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ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Capitulo 17 — “EL DRAGÓN MUEVE SUS ALAS”
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17: Capitulo 17 — “EL DRAGÓN MUEVE SUS ALAS” 17: Capitulo 17 — “EL DRAGÓN MUEVE SUS ALAS” El Conde Valerius regresó al castillo con su escolta personal, el sonido de sus botas resonando en el mármol del corredor principal.

Tras supervisar la recolección del impuesto religioso, se dirigió sin pausa a la sala del consejo.

Al entrar, los consejeros murmuraban entre ellos asuntos triviales.

El ambiente cambió al verlo sentarse.

—Antes de continuar —dijo Valerius, cruzando las manos con serenidad calculada—, debemos tratar un tema que habéis ignorado durante semanas: los barrios bajos necesitan intervención mínima.

Si no drenamos esas calles antes del cambio de estación, tendréis una peste extendiéndose hacia las zonas de nobles.

Uno de los consejeros bufó.

—¿Invertir en ellos?

Apenas aportan al imperio.

Valerius lo ignoró, como quien aparta una mosca molesta.

—Y aun así, si enferman, moriremos todos igual.

Las ratas no saben leer estatus social.

Un murmullo incómodo recorrió la mesa.

Entonces, la puerta se abrió.

Todos se levantaron de inmediato.

Entró el Emperador Althair Dracón III, con ese porte calmo y grave que imponía sin necesidad de levantar la voz.

Avanzó hasta la mesa del consejo, los ojos recorriendo a cada uno con desaprobación contenida.

—He escuchado lo suficiente desde fuera —dijo—.

La forma en la que habláis de mis vasallos es inaceptable.

Los consejeros bajaron la vista.

Sólo Valerius mantuvo su compostura, inclinando la cabeza con respeto.

—Majestad —respondió—, precisamente por eso propongo actuar.

No por benevolencia, sino por preservar la estabilidad del reino.

Una epidemia sería más costosa que reforzar el suelo.

Althair lo observó, midiendo cada matiz, antes de asentir lentamente.

—Revisaré tu propuesta.

Se asignarán recursos mínimos para evitar riesgos.

No más de lo estrictamente necesario.

El consejo aceptó en silencio.

Althair tomó asiento.

—Siguiente punto —continuó—.

Ara ha partido hacia la fortaleza fluvial, bajo asedio.

He aprobado su marcha y la movilización de cinco capitanes.

El consejo volvió a murmurar, incómodo.

—Majestad… —dijo uno de ellos—, cinco capitanes es un despliegue exagerado.

Los números del asedio no parecen tan altos… —La zona es estratégica —interrumpió Valerius, con precisión quirúrgica—.

Perderla quebraría la línea oriental.

La princesa ha actuado con criterio.

El emperador asintió brevemente.

Y entonces, con voz firme y tranquila, anunció: —Mientras Ara socorre la fortaleza fluvial, yo dirigiré una operación distinta.

Recuperaremos Nar-Dhal.

El silencio fue absoluto.

Nar-Dhal llevaba años perdida, tomada por fuerzas desconocidas que nunca portaron estandarte.

Valerius frunció el ceño, sorprendido, aunque sin mostrar oposición abierta.

—Majestad… ¿vos mismo?

Pensé que habíais renunciado al combate directo.

Althair mantuvo su mirada firme.

—No voy a conquistar nada nuevo.

Voy a recuperar lo que pertenece al imperio.

Y Nar-Dhal es demasiado importante para seguir en manos ajenas.

Los consejeros tragaron saliva.

No era un acto heroico.

Era una declaración política y estratégica.

Antes de que alguien replicara, desde un rincón oscuro emergió una figura envuelta en sombra.

Un Sombra.

Todos tensaron el cuerpo.

La figura habló con voz suave: —Majestad, la capitana de la Guardia Imperial aguarda.

El joven Arson también ha sido localizado, según pidió.

Althair asintió.

—Que ambos vengan a mis aposentos.

La sombra desapareció entre parpadeos.

El emperador se levantó.

—Continuad sin mí.

Revisad cada propuesta económica con seriedad.

No deseo improvisaciones mientras estoy fuera.

La reunión quedó en silencio mientras él salía.

Los consejeros esperaron a que la puerta se cerrase antes de respirar.

Valerius apoyó los dedos sobre la mesa, pensativo.

—El emperador rara vez abandona la capital —dijo con voz baja, casi analítica—.

Si ha decidido moverse hacia Nar-Dhal… es porque ha visto algo que nosotros aún no.

—¿Os preocupa, Conde Valerius?

—preguntó un consejero.

Valerius negó despacio.

—Preocupación, no.

Expectativa, quizás.

Althair nunca actúa sin razón.

Y un dragón que se mueve… nunca lo hace en vano.

APOSENTOS IMPERIALES Arson llegó junto a la capitana de la Guardia Imperial.

El emperador estaba revisando mapas extendidos sobre su mesa.

Al volverse hacia ellos, su expresión cambió: menos rígida, más humana.

—Gracias por venir —dijo.

La capitana se inclinó.

Arson, respetuoso pero sin rigidez militar, habló: —¿Me llamaste, tío?

Althair respiró hondo.

—Quiero que me acompañes a Nar-Dhal.

No estás completamente recuperado, lo sé… pero necesito alguien de confianza.

Ara confía en ti, y eso para mí basta.

Arson asintió sin vacilar.

—Haré lo necesario.

La capitana añadió: —Su armadura ya está lista.

Ligera, reforzada, preparada para movilidad rápida.

Dos dagas, una gladius… como ordenó.

Arson sonrió.

—Perfecto.

No usaré escudo.

Althair lo sabía.

Y solo respondió con un leve gesto de aprobación.

—Los magos están preparando el ritual de Las Alas del Dragón —informó la capitana—.

Partiremos esta misma noche.

El emperador tomó un mapa enrollado y se lo entregó a Arson.

—Nar-Dhal no debe seguir bajo manos desconocidas.

Era la piedra angular del comercio norte–sur.

Recuperarla es… cerrar una herida, sobrino.

Arson percibió la carga emocional detrás de esas palabras.

—Entonces vayamos a cerrarla.

El emperador sonrió con calma, auténticamente.

—Eso haremos.

La capitana se retiró para ultimar los preparativos.

Arson permaneció unos segundos a solas con el emperador, observando los mapas extendidos.

Althair, como siempre cuando no llevaba la corona ni estaba ante el consejo, se permitió un suspiro genuino.

—Sabes… —comenzó, sin apartar la vista del mapa—.

Mi hermana confía en ti de una forma que no concede a casi nadie.

Arson respondió sin dudar: —Yo también confío en ella.

El emperador sonrió de lado, como si ese intercambio le confirmara algo.

—Me recuerda a cuando éramos niños —dijo con un deje de nostalgia—.

Ara siempre se lanzaba al frente para protegerme… incluso cuando yo era más fuerte.

Supongo que hoy tú haces ese papel conmigo, ¿no?

Arson inclinó la cabeza.

—Digamos que es… una forma de devolver un favor.

Y de cuidar a alguien que me cae bien.

Althair soltó una risa suave.

—Eso sí que no me lo esperaba de ti.

Mi hermana me dijo que eras… ¿cómo lo dijo?

Ah, sí: “Un niño demasiado sincero para su propio bien”.

Arson se llevó una mano a la nuca, incómodo.

—No sé si tomarlo como un halago.

—Tómarlo así —respondió Althair mientras recogía el mapa—.

Este imperio necesita algo de tu franqueza.

Guardó silencio unos instantes, volviendo a su semblante serio.

—Pero hay algo más que quiero que entiendas, Arson.

—Lo miró directamente a los ojos—.

Valerius es inteligente.

Extremadamente inteligente.

Todo lo que hace tiene una razón, y siempre está tres pasos por delante del consejo.

—¿Lo temes?

—preguntó Arson.

Althair negó con suavidad.

—No.

Pero lo respeto.

Y sé cuándo sus movimientos ocultan algo más profundo.

—Dejó el mapa sobre la mesa—.

Y lo que dijo sobre Nar-Dhal… no lo dijo por cortesía conmigo.

Tiene interés real en esa fortaleza.

Y eso significa que hay algo que él ve… y yo aún no.

Arson frunció el ceño.

—Entonces hay algo más en Nar-Dhal.

—Exacto —confirmó el emperador—.

Y por eso necesito que vengas.

Tú no estás contaminado por las intrigas del consejo.

Ves las cosas como son, no como deberían ser.

Arson asintió lentamente.

—Haré lo que pueda.

—Eso es suficiente —respondió Althair, y por primera vez su voz tuvo un matiz cálido—.

A veces, más que poder, necesito claridad.

Un golpecito suave sonó en la puerta.

La voz de la capitana de la Guardia resonó del otro lado.

—Majestad, todo está preparado.

Los magos esperan en el círculo y las tropas se mantienen en formación.

Althair respiró hondo y volvió a colocarse la capa imperial de viaje: un tejido oscuro, reforzado y sin adornos, pensada para campaña, no para ceremonia.

—Bien —dijo, recuperando el porte de soberano—.

Vamos.

Arson ajustó las correas de su armadura ligera y sus dagas.

Antes de salir, el emperador apoyó una mano en su hombro.

—Lo que ocurra en Nar-Dhal… no saldrá de nuestras bocas hasta que lo hayamos visto con nuestros propios ojos.

¿Entendido?

—Entendido.

Ambos cruzaron la puerta y caminaron juntos hacia el patio inferior del castillo.

La noche ya había caído por completo, y la luna iluminaba las murallas con un tono plateado.

En el centro del patio, un círculo mágico gigante ardía con luz azulada.

La Guardia Imperial estaba ya formada, inmóvil como una estatua viviente.

Los caballos aguardaban sin relinchar, como si sintieran la energía que los envolvería.

Cuando el emperador apareció, todos golpearon el pecho con el puño en saludo.

—¡Por el Dragón!

—clamaron al unísono.

Arson observó la escena, comprendiendo por primera vez la magnitud del título que llevaba Althair.

El emperador levantó una mano.

—Partimos hacia Nar-Dhal.

—Sus palabras resonaron con la gravedad de un juramento—.

Hoy, este imperio mueve sus alas de nuevo.

Arson sintió un escalofrío… no de miedo, sino de anticipación.

El círculo mágico comenzó a arder con más intensidad.

La noche se abrió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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