ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 Milagro en un frasco
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6: Capítulo 6: Milagro en un frasco 6: Capítulo 6: Milagro en un frasco El silencio de la habitación era tan denso que casi podía cortarse.
Kelvin observaba con nerviosismo a Vasir, que inspeccionaba con gesto sereno el modesto equipo alquímico de la casa: frascos de vidrio, hornillos de cobre ennegrecidos por el uso y un mortero con marcas de años de trabajo.
A ojos de Vasir, aquello era un conjunto rudimentario, herramientas que en su época apenas servirían para las primeras lecciones en una escuela infantil.
Aun así, eran suficientes para él.
-Con esto bastará -murmuró, ajustando con delicadeza uno de los quemadores-.
Un alquimista no depende de sus herramientas…
sino de su comprensión.
Kelvin tragó saliva, esos utensilios eran lo mejor que tenía.
Su maestro solía decir que intentar crear un elixir complejo con instrumentos tan simples era una receta segura para el desastre.
Y sin embargo, aquel chico de voz tranquila y mirada imperturbable hablaba con la autoridad de un sabio.
Entonces comenzó el proceso.
Vasir respiró hondo y cerró los ojos un instante, conectando su maná con el flujo ambiental.
No se trataba solo de mezclar ingredientes…
era cuestión de armonizar frecuencias, patrones y resonancias.
Primero, dispuso cada componente sobre la mesa siguiendo una secuencia específica que no tenía nada que ver con las prácticas modernas.
Clasificó los ingredientes no por tipo, sino por su frecuencia etérea de vibración: salvia en el espectro verde de 0.42 thaums, cuarzo en el rango amarillo de 0.63 y savia solar en el extremo cálido de 0.89.
Esta organización, impensable para un alquimista de la era protoarcana, era la base de la coherencia energética.
A continuación, colocó el caldero sobre el quemador, no para calentar el líquido como haría cualquier novato, sino para estabilizar la oscilación molecular del solvente inicial.
Ajustó la temperatura en función del punto de fase cuántica del extracto -un método que en su tiempo era común pero que en esta era ni siquiera tenía nombre-, evitando la ebullición clásica y manteniendo un estado de “interferencia energética estable”.
Luego, con la punta del dedo, comenzó a trazar en el aire una serie de glifos flotantes.
Cada símbolo, compuesto de líneas fractales y nodos geométricos, representaba una función cuántica de enlace, diseñada para crear puentes entre las partículas alquímicas y el flujo de maná ambiente.
Los glifos se anclaban al líquido en ebullición sin tocarlo físicamente, modulando su estructura a nivel sub-elemental.
El paso más arriesgado fue el “punto de colapso”: Vasir vertió simultáneamente tres extractos incompatibles mientras canalizaba un pulso de maná en resonancia inversa.
Cualquier alquimista de esta era consideraría aquello un suicidio: las sustancias deberían haberse neutralizado o explotado.
Pero bajo su control, las partículas comenzaron a entrelazarse formando un estado catalítico coherente, un fenómeno que Kelvin no tenía siquiera palabras para describir.
-¡Eso explotará!
-gritó Kelvin, abalanzándose sobre él.
-Aléjate -respondió Vasir sin siquiera mirarlo-.
Esto está bajo control.
Kelvin no escuchó y en pánico, desplegó pergaminos protectores, que había guardado para situaciones de emergencia, intentó cerrar las válvulas del quemador e incluso trató de arrancar el frasco del soporte.
Vasir, con un leve gesto de su mano, desvió cada intento sin interrumpir su trabajo.
Cuando eso no funcionó, el muchacho recurrió a lo impensable, lo empujó, intentó detenerlo con su cuerpo, e incluso -en un arranque de desesperación- llegó a morderle el brazo.
-¡Estás loco!
¡Vas a matarnos a todos!
-gritó, al borde del llanto.
Pero Vasir ni siquiera pestañeó.
Cada movimiento era deliberado, cada mezcla parte de un plan que solo él comprendía.
Mientras el vapor cambiaba de color, desde un violeta tenue hasta un azul profundo, un sonido que quebraba en silencio como el de ebullición inundo toda la habitación, Kelvin se acurrucó contra la pared esperando el estallido que estaba seguro llegaría en cualquier momento.
pero un tiempo después, en lugar de una explosión, el silencio volvió a llenar la habitación.
El líquido en el frasco brillaba con una luz interior, suave y pulsante, como si contuviera vida propia.
Vasir lo sostuvo entre sus dedos con la misma naturalidad con la que un escultor sostiene su obra terminada.
-Aquí tienes -dijo, extendiéndolo hacia Kelvin.
El joven lo miró como si sostuviera un fragmento de las estrellas.
No podía hablar.
Ni en los sueños más ambiciosos de su maestro había visto un elixir tan puro.
El aroma era delicado, la densidad perfecta, y el fulgor interior indicaba una sincronía alquímica que estaba décadas -si no siglos- por delante de lo que él conocía.
-¿Esto, como…
lo hiciste tú?
-preguntó con voz temblorosa.
-No es algo tan difícil-respondió Vasir, con una leve sonrisa-.
Ahora, dáselo a tu abuela.
Kelvin temblaba cuando llevó el frasco a los labios de la anciana.
La poción descendió por su garganta como una corriente de luz líquida.
Al principio, nada ocurrió.
Luego, el aire pareció vibrar.
La piel de la mujer recuperó el color perdido, sus manos dejaron de temblar y su respiración se volvió profunda y estable.
Finalmente, sus párpados se alzaron con suavidad.
-¿Dónde…
estoy?
-preguntó con voz clara, confundida-.
¿Estoy…
viva?
Kelvin se arrodilló a su lado, las lágrimas corriendo por sus mejillas.
-Sí, abuela…
estás viva.
Vas a estar bien.
Entre sollozos, le contó lo sucedido: la enfermedad, el fracaso de los curanderos, el intento desesperado por crear un elixir imposible…
y la llegada de aquel extraño chico que lo había hecho realidad.
La anciana lo escuchó en silencio, luego tomó la mano de Vasir con una gratitud muda que decía más que cualquier palabra.
Cuando la calma volvió a la casa, Vasir se puso de pie.
-Necesitaré tomar prestado tus instrumentos -dijo, señalando el pequeño taller improvisado-.Y pásate mañana por la tienda de mi padre.
Hay algo que quiero discutir contigo.
Kelvin asintió sin pensarlo.
En su interior, algo había cambiado.
El mundo que conocía, con sus leyes y límites inamovibles, se había hecho añicos ante sus ojos.
Aquel chico no era un alquimista común…
de eso estaba seguro.
Mientras Vasir se alejaba bajo el cielo nocturno de Vel’saar, penso que, en su tiempo, esa poción se enseñaba en el segundo ciclo de alquimia elemental.
Aquí, era un milagro.
Y si un simple elixir podía romper sus leyes…
¿qué haría un verdadero conocimiento?” Por su lado el joven Kelvin se quedó mirando el frasco vacío que aún sostenía en sus manos.
Por primera vez en su vida, no vio un simple recipiente.
Vio un símbolo.
Un milagro contenido en un frasco.
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