ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 — “El Consejo del León”
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11: Capítulo 11 — “El Consejo del León” 11: Capítulo 11 — “El Consejo del León” El murmullo de las armaduras llenaba la Sala de los Capitanes.
Cuarenta hombres y mujeres, todos ellos veteranos del Imperio, formaban un semicírculo frente al trono menor donde Ara se había sentado.
La luz de las antorchas jugaba sobre sus rostros, endurecidos por años de guerra y disciplina.
El eco de las puertas abriéndose interrumpió la calma.
Un hombre vestido de negro, con el sello del Consejo bordado en el pecho, cruzó el umbral.
Su andar era sereno, pero su sonrisa demasiado segura para el lugar donde estaba.
—Mi señora —dijo, inclinándose con rigidez—, traigo un mensaje del Conde Valerius.
Ara ni siquiera se levantó.
—Dile al Conde que cuando acabe esta reunión con mis capitanes, iré con él.
El mensajero se aclaró la garganta, fingiendo humildad.
—El Conde ha sido claro, princesa.
Desea que asista de inmediato, y que su…
hijastro la acompañe.
El ambiente cambió al instante.
Borus, el gigante, se irguió como una muralla y habló con voz retumbante: —El Conde no es el Emperador.
Si la princesa decide no llevar a su hijo, es decisión suya.
—Capitán Borus —replicó el mensajero con un tono cortante—, cuidado con tus palabras.
Ir en contra de una orden del Consejo es ir contra el Imperio.
Un silencio glacial cayó sobre la sala.
De pronto, una voz serena pero autoritaria cortó el aire.
—Recuerda bien con quién hablas.
—La Capitana Arsa había levantado la mano, su mirada como una espada desenvainada—.
Estás frente a la Princesa del Imperio, y el Conde, por muy grande que crea ser, no tiene autoridad sobre la sangre del Dragón.
El mensajero palideció, pero aún no retrocedió.
—Yo solo transmito las palabras del Consejo.
Antes de que pudiera continuar, un silbido quebró el aire.
Una cuchilla voló desde el flanco izquierdo, rozando su mejilla y clavándose con fuerza en la puerta detrás de él.
El hombre giró con terror, mirando al capitán que la había lanzado.
Era un guerrero alto, de rostro afilado y ojos grises como acero.
Su nombre resonó en la sala: —Serpens —dijo Arsa, sin sorpresa, reconociendo al antiguo capitán.
El hombre, con voz fría, habló: —Bastardo… estás en la cámara de los capitanes.
Dile a tu Conde que no se atreva a perturbar ni a esta Orden, ni a nuestra maestra.
El mensajero tragó saliva, retrocediendo un paso.
Pero otro capitán, de complexión robusta y mirada firme, se levantó también.
—Y dile al Conde —añadió—, que si tiene algo que pedir a esta Orden, que lo haga a través del Emperador, no con sus perros.
Su nombre era Murus, “el muro”.
Un veterano tan imponente que su voz sola bastaba para imponer silencio.
El mensajero ya no sabía a quién mirar.
Su mano temblaba, pero aún intentó mantener la compostura.
—Solo cumplo con mi deber, capitanes.
Transmito las órdenes del Consejo…
Ara, que no había dicho una palabra desde el inicio, se levantó despacio.
Su voz, suave pero firme, llenó la sala: —No del Consejo, muchacho.
Del Conde.
No confundas la voluntad de un solo hombre con la del Imperio.
La frase cayó como un martillo.
El mensajero se inclinó torpemente y retrocedió.
—Transmitiré sus palabras, princesa…
—Hazlo.
Y dile también —añadió Ara, sin apartar la vista—, que la próxima vez envíe una carta.
Su mensajero casi pierde la cabeza.
El hombre bajó la mirada y salió con premura.
La puerta se cerró, y durante unos segundos, nadie habló.
Fue Judith, la única mujer entre los capitanes veteranos, quien rompió el silencio.
—Habéis sellado vuestro destino.
Lo sabéis, ¿verdad?
—dijo con serenidad—.
El Conde no olvida ni perdona.
Murus resopló.
—Que lo intente.
Si permitimos que hasta en esta sala tenga oídos, ¿qué quedará del orgullo del Imperio?
Un tercer capitán, uno que hasta ese momento había permanecido quieto, se incorporó con calma.
Su nombre era Dýnamis, “la Potencia”.
Su voz fue profunda, pesada como plomo.
—Ese orgullo del que hablas, Murus… el mismo Conde lo llevó en su pecho una vez.
No olvides eso.
Ara lo miró fijamente.
No necesitaba que dijera más.
Era evidente que parte de su Orden se había vuelto simpatizante del Conde.
Los ojos que una vez la miraron con respeto ahora la observaban con cálculo.
Con un gesto de la mano pidió silencio.
—No hablaremos de esto aquí.
—Su voz se endureció—.
No todavía.
Quiero un reporte completo del estado de la Orden del León.
Cada capitán entregará mañana al amanecer la situación de sus destacamentos, número de efectivos, armamento y moral de las tropas.
Presentaré el informe personalmente al Emperador cuando el Consejo me lo permita.
Los capitanes asintieron, algunos con respeto, otros con frialdad.
Ara volvió a sentarse, recostándose apenas en el trono menor.
—Que los dioses nos den fuerza —murmuró, lo justo para que Arson la oyera.
Él, de pie tras ella, comprendió lo que realmente había visto ese día: No una reunión… sino el preludio de una guerra dentro del mismo Imperio.
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