ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 — “Sombras del Imperio”
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10: Capítulo 10 — “Sombras del Imperio” 10: Capítulo 10 — “Sombras del Imperio” Las antorchas iluminaban los corredores con un resplandor anaranjado, reflejándose sobre los mármoles de las columnas.
El eco de sus pasos se perdía entre los arcos y tapices dorados del castillo.
Ara caminaba con el porte de quien conoce cada pasillo, cada grieta, cada secreto.
Arson la seguía, cargando una bolsa ligera, aunque el peso real que caía sobre ambos era otro: el de la reunión que acababan de dejar atrás.
Cuando cerraron la puerta de sus aposentos, Ara se desabrochó el broche del pecho y soltó un largo suspiro.
—Así que ese es el famoso Conde Valerius—dijo Arson, dejando caer el equipaje junto a la cama.
Ara se quitó los pendientes, uno por uno, y asintió con gesto cansado.
—Sí… lo has notado, ¿verdad?
—Claro.
Es más fuerte que yo.
Ara levantó una ceja.
—Eso no es lo que me preocupa.
—No, lo sé —replicó Arson, sentándose frente a ella—.
Puedes ser más poderoso que alguien, pero si no controlas tu fuerza, no eres una amenaza real.
Ara lo observó unos segundos y luego sonrió.
—Tienes razón.
Y pensar que te estás volviendo filósofo…
o teólogo.
Arson encogió los hombros.
—No por nada Son-Ra es el dios principal.
Aunque Human, el segundo, tiene un poder casi igual de vasto.
Ara soltó una carcajada suave.
—Vaya, el muchacho resultó ser un erudito.
Pero sí, algo así.
Valerius en su día fue un héroe bendecido por ambos.
El problema es que, un día, simplemente…
cambió.
Nadie sabe por qué.
Se sirvió vino en una copa y lo bebió de un trago.
—Fue fascinante ver a tu hermano presentarnos así —añadió Arson, riéndose.
Ara rodó los ojos.
—Calla, calla.
Mi hermano siempre fue un teatrero.
Le encanta ponerme en evidencia.
Arson asintió con media sonrisa.
—Lo hizo bien.
Aunque el mejor momento fue cuando el Conde te saludó y tú reclamaste el Derecho Imperial.
La cara que pusieron todos al tener que marcharse fue gloriosa.
Ara sonrió apenas.
—Ese derecho solo lo tenemos los miembros de la Casa Imperial.
Nos permite exigir que todo hombre —sea noble, general o consejero— abandone la sala para un diálogo familiar.
—¿Incluso el Conde?
—Incluso él.
Aunque estoy segura de que todos nos escucharon.
Esos viejos tienen más orejas que vergüenza.
Arson rió.
—Por eso la conversación parecía tan banal.
—Exacto —asintió Ara—.
Si quiero hablar con mi hermano en serio, solo hay tres lugares donde sé que no nos espían: su biblioteca, sus aposentos…
o el Castillo de los Caballeros.
Y en este último, ni siquiera estoy segura del todo.
Arson cruzó los brazos.
—Así que el Emperador se alegró al verme, ¿eh?
Ara sonrió.
—Digamos que se llevó una buena sorpresa al descubrir que tenía un “sobrino”.
—Su cara fue sublime —rió Arson.
—Lo conozco lo bastante bien para saber que no se tragó la historia.
Pero fingió mejor que nadie.
De pronto, una sombra se deslizó por debajo de la puerta.
Arson se tensó, levantándose de inmediato, pero Ara levantó una mano para detenerlo.
—Tranquilo.
Una figura emergió del rincón, completamente vestida de negro, el rostro cubierto por una máscara de seda.
—Buenas noches, Capitana —dijo una voz grave, modulada—.
Le traigo el informe que solicitó.
Ara se acercó y tomó el sobre sellado.
—Gracias, Shadow.
Cumpliste incluso antes de lo previsto.
El hombre inclinó la cabeza.
—El favor está saldado, princesa.
Que Son-Ra ilumine su juicio.
Y, sin más, la figura se desvaneció como un espejismo.
Arson parpadeó.
—¿Qué demonios fue eso?
Ara colocó el sobre sobre la mesa.
—Dentro de la Guardia de Caballeros existe una orden paralela: los Sombras.
Ninguno tiene nombre.
Todos son “Shadow”.
Solo obedecen al Emperador.
Ni siquiera el Consejo conoce sus rostros.
—¿Y tú?
—Yo tuve suerte.
Salvé a uno hace años.
—Se recostó en la silla—.
Durante una misión, una bola de fuego cayó del cielo; él iba a morir.
La destruí sin pensar y desde entonces me debía una.
Le pedí que me mantuviera informada de lo que sucede aquí, lejos del ojo del Conde.
Arson asintió lentamente.
—¿Y qué dice ese informe?
—Lo que ya imaginaba.
El Consejo domina la ciudad más que el propio trono.
Mi hermano apenas tiene poder fuera de estos muros.
Arson frunció el ceño.
—Entonces todo este Imperio…
—Está dividido —interrumpió Ara—.
Entre los leales al Emperador, los que sirven al Conde y los que solo sirven a sí mismos.
Será un dolor de cabeza, Arson.
Él se levantó, caminando hacia la ventana.
La luna se reflejaba sobre las cúpulas doradas de Dragónpolis.
—Entonces deberíamos empezar pronto.
Ara lo miró, intrigada.
—¿Empezar qué?
—A sacudir el tablero.
Ara sonrió.
—Primero, aprendamos cómo juegan.
A la mañana siguiente, el eco de las campanas del templo los despertó.
La Capitana Arsa llegó con un mensaje.
—Mis disculpas, princesa.
El Emperador ha solicitado que no se le interrumpa durante los próximos tres días.
Ara soltó una carcajada.
—Ya está otra vez encerrado con sus libros.
Arsa sonrió.
—Así es Su Majestad.
Cuando encuentra algo interesante, olvida hasta comer.
—Entonces iremos al Castillo de los Caballeros —decidió Ara—.
Quiero ver en qué estado está lo que una vez fue mi orgullo.
El carruaje los llevó hasta la colina donde se erguía la fortaleza.
Cuando descendieron, el primer rostro conocido los recibió con una expresión temerosa.
—Princesa…
—balbuceó el capitán Borus, aún con un ligero hematoma del golpe anterior.
Ara lo miró con una sonrisa envenenada y un garrote en la mano.
—¿Sabes?
Pensé que ya habrías aprendido.
Borus levantó ambas manos.
—Lo siento, maestra.
Aún me duele el pecho, no hace falta recordármelo.
Arson, entre dientes, se echó a reír.
El capitán lo escuchó y le lanzó una mirada entre divertida y desafiante.
—Y tú, muchacho, ¿qué tal la visita al castillo?
Ara intervino de inmediato.
—No lo metas en tus juegos, Borus.
El gigante rió, con ese tono que llenaba el aire.
—Ay, maestra… siempre tan seria.
¡Vamos, venid!
Seguro que a los capitanes les alegrará verte.
Atravesaron los patios de entrenamiento, donde jóvenes reclutas practicaban bajo estandartes desgastados.
El olor a sudor, acero y tierra llenaba el aire.
Cuando llegaron a la Sala de los Capitanes, el bullicio cesó.
Ara entró primero.
Los caballeros se pusieron de pie, golpeando el pecho con el puño derecho.
Ella caminó hasta el gran asiento central, aquel que solo el Emperador o ella podían ocupar.
Se sentó despacio, con dignidad, y observó a todos los presentes.
—Caballeros del León —dijo con voz firme—.
He vuelto a casa.
El silencio fue total.
Y entonces, una tras otra, las rodillas empezaron a doblarse.
Arson observó la escena en silencio, sintiendo que, por primera vez, veía a Ara no como su compañera… sino como lo que realmente era: una leyenda viviente.
Una de las puertas laterales se abrió sin previo aviso.
Una figura vestida con armadura escarlata se inclinó levemente.
—Bienvenida, maestra —dijo con voz fría—.
El Conde Valerius desea hablar con usted… en privado.
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