ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 — Bajo el basalto
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22: Capítulo 22 — Bajo el basalto 22: Capítulo 22 — Bajo el basalto El filo de la espada temblaba, sí, pero no lo suficiente como para que Vasir pensara en retroceder.
La punta seguía fija, justo al centro del pecho, como si buscara el latido.
—Soy, Drakmag Corvenant —dijo, sin elevar la voz, sin adornos—.
Vengo a buscar los cargamentos que debían llegar a mi tienda hace dos días.
El otro no parpadeó, ni aflojó la muñeca.
—¿Tienda?
¿Qué tienda?
—El Frasco Reluciente.
Yo soy el dueño.
Y ahí, el gesto de aquel hombre se torció un poco, lo miró con una mezcla entre burla y sorpresa, como si el mundo le hubiese contado un chiste que no hacía gracia.
Un crío de unos doce inviernos no más, con pelo sin barba… ¿dueño de una tienda de alquimia?
Tragó el prejuicio, pero se le notó.
—Quien seas… llegas en mal momento —gruñó, manteniendo el filo donde estaba—.
Los Fénix estamos… hasta el cuello.
Iba a seguir hablando, pero la memoria le pisó los talones, su rostro cambio al recordar algo, bajó los ojos, despacio, tocándose el costado con los dedos torpes.
Allí donde antes la carne era abierta con grandes heridas, ahora no había más que piel cerrada, en su lugar la costra, el dolor…
¿dónde?
Algo se encendió en su mirada.
—¿Cómo es posible…?
Hace nada yo… era comida de cavapiedras, miro hacia Vasir y preguntó Dijiste… ¿Drakmag, no?
Me diste algo.
¿Qué fue eso?
—Infusión de Aliento Vital.
Estándar —respondió Vasir, como quien dice la hora a alguien—.
Una de las básicas.
Se vende bien en mi tienda.
El tipo lo miró con ojos nuevos.
—¿Entonces… eres alquimista de verdad?
Vasir no dijo que sí, solo asintió.
Breve, aquello era suficiente.
La espada, por fin, bajó, el hombre la enganchó en la cintura, y con las manos aún un poco temblorosas, estiró la espalda, y bajo la guardia —Bren Talvek —dijo—.
Jefe de escuadra, vanguardia.
Segundo pelotón de los Fénix de Qaelum, dijo mientras se acercaba tendiéndole la mano a Vasir en muestra de saludo.
—Drakmag Corvenant—Dijo Vasir, como si esas solas palabras fuera todo lo que alguien necesitara saber de él— entonces… ¿Cuánto falta hasta tu base?
—Tres kilómetros, al sur de la calzada vieja —respondió Bren, con un vistazo hacia la parte más oscura de las coladas— pero la distancia no es el problema, dijo Bren rascándose la nuca mientras miraba hacia donde había venido.
—Ya me lo imagino—dijo Vasir.
—¿Cómo los alejaste?
— preguntó Bren señalando con la barbilla los túneles, la grava suelta, el polvo que aún flotaba en el aire como ceniza viva.
—Fumígeno de Cuprina —dijo Vasir, sacando del manto una botellita opaca—.
Me quedan cuatro, Funciona con especies que usan el olfato para leer el suelo.
Les arranca la nariz por dentro.
A los cavapiedras les rompe el alma… y el rumbo, Los ojos de Bren se iluminaron en aquel momento —¿Cuatro bastan… para muchos?— —Para abrir camino, sí.
— Dijo Vasir, para romper enjambres pequeños también servirían, pero si toca despejar un cerco… necesito más material, puedo hacerlos rápidamente, pero necesito suministros.
Bren lo miró como quien ya está sumando nombres de plantas, frascos y posibilidades.
—Los Fénix necesitamos ayuda —dijo al fin, con la voz rasposa de los que han hablado poco, pero cargado mucho—.
Hace tres noches nos atacaron.
No uno o dos enjambres… Eran muchos más venían desde abajo, haciendo túneles, muchos de ellos y por los túneles, entre ellos… había algo más.
Era algo que no era un cavapiedra, era una bestia que se movía como si fuera una sombra.
No la pudimos cazar.
Ni el Santo, ni Mara, ni el Volcán.
Vasir no lo apuró, pero tampoco lo soltó con la mirada.
Bren tragó y siguió.
—Salimos diez a pedir refuerzos.
Mara — la segunda— nos abrió una ventana.
Avanzamos dos kilómetros, como pudimos, pensamos que lo habíamos logrado, pero fue un error, era una trampa, no más.
Nos tomaron el rastro otra vez.
Hizo una pausa, como para ajustar el pecho adolorido.
—Éramos diez.
Ledor y Mavik iban adelante.
Una vibración nos subió por los pies, y Ledor… —chocó los dientes— cayó.
Se lo tragó la tierra hasta la cintura.
Mavik lo jaló, salieron… pero uno sin pierna.
Sorell y Hesk, del ala sombría, armaron las flechas con hilos de maná.
La primera paso directo al túnel, la segunda erró con un zumbido extraño, en eso lo vimos una mano, no era una mano, era algo liso, frío, como vidrio, nos sorprendimos aquello… cortó la cuerda.
Thir trató de fundir el suelo con un hechizo de fuego, pero la bestia lo empujó desde abajo, en eso se escuchó aquel sonido… como cuando se parte el hielo, estaba muerto Thir, en solo un instante, Radd desesperado cubrió la retirada, nos gritó que corriéramos y corrimos, yo… llegué hasta donde no vi a nadie más tras de mí, estaba muy asustado, hasta que aquello me alcanzo de nuevo, se veía como un humano, su piel era extraña como si nunca se hubiera puesto al sol, desesperado trate de seguir corriendo, mientras miraba detrás buscando al resto… el resto… no quedó resto, pensé que lo perdí, o dejo de seguirme, en eso, los cavapiedras me rodearon, trate de luchar como pude, pero me hirieron de gravedad en uno de sus primeros ataques, estaban organizados y eran muchos.
El viento barrió las matas de tomillo, y el barranco, como si también hubiese escuchado, soltó un murmullo de piedra profunda.
Vasir dejó que el silencio se sentara con ellos unos segundos, luego habló.
—Los cavapiedras no planean.
Muerden por impulso.
Si hacen cortes precisos, si esperan ventanas… es porque hay mente detrás, esa es una firma, algo que da la orden, podría ser un humano con… un núcleo de control, algo vivo, pero… no del todo.
Bren lo miró sin entender del todo, pero igual quería seguir hablando.
—Ahora que lo dices en un inicio, Valek se abrió camino entre los cavapiedras hasta que la hoja se le volvió roja, Mara nos sacó a golpes en un momento de la encrucijada, pero parecían esperar, fue allí que Varin no logró clavar una flecha; el aire se curvaba frente a la punta, como si algo estuviera interrumpiendo, nunca vimos algo así.
—Enséñame el camino —dijo Vasir, sin dudar.
Bren recogió la espada, se estiró el cuello hasta que tronó y asintió.
—Sígueme—, dijo Bren y ambos iniciaron su viaje juntos hacia la base de los Fénix de Qaelum, uno volviendo con un rostro compungido, por aquel camino que lo había atormentado hace no mucho, y el otro avanzando por el sendero como si lo que estaba en frente no le importara.
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