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ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 — “Lo que vigila bajo el mármol”
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2: Capítulo 2 — “Lo que vigila bajo el mármol” 2: Capítulo 2 — “Lo que vigila bajo el mármol” El primer tramo de escaleras olía a metal viejo.

El segundo, a agua encerrada.

El tercero no tenía olor, como si la piedra hubiese olvidado cómo hacerlo.

Nadash bajó sin prisa, mano al muro, dejando que el castillo le devolviera un inventario de grietas en la yema de los dedos.

A cada peldaño la oscuridad parecía más pesada, no por ausencia de luz, sino por presencia de algo que el ojo no quería traducir.

Al pie del primer descanso, una hornacina contenía restos de un altar.

La losa presentaba cicatrices de garras, profundas, regulares, casi meticulosas.

Entre ellas, cenizas de algún rito no reciente y un hilo de cera solidificado en gesto de caída detenida.

Nadash rozó la piedra: la electricidad asomó y se escondió, tímida.

Llamó a la gravedad con un leve gesto; el polvo cayó más rápido de lo que debía, y luego recuperó su pudor.

Algo respondía en el subsuelo, con latenes torpes, como un tambor practicado por un brazo enfermo.

No era un dungeon; era un recuerdo al que se podía bajar.

Los corredores se estrecharon.

El techo bajó una palma; luego otra.

La humedad empañó el aire con un aliento frío que se pegaba al paladar.

De vez en cuando, una sombra cruzaba al fondo con demasiada quietud para ser animal y demasiada prisa para ser estatua.

Un zombi sin ganas se levantó de su esquina: la piel, cuero mojado; la mirada, un vidrio sucio.

Nadash lo apoyó de nuevo contra el muro con un impulso de presión directa: hubo un crujido breve, como una rama gruesa que decide rendirse.

Un slime rezagado se arrastró con ambición de bota; un relámpago corto lo endureció por dentro y lo dejó quieto y opaco, una piedra nueva en el pasillo.

Dos goblins tantearon el aire; uno siseó, otro rió con un chirrido roto.

El siseo murió; la risa también.

Las criptas centrales esperaban bajo un arco agrietado.

El mosaico del suelo mostraba un dibujo que alguna vez tuvo sentido: círculos concéntricos, líneas quebradas, la silueta de algo serpenteante que no era río ni dragón, pero recordaba a ambos.

En los bordes, clavadas a piedra, cadenas sin eslabones: tallas, no metal—imitaciones de cadenas.

Nadash las miró lo suficiente para admitir que no las entendía.

El horizonte del pasillo se dobló un instante.

No fue mareo: fue la gravedad intentando ser de otro modo.

El corazón del castillo marcó un pulso desacompasado que el cuerpo confundió con el suyo.

El pergamino, a la espalda, se enfrió.

—Te oigo —susurró Nadash, y la palabra sonó gastada, como usada en otra vida.

Avanzó.

El silencio vino con él como un animal educado.

El aire apretó los hombros, no por peso, sino por intención.

La oscuridad, civilizada hasta entonces, decidió mirar.

Y al fin se movió.

No nació de un ruido.

Estuvo de repente, ocupando el pasillo como un derrumbe que encuentra forma.

Era pequeño para su especie; en otro tiempo habría sido despreciado por sus mayores.

Pero ese “pequeño” llenaba los ojos más de la cuenta.

La piel parecía mal recordada por quien intentó rehacerla: placas donde no tocaba, zonas blandas donde debía haber defensa; hueso al aire en costillas laterales; un ojo de más, arriba, incrustado en una esquina de cráneo, mirando a destiempo; otro ojo velado por una membrana endurecida.

Las alas eran asimétricas: una desplegable, otra pegada a medio curar; ambas rezumaban restos secos de intentos de volar en cuartos demasiado pequeños.

La boca era el único lugar sin dudas: dientes gastados, sí; mordida despierta.

El dragón olió, probó el aire con una lengua resquebrajada y embistió.

Nadash alzó el brazo; la electricidad se le pegó al antebrazo como una manga agujereada.

No sirvió de escudo: sirvió de advertencia.

El golpe lo lanzó contra un pilar; la piedra le respondió con franqueza en la espalda.

El dragón giró con torpeza desgastada y atacó de nuevo, más bajo, intentando arrancarle la pierna como un perro rencoroso.

Nadash tiró de la gravedad hacia la izquierda: el cuerpo de la bestia se fue un codo, suficiente para que la mordida errara por un ancho de mano.

Aun así, los dientes rozaron piel y la quemazón se prendió con el tacto.

El aire escaseó.

El pasillo, estrecho.

La bestia, cerca.

Demasiado cerca.

Nadash golpeó la base del cuello con el puño cerrado.

El impacto sonó a madera húmeda.

Un zarpazo le atravesó la capa y dejó líneas ardientes en el costado.

El rugido fue más rabia que poder, un sonido que buscaba perdón y solo encontraba hambre.

Nadash llevó la mano libre a la boca de la bestia y lanzó fuego.

El azul pálido brotó como agua hirviendo sin vapor: la mandíbula se cerró un momento por reflejo, y el olor que llenó el pasillo fue denso, intolerante con las narices.

El dragón reculó un palmo, no por dolor, sino por sorpresa ante algo que quemaba de otro modo.

El ojo adicional, el de la esquina, parpadeó hacia atrás.

El otro miró con la fijeza de un clavo.

—No pienso morirme aquí —dijo Nadash, no a la bestia, sino a la idea de ser cazado en su propio sótano.

La criatura se lanzó.

Esta vez Nadash no esquivó: tiró de la gravedad hacia abajo y adelante.

El peso del mundo saltó al cuello del dragón; patas y piedra se conocieron con violencia.

Aprovechó el instante y empujó rayo a través del mismo punto donde el fuego había mordido.

No fue hermoso.

Fue eficaz.

La sacudida le recorrió el brazo a él también, robándole aire y visión por un latido.

La bestia se sacudió en convulsiones cortas y brutales que hicieron cantar a los pilares con un timbre hueco.

Resistió.

Con una sacudida, la cabeza rasgó la presión impuesta y cerró la boca donde no debía: en el antebrazo de Nadash.

El guante de electricidad se hizo humo.

Hubo un ruido húmedo, corto.

El cuerpo recordó cómo es ceder.

Nadash respondió tarde y con todo: fuego directo a la bisagra de la mandíbula; presión hacia abajo, no sobre el cuello, sino sobre la idea de “arriba” en ese tramo de realidad; un empujón de aire que no era viento, sino desacuerdo.

La bestia soltó, retrocedió en espasmos, golpeó el muro con el costado donde el hueso estaba afuera y rompió algo que no debía romperse.

El sonido dejó una cola vibrante que el oído rechazó.

Nadash se abrió paso entre el dolor como quien atraviesa un rebaño: empujando con hombro y paciencia.

Su mano alcanzó el pergamino en la espalda.

El frío subió al brazo con intención de quedarse.

—Vienes —dijo, y no supo si hablaba con el dragón o con el papel.

Tiró del hilo negro.

No hubo luz decorativa ni viento teatral.

Hubo silencio concentrado.

El pergamino abrió su boca que no era boca, una grieta delgada en la tela del aire, y la bestia sintió.

No miedo: reconocimiento.

Aquello no era magia de escuela ni domo de clérigo; era un hábito antiguo que recordaba haber sido ejercido por manos más firmes, hace demasiado.

El dragón embistió por última vez, torpe y feroz, con una dignidad equivocada.

Nadash le ofreció la grieta.

La grieta aceptó.

No fue una absorción limpia.

Fue alimentación.

El pergamino se tensó en las manos de Nadash como un animal que tira de una presa; el aire se estiró un poco; las sombras acercaron la silla.

La criatura se quebró en su forma, como si el mundo no la hubiese aprobado al nacer y por fin la estuviera corrigiendo.

Los latidos se hicieron cortos, rabiosos, luego largos y huecos, luego ninguno.

El pergamino tragó.

Y palpitó.

Nadash lo cerró con el hilo negro mientras algo dentro se acomodaba con un suspiro que no pertenecía a ninguna garganta.

El pasillo recuperó su tamaño normal con pudor.

El silencio miró a otro lado.

El brazo dolía de manera insistente, precisa.

Se lo miró: mordidas mal cerradas, marca de presión, piel enrojecida y húmeda.

El cuerpo pidió sentarse; el orgullo pidió calma.

Ganó el orgullo, pero por poco.

El fuego azul tembló un instante sobre la herida sin prometer curación, apenas desinfección.

Hizo lo que pudo: más voluntad que técnica.

Subió.

Las escaleras hicieron inventario de quejas.

El castillo cambió de aliento al sentir que lo abandonaban.

La Sala del Trono lo recibió con su postura habitual de depredador dormido: inmóvil, pero en posición.

El cofre vacío, la hebilla en su cinto, la funda sin dueño: todo estaba donde debía no estar.

Afuera, la luz gris de un día que no conoce calendario.

Cruzó el umbral.

El bosque había comido la ciudad.

Donde antes hubo calles, ahora había raíces con memoria; donde hubo plazas, charcos con piel verde; donde hubo torres, árboles que simularon ser columnas por amor al arte.

Entre troncos y arcos rotos asomaban piedras con letras que nadie leía.

A lo lejos, una muralla se inclinaba como si estuviera escuchando algo que venía de muy lejos.

Nadash caminó entre columnas cubiertas de musgo que habían sido demonios con nombre.

No se detuvo a presentarse.

El aire afuera sabía mejor, pero no era libre.

El pergamino, a su espalda, latía a su propio ritmo, desacompasado, con la satisfacción insana de quien ha comido demasiado deprisa.

Entonces, voces.

Le llegaron como una cuerda delgada tirada desde el borde del bosque.

Varios tonos, varias respiraciones.

No eran gritos de combate; eran voces de gente que sabía que el bosque tenía dueño y aun así lo cruzaba.

Una risa corta, un “aquí”, un chasquido de rama bajo bota.

Más de dos.

Más de tres.

Nadash se hizo a un lado del camino, donde la sombra de un arco roto caía en ángulo.

La electricidad le cubrió el antebrazo con una obediencia tibia; no prometía grandes cosas.

Bastaban cosas pequeñas.

El pergamino palpitó más fuerte.

Como si lo que acababa de comer hubiera recordado que estar vivo era mejor que no estarlo.

La sensación subió por el cinto, tocó la espalda, trepó a la nuca.

No dolor; advertencia.

—Quieto —dijo en voz baja, sin destinatario visible.

Las voces humanas se acercaron un tramo más.

El bosque aguantó la respiración.

El pergamino insistió desde la espalda, como si empujara hacia afuera con curiosidad o hambre.

Nadash miró primero a la sombra, luego al borde de los árboles, y al fin, sin admitirlo, al pergamino.

Algo dentro quería salir a mirar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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