segundo grado.

Los cinco se quedaron con la boca entreabierta, suspendidos entre la decepción y el desconcierto.

Lira fue la primera en cerrar la boca.

—Pues… el nombre suena bonito —resolvió.

Comieron.

Hablaron de detalles minúsculos de los duelos —esa “Y” de Maelis, el brillo en el brazal de Aeren, la curva del Filo de Llama Blanca—.

Se rieron a ráfagas cortas.

Al salir, el aro de cobre sobre la puerta zumbó apenas y la noche les devolvió sus sombras.

Se despidieron en el quicio.

—Mañana paso —dijo Kael.

—Si no estoy, dejen recado —respondió Vasir—.

El Frasco Reluciente no muerde.

La ciudad bajaba su volumen con la naturalidad de un animal que sabe dormir ligero.

Vasir tomó la calle de los tintoreros y dobló hacia el callejón de las Lajas.

Notó la cola de inmediato, respiraciones dobladas a veinte pasos, peso lateral sobre la suela, el ritmo de alguien que aprende a no sonar, pero su sombra no miente.

Dio una vuelta más, y otra, y otra; se metió en una culata sin salida, una callejuela vieja como la lluvia.

Dos capuchas cayeron del muro como pájaros sin canto.

Cuchillos curvos de luz en las manos.

—¿Quiénes son?

—preguntó Vasir, con sobresalto fingido.

—Fórmulas —dijo el de la izquierda, la voz áspera de un fumador de carbón—.

Las de la tienda.

Sabemos que tú eres el dueño.

No grites.

—Las pociones me las dio mi maestro —Vasir tragó saliva—.

Él es el único que sabe prepararlas.

—Entonces tendrás recetas —dijo el de la derecha, casi amable—.

Cuando tu maestro no está, ¿qué vendes, aire?

Vasir bajó la mirada.

—Las tengo.

Pero por orden de él, es imposible entregarlas.

Las capuchas se rieron de un modo que no tenía humor.

—Si no hay receta, hay cadáver —dijo el áspero—.

Somos de la Mano de las Sombras.

Encargo especial.

Cliente importante.

Vasir sonrió.

—¿Y si me dicen quién los contrató?

Les doy la receta.

—No damos nombres —replicó el otro—.

Reglas.

Además, te la sacaremos de una manera u otra.

—¿Están dispuestos a morir por esa receta?

—preguntó Vasir, casi curioso—.

¿Y cómo sabrán que la receta que les doy es verdadera?

El silencio de los dos tuvo el breve aroma de la duda.

Luego se enderezaron como si los hubiese tirado de un hilo el orgullo.

—Después de una sesión de hechizos de verdad —sonrió el áspero— y un Buscador de Alma, nadie miente.

Vasir suspiró.

—La Mano de las Sombras sigue siendo vil.

El Buscador destroza la mente.

Lo deja en vegetal.

—Costo del trabajo —dijo el otro, desenvainando espadas de viento.

Vinieron a la vez, cortando el aire con filos de presión.

Vasir apenas inclinó el torso; los dos cuchillos rozaron su camisa.

Con un gesto breve, levantó del suelo dos pilares de roca que embistieron desde los flancos.

Los capuchas se replegaron, lanzando un muro de viento; la piedra masticó el aire, se astilló en cascadas y aún así les raspó los hombros.

Sangre en tela negra.

Se miraron, encendidos.

Cambiaron de tono.

El de la izquierda trazó un vórtice de viento —una rosca de presión— dejando en el centro un hueco casi sin aire, un gradiente limpio que succionó la humedad.

El de la derecha, en sincronía, conjuró un proyectil de tierra usando el hueco como cañón, al bajar la densidad de aire en el centro, reducía la resistencia; el viento exterior golpeaba en espiral, colimando la trayectoria.

La matriz era elegante: viento ordena, tierra acelera.

—…Decente —pensó Vasir.

Alzó la mano.

No llamó tierra, condensó metal, una aguja ferrosa con cola de aleta.

Dos hileras paralelas de limaduras se extendieron como raíles delante de él, flotando a un palmo del suelo.

Un chispazo recorrió la noche, Vasir robó electricidad del ambiente (fricción en piedra, humedad, el filo de las lámparas) y impuso un diferencial de potencial a lo largo de los raíles.

La aguja tembló; el empuje Lorentz la tomó con hambre.

—Aguja de Inducción —susurró, y soltó.

El disparo partió el aire con un zumbido seco.

El proyectil de tierra de los capuchas se evaporó en una nube caliente antes de tocarlo; el vórtice colapsó como un toldo que pierde su mástil.

La aguja atravesó pierna y pierna con entrada y salida, y los dos hombres cayeron como muñecos mal atados.

Aun en el suelo, mordiendo el jadeo, los capuchas llovieron hechizos: flechas de viento, dientes de grava, un látigo de polvo.

Vasir desarmó cada uno tocando su estructura: un nodo que entraba tarde, una línea que llevaba carga de más, un pliegue sin cierre.

Velocidad imposible… para un mago de su edad.

—No se puede procesar así —escupió el de la izquierda, con pánico—.

A menos que use Mente Ágil.

Eso solo lo hemos visto en unos pocos del grupo… Vasir arqueó una ceja.

El nombre no era de este siglo.

En su tiempo, Mente Ágil —alteración de sinapsis por microdescargas— apenas contaba unos mil años.

¿Aquí… ya?

Interesante.

Cerró la mano.

Metal líquido subió desde los charcos de su propia aguja disuelta y de los clavos oxidados de la pared; modeló un domo hermético.

Una lámina de agua se levantó dentro del domo hasta el pecho de los hombres.

Vasir tocó el exterior con dos dedos; una corriente blanda recorrió el agua.

Los gritos rebotaron y se apagaron en la piedra.

—Nombres —dijo, sin levantar la voz.

—¡No…!

—jadeó el áspero—.

¡Jamás…!

Vasir paró la corriente.

Abrió el domo un palmo.

Posó las manos en las sienes de ambos, con una delicadeza que asustaba más que la violencia.

—No usaré Buscador de Alma —murmuró—.

Esto es otra cosa.

El hechizo causo un tapping de sinapsis en el hipocampo, inducciones suaves que forzaban la reactivación de engramos como quien repasa una palabra con el dedo hasta que vuelve a salir.

El campo eléctrico siguió la arquitectura natural, potenciales de acción, umbral en las neuronas piramidales, sincronía en bandas cortas.

Cuando la red “recordó”, Vasir solo leyó el patrón y lo tradujo en imágenes simples.

Un sello de mano negra sobre un sobre carmesí.

Un patio con arcos.

Un nombre.

—Kerris Vaust —dijo Vasir, abriendo los ojos—.

Hijo de Seldren Vaust.

La buena Receta.

Los dos se quedaron helados.

Era el tipo de sorpresa que no esperaba compasión.

—Gracias —dijo Vasir, y retiró las manos.

Los dejó vivos.

El domo se hundió en el suelo con un suspiro de metal cansado.

El callejón volvió a ser un lugar para los gatos.

El Frasco Reluciente olía a vidrio limpio y a especias humildes.

Las estanterías, reabastecidas hacía poco, ofrecían tonificantes, antiácidos, analgésicos de raíz… y demasiados frascos vacíos.

Jhon, el viejo, estaba en el mostrador con una vela de mecha de agua.

—Llegas tarde, muchacho —dijo, y la arruga en su frente estaba más honda—.

Los suministros están retrasados.

—¿Quién debía traerlos?

—Un grupo de aventureros, los Fénix de Qaelum.

Se les pagó por adelantado.

Deberían haber estado aquí esta mañana.

Vasir frunció el ceño.

—Esperaremos hasta mañana.

Si no llegan, iré al Gremio a preguntar por ellos.

—Hay otra cosa —dijo Kelvin, Recolector de Esencias (Grado II) y aprendiz de Vasir, quien regenta El Frasco Reluciente cuando él no está, asomándose desde el cuarto de atrás con las manos manchadas de arcilla filtrante—.

La Casa de Subastas Martillo de Ámbar se comunicó con nosotros.

Quieren hablar con el dueño.

—Iré mañana —respondió Vasir—.

Primero, el inventario.

Luego, la subasta.

Se quedó un momento con la mano sobre el mostrador, midiendo las sombras de las botellas, escuchando el latido de la ciudad detrás de la puerta.

Kerris Vaust de la Buena Receta.

Hijo del hombre que había convertido la alquimia en una cadena de tiendas con sonrisa de oro y colmillos de cuenta.

¿Todo esto —los Fénix retrasados, la casa de subastas, la Mano de las Sombras— era obra suya?

Apagó la lámpara de mecha de agua con dos dedos.

El vidrio devolvió, por un instante, su propia sonrisa.

Luego, la noche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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