ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 Un trato con el Destino
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7: Capítulo 7: Un trato con el Destino 7: Capítulo 7: Un trato con el Destino Vasir empujó la puerta carcomida de El Frasco Reluciente y el olor a polvo viejo lo recibió como un perro leal.
Las sombras de los estantes vacíos parecían más cortas que la última vez; tal vez era solo su determinación la que había crecido.
Dejó sobre la mesa los aparatos que había tomado prestados de la casa de Kelvin: hornillos, serpentina, dos alambiques toscos y un juego de vasos de vidrio grueso.
Luego, abrió el cofre donde había guardado, el mismo día de su trasmigración, los ingredientes que encontrara en aquel local moribundo.
-Suficiente para empezar -murmuró.
Durante horas, el viejo taller volvió a respirar.
Vasir trabajó como lo haría un escultor que ve la estatua atrapada en la piedra: con calma, con precisión, con una violencia que sólo se revelaba en los detalles.
Clasificó y reordenó, destiló por resonancia, estabilizó disolventes con glifos de fase y unió compuestos incompatibles usando enlaces cuánticos de baja amplitud.
Donde cualquier alquimista de Vel’saar vería un riesgo, él veía una secuencia.
El primer frasco brilló en azul pálido: Tónico de Armonización Orgánica, versión perfeccionada del que había salvado a la abuela de Kelvin.
El segundo, un verde profundo con destellos dorados: Extracto de Sinapsis Lúcida, capaz de despejar la mente y agudizar la memoria sin colapsar el sistema nervioso (algo que, en esta era, era casi una leyenda).
El tercero, color ámbar: Elixir de Hemostasis Vital, que cerraba hemorragias internas en minutos.
El cuarto, un líquido transparente con una luz que parecía venir de ninguna parte: Catalizador de Matriz Elemental, una receta más que una poción, base para que otros compuestos alcanzaran una pureza que los aparatos locales no podían asegurar.
Vasir contempló los frascos alineados.
En su tiempo, habría dicho que eran buenos.
Aquí, eran imposibles.
Y así salió rumbo a un solo lugar.
El Gremio de Alquimia de Vel’saar ocupaba un edificio de piedra sobria junto a la plaza de artesanos.
No era grande ni imponente, pero tenía lo esencial: un mostrador de admisión, un salón con vitrinas y un olor constante a metal templado y hierbas secas.
Vasir pidió hablar con un registrador y, cuando lo pasaron a una sala lateral, dejó sobre la mesa un pergamino y un frasco.
-No vengo a vender -dijo-.
Vengo a intercambiar.
El registrador, un hombre de barba estrecha y dedos manchados de tinta, desenrolló el pergamino.
Sus cejas subieron apenas leyó los primeros trazos: diagramas de glifos de fase, anotaciones de temperatura de transición, márgenes llenos de correcciones donde se advertía de la “cavitación etérea”, esto si bien era algo que se conocía en esta época, la diferencia de las ecuaciones base, así como las anotaciones en las matrices de las runas de intercambio y Cruze en el maná eran todas distintas a la teoría actual.
-¿De quién…
es esto?
-preguntó, intentando sonar casual.
– algo en lo que he estado trabajando-respondió Vasir.
Aquel hombre lo miró de una manera extraña, este chico frente a el tenía entre 12 y 13 años, como era posible que, a su edad el si quiera poder conocer la mitad de lo que allí estaba escrito, para aprender todo lo relacionado a la “cavitación etérea'” hasta tal punto, cuarenta o cincuenta años aún no eran suficientes.
-¿Cuál es tu nombre chico?– pregunto el hombre -mi nombre es Drakmagnus Corvenant -respondio Vasir.
El hombre recordó el nombre Corvenant, esa había sido una familia influyente hace muchos años atrás, cuando el cabeza de familia Allus Corvenant aún vivía, este era un mago de grado tres, que tenía una importante cadena de tiendas de alquimia en la ciudad, además tenían dos hijos, un mago se segundo nivel llamado George Corvenant, el cual era un mago itinerante, muy conocido por su mal genio, aunque no era muy poderoso, su rango de mago era suficiente para caminar con los ojos en la parte superior de la cabeza entre los ciudadanos de Vel’sa ar, el otro hijo era un alquimista de segundo grado, del que no se sabía casi nada, su nombre era Nemes Corvenant, regentaba una de las tiendas, Nemes murió hace algunos años en un viaje fuera del continente, este también tenía un hijo que se estaba preparando para ser un mago en el futuro.
-Así que Drakmag Corvenant- dijo asistiendo con la cabeza.
Sin decir nada más tomó la receta y pidió que le trajeran un grupo de herramientas de alquimia.
El hombre probó una gota del Catalizador de Matriz Elemental siguiendo un protocolo básico.
La gota se integró con el solvente mostrando un patrón de pureza que no debería existir con los aparatos del gremio.
La sala, por un instante, pareció más luminosa.
Sorprendido, pero intentando parecer neutral, le dijo: -¿Qué pides?-dijon mirando a Vasir Vasir habló con aparente modestia -un alambique de mejor sello, un juego de serpentinas de cobre fino, un astil de cristal decente, y sobre todo-derecho a elegir ingredientes del almacén interno.
El registrador, rápidamente aceptó, quizá demasiado rápido, y llamó a un superior para “formalidades”.
A Vasir lo hicieron esperar junto a una ventana.
Desde allí escuchó, sin esfuerzo, los murmullos del otro lado.
-…no puede ser suyo.
Debe ser de un maestro oculto.
-¿Quién lo patrocina?
¿Los Corvenant no estaban casi en la ruina?
-Si conseguimos saber quién es el autor de ese catalizador…
Vasir sonrió para sí.
Que sospecharan era perfecto.
Un maestro invisible tiene más poder que un niño en este momento.
Cuando lo condujeron al almacén, se detuvo en seco.
Las estanterías rebosaban de especies que, en su tiempo, sólo había visto en tratados perdidos: fibra de heliomiel, escamas de axiotauro, polvo de fulgurita viva, semillas de irion aún latentes.
El mundo antes de la Gran Convergencia era exuberante.
Rico.
Desbordante.
Sintió una punzada extraña: en su época, muchos de esos ingredientes eran mitos.
-Elige -dijo el almacenista con desgano-.
Dentro de lo razonable.
Vasir eligió con la seguridad de quien conoce la música de cada sustancia.
No tomó lo más caro él tomó lo exacto.
Cuando salió, el gremio seguía discutiendo en voz baja sobre el maestro detrás del niño.
Eso en verdad le convenía.
Al regresar, al Frasco reluciente encontró a Kelvin, que esperaba en la Puerta del Frasco Reluciente -Hola Kelvin- dijo Vasir, caminando hacia Kelvin que esperanba en la puerta del local.
-Drakmag-dijo Kelvin saludando con la mano esbozando una sonrisa.
-Ayer me dijiste que viniera a verte a este sitio- dijo el joven.
Vasir asistió moviendo la cabeza en aprobación, —necesito de ti hoy—le dijo al joven mientras sacaba un frasco de su túnica, este era el extracto de Sinapsis Lúcida, no digas quién lo hizo.
—Si preguntan, di que fue un regalo de tu maestro, que lo tenías guardado desde hace mucho, necesito que lo cambies por oro, cuánto más mejor— dijo Vasir mirando la reacción del joven Kelvin lo miró con los ojos muy abiertos, él había oído hablar de aquel elixir, pero aún su maestro no podía prepararlo—no me digas que tú lo hiciste—dijo con voz temblorosa.
—si no yo, quién más— respondió Vasir —olvídalo…
sé que hacer— dijo el joven.
No sabía por qué, pero sentia que ese niño a su lado era cada vez más misterioso, el talento en alquimia que le había mostrado era inmensurable, sabía que debía seguirlo, si solo pudiera captar una pequeña brizna de su sabiduría, el avanzaría a pasos agigantados.
Se dió media vuelta y salió con pasos apresurado, se dirigía al Aurum Arcana, una pequeña casa de subasta en la ciudad.
La fachada de Aurum Arcana en Vel’saar era discreta, con una campanilla que apenas sonaba al abrir la puerta.
Dentro, los muebles eran sobrios, el personal, correcto, y el aire, ligeramente perfumado con fragancias que disimulaban olores de cofres viejos.
Kelvin habló con una encargada.
Le pidieron que esperara.
Llegó un tasador.
Probó la poción con pinzas, luego con un analizador de pureza.
Frunció el ceño, llamó a otro tasador.
Preguntas, más preguntas.
Kelvin repitió la historia del que este había sido el último regalo de su maestro antes de irse de la ciudad.
Al final, una gran bolsa de oro cayó en sus manos.
Regresó casi corriendo, al Frasco Reluciente, en cuando vació el contenido sobre la mesa de la tienda de Vasir, las monedas brillaron como un pequeño sol.
-Esto…
-Kelvin tragó saliva-.
Dicen que no han visto nada igual en años.
Me preguntaron tres veces quién la hizo.
Al parecer no me creyeron, al final tuvieron que aceptar mi historia, -se detuvo, aún algo confundido-.
Vasir, con esto podía pagar el dinero a su tío diez veces.
Vasir contó con una mirada.
“Demasiado por una sola botella”.
Perfecto.
El rumor viajaría más rápido que cualquier emisario.
-Bien -dijo simplemente-.
Mañana iremos otra vez.
Pero hoy, queda una última entrega.
El viejo Jhon llegó al atardecer, con su traje limpio y los ojos cansados.
Vasir le puso en la mano el frasco ámbar del Elixir de Hemostasis Vital.
-Quiero que lo uses para conseguirme un puesto para entrar al curso de selección de la escuela de magia -dijo-.
Están bajo la Torre de la Estrella Iluminada.
De seguro te rechazarán en un principio, el tiempo para las inscripciones ya pasó, pero insiste, cuando te estén echando, deja que lo vean.
Jhon asintió sin entender del todo, pero confiando con la fe de quien ha servido a una familia toda la vida, se dirigió a aquel lugar a primera hora del día siguiente como era de esperarse, lo hicieron esperar en un patio sin sombra.
Un asistente revisó su solicitud y torció la boca.
-No aceptamos solicitudes de inscripción a destiempo-dijo con suficiencia-.
Regrese cuando sea el tiempo de inscripción para el año que viene.
En ese momento Jhon sacó una botella de su bolsillo y se la mostró al joven.
—Quieres asegurar una entrada a cambio de este remedio casero— refunfuño el encargado.
—Es mejor que te largues si no quieres que las cosas se pongan feas— dijo el encargado.
Jhon, resignado, se dio media vuelta.
Entonces un hombre de túnica ocre, con dos líneas de electrum en el borde (símbolo de alquimista de cuarto grado, subnivel tres), se cruzó con él.
Vio el frasco.
Se detuvo.
-Un momento.
-Le tendió la mano-.
¿Puedo?
El hombre alzó el elixir contra la luz.
Lo giró una vez, dos, tres.
Sus pupilas se dilataron con algo muy parecido al pánico.
Destapó, olió apenas, volvió a tapar con dedos exactos.
-¿Quién hizo esto?
-Un…
joven -balbuceó Jhon-.
Me pidió presentarlo aquí.
El alquimista respiró hondo, como si hubiese estado conteniendo el aire desde el primer vistazo.
Se volvió al asistente con una voz que cortaba.
-Trae al decano de la Facultad de Alquimia.
Ahora.
La actitud cambió en un segundo.
Sillas, té, palabras amables.
Y, al final, un documento con sello de cera y firma azul: “Invitación con acceso a la Facultad de Alquimia”.
Jhon salió del recinto con el corazón golpeándole el pecho.
No entendía del todo qué había pasado, pero sabía que su vida acababa de cambiar, el pequeño joven al que seguía el hijo del señor de su casa, a quien le pidieron y juro proteger, era impresionante.
Esa noche, en El Frasco Reluciente, Vasir contó las monedas que Kelvin había traído, revisó los aparatos que el gremio le había cedido y ordenó en cajas los ingredientes que jamás creyó volver a ver fuera de un tratado de alquimia.
La ciudad, sin saberlo, ya hablaba de un maestro sin nombre.
La sucursal de Aurum Arcana había enviado mensajes.
En la escuela, un decano quería conocer al autor de una “obra anómala”.
Vasir miró las luces de Vel’saar a través de la ventana rota.
-Así se construye poder -susurró-.
Gota a gota, frasco a frasco.
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