ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 — Fauce y matraz
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24: Capítulo 24 — Fauce y matraz 24: Capítulo 24 — Fauce y matraz Bren marcó la ruta hacia la sala de alquimia y echó a andar primero, sin dudar, el pasillo abierto entre ruinas contaba lo suyo sin necesidad de voces: flechas partidas con las plumas chamuscadas, hojas de espada hundidas de canto en las junturas de piedra, hebillas arrancadas, charcos marrones secos alrededor de huellas que ya no tenían dueño, mitades de grebas retorcidas como si la propia tierra las hubiera masticado y escupido, a un lado, un broquel con el fénix pintado pero ya sin ojos, al otro, un carcaj volcado con dos astiles clavados en el techo, como si las flechas hubieran intentado escapar por arriba cuando ya no se podía por abajo, el aire olía a metal lavado a toda prisa y a ungüentos que se habían quedado a medio untar sobre piel viva El temblor llegó sin aviso, un golpecito sordo en el hueso del tobillo, casi un susurro, Vasir apartó a Bren de un empujón seco, el suelo se abombó, se hinchó como un pulmón enfermo y se abrió en fauces, la losa tragó al joven mago de un bocado justo donde Bren habría estado un segundo antes —¡No!
—rugió Bren, sin pensarlo, garganta primero y razón después Clavó los pies, arrastró el aura hasta la hoja y alzó el acero con la cintura de quien ya convirtió el cuerpo en herramienta, Bren Talvek no era un recluta cualquiera, llevaba la faixa de bronce flexible en la cadera, el cinto de los Forjadores del Camino, rango tres del Val’Kaari, subrango Dominante, sus pulsos sabían romper placas, sabían aguantar heridas sin que el cuerpo se derrumbara por dentro El cavapiedras tembló, algo adentro se sacudió como un resorte mal atado, un vórtice rojo y blanco reventó hacia arriba desde su cabeza, detrás vino una bocanada de calor que olía a sílice abrasada y, al instante, el bicho explotó en pedazos, como si alguien hubiese pateado un montículo de vidrio caliente Vasir estaba de pie justo donde habían estado las fauces, intacto, ni polvo en los hombros, lo envolvía una luz rojiza muy tenue, pegada a la piel, como un suspiro de fuego que se quedara a dormir sobre él —Ma… manto de fuego —alcanzó a decir Bren, con la espada aún en alto Conocía ese hechizo por verlo en el Volcán Neus durante los asedios, cosa de magos altos, de los que ya han quemado la mitad de su vida a cambio de poder, y tragaba maná como fragua abierta, ¿cómo demonios lo estaba sosteniendo un crío?
Vasir soltó un poco de aire, casi nada —Peligroso, casi me come —dijo, con el mismo tono con el que otro comentaría que casi pisa un charco—.
Y tú, ten más cuidado.
Bren cerró la boca de golpe, dudó un momento entre reír, insultar o arrodillarse, no hizo ninguna de las tres, solo asintió, con una mezcla rara de vergüenza y alivio mordiéndole la lengua, no sabía qué decir, ni cómo reaccionar a lo que acababa de ver, aquel chico no era simple, no podía serlo, cinco Ojos de mago sostenidos como si nada, ahora un Manto de fuego, y encima alquimista, desde cuándo Qaelum tenía rondando a un joven así sin que los Fénix lo supieran, con el grupo de inteligencia que tenían, con todos los ojos que ponían en la ciudad, si hubiera existido un genio joven, alguien tendría que haberlo mencionado, pensó, y sin embargo ahí estaba, delante de él, respirando tranquilo.
A medida que el corazón le bajaba al pecho, la mente de Bren se le fue despejando, pensó en los suyos, en el cerco, en la base medio caída, y en Vasir plantado entre ruinas, y entonces algo se le encendió por dentro, una chispa, una nueva luz de esperanza se le instaló en los ojos mientras miraba al muchacho, tal vez ese crío no solo serviría con frascos y recetas, tal vez sería la diferencia también en combate real.
El grito que Bren había soltado en aquel momento ya les había ganado miradas desde el subsuelo, el temblor cambió de pulso, se hizo más atento, más fino, Vasir descorrió un tapón, esparció un Fumígeno de Cuprina, el humo verde-azulado se derramó por el suelo y abrió un hueco en el cerco como si alguien borrara una línea mal escrita en un mapa, los bichos se retiraron con ese chillido de plato roto que el oído aprende a odiar rápido La sala de alquimia —o lo que quedaba de ella— apareció entre dos muros torcidos, la cúpula cónica había desaparecido, el techo lucía un boquete limpio, vertical, lanza hacia arriba, el piso mostraba círculos de sal cortados a la mitad, marcas rúnicas sin cerrar y un rosario de frascos reventados que habían pintado el suelo con colores que no estaban pensados para mezclarse, algunas manchas verdes que olían a mentol, un olor agresivo, manchas amarillas con componente ácido y dos charcos azules que pedían vidrio nuevo para ser embotelladas nuevamente a gritos, alguien había intentado defender el lugar a la carrera, sellar el suelo, montar un cordón de vapores y estrellar botellas en secuencia, pero habían llegado tarde por un latido, uno solo —Sirve —dijo Vasir, ladeando apenas la cabeza, los ojos ya habían escogido qué restos valían sin necesidad de tocar nada.
—¿Vas a preparar la poción aquí… mismo?
—preguntó Bren, sin disimular la duda.
—Sí, aquí mismo —respondió Vasir, sin mirarlo siquiera.
Le pidió a Bren que hiciera guardia, el Fénix echó un vistazo rápido al entorno, lo suficiente para saber por dónde podrían venir, y luego se plantó en la puerta rota, de reojo, sin poder evitarlo, seguía vigilando al chico, Vasir había recogido del suelo un matraz con el borde astillado, dos recipientes de cuello ancho y una pinza con un brazo medio suelto, Bren negó con la cabeza en silencio, aquello parecía un chiste malo de laboratorio El muchacho encajó el matraz, acomodó los recipientes, y encendió una llama diminuta en la yema del índice, el fuego se comportó como un perro bien entrenado, quieto, atento, sin hacer ruido, luego revisó los ingredientes dispersos, no pesó, no midió en las balanzas, solo al ojo de mercader al parecer improvisó, arrancó pequeñas porciones con la uña, las olió, dejó que la fragancia le contara la pureza, machacó con un trozo de viga, un palo duro convertido en mazo improvisado, y llevó la pulpa a un hervor que no silbaba, cada vez que el vidrio pedía menos calor, la llama se comprimía hasta quedar en hilo, cada vez que la mezcla pedía aire, la llama se abría en abanico sin tocar el borde del vidrio Bren frunció los labios, incómodo, había visto preparar pociones al alquimista del grupo, Edrun Salvek —grado tres, estabilizador de reacciones, maniático del peso, del tiempo y de los decimales—, aquello no se parecía en nada a su método, esto parecía improvisación pura, una herejía de taller, “esto va a dar agua sucia, con suerte”, pensó, y si las botellas que cargaba el crío eran buenas, eso era cierto, seguro se las habría dado su familia, o algún maestro de su casa, no había sido creada por sus manos.
El matraz cambió de respiración, como si el líquido adentro hubiera decidido que ya era otra cosa, Vasir moduló la llama y se puso a destilar como quien canta bajito para sí mismo, sin darse importancia, no había pasado una hora cuando ya tenía cinco frascos opacos alineados, llenos de Cuprina lista, Bren miró hacia otro lado, empeñado en pensar que el chico había fallado con las primeras mezclas y solo jugaba a guardar líquidos para no admitir su fracaso, “frente fuerte, corazón inseguro”, se dijo, intentando encajar al chico en algo que conociera Entonces lo vio preparar otra mezcla, eligió hierbas que Bren no reconocía, virutas de un metal pálido, dos gotas de un concentrado ambarino que había rescatado del borde del boquete, ya algo molesto, Bren refunfuñó: —No perdamos más el tiempo, te quedan tres pociones, debemos ir a la enfermería, puede que Edrun siga con vida, si le das la fórmula de tu elixir para contener cavapiedras, seguro nos ayudará.
Vasir no respondió, estaba demasiado hundido en la concentración, respirando al ritmo del matraz.
Quince minutos después, el líquido se volvió de un azul nítido, con un destello interno breve y rítmico, como un corazón pequeñito latiendo en vidrio —Eso es… una poción de maná básica —murmuró Bren, casi con desdén, pero no del todo—.
¿Has terminado?
Vasir asintió, sin explicaciones, vertió el azul en dos frascos limpios, guardó las cinco Cuprinas, se colgó los dos frascos azules al cinto y miró hacia la ladera, donde el temblor hacía vibrar la ceniza como si respirara al revés —A la enfermería —dijo, y echó a andar.
Bren tomó aire por la nariz, vamos dijo.
La incredulidad se le había agotado por exceso.
Alzó la espada, colocó el cuerpo entre las sombras y se movieron rumbo a la enfermería.
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