ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 — Ojos en la piedra
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23: Capítulo 23 — Ojos en la piedra 23: Capítulo 23 — Ojos en la piedra Al llegar, la colina respiraba con un cansancio viejo, como si ya hubiera visto demasiadas derrotas y estuviera aprendiendo a convivir con ellas, desde el recodo de la calzada se veía casi todo, aquellos muros vencidos hacia adentro, los árboles arrancados de raíz, aquel monasterio convertido en fortaleza estaba aguantando a puro orgullo, la piedra clara tiznada de hollín en las cornisas, y esos dos balcones del bastión principal que seguían en pie gracias a vigas nuevas que parecían estar rezando para no partirse El suelo habló antes que los hombres, siempre habla primero, los cinturones de tierra levantada, boquetes redondos, marcados surcos en espiral, todo eso dibujaba un cerco paciente, cada latido del subsuelo abría una ventana, la cerraba, y la empujaba hacia un lado, un poco más allá, una y otra vez, como si alguien estuviera moviendo piezas en un tablero que solo él ve, el patrón no olía a instinto, olía a cálculo se podía ver en el doble anillo y los radios hacia el centro junto con pasillos que se rozaban sin cruzarse, cortando las rutas de fuga.
—La única entrada es romper el anillo —dijo Bren, con esa voz ajustada de quien no se puede permitir gastar fuerza ni en un suspiro—.
Si intentamos cruzar a pie, estaremos rodeados de cavapiedras.
Vasir alzó la mano, despacio, y el aire le hizo sitio como si lo reconociera, susurró Ojo de mago, casi sin mover los labios, y cinco esferas pálidas le nacieron de los dedos, se abrieron como pájaros bien adiestrados: una subió sobre las torres, otra se deslizó hacia las barracas, otra fue a la herrería hundida, otra al comedor sin techo, y la última flotó sobre el cinturón de vidrio frente al bastión, la imagen no tembló, su pulso tampoco, a otros el hechizo les daba, con suerte, para sostener dos, tres si estaban dispuestos a sangrar por dentro, él sostuvo cinco cerrando los ojos, mientras las imágenes se dibujaban en su mente, eran como imaginar cosas, solo que estas cosas, estaban allí, cinco a la vez.
Las barracas ya no eran barracas, eran huesos, quedaban costillas de madera recortadas contra el cielo y un ala entera colapsada sobre catres que sobresalían como dientes torcidos, en un muro, las armaduras seguían colgadas de clavos, quietas, varias atravesadas por estacas improvisadas, como si alguien hubiera intentado clavar a los fantasmas para que no se fueran con los suyos.
La herrería mostraba chimeneas rotas, una hundida hacia adentro, claro indicio de que algo había empujado desde abajo, sobre el empedrado brillaban charcos de escoria vitrificada con un tono azulado incómodo, ahí habían intentado sellar túneles a fuego y martillazos, la cicatriz del vidrio contaba la historia: el trabajo fue correcto, pero llegó contra reloj, y no alcanzó; era la firma de un mago de fuego, —ha de ser ese tal Neus, el Volcán— pensó Vasir.
El comedor era una boca abierta al viento, un cascarón, el techo se vino abajo en diagonal y dos vigas medio quemadas seguían agarradas de donde podían, tercas, sobre mesas volcadas, tazones con caldo seco y pan endurecido bajo una capa de ceniza esperaban bocas que ya no iban a volver, el aire olía a mezcla de carne quemada, metal lavado a prisa y salvia hecha trizas bajo botas nerviosas que dejaron marcas de salir a toda prisa.
La Sala de Pociones no explotó, no, se notaba que lo que hizo fue implosionar, el techo cónico estaba atravesado como por una lanza que al parecer hubiera subido desde las entrañas de la colina, alrededor se observaban círculos de sal incompletos, algunas runas y frascos rotos dibujaban una defensa levantada tarde, entre vidrios había restos de hierbas prensadas, todo repetía lo mismo, faltó un latido, solo uno, para llegar a tiempo.
La enfermería resistía a medias, ganando por puntos, la estructura blanca mostraba grietas como venas oscuras y ventanas sin cristal, el jardín de hierbas curativas parecía arado, pero no por manos de alquimistas o aprendices, sino por camillas que se movían apresuradamente con el miedo, bajo una pérgola, estaban allí, camastros alineados que sostenían los cuerpos vendados de muchos heridos, por aquí se veía una tableta de menta, por allá un cataplasma sobre piel viva, un grupo de cubos metálicos hervían agua con ayuda de pequeñas runas de capilaridad, algunos magos ayudaban entre los escombros, tratando de que, al menos, la salud de aquellos hombres no se les muriera en las manos.
Entre edificio y edificio, las líneas de alarma de los Fénix se habían quedado mudas, cordeles bajos con campanillas que ya no sonaban, en varios postes el cordel aparecía cortado a bisel, limpio, sin un solo hilo deshilachado, un corte frío, quirúrgico, el rastro claro de aquella “cosa” ese animal capaz de curvar el aire con sus ataques, aquí partía hilos sin que nadie oyera el tajo.
El cinturón de vidrio volcánico rodeaba la puerta principal en dos anillos incompletos que devolvían un cielo roto en pedazos, en las grietas donde el vidrio no alcanzó a cerrarse del todo, los boquetes parecían respirar, a ratos, una lengua de grava se asomaba, tanteaba la superficie, y se retiraba otra vez, arriba, en los balcones, sombras disciplinadas se movían al compás de una rutina muy gastada: una silleta de ballesta que ajustaba ángulo, un reflejo de acero que entraba y salía, un destello rojo sosteniendo la presión de conjuros que cerraban donde podían, no donde querían, las cosas pitaban mal.
En un borde del anillo, una flecha de Varin había quedado atrapada en el vidrio; el hilo de maná, cortado a bisel, brillaba como una vena muerta.
En el balcón oriental, una figura de guardia marcial marcaba señales cortas —Mara no dejaba que el ritmo se rompiera.
Vasir abrió los ojos en ese momento, la niebla obediente se plegó como tela y el mundo volvió a una sola capa, Bren lo miraba todavía, con una mezcla rara de alivio y espanto, conocía el hechizo por oficio, en los Fénix algunos magos que ayudaban en el reconocimiento de terreno solían usarlo, pero nunca lo había visto sostener el hechizo así, como si fuera tan fácil como parpadear, incluso Neus era incapaz de crear cinco a la vez.
—Hay demasiados heridos en la enfermería —dijo Vasir, sin subir el tono—, y el bastión aguanta colgado de un hilo.
Bren asintió; su cara mostró temor y preocupación: —¿Tienes… algún plan?
—Primero, iremos por ingredientes —respondió Vasir—.
En la Sala de Pociones quedan restos que sirven, con eso puedo preparar más Fumígeno de Cuprina si hace falta, solo me quedan cuatro frascos listos, después vamos hasta la enfermería.
—Funciona —dijo Bren, sin discutir, como quien se agarra a la primera cuerda sólida—.
Te cubro Vasir sostuvo un frasco entre los dedos, el vidrio opaco parecía más pesado junto al temblor del suelo, desde allí se veía como el cerco volvía a abrir y cerrar su marca, con la paciencia de un verdugo sin prisa, así que bajaron del recodo y se metieron en la zona marcada por aquellos túneles, el primer paso crujió como hielo fino, casi imperceptible, el segundo sonó a leve golpeteo, el tercero… el tercero ya formaba parte del plan.
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