ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 — “El Llamado de Fluvion”
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13: Capítulo 13 — “El Llamado de Fluvion” 13: Capítulo 13 — “El Llamado de Fluvion” El amanecer bañaba las torres del castillo con una luz dorada.
El silencio del cuarto era casi irreal, roto solo por la respiración acompasada de Arson.
Una sirvienta pasaba un paño húmedo por su frente, limpiando el sudor acumulado durante días.
Cuando el muchacho entreabrió los ojos, la joven casi gritó del susto.
—¡Por los dioses!
¡Está despierto!
—exclamó, dejando caer el cuenco.
Salió corriendo hacia el pasillo, llamando a la princesa con voz aguda.
A los pocos minutos, Ara entró acompañada por Arsa, la capitana de la Guardia Imperial.
Ara avanzó con paso rápido hasta la cama, y al verlo consciente, suspiró de alivio.
—Vaya, pensé que dormirías otro par de días —dijo con tono ligero.
Arson se llevó una mano a la frente, incorporándose lentamente.
—No lo planeaba… pero mi cuerpo parece tener otras ideas.
Ara sonrió, divertida.
—Normal.
Has estado una semana entera en cama.
No me sorprendería si tus músculos se sienten como piedra.
Arsa intervino, práctica como siempre.
—Mi señora, debería dejarlo descansar y alimentarse bien.
Además, el Emperador la espera en la sala de audiencias.
Ara asintió.
—Tienes razón.
—Miró a Arson—.
Descansa, come, y nada de locuras.
Arson arqueó una ceja.
—¿Desde cuándo hago locuras?
Ara lo miró de reojo.
—Desde el momento en que decidiste desafiar una mazmorra de nivel Dragón.
Le guiñó un ojo y añadió—: Te pondré una canguro.
Capitana, custódielo.
Arsa parpadeó.
—¿Yo?
¿Por qué yo, mi señora?
Ara esbozó una sonrisa felina.
—Tus ojos pueden seguirle el paso si decide hacer algo que no debe.
Arsa suspiró resignada.
—Como ordene.
—No se preocupe, capitana —dijo Arson con voz tranquila—.
Hoy solo necesito recuperar fuerzas.
Se acomodó en posición de meditación, cerrando los ojos lentamente.
Ara lo observó un instante más, luego asintió satisfecha.
—Nos vemos después.
Salió junto a Arsa, dejando que la puerta se cerrara suavemente tras ellas.
El Consejo Imperial El Salón de Audiencias del Imperio del Dragón era un espectáculo de mármol blanco y columnas grabadas con runas antiguas.
En el centro, sobre el trono de éter negro, el Emperador Althair Dracón III observaba los mapas extendidos con expresión reflexiva.
—Hermana —dijo sin levantar la vista—, si has venido tú, debe ser algo importante.
Ara se inclinó respetuosamente.
—Así es.
Vengo por la Villa Frontera.
Necesitan apoyo, suministros, y personal para sostener las defensas antes del invierno.
Althair levantó la mirada, con una sonrisa que era mezcla de orgullo y cariño.
—Puedes tomar el oro del tesoro menor.
Además, enviaré a mis ingenieros y a un destacamento de obreros para ayudar.
No permitiré que una villa fundada bajo tu nombre pase penurias.
Ara bajó la cabeza en agradecimiento.
—Te lo agradezco, hermano.
El emperador se reclinó en el trono, observándola con interés.
—¿Y qué hay del muchacho?
—preguntó—.
Ese tal Arson.
Ara mantuvo su expresión serena.
—Está recuperándose.
Dará que hablar, estoy segura.
—He oído de su hazaña —dijo Althair, sonriendo con cierta curiosidad—.
Superar todos los niveles de la mazmorra…
hasta el Dragón.
No recuerdo que ni tú lograras algo así sin quedar al borde de la muerte.
Ara entrecerró los ojos, pensativa.
—No sé qué es exactamente.
Su cuerpo es humano, pero nada más lo es.
Su energía, su saber, su manera de moverse…
todo en él parece venir de otro tiempo.
—¿Crees que sea un mestizo como nosotros?
—preguntó el emperador con tono amable.
Ara negó suavemente.
—Podría ser… pero incluso entre los mestizos, no hay nadie con un aura como la suya.
Es distinto.
El emperador sonrió, sin rastros de desconfianza.
—Si tú lo respaldas, tiene mi favor.
Pero no dejes de observarlo.
A veces los dones más brillantes ocultan sombras profundas.
Ara asintió.
—Lo sé.
Lo vigilaré de cerca.
En ese momento, las puertas se abrieron de golpe.
Un mensajero, cubierto de polvo y con el emblema del norte en su brazo, irrumpió jadeando.
—¡Mensaje urgente de la frontera noreste!
—gritó—.
¡La fortaleza de Fluvion está bajo ataque!
El emperador se levantó de inmediato.
—¿Fluvion?
El bastión fluvial del Lathos… ¡esa posición no puede caer!
Ara ya estaba de pie, con el rostro endurecido.
—Déjame adivinar: orcos.
—Sí, mi señora.
Un ejército entero.
Ya han superado las murallas exteriores.
Althair miró a su hermana, sabiendo la respuesta antes de oírla.
—No hace falta que lo diga, ¿verdad?
—Sabes que voy —replicó Ara con una media sonrisa.
Una sombra emergió a su lado, casi sin sonido.
Un Shadow inclinó la cabeza ante ambos.
—¿A qué capitanes deben convocarse?, princesa.
Ara no dudó un segundo.
—Cinco.
Los de siempre.
—Borus, Murus, Serpens, Judith y Onimen.
—Quiero sus informes y que el técnico del Arsenal nos dé los números de fuerza y rutas disponibles.
Nos reuniremos en el Salón de Guerra en una hora.
El Shadow desapareció sin un sonido.
El emperador bajó del trono y puso una mano sobre el hombro de su hermana.
—Que los dioses te acompañen, Ara.
El Imperio del Dragón aún respira porque tú mantienes su fuego vivo.
Ella sonrió, ajustando los guantes de su armadura.
—Entonces mantendré ese fuego ardiendo.
Fluvion no caerá mientras yo siga con vida.
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