ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 — “La sentencia y el silencio”
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1: Capítulo 1 — “La sentencia y el silencio” 1: Capítulo 1 — “La sentencia y el silencio” El cielo no se abrió: se quebró.
Las fisuras de luz corrieron como venas ardientes sobre una bóveda sin nubes, y la planicie negra frente al castillo de Naxx se convirtió en un hervidero de acero, carne y plegarias.
Las filas humanas se extendían hasta perderse en la distancia; tras ellas, otra línea, y otra, y otra más—un ejército que no tenía fin.
Por cada demonio, ciento cuarenta hombres.
Por cada muralla, una avalancha.
Bajo los estandartes angelicales, los sacerdotes cantaron; sus voces tallaron hendiduras luminosas en el aire y la tierra respondió con temblores.
Los clanes demoníacos tocaron cuernos y tambores; el suelo retumbó como un pecho a punto de reventar.
Nadie se engañaba: no era una guerra por territorio.
Era una guerra para borrar a alguien.
Desde la poterna occidental, una sombra descendió sin prisa.
Nadash cruzó el umbral del patio y el sonido cambió, como si la realidad ajustara una cuerda floja.
No llevaba corona.
La electricidad le caminaba por los brazos en filamentos nerviosos; el poder espiritual le latía en la piel, áspero, dispuesto.
No sonrió.
No habló.
Nadash no necesitaba hacerlo.
La primera oleada humana cargó.
Escudos, lanzas, dientes apretados.
Nadash alzó la mano y el aire se curvó: la gravedad cayó de golpe sobre cincuenta hombres de la vanguardia; rodillas crujieron; vértebras asomaron por espaldas comprimidas; cascos se hundieron en cráneos como frutos demasiado maduros.
La onda de presión barrió la segunda línea; los cuerpos reventaron sangre espesa y caliente que salpicó a los que venían detrás, deslizándoles botas y convicción.
Flechas de obsidiana bajaron desde las almenas.
La vanguardia angelical respondió con lanzas de luz que abrieron zanjas rectas en el terreno; la masa humana avanzó por puentes radiantes que nacían y morían con cada ráfaga.
Nadash giró la muñeca y el fuego brotó de su palma: un azul pálido, casi enfermizo, que devoró el brillo de las lanzas como si lo bebiera.
Los escudos de la tercera línea se curvaron, el metal cediendo, y los hombres detrás quedaron expuestos.
Un latigazo de rayo partió la formación; el olor a carne chamuscada viajó más rápido que el grito.
Por cada derrumbe, otra ola.
Uno contra ciento cuarenta.
Y no porque hubieran contado: porque esa era la intención.
Nadash lo sintió en la garganta del mundo.
No querían vencerlo.
Querían que dejara de existir.
—No necesitabais tantos —murmuró, sin amargura.
A su alrededor, los demonios resistían con furia disciplinada.
Magos humanos trenzaron agua y viento en látigos cortantes; brujos demoníacos devolvieron tierra y sombra con precisión sucia.
Un paladín de escudo alto embistió; Nadash inclinó el torso, atrapó el borde del escudo con gravedad y lo hundió en su dueño: la armadura se plegó en el pecho hasta romperlo por dentro con un gemido mojado.
Otro soldado alzó un martillo; el fuego azul besó el metal y el martillo goteó, doblándose como cera que recordaba haber sido roca.
La sangre cayó al suelo con ruido de lluvia gruesa.
Entonces descendió Lucero.
No hubo trompetas.
No hizo falta.
Luz—no blanca, sino demasiado pura para tener color—se posó en el patio y las sombras se colocaron a un lado, como súbditas conscientes.
Lucero avanzó sin prisa ni duda, como quien ejecuta una sentencia firmada de antemano.
A su alrededor, alas y acero se ordenaron de un modo que parecía natural y antinatural a la vez.
Se detuvo a diez pasos de Nadash.
La luz se plegó alrededor de su mano hasta perfilar un filo sin costuras.
—Nadash.
En nombre del cielo y de los dioses que te condenaron, tu reinado termina aquí.
El murmullo de la guerra pareció alejarse.
Nadash lo observó como quien mira al río probar durante siglos la paciencia de una piedra.
No había ira en su mirada.
Solo comprensión: el mundo quería verlo caer.
Y el mundo había traído todo lo que tenía.
La electricidad le cosió los músculos; el poder espiritual le tensó la espalda como una cuerda.
Avanzó.
El primer choque no sonó: ocurrió.
El filo de luz cortó el aire; el fuego azul pálido lo envolvió y lo hizo vacilar.
La luz chisporroteó, distorsionándose, como si intentara devorar la oscuridad.
El impacto levantó del suelo las losas del patio como escamas, y una lluvia de polvo cayó del techo como si el castillo respirara por última vez.
Se movieron.
Nadash barrió la izquierda con gravedad y arrojó una decena de soldados contra la pared; cuerpos y piedra se mezclaron con un ruido áspero, cajas torácicas colapsando, dientes saltando como grava.
Un conjurador angelical trazó runas en el aire; Nadash lo atravesó con un rayo que le abrió el torso y le apagó el corazón con un latido seco.
Una columna de tierra surgió bajo otra escuadra; Nadash le restó peso y la dejó flotar un instante antes de devolverla al suelo con violencia: al impactar, la carne explotó en una nube tibia, y los huesos se convirtieron en astillas que hirieron a los que aún corrían.
Lucero fue preciso.
No hubo sadismo en sus cortes; hubo juicio.
Un demonio arrodillado alzó la vista; el filo le tomó el cuello con limpieza y la sangre salió como un listón largo, cayendo con pulcritud al mosaico.
“Piedad” no era la palabra.
Era orden.
El patio, insuficiente para esa colisión, los empujó hacia dentro.
Atravesaron corredores donde vitrales viejos derramaban historias rotas: dragones inclinándose, elfos alineados como escritura, primordiales coronando mares.
La Sala del Trono los recibió con un eco demasiado grande.
El trono de escoria miró sin pestañear.
Nadash subió dos peldaños; Lucero no toleró la permanencia.
El choque se intensificó.
La luz y el fuego no querían la misma realidad.
Cada vez que Lucero afirmaba, el fuego de Nadash negaba; cada vez que Nadash imponía, la luz corregía.
Los vitrales estallaron, el mármol se levantó en ondas duras, el aire adoptó un olor metálico como de tormenta domesticada y sangre fresca.
—No naciste para esto —dijo Lucero, con una compasión que parecía haberle sido impuesta.
—Nací porque alguien quiso algo más que esto —respondió Nadash, y su voz no tembló.
El filo de luz entró; el fuego azul cerró.
El mundo parpadeó.
Piedra húmeda.
Frío en los dedos.
Un silencio que pesaba como tres mantas mojadas.
Nadash abrió los ojos dentro de una caja.
La tapa estaba a una palma de su cara; el basalto sudaba paciencia.
Empujó.
La cubierta se deslizó con una obediencia de siglos.
Se incorporó.
Cada articulación protestó como una bisagra vieja.
No había truenos en su piel.
Solo chispas agrias.
Intentó convocar la electricidad; acudió un hilo tímido que le cosquilleó la yema del índice.
Debilitado.
No al uno por ciento; menos.
Se sentó en el borde del sarcófago y leyó su nombre grabado con letras toscas: NADASH.
La piedra no sabía contar el tiempo.
Él tampoco.
Salió al corredor.
La humedad le lamió los tobillos.
A la derecha, moho.
A la izquierda, oscuridad que no era enemiga, solo antigua.
Caminó.
Sus pasos recordaron el suelo.
Las criaturas menores llegaron por costumbre.
Un zombi se levantó a medias, con gusanos haciendo de ligamentos; Nadash lo empujó contra la pared y el cráneo se abrió como una granada demasiado madura.
Un slime se pegó a su pantorrilla; la chispa pobre que convocó lo coció desde dentro en un burbujeo nauseabundo.
Dos goblins asomaron hocicos; uno bufó valiente, el otro huyó cobarde, y ambos murieron por el mismo puñetazo que les rompió las tráqueas con un chasquido de hueso blando.
Un orco salió de una sala, enorme y torpe, con un hierro mal alimentado; Nadash le quitó peso al arma un instante y el orco, sorprendido por su propia fuerza, se desequilibró; el contraataque fue un golpe al esternón que hizo colapsar el pecho hacia dentro y dejó a la criatura moviendo la boca sin aire como un pez fuera del agua.
El pasadizo secreto seguía donde debía: detrás de lo que un día fue tapiz y ahora era agujero.
La escalera cantó años bajo sus pies.
La Sala del Trono lo recibió como una boca que no ha olvidado a quién devorar.
La cúpula rota dejaba caer luz gris.
El mosaico tenía huecos como encías viejas.
El trono estaba en su sitio, incómodo como siempre.
Sobre los peldaños, un cofre esperaba con educación.
Dentro, una hebilla con el sol de Son-Ra agrietado, una funda para un arma ausente y un pergamino atado con hilo negro.
El pergamino robaba calor al aire.
No era cuero ni papel; era costumbre apretada.
Al rozarlo, Nadash notó palabras que ya conocía arrimándose a su lengua con el cuidado con que se maneja un cuchillo afilado.
No lo abrió.
Se colocó la hebilla: pesó más de lo que prometía.
Colgó la funda vacía a la espalda: ausencia que parecía una promesa.
Tomó el pergamino con ambas manos: el frío le subió por las uñas.
La sala exhaló.
No con viento; con memoria.
Tocó el brazo del trono.
La talla de un dragón que se mordía la cola tenía una grieta nueva, perfectamente recta.
No supo si sonrió.
Desde abajo—tres pisos, cinco, demasiados—subió un ruido.
No fue palabra.
Fue hambre.
Y llevaba tanto tiempo hambrienta que la piedra había aprendido su nombre.
El sonido viajó por las columnas y el pergamino tembló en sus manos, como si adentro algo hubiese recordado que existía.
—No planeaba bajar hoy —dijo, más a la muerte que al eco.
La luz gris cambió de tono.
Muy lejos, una cadena invisible tiró de algo que no aceptaba cadenas.
El aire se volvió denso, pesado como si se hubiese llenado de agua.
Nadash trató de llamar a la electricidad; vino, obediente pero flaca, y le cubrió el antebrazo como un guante con agujeros.
No bastaba para una guerra.
Bastaba para vivir un minuto más.
Del vientre del castillo brotó un rugido que no era grande ni sabio: era desesperado.
Un rugido de bestia que olvidó ser pensante.
El pergamino tiró de él hacia las escaleras.
(Continuará…) REFLEXIONES DE LOS CREADORES Daoist0Qzodv ¡Bienvenidos a ARSON: El Despertar del Olvido!
Este es solo el comienzo de un viaje entre los dioses y los hombres, donde el pasado no se entierra tan fácilmente.
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