ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capitulo 3 — La caballera del rayo
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3: Capitulo 3 — La caballera del rayo 3: Capitulo 3 — La caballera del rayo El bosque respiraba por raíces.
Cada tronco viejo se había tragado una columna, cada enredadera había aprendido el nombre de una calle.
El niño avanzó con paso corto, tanteando el suelo con la vista antes que con la bota, y oyó el combate antes de verlo: primero un desplazamiento brusco de aire, luego un golpe seco contra piedra, por último un rugido tosco que no pertenecía a ningún animal del bosque.
Se acercó sin romper ramas.
La humedad entre hojas olía a hierro antiguo.
El claro se abrió como un ojo.
Allí estaba ella: una mujer con armadura sin adornos, placas que lucían un desgaste honesto; postura compacta, cadera baja, guardia cerrada.
A un lado, un círculo rúnico aún palpitaba a media altura, como una cicatriz luminosa que se negaba a apagarse.
Del círculo emergía un minotauro, más ancho que alto, con los hombros como paredes y una cabeza coronada por cuernos astillados; la piel, curtida a golpes; el aliento, espeso.
Frente a un arco derruido, un mago sostenía un bastón con incrustaciones pálidas.
Su túnica llevaba el emblema de un sol con espadas cruzado por un hilo carmesí: Teocracia del Sur.
—Ara de la Frontera —anunció—.
En nombre del cielo, tu deuda vence hoy.
La mujer no respondió.
Ajustó la posición del pie adelantado, apenas un dedo.
El cuerpo le habló al suelo y el suelo escuchó.
El minotauro embistió con un bramido breve.
Ella no retrocedió: dio medio paso lateral y orientó la cadera; la bestia pasó por su costado a un brazo de distancia.
La caballera colocó la mano izquierda sobre el antebrazo derecho, apretó dedos, bajó el centro de gravedad y descargó un golpe ascendente en arco.
El impacto llegó limpio bajo la axila de la criatura, un sonido grave de estructura vencida.
El monstruo giró, lento.
Intentó barrerla con el brazo herido; ella cambió de nivel, entró bajo el barrido y colocó el hombro contra el pectoral del minotauro, rompiéndole la base con una torsión de cadera.
La bestia cayó de rodillas.
El mago sonrió, alzando el bastón.
Las runas se avivaron.
—Te vi doblegar legiones —dijo con rencor prestado—.
Hoy no te salvará nadie.
Ara lanzó al bastón un solo vistazo y volvió al combate.
El minotauro arrancó una piedra del suelo y la lanzó como un castigo.
Ella giró sobre planta y talón, dejó pasar el proyectil y lo convirtió en oportunidad: el codo entró en una articulación opuesta.
Chasquido seco.
El aire alrededor de la mujer cambió.
No fue luz.
Fue intención.
El Arte del Rayo le abrazó el puño como una promesa eléctrica.
Golpeó.
Subió.
Los músculos ejecutaron memoria.
La bestia perdió aire, perdió visión, perdió ritmo.
El niño reconoció la estructura del movimiento.
Arte.
—Te mantienes sola para morir sola —entonó el mago, lanzando su hechizo.
El tiempo se tensó.
El pie del minotauro barría para derribar… y entonces el suelo tartamudeó.
Un palmo de tierra dejó de cumplir una regla.
El pie se hundió.
Falló el barrido.
El niño bajó el dedo con discreción.
Una chispa azulada se extinguió en su piel.
Ara no preguntó.
Remató: tres gestos, tres decisiones.
Base rota.
Golpe preciso al cuello.
Conexión apagada.
El cuerpo del minotauro cayó.
La descarga del mago pasó donde ella ya no estaba.
Ara llegó hasta él con guardia alta: golpeó el antebrazo que sostenía el bastón, sintió la ceder estructura; luego cerró tráquea sin romper.
El mago cayó temblando.
Ara quebró con el talón la runa principal.
Silencio.
El niño levantó la mano, casi con desgana.
Una descarga breve cruzó el aire.
El minotauro se apagó de forma definitiva.
Ara lo miró, ceja arqueada.
—Ya estaba derrotado.
—Una presa herida atrae depredadores —respondió el niño, simple—.
Y hoy ya hemos tenido suficiente ruido.
Ella no supo si hablaba por instinto… o por experiencia.
El mago todavía respiraba, arrastrándose.
Ara lo observó sin interés.
—No mueres hoy.
Vuelve con los tuyos y diles que me encontraron y me perdieron.
Como siempre.
Sin dignidad, desapareció entre los matorrales.
La caballera enfocó al niño sin bajar la guardia.
—¿Nombre?
La respuesta tardó.
Cientos de años tardaron.
Pero al fin llegó: —Arson.
El nombre se acomodó en el claro.
Ara inclinó apenas la cabeza.
—Ara.
Antes caballera del Imperio del Dragón.
Ahora… solo vivo para Villa Frontera.
Recogió sus herramientas.
Ajustó la bolsa.
—Vienes conmigo.
—No necesito… —Al bosque no le importan las necesidades —lo cortó—.
Y la Teocracia menos.
Él lo evaluó un instante.
Luego caminó.
—No quiero problemas.
—Yo tampoco —respondió ella—.
Por eso te llevas mejor conmigo que solo.
Caminaron.
A mitad de paso, Arson se detuvo.
—Nos siguen.
Ara giró… tarde.
El niño ya había extraído de la bolsa una daga, movimiento limpio, sin sonido.
Dos sombras cayeron entre arbustos, muertas antes de entenderlo.
La daga volvió al cinto sin sangre visible.
Arson habló como si comentara el clima: —Deberías haber rematado al mago.
Ara lo contempló un instante largo.
Por primera vez en mucho tiempo… la inquietó un niño.
Silencio.
El bosque cerró el veredicto.
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