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ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Capítulo 25 — Vidrio y respiraciones
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25: Capítulo 25 — Vidrio y respiraciones 25: Capítulo 25 — Vidrio y respiraciones Bren abrió paso hasta el recodo que daba a la enfermería; iba adelante, algo asustado, pero con el gesto de quien conoce bien el camino.

El suelo vibraba con un pulso fino, casi tímido, como si la colina respirara por dentro y cada exhalación arrastrara un puñado de grava, y algo de polvo salía de los cráteres que estaban a la vista.

Vasir caminaba pegado a él como una sombra; algo más adelante de ellos una hebra de polvo se levantó.

Desde esa distancia se podía ver el toldo de la pérgola, de la cual subía un olor espeso a menta hervida, hierro fresco y cataplasmas de salvia.

—¿Quiénes van?

—gritó una voz haciendo una pregunta.

Bren le dijo a Vasir en ese momento: —A cubierto.

Mara Greus apareció entre el vapor y las sombras, coleta oscura tirante, guardabrazos rayados, la espada a media funda, como quien no tiene intención de guardarla del todo.

Miró a Vasir de arriba abajo, sin prisa, pesándolo como se pesa un arma nueva.

No sonrió; tampoco hizo falta.

Era una mujer de cabello castaño hasta los hombros, una figura esbelta de piel clara, visiblemente quemada por el sol, ojos almendrados y vivaces; además se veían pequeñas laceraciones en diferentes áreas de su piel: eran los rasgos de la batalla.

—Bren, ¿dónde están los demás?

¿Y qué me traes?

Bren solo bajó la mirada, meneando la cabeza.

—Soy el único con vida —respondió, seco y sin adornos—, y este es por quien estoy vivo ahora.

Mara miró a Vasir de arriba abajo; no pudo ver nada extraordinario en aquel joven.

Dio una señal y, entonces, una sanadora les abrió la puerta del sitio, apartando cuerpos y trastos con el mínimo gesto.

—Varin, déjalo; son amigos —dijo la sanadora.

Debajo, sobre el vidrio, un boquete se veía, muestra del gran combate del que fue presa el lugar.

Desde allí, Neus se asomó desde detrás, tizne en la cara, ojos de haber discutido con el calor demasiadas horas seguidas.

Miró a Vasir; lo escaneó de arriba abajo, vio la ropa sencilla: este chico no portaba una vara o espada; su pecho no mostraba ningún broche.

Movió la cabeza en negación.

—No metas a un crío entre mis heridos, Bren —gruñó—.

No hoy.

Mara sostuvo la línea sin mover un músculo, como si hubiese puesto una mano invisible entre ambos.

—¿Cuál es tu nombre y cuál el motivo por el que estás aquí?

—dijo—.

Habla de una vez.

—Drakmag Corvenant —dijo Vasir sin titubear—.

Dueño del Frasco Reluciente.

Los ojos de Vasir estaban fijos detrás de Neus.—Y… si no tratamos ya, la niña de allí no verá el alba.

Neus se sorprendió un momento: no hubo réplica amable, ni chiste, ni resuello de más.

—¿Sabes de medicina?

—preguntó, curiosa, la sanadora.

—Sé algo.

Lo suficiente, creo —dijo Vasir.

—Traigan aquí a la chica —dijo la sanadora—.

Puedes verla, pero si sangra la herida, tú la cierras.

Vasir retiró la venda y la tablilla; la mordida quedó al aire: un óvalo con bordes festoneados por miles de microcortes, arena blanca con vetas pardas pegada a las comisuras.

No olía a pus; olía a piedra mojada.

La niña apretaba la tableta de menta sin soltar queja; eso, justo eso, era lo inquietante.

—Vas a soltar sílice en canal —advirtió Neus, clavado en el sitio—.

Si la mueves de esa manera, se desangra por dentro.

La sanadora miró a Vasir con desprecio en ese momento.

—Primero lo saco.

Luego sello —dijo Vasir.

No pidió permiso; solo generó un poco de agua del ambiente con maná, calentándola en su mano usando un hechizo de fuego concentrado en su palma para este propósito.

Procedió a verter el agua en la herida y, con el dedo, dibujó una runa de capilaridad inversa junto al borde de la herida.

El hilo de agua entendió el gesto y formó un cordón que tiraba hacia afuera sin quemar.

Acercó un frasco pequeño —era un líquido rojo— y dejó caer tres gotas rojas sobre la carne.

La solución templada agarró la piel y se abrió en hilos finísimos; al tocar los bordes, burbujeó apenas.

La herida respondió con un latido de vivo; de las comisuras empezó a salir arena en filigranas, pegándose al rojo como el hierro a un imán.

Esta vez la niña sí tembló de dolor.

—…Está sacando la sílice —murmuró la sanadora, como si no terminara de creérselo—, y esa forma de usar la magia para poder curar… es bastante peculiar.

(Años en el futuro la magia de sanación no solo era lo único que podía curar a los heridos: podía usarse magia “normal” de esa manera para tratar heridas en el campo de batalla cuando no había pociones lo suficientemente potentes para curar heridas.

Así se formó el primer grupo de magos médicos del imperio).

Vasir selló por dentro, no por encima, que era donde importaba de verdad: una diminuta llama abriéndose en abanico exacto durante dos latidos.

Suturas capilares hicieron el trabajo de sellado, sin espasmos.

Neus no habló en cinco respiraciones; se las tragó una a una; luego se tragó también el insulto que venía detrás.

—La coloración de aquella herida bajó, y ese pulso se puso más estable —dijo Vasir—.

Eso es todo por el momento.

Mara soltó aire; no llegó a sonrisa.

—Es un hecho que sabes curar.

¿Puedes con el siguiente?

Este está febril —dijo Mara.

Acercaron a un hombre sobre una tabla; la piel de color ceniza, con un brillo satinado incómodo; los labios, secos y salados; un grano fino moviéndose bajo la clavícula, como si algo caminara por dentro buscando sitio.

Neus siguió sin aflojar: —Fiebre de sílice intravasada.

Si se trata mal, la enfermedad se extiende por todo el cuerpo.

—No, no es eso —dijo Vasir entrecerrando los ojos.

La sanadora no pudo mantener la calma esta vez y replicó: —Es fiebre de sílice.

Hemos probado, y los síntomas son claros.

Además, no podemos tratarlo a la ligera: la enfermedad puede empeorar.

Vasir solo dijo: —Una larva de cavapiedra.

Todos en aquel momento quedaron en shock; estaban horrorizados.

—Ponen un diminuto huevo al momento de la mordida dentro de la herida; si el atacante vive, es mucho mejor: la larva se alimenta de la sangre y crece mucho más rápido que en los cadáveres —explicó Vasir—.

—Entonces necesita extracción o lo que sea —dijo Neus—.

Debemos darnos prisa.

—No voy a abrir: no es necesario —dijo Vasir.

Vasir sacó una botella opaca del cinto; nadie la reconoció, solo Bren, algo sorprendido, miraba aquel frasco: ya había visto ese humo verde espantar enjambres.

El resto lo miró como si estuviera inventando la locura en directo.

—Espera —ordenó Mara—.

Déjame ver eso… Vasir no dijo nada; sin hacer caso a Mara, dirigió la botella a los labios de aquel.

El hombre bebió; la Cuprina bajó con un amargor metálico que se notó en el gesto: era horrible.

En ese momento el hombre comenzó a gritar, como si estuviera sufriendo.

Neus y Mara estaban a punto de detener a Vasir, cuando, de pronto, bajo la clavícula la ondulación se detuvo, vibró, cambió, trató de ir arriba y abajo, pero luego empezó a disolverse hacia el esternón.

En ese momento el hombre tosió dos veces y vomitó en la jofaina un barro arenoso con vetas blancas.

La sanadora se inclinó, como si mirara un milagro mal presentado.

—Eso no es sangre —susurró—.

Es… es… Sus labios no pudieron completar la frase.

El brillo satinado de la piel se apagó poco a poco; el pecho tomó aire como quien recuerda un oficio olvidado.

Neus no dio las gracias, pero tampoco buscó algún fallo en las acciones de Vasir.

—Y, al parecer, no lo has quemado por dentro —admitió, áspero.

Mara asintió una sola vez.

Suficiente.

Desde el parapeto, Varin gritó: —Asoma la sombra.

El cinturón de vidrio tintineó suavemente.

La campanilla de alarma debía estar cantando, pero seguía muda: el cordel estaba cortado a bisel, y decía el porqué.

En el borde de un agujero, en una superficie pálida, sin poros, algo se asomaba; se le podía ver entre las sombras del agujero.

—Si tienes algo para cuando eso salga, dilo ahora —espetó Neus.

Vasir mantuvo la mano lejos del cinto; los dos frascos azules colgaban donde nada pudiera rozarlos por accidente.

—Tengo sesenta segundos cuando eso “respire”.

No podrá regenerarse y, además, sentirá dolor —dijo Vasir.

Sin apartar la vista del boquete habló de lado, para Neus y para todos: —Durante ese tiempo, aquel monstruo deja de ser vidrio: se vuelve… “humano”.

Siente peso, dolor, filo.

Todo lo que entre en esos sesenta segundos hace mella; después vuelve a cerrarse.

Bren soltó una risita seca, más nervio que humor.—Eso es imposible —espetó—.

Yo lo vi, Mara, lo vi preparar sus “pociones”: no pesó nada, no midió nada; eso eran mezclas de suerte, y las únicas que reconocí eran pociones de maná básicas.

Ni Edrun sería capaz de hacer algo así, no en este caos, y mucho menos un chico de doce inviernos con un matraz astillado.

Las cabezas se giraron apenas, lo justo para dejar que la duda hiciera un amague.

Neus apretó la mandíbula, como si quisiera estar en desacuerdo, pero no encontrara palabras que encajaran.

—Ni el alquimista de los Fénix se permitiría ese tipo de… improvisación —añadió Bren, más bajo—.

Y este crío dice que puede volver “humano” a aquel ser por un minuto… Vasir no dejó que la frase terminara de pudrir el aire.

—Si me crees, bien.

Si no, también —dijo, simple—.

Solo mantengan a los heridos fuera del radio.

Puedo acabar solo con este nodo.

—Estás loco —escupió alguien desde atrás.

Nadie se molestó en desmentirlo—.

Si quieres morir, hazlo lejos de la enfermería.

El boquete volvió a respirar, más hondo; el temblor afiló su frecuencia.

La colina entera pareció contener el aire.

Vasir no hizo caso a los gritos ni a las manos que amagaron detenerlo: caminó hacia aquella entrada de vidrio como si se acercara a un mostrador familiar, cada paso haciendo crujir la tensión bajo sus botas.

En ese momento lanzó una de las pociones azules al interior de aquel agujero.

Un humo de color azul se levantaba mientras un ser extraño surgía del interior, saliendo de las sombras.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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