ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 — Un conocido
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20: Capítulo 20 — Un conocido 20: Capítulo 20 — Un conocido La mañana abrió con un cielo bruñido y aire que sabía a cobre; las nubes, finas como virutas, dejaban pasar un sol templado.
Lumenbajo vibraba, puestos improvisados, pregones, pasos que iban y venían con prisa nerviosa; Desde la calle de la Casa de Subastas Martillo de Ámbar se alcanzaba a ver, por encima de los tejados, la cúpula de la arena con sus números flotando como luciérnagas, allí el orden de los siguientes duelos, el murmullo de las gradas llegaba hasta allí—oleadas de “¡oooh!” retrasadas por los muros de piedra—, mezclado con el chasquido de carros y el metal de los cerrojos abriéndose.
Vasir tomó rumbo a la subasta… o eso creyó.
Dos guardias cruzaron las alabardas en la puerta.
—Nombre.
—Drakmag Corvenant —dijo—.
Quiero ver a un supervisor.
Uno de los guardias entró a comprobar; el otro, como una estatua de cuero y hierro, vigiló el flujo de gente, mercaderes con planchetas de arena, niños con molinillos que giraban por sellos de pulso mágico y no por viento, mensajeros con tubos de pergamino marcados con cera.
Un carruaje ligero se detuvo frente al umbral, tirado por caballos de Gueurem.
No eran comunes, eran un cruce estable entre los pura sangre de guerra del ejército —pecho ancho, pulmones largos, nervio templado bajo el fuego de hechizos— y los Zions, raza elfa criada para dar pisadas silenciosas en el adoquín, con tobillos elásticos y un instinto de ruta que evita trampas y cristales rotos como si oliera la geometría.
Crines de color hilo oscuro, arnés con remaches grabados en sellos de estabilidad; ojos atentos que parecían leer la calle.
Saltó un muchacho del interior: mago de grado 2, nivel 5, de edad pareja a Drakmag, alto para sus años, delgado, cabello negro planchado hacia atrás con aceite, cejas finas en arco de suficiencia; caminaba con un balanceo impostado que parecía pedir aplausos.
Llevaba un bastón encantado de talla caprichosa; madera negra con incrustaciones de latón, tres aros rúnicos en espiral y un ojo de cuarzo carmesí en la empuñadura.
Vasir miró, y con una ojeada leyó el sello de resonancia térmica, el amplificador de pulso y el disipador de vibración en la culata.
—Báculo de conducción estándar —pensó, en seco—.
En mi tiempo servían para que los niños jugaran a magos; aquí parece símbolo de poder.
El muchacho lo miró con una mueca de desdén heredada.
—Eh, Drakmag —alzó la voz—.
¿Vienes a pedir limosna?
Vasir lo miró.
Nada más.
—¿O te comieron la lengua las ratas de tu casa?
—insistió, gozoso.
Silencio.
El gesto tranquilo de Vasir lo enfureció.
—Creo que necesitas otro repaso —dijo, elevando el bastón.
—¡Alto!
—tronó el guardia—.
Sede de la Casa de Subastas Martillo de Ámbar.
Nadie arma escándalo en su puerta.
El muchacho se tensó y, al instante, cambió de máscara.
Se cuadró, exagerado.
—Nerian Vaust —se presentó—.
De La Buena Receta.
—¿A comprar o a consignar?
—preguntó el guardia.
—A consignar.
Mi hermano mayor, Kerris Vaust, Alquimista de tercer grado de La Buena Receta, envía una poción para la subasta del fin de semana.
Uno de los artículos principales —dijo con devoción y una sonrisita dirigida a Vasir.
—Adentro.
Nerian hizo un gesto despectivo al pasar.
Entonces el primer guardia volvió.
—Puede entrar, Joven Drakmag.
El encargado lo espera.
Dentro, el mármol olía a cera y tinta fresca.
El corredor al que lo guiaban era el mismo por el que avanzaba Nerian.
El muchacho lo vio y enseñó los dientes.
La estancia de recibo tenía vitrinas de vidrio plomado y balanzas de brazo triple.
Un hombre de barba bien peinada, ojos de cian pobre y manos con manchas de tinte rúnico aguardaba.
—Bienvenidos —dijo, voz que sostenía la sala—.
Maestro Tharel Morn, alquimista de quinto grado, nivel primero.
Segundo en esta ciudad en nuestro arte.
Nerian hizo una reverencia.
Presentó un frasco.
Tharel lo sostuvo ante una lámpara de mecha de agua; las pupilas le cambiaron de tamaño una vez.
—Fulgor de Batalla —dictaminó—.
Induce recuperación de resistencia durante treinta segundos.
La mezcla purga ácido láctico, oxigena con microalientos y sella fugas de energía muscular en el sarcolema, de modo que un guerrero puede repetir sus golpes pesados en una ventana breve sin pagar la factura inmediata.
Buen producto; tendrá buen precio.
Nerian volvió el rostro hacia Vasir, sonrisa estirada.
—¿Y El Frasco Reluciente qué trae?
Tharel miró a Vasir y extendió la mano.
El olor a trampa estaba en el aire: si sacaba algo menor que lo de La Buena Receta, el golpe al nombre de su tienda sería público.
—Maestro —dijo Vasir—.
¿Fue usted quien me llamó?
Tharel frunció apenas.
—No.
Me avisó el Regente Marius, supervisor de consignaciones, que usted estaba “emocionado” por traer una poción.
Y que vendría hoy.
La risa de Nerian fue un cascabel desagradable.
—Es obvio que El Frasco Reluciente no tiene nada que aportar.
Tranquilos: podemos cubrir ese puesto —sacó otro frasco—.
Condensación Elemental.
Explico, es un estabilizador de transición para magos que intentan subir de peldaño.
Compacta la matriz elemental del usuario —fuego, agua, aire o tierra— reduciendo el rechazo entre capas y la retroalimentación caótica; al mismo tiempo sincroniza pulsos de maná con una frecuencia guía.
El resultado, más posibilidades de cristalizar el avance con menos colapso de núcleo.
Un treinta por ciento adicional de éxito para practicantes con base media.
Tharel no disimuló el brillo en los ojos.
—Valioso —admitió.
Vasir negó con un gesto leve.
—Maestro —dijo—.
El Frasco Reluciente es tienda nueva, sí.
Pero no permitiré que su casa liste pociones malas.
Los dos lo miraron, entre ofendidos y confundidos.
“Malas” no era palabra que se usara ante productos así en Drakhalon.
—¿Malas?
—Nerian casi rió—.
Ya quisieras… No alcanzó a terminar.
Vasir sacó de su capa una botella ámbar.
El líquido, espeso, brillaba miel con puntas de oro viejo.
Tharel la tomó con cuidado de cirujano.
El olor le cambió la respiración.
—Gotas de Rocío de los Dioses —susurró—.
Recupera resistencia y acelera su regeneración por un minuto.
Cinco veces un Fulgor de Batalla, sin el desgaste de retorno.
Nerian se quedó con la boca abierta.
—Maestro, ese frasco es muestra de cortesía para Martillo de Ámbar… y un obsequio para usted —añadió Vasir, franco—.
Lo que deseo consignar es esto.
Sacó otro frasco.
Zafiro profundo, casi nocturno.
Tharel lo puso a la luz.
No reconoció el trazo de aromas ni la firma de disolventes, pero la densidad, la resonancia y el pulso en el vidrio eran inequívocos.
—Joven Drakmag… esto es… —Poción de Comprensión Nucleica —dijo Vasir—.
Aún no existe en nuestros catálogos ni en rutas de comercio.
Es una formulación que mi maestro anticipó en notas privadas.
Su propósito es permitir, en cualquier transición entre peldaños básicos y medios, que el núcleo del mago entienda la arquitectura que debe adoptar, no fuerza el salto, solo abre el patrón correcto.
Con ello, la tasa de ascenso puede rozar el setenta por ciento en practicantes aún sin preparación.
Tharel inspiró hondo.
Habían pasado por sus manos anclas de alma, esencias de invierno, tónicos de sangre; no sabía qué era, pero sabía cuánto valía, un calibre incalculable.
—La Casa de Subastas Martillo de Ámbar —dijo entonces, solemne— situará esta poción como artículo principal del fin de semana.
El precio de salida…
no menos de dos millones de monedas de oro imperial.
Nerian hizo un ruido entre risa y arcada.
Dos millones era medio año de la mejor sucursal de su cadena.
—Acepto —dijo Vasir.
Tharel inclinó la cabeza.
—Trataremos al Joven Drakmag como invitado de honor.
Nuestro pregonero dará el marco debido.
Y, si no es indiscreción, me gustaría estudiar una gota, de esta poción, solo la huella.
—Después de la subasta —acordó Vasir—.
Y bajo sellos, si es posible.
Nerian recogió sus frascos con manos tercas.
No dijo “adiós”.
El mármol tomó su sombra y la devolvió más pequeña mientras se apartaba.
Tharel acompañó a Vasir hasta el corredor.
—Un consejo —bajó la voz— Marius no mueve piezas sin incentivos.
Y los Vaust no juegan sin red.
Camine atento.
—Lo haré —respondió Vasir.
Cruzó la puerta al sol de media mañana.
El carruaje de Gueurem ya no estaba.
El martillo estilizado con su ámbar en el centro brillaba sobre el dintel.
A lo lejos, la cúpula de la arena mostraba un número nuevo, y el murmullo cambió de tono.
Vasir tomó camino hacia el Gremio de Aventureros.
Los Fénix de Qaelum seguían sin aparecer y su tienda olía a estantes vacíos.
Mientras avanzaba, pensó en Nerian, en el Regente Marius, en cómo una ciudad “olvidada” podía acordarse de la codicia con memoria perfecta.
Y en que, cuando el subastador gritara el primer número, La Buena Receta sabría qué se siente probar una medicina que no se vende en la estantería.
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