ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Cápitulo 21- Senderos y enjambres
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21: Cápitulo 21- Senderos y enjambres 21: Cápitulo 21- Senderos y enjambres Qaelum despertaba como quien no quiere pero no puede seguir durmiendo, con un alboroto que no era suyo, que venía desde la arena y se colaba por las grietas de la ciudad, como un susurro disfrazado de trueno.
Allá arriba, en lo alto de la cúpula, los números de los duelos flotaban como brasas encendidas, vivas y danzantes, y el rugido del público —ese “¡oooh!” prolongado que parecía viajar a lomos de la piedra— llegaba tarde, como si el sonido también se perdiera a ratos entre las calles.
En los cruces más estrechos, donde el sol apenas tocaba el suelo, los magos hacían lo de siempre: regatear con la desesperación bien disimulada, vendiendo fórmulas y cápsulas a cualquiera que pagara.
Algunos con túnicas tan gastadas que parecían cortadas a espadas y tiempo, otros con las manos tatuadas de runas que ya no brillaban como antes.
Frascos que cambiaban de color como humor de bebedor, píldoras viscosas que se tragaban sin mirar, como si el olvido fuera más necesario que el sabor.
Todo rápido, todo callado, como si el miedo tuviera cara y estuviera a la vuelta de la esquina.
Vasir pasó por ahí sin decir una palabra.
Ni los miró bien.
Bajó dos calles, giró en una esquina polvorienta, y siguió recto, alejándose de la cúpula como si el ruido le estorbara.
Sabía a dónde iba.
El Gremio de Aventureros no era para perderse.
Estaba por la salida sur, esa por donde se escurrían los que querían nombre, gloria o al menos monedas suficientes para no dormir con el estómago haciendo ecos.
Allí se tejía la fama con sangre seca y promesas rotas: encargos de cacería, misiones de escolta, favores sucios que nadie más quería hacer.
Y cuando las rutas estaban limpias y las criaturas no saltaban desde las sombras, partían caravanas rumbo a Vaelmar, donde el mar olía a hierro y el comercio a sal cara.
El edificio del Gremio no necesitaba ser grande para que se notara.
Su peso no venía de las piedras, sino del respeto ganado a fuerza de cuerpos que entraron y no volvieron.
El emblema —una lanza cruzando un círculo como un sol reventado— seguía ahí, arañado por los inviernos y las miradas de los nuevos.
Dentro, un mostrador de madera que crujía como si recordara cada trato, y detrás, estanterías tan organizadas que daban miedo: armas pulidas, armaduras con más remaches que adornos, frascos alineados como soldados antes de una batalla.
Y a pesar de ser una sucursal pequeña, de esas que uno esperaría ver medio vacías o mal equipadas, todo parecía listo para una guerra que aún no llegaba.
Balanzas con tres brazos para pesar más que metales, listas de contratos sujetas con planchetas clavadas como sentencias, y un mapa que contaba historias sin decir una palabra, cubierto de alfileres de colores y cordeles que marcaban rutas, peligros y quizás destinos que albergaban fortunas.
La encargada tenía esa edad indefinida donde uno ya aprendió a sonreír sin pensar, no para venderte algo, sino porque la vida enseña a usar la sonrisa como abrigo y como arma, unos treinta, tal vez algo más, con el pelo recogido en un moño y con la paciencia de quien lo ha hecho mil veces, mirada tranquila, voz clara.
—Bienvenido.
¿Inscripción o contratación?
La pregunta salió sin apuro, como quien abre una puerta que ya ha abierto cien veces.
Vasir, sin decir mucho, inclinó apenas la cabeza.
El gesto no era de nobleza, más bien de respeto, miro a aquella mujer, quien vestía un delantal de cuero, el moño en el cabello color rojo, ojos grandes y almendrados, un cuerpo algo robusto.
—Drakmag Corvenant.
Busco al grupo de mercenarios Fénix de Qaelum.
La encargada no pestañeó, sonrió y asistió como si ya lo esperara.
—Los fénix he, en estos días hay mucho movimiento buscándolos a ellos— dijo sin pestañar, —suelen estar en su base— respondió —Tuvieron problemas con sus encargos al parecer, no eres el primero que viene a buscarlos y no han regresado desde ayer— —Estoy esperando una entrega suya.
Suministros para mi tienda, — dijo Vasir.
Ella asintió, lo miró detenidamente, —eres muy joven para dirigir una tienda— dijo.
Vasir se encogió de hombros y no dijo nada más.
La encargada negó con la cabeza, sacó una tira de pergamino, mojó una pluma y garabateó rápido, con la mano firme, con la costumbre de quien escribe más direcciones que cartas de amor, trazo unas líneas.
—A diez kilómetros de la Puerta Sur, por la calzada vieja que va junto al barranco, si ves un mojón marcado con un fénix y una flecha de obsidiana, ya está ahí, no tiene pierde— dijo a la encargada.
Vasir tomó el papel, observo la letra impecable, asistió he hizo una pausa.
—Su nombre, por favor— le dijo a la encargada.
—Saira Tenel.
Y sin previo aviso, como quien ofrece algo sin esperar respuesta, Vasir sacó una pequeña botella de vidrio ámbar, tapada con un corcho.
Se la tendió sin mirar —Por las molestias— dijo.
Ella la recibió, sin pensar, por pura educación, hasta que el olfato habló más fuerte, dio una mirada al frasco, lo subió a su nariz, apenas destapó, aspiró una bocanada corta y algo se le movió en sus ojos.
—Gracias… —murmuró, muy sorprendida.
Vasir asintió y se fue sin girar, dejando a Saira con la botella en la mano.
La Puerta Sur exhalaba ese olor que solo existe en las fronteras, hierro, salvia y un poco de polvo caliente, quemado por el sol, detrás de aquel sendero, Qaelum quedaba como una promesa que ya no se cumpliría, con sus techos de pizarra y su ruido prestado, por delante, el sur, una cinta gris que se deshacía entre coladas de basalto, maleza seca y piedras con ganas de ser cuchillas.
El camino no era amable, se veían las raíces, que lo partían, los incendios producidos en las batallas lo habían vuelto vidrio por tramos, y a un lado se abría el barranco como una boca sin dientes, dispuesto a tragar sin avisar.
Vasir caminaba como quien ya ha hecho ese recorrido cien veces sin preocupaciones, el camino era largo mientras caminaba, pensó por un instante fugaz, en comprar un carruaje tirado por un Gueurem, imaginó el traqueteo del arnés, el balanceo del eje… descartó la idea al segundo, no tenía cochero, ni tiempo, ni ganas de explicar a alguien sin conocimiento, cómo se trataba a un animal que podía partir un muro con la frente.
Este tipo de sendero pensó… te enseña a caminar o te hace desaparecer.
El sol trepó poco a poco al horizonte, el calor se volvió seco, una hora y media después, mientras caminaba, lo sintió, era un temblor leve en el suelo, como dedos tamborileando bajo tierra, venía de un ángulo muerto, justo al borde del barranco, avanzaba como una flecha curva hacia él.
Vasir se detuvo, el aire traía algo raro, como yeso húmedo, como piel vieja de pergamino guardada en una caja cerrada durante mucho tiempo.
—Cavapiedras de Vael —se dijo, sin emoción.
El recuerdo de aquel animal llegó solo, con la precisión de quien había estudiado hasta el cansancio.
Eran criaturas de lomo chato y patas duras, cubiertas de placas que vibraban como tambor tribal, viajaban bajo tierra, masticaban roca como si fuera pan y atacaban en enjambres que no dejaban rastro, el primer aviso del ataque era el silencio, el segundo la vibración, el tercero… ya no importaba.
Sin dudar, sacó de su bolsa una botella pequeña, de vidrio opaco, la lanzó frente a sí.
El chasquido seco rompió la quietud, liberando una nube densa, verde azulada, que olía a cobre mojado y resina vieja, era Fumígeno de Cuprina, una mezcla diseñada para cortar la nariz de cualquier criatura sensible al olor Los Cavapiedras no lo soportaban, lanzaron Chillidos que sonaban como platos rotos, rasparon los túneles, y huyeron en manada por donde habían venido, el suelo dejó de vibrar, pero no del todo.
Porque ahí, entre dos matas de tomillo retorcido, junto a una roca con vetas blancas como hueso limpio, yacía un cuerpo, era un hombre, con armadura rota, cuero desgarrado, sangre vieja ya seca en los labios, muy golpeado pero vivo, apenas.
Vasir se acercó sin hacer ruido, como si el silencio fuera más importante que la prisa, se arrodilló, tocó la piel, y sintió el pulso, aquel hombre tenía suerte, los Cava piedras no lo devoraron aunque por la pérdida de sangre, tenía ese tono que a los sanadores les hace negar con la cabeza.
Sacó una poción común —de las que se venden el su tienda—, alzó la cabeza del herido con cuidado y llevo aquella botella hacia su boca y le hizo beber.
—Dos sorbos.
El hombre apenas tragó, en silencio, luego, como si la carne se acordara de su función, las heridas empezaron a cerrarse en los bordes, la temperatura volvió al cuerpo, el pecho subió más firme con el compás de la respiración, Los ojos de aquella persona se abrieron, estaban turbios, lentos, como si salieran de un pozo sin fondo.
Miró a Vasir… Y como un resorte, se echó hacia atrás, con la mano izquierda temblorosa lo apuntaba, y una espada en la otra, aquel temblor subía por el filo del arma apuntando al corazón de Vasir —¿Quién eres?
—escupió—.
¿Estás con ellos?
Vasir no respondió, solo frunció una ceja, sin moverse un milímetro.
El viento del barranco trajo el eco lejano de lucha, un milano giró en lo alto, dibujando su firma invisible en el cielo, el humo de cuprina se disipaba, hecho hilos pálidos que ya no quemaban las narices de aquellos cavapiedras.
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