ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capítulo 37 — Spes
Durante los días siguientes, la unidad de Arson dejó de ser un experimento.
Los entrenamientos se endurecieron, pero también se volvieron más precisos. Ya no se trataba únicamente de resistir o de moverse rápido, sino de entender al otro: cuándo avanzar, cuándo romper una línea, cuándo desaparecer sin dejar rastro. Las formaciones ya no se deshacían en desorden; se fragmentaban con intención y volvían a unirse con rapidez.
No eran todavía un arma perfecta.Pero habían dejado de ser una simple suma de soldados.
El estandarte
La llamada llegó al amanecer.
Arson fue convocado al Salón del Trono. El mármol aún conservaba el frío de la noche cuando cruzó las puertas. El emperador lo esperaba de pie, sin corona, con los mapas extendidos sobre la mesa central y una expresión concentrada, pesada.
—Ha llegado el momento —dijo sin rodeos—.Prepara tu unidad. La marcha se acerca.
Arson asintió.
El emperador tomó entonces un estandarte plegado. No era grande ni ostentoso. Tela resistente, bordado sobrio. Al desplegarlo, una sola palabra destacaba, escrita en la lengua imperial:
SPES
—Esperanza —murmuró Arson.
—Eso es lo que sois —respondió el emperador—.No una legión. No un martillo.Un recordatorio de que esta guerra aún puede inclinarse a nuestro favor.
Arson aceptó el estandarte con solemnidad.
—Le pediré algo más, tío —dijo—.Que envíe una Sombra a la capitana Arsa para iniciar los preparativos mientras yo atiendo un asunto personal.
El emperador lo miró un instante y asintió.
—Lo haré. Las Sombras obedecen al Imperio… y hoy eso te incluye.
Le tendió una pequeña bolsa de monedas.
—Para tu ofrenda.
Arson inclinó la cabeza y salió del salón.
La ciudad que cambia
Caminó solo por las calles de la capital.
La diferencia entre barrios seguía siendo evidente. Las avenidas amplias, limpias, llenas de estandartes y piedra pulida contrastaban con las calles estrechas donde la vida se apiñaba contra los muros.
Pero algo había cambiado.
Donde antes había lodo, ahora había calzada.Donde el agua se pudría en charcos, ahora corría hacia desagües nuevos.No era la riqueza del barrio noble… pero ya no era abandono.
Arson sonrió.
La gente lo observaba. Algunos bajaban la cabeza. Otros se detenían al verlo pasar. Aquello le incomodaba más que cualquier reverencia.
—No soy eso —pensó—. No todavía.
El templo de SonRa
El templo se alzaba como siempre: sobrio, antiguo, inmutable.
En el atrio, Asmon, el guardián, hablaba a un pequeño grupo. Su voz grave resonaba entre las columnas.
—…y así fue como, durante la Guerra Primordial, los dioses caídos intentaron gobernar estas tierras —decía—.Corrompidos por su ambición, esclavizaron a elfos y dragones cuando aún los hijos de los dioses ni siquiera existían como concepto en la mente de sus padres.
Arson se sentó a escuchar.
—Cada raza nació de un dios —continuó Asmon—.Cada uno entregó gran parte de su poder para dar vida… quedando debilitado durante milenios. No fue un sacrificio final, sino una pérdida temporal, necesaria para que el mundo pudiera existir.
El viento se coló entre las columnas.
—Pero cuando la corrupción amenazó con devorarlo todo, SonRa hizo descender a sus hijos: los Primordiales.Tan poderosos que incluso los caídos, aun con toda su fuerza, fueron derrotados o sellados.
Arson cerró los ojos un instante.
Cuando la gente se dispersó, se acercó al guardián.
Asmon lo observó sin reconocerlo… hasta que sus ojos se entrecerraron.
—Espera…Esos ojos.
Arson sonrió.
—Ha pasado tiempo.
Asmon soltó una carcajada baja.
—El muchacho que pagó cien años de impuestos…Veo que el tiempo no te ha tratado como a un simple mortal.
—Ni a ti —respondió Arson con respeto.
Hablaron durante un rato: de la ciudad, de los años transcurridos, de lo que había cambiado y de lo que seguía igual.
—¿Y qué te trae hoy aquí? —preguntó Asmon al fin.
Arson extendió la bolsa.
—Una ofrenda.Y una petición.
Asmon lo miró con gravedad.
—Las batallas que se avecinan no serán sencillas.
—Lo sé —respondió Arson—.Por eso he venido.
El guardián se apartó.
—Entra.
Silencio
El interior del templo estaba sumido en una calma absoluta.
Arson se arrodilló. Oró. Habló.No pidió victoria.No pidió poder.
Pidió claridad.
Pero esta vez… no hubo respuesta.
Nada de aquella presencia abrumadora.Nada de la voz que una vez lo había advertido.
Solo silencio.
Arson abrió los ojos lentamente.
—El creador no me permite intervenir en la tierra como antes —susurró—.Esta vez fue una excepción.
Se levantó sin rencor.
Salió del templo con el estandarte bien sujeto y el corazón más pesado… pero firme.
La guerra se acercaba.
Y esta vez, el camino debía recorrerlo sin la voz del creador guiándolo.
Arson dejó atrás el templo y puso rumbo directo a los cuarteles imperiales.
El sol ya estaba alto cuando cruzó el portón del barracón principal. El sonido del metal, las órdenes cortas y el ritmo constante de pasos le devolvieron de golpe a la realidad militar. Allí no había dioses ni silencios sagrados. Solo preparación.
Casi todo estaba listo.
Arsa estaba revisando filas cuando lo vio llegar. Tenía los brazos cruzados y una expresión que mezclaba cansancio con reproche contenido.
—Has tardado —dijo sin rodeos—. Te he dejado hacer todo a mí.
Arson alzó ambas manos en gesto de rendición.
—Tenía algo pendiente. No podía dejarlo para después.
Se acercó y le entregó el estandarte.
Arsa lo tomó, lo desplegó un instante… y sonrió.
—Así que ya tenemos nombre.
—Orden directa del emperador.
Arsa no perdió tiempo.
Giró sobre sí misma, alzó la mano libre y, sin previo aviso, hizo estallar varias esferas de agua en el aire. Las gotas cayeron como una lluvia repentina sobre los soldados, arrancando murmullos y risas sorprendidas.
—¡Atención! —tronó su voz.
La formación se giró de inmediato.
—Por gracia del emperador, vuestra unidad ha sido confirmada.Tenéis nombre. Tenéis propósito.
Desplegó el estandarte.
—SPES.
Un silencio denso recorrió las filas.
—Esperanza —continuó—. Y no se os ha concedido para lucirlo, sino para honrarlo.Las unidades con nombre no pertenecen a sí mismas.Pertenecen al Imperio… y al emperador que las creó.
Hubo un segundo de quietud.
Luego, un grito.Después, muchos.
No fue un rugido salvaje, sino un clamor firme, orgulloso, contenido.
Arson observó sin decir nada.Sabía que aquel momento no se repetía.
La decisión
Horas antes, durante la planificación de la marcha, la conversación había sido menos teatral… y más tensa.
Arsa apoyó ambas manos sobre el mapa.
—Desde la capital hasta aquí, una semana a paso normal.
—Demasiado —respondió Arson—. Llegaríamos tarde si algo se mueve antes.
Ella guardó silencio unos segundos.
—Podríamos montar caballería para todos.
Arson negó con calma.
—Los enanos no cabalgan.Y no tenemos suficientes cabríos enanos para una unidad mixta.
Arsa chasqueó la lengua.
—Marcha forzada, entonces.
Se miraron.
—Usaremos las Alas del Dragón —dijo ella finalmente—.La técnica imperial.
—Un día de viaje —confirmó Arson—.Llegaremos exhaustos… pero juntos.
No hubo más discusión.
La fortaleza de Nar-Dhal se alzaba sobre la llanura como un puño de piedra.
Desde sus murallas podía verse el mundo abrirse en kilómetros de terreno abierto, rutas de suministro, colinas suaves y, más allá, los primeros quiebres del bosque que marcaban el camino hacia la frontera.
El recibimiento fue sobrio.
El capitán Murus, ancho como la muralla que había defendido en Fluvión, los esperaba con la espalda recta y la mirada fija. Había envejecido poco, pero su armadura mostraba marcas nuevas.
—Capitana Arsa. Capitán Arson —saludó—. Vuestra llegada nos da margen.
El conde Valerius apareció un instante después, girando sobre sí mismo como si la escena fuera un teatro montado para él.
—¡Nar-Dhal agradece la puntualidad! —exclamó—. Ya empezaba a pensar que tendría que defender el mundo yo solo. Qué tragedia habría sido.
Arson ignoró el tono y fue directo al asunto.
—¿Qué tenéis?
Murus desplegó el mapa sobre una mesa de campaña.
—Incursiones constantes. Pequeñas. Rápidas.Nunca se quedan. Nunca arriesgan.Pero cada día son más.
—Están midiendo —dijo Arsa.
—Y aprendiendo —añadió Valerius, con una sonrisa ladeada—. Eso siempre me pone nervioso.
Arson asintió.
—Entonces no irán aún a la frontera.Primero intentarán romper Nar-Dhal.Cortar rutas. Aislarnos.
—Exacto —confirmó Murus—. Y cuando lo intenten, no será con exploradores.
La unidad Spes se desplegó más allá de las murallas.
Bosques. Zonas pedregosas. Puntos donde la visión de la fortaleza se perdía.
Horas después, un mensajero llegó corriendo.
—¡Contacto! —gritó—. Campamento enemigo, a varios kilómetros del primer bosque.
Arson y Arsa se acercaron a observar.
No estaba fortificado.Demasiado reciente.
Pero los números… no eran pocos.
—En tierra del Imperio —murmuró Arsa.
Arson tomó aire.
—Preparen las unidades. Ataque relámpago.
Giró hacia el mensajero.
—Avisad al capitán Muro y al conde.Vamos a desestabilizar la base…pero que se preparen. Esto puede traer represalias.
Arsa sonrió con tensión.
—Esperanza, ¿eh?
Arson alzó el estandarte.
—Que empiece a significar algo.
Clavó el estandarte de Spes en la tierra.
El aire cambió.
Las nubes comenzaron a arremolinarse, cargadas de electricidad.El cielo rugió.
—Primer golpe —dijo, sin alzar la voz—.Para que entiendan dónde están.
Alzó la mano.
El rayo cayó.
Kirin descendió del cielo como una lanza de tormenta, su cuerpo de relámpagos atravesando las nubes y estrellándose contra el centro del campamento.
La tierra tembló.El fuego y la luz lo devoraron todo.
Y la guerra… acababa de empezar.
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