ARS MAGNUS - ELANDRION LA ERA DEL DESPETAR: El último sabio del tiempo - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 Cuentas pendientes
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8: Capítulo 8: Cuentas pendientes 8: Capítulo 8: Cuentas pendientes La noche anterior, cuando las lámparas de aceite ya agotaban su último aliento, Jhon regresó con unos documentos: un sello azul con filigrana de la Escuela de Vel’saar, y la nota anexa de invitación directa a la Facultad de Alquimia.
Vasir lo leyó una sola vez y asintió.
—Bien hecho, Jhon.
—Colocó en sus manos una bolsa pesada—.
Quinientas monedas de oro.
Empieza mañana mismo con las reparaciones de El Frasco Reluciente.
Suelos, vigas, cristales, todo.
Que huela a taller y no a tumba.
Jhon intentó protestar, el oro era demasiado.
Vasir solo le sostuvo la mirada.
El viejo inclinó la cabeza, conmovido, y se retiró sin añadir palabra.
El amanecer encontró a Vasir en la calle principal que conducía a la casa de George Corvenant.
Era un caserón sobrio, mejor conservado que la antigua casa de su familia: jardín podado, aldabas bruñidas, cortinas nuevas.
Golpeó la puerta.
Abrió un muchacho de unos catorce años, cabello oscuro, ojos de arrogancia fácil.
—Vaya, mira quién es.
¿Vienes a servir de muñeco de práctica, Drakmag?
El maestro necesita catadores.
—Le sonrió con malicia, mostrando dos frascos turbiamente translúcidos—.
Justo hoy estaba probando fórmulas.
Vasir bajó la vista a las botellas.
Un tono amarillento mal fijado, olor a resina agria y metal húmedo: pociones fallidas de nivel uno.
Una era un “tónico de vigor” que en realidad colapsaría el estómago; la otra, un calmante que entorpecería la respiración.
—¿Está George?
—preguntó sin mirarlo.
La burla del chico se crispó.
—Mago Portador de la Llama, George Corvenant —corrigió, subrayando cada palabra como si fueran golpes—.
Te diriges a él con su rango.
Y antes, te bebes esto, es la tradición de la casa ya sabes el juego y si aún puedes caminar, quizá te deje entrar.
Le colocó los frascos en la mano con forzada cortesía y, mientras lo hacía, canalizó maná en las palmas, reuniéndolo para un empuje de viento.
—Iniciado arcano, nivel cuatro—, evaluó Vasir en un destello.
El aire comenzó a tensarse…
y entonces una voz cortó el corredor como una cuchillada: —¡Aurion, detente!
El muchacho se giró, incrédulo.
George estaba en el umbral del pasillo, túnica celeste con hilos de plata, el rostro súbitamente pálido.
Aurion vaciló; el maná en sus manos parpadeó y se disipó.
—Maestro, yo solo…
—no alcanzó a terminar.
La bofetada resonó seca.
—Te dije ¡detente!.
—George no apartó la vista de su discípulo—.
Pide disculpas a Drakmag.
Ahora.
Aurion se quedó clavado en el piso, boquiabierto.
¿Disculparse…
con él?
—P-pero maestro, es…
— —¡Pide disculpas!—El segundo latigazo de la voz de George bastó.
—Lo siento —escupió al fin, sin convicción.
Vasir inclinó apenas la cabeza.
—Enséñale modales —dijo, tranquilo—.
El discípulo no aprende lo que el maestro no sabe mostrar.
Una gota fría bajó por la sien de George.
Conocía esa voz: la misma que, tres días antes, había dado la orden silenciosa a las llamas de su chimenea.
—Aurion, espera en el patio —ordenó.
El muchacho obedeció con el desconcierto clavado en el rostro, sin entender por qué el “don nadie” de ayer era hoy un muro al que su maestro no se atrevía a empujar.
El interior de la casa desprendía un orgullo meticuloso.
En las paredes, insignias de la Casa Corvenant: el galón heráldico, el mortero alado, la vieja divisa en plata.
Vasir reconoció tapices, jarrones, incluso una lámpara de aceite que, en los recuerdos de Drakmag, colgaba en el comedor de su padre.
No sintió nada.
Ni nostalgia, ni rabia.
Solo una nota en la contabilidad del pasado.
Se sentaron en un salón luminoso.
Vasir colocó una bolsa de cuero sobre la mesa; el sonido del metal llenó el aire.
—Cien monedas de oro —dijo—.
Cuentas saldadas.
George no pudo evitar la pregunta.
—¿Cómo…
las obtuviste?
—No son nada —respondió Vasir, sin adornos—.
Y habrá más.
George apretó los labios, intentando leer lo que no entendía.
—Ah, por cierto —dijo Vasir con naturalidad—, El Frasco Reluciente volverá a abrir sus puertas pronto.
—¿Qué?
—George parpadeó sorprendido—.
¿La tienda…
abrirá?
—Así es.
—Vasir sostuvo su mirada con absoluta calma—.
He decidido retomar el negocio familiar.
La mente de George comenzó a trabajar al instante.
“Debe necesitar ayuda.
Un niño y un anciano no pueden dirigir una tienda alquímica…”, pensó.
Era la oportunidad perfecta para ganar su confianza y, con el tiempo, quedarse con todo.
—Pero una tienda sin maestro alquimista es un agujero negro de deudas, pero tu no tienes por qué preocuparte, conozco gente influyente en el Gremio de Alquimia y mantengo buenas relaciones con la tienda La Buena Receta—Dejó que la frase reposara—.
Puedo encontrarte un maestro.
Alguien respetable.
Y, claro, asesorarte con los suministros— dijo George.
Vasir lo miró en silencio.
Afuera, una brisa movió las cortinas.
—No necesito un maestro —dijo al fin—.”Si supiera que los maestros que busca ni siquiera entenderían mis notas más simples…”, —pensó para si mismo—lo que necesito es espacio.
George sonrió, como quien comprende que un niño rehúsa cenar y basta con traerle un dulce.
—Natural, natural.
Los jóvenes…
creen que pueden con todo.
Por eso es bueno aprender al lado de alguien.
Puedo convencer a mis colegas de La Buena Receta para que apadrinen la reapertura.
Un porcentaje menor de las ganancias, claro.
Nada abusivo.
—Se recostó—.
A cambio, seguridad.
Prestigio.
Clientes fijos.
¿Qué dices?
George paseó la vista por el salón: las piezas “heredadas”, el brillo satisfecho en los marcos, la seguridad de quien cree sostener los hilos.
— tío George no te preocupes volveré a dejar El Frasco Reluciente en pie.
No con favores, con trabajo.— respondió Vasir El silencio pesó un segundo.
George se levantó, componiendo el gesto.
—Como quieras —dijo, conciliador—.
Mis puertas están abiertas.
Somos familia.
—Sonrió—.
Ya verás que acabarás pidiéndome ayuda.
El gremio es un mar en el que un niño se puede ahogar.
Vasir no respondió.
Se limitó a darle la espalda y caminar hacia el vestíbulo.
Un Aurion molesto lo esperaba con el rencor ardiéndole bajo la piel.
—Esto no termina aquí —masculló.
Vasir lo sostuvo un segundo con la mirada.
No hubo amenaza, ni burla.
—Eso está bien— respondió -Vasir con una sonrisa El muchacho bajó la vista sin saber por qué.
En la calle, el sol ya trepaba por encima de los tejados.
Vasir respiró hondo.
Tenía el documento para el examen de la escuela, la invitación a la Facultad de Alquimia, Jhon moviendo obreros y madera en El Frasco Reluciente, el gremio analizando una fórmula de un catalizador “imposible”, Aurum Arcana preguntándose por la procedencia de una poción inigualable…
y ahora, George, convencido de que podía tejerle una red.
“Deja que lo crea”, pensó.
“Los que creen conducir rara vez miran el camino”.
Por la tarde tenía que, probar dos series nuevas de glifos de fase, los usaría en la nueva tienda como protección, ya que ahora que la ciudad hablaba; los rumores hallarán oídos hambrientos.
Gota a gota, frasco a frasco, la cuenta seguía abierta, pero ya no con George, ni con la Casa Corvenant ahora era con el destino, Y Vasir, paciente, era quien llevaba el libro mayor en sus manos.
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