ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 39
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Capítulo 39: Capítulo 38 — Los caminos que sangran
El rugido de Kirin no se disipó de inmediato.
El dragón de relámpagos descendió como un castigo antiguo, clavándose en el centro del campamento con una violencia que partió la tierra. El impacto levantó una columna de polvo, fuego y energía que se vio incluso desde las murallas de Nar-Dhal. Las tiendas salieron despedidas, las hogueras se apagaron de golpe y los hombres que no murieron en el instante quedaron aturdidos, sordos, rotos.
Cuando la descarga se disipó, el campamento ya no existía.
—Ahora —ordenó Arson, con la voz fría—. Entramos.
La unidad Spes se movió como se había entrenado: rápida, sin gritos innecesarios, sin gloria. No hubo cargas heroicas ni formaciones vistosas. Solo cuchillas, magia precisa y golpes dirigidos a romper lo que aún se sostenía.
Arsa no levantó la voz. No lo necesitaba.
Sus órdenes viajaban de capitán en capitán como pulsos claros: flancos, tiempos, retirada prevista antes incluso de terminar el combate. Los enemigos que intentaban reagruparse eran abatidos antes de comprender qué estaba ocurriendo. Aquellos que huían eran marcados, no perseguidos.
—No los cazamos —había dicho Arsa durante la planificación—. Los dejamos correr para que cuenten lo que han visto.
En menos de una hora, el lugar quedó reducido a restos humeantes y cuerpos. Ninguna baja propia. Apenas heridos leves.
Desde Nar-Dhal, el capitán Murus observó el resultado con gesto grave.
—Eso no ha sido una escaramuza —murmuró—. Ha sido una advertencia.
El conde Valerius, con su sonrisa torcida y los ojos demasiado atentos, soltó una carcajada baja.
—No… ha sido un insulto. Y a la Teocracia no le gusta que la insulten.
La semana negra
El ataque no fue único.
Durante los días siguientes, la unidad de Arson no regresó a la fortaleza más que para cambiar rutas, repostar y redistribuir información. Spes se convirtió en un rumor que se movía más rápido que los mensajeros.
Convoyes desaparecidos.Campamentos vacíos.Oficiales hallados muertos sin señales de lucha.
Nunca atacaban dos veces el mismo punto. Nunca se quedaban más de lo necesario. Golpeaban y se disolvían como humo.
Arson lideraba los ataques más duros, pero no siempre intervenía directamente. Observaba. Aprendía. Permitía que los capitanes de unidad tomaran decisiones bajo presión, mientras Arsa ajustaba el ritmo general de la ofensiva.
—Funcionan —dijo Borus cuando recibió el tercer informe consecutivo—. Maldita sea… funcionan de verdad.
Septem fue más cauto.
—No es solo fuerza —indicó—. Es método. Están obligando a nuestras sombras enemigas a moverse, y eso siempre deja rastro.
Y tenía razón.
La Teocracia empezó a reaccionar.
No con orden, sino con ira.
El enemigo se agita
Los exploradores informaron de movimientos erráticos: tropas desplazadas sin sentido, refuerzos enviados demasiado tarde, patrullas excesivas en zonas irrelevantes. El mando enemigo no entendía qué estaba ocurriendo, y cuando no se entiende, se cometen errores.
—Están nerviosos —dijo Arsa, señalando el mapa—. Han pasado de defender rutas a intentar cubrirlo todo.
—Y eso los debilita —respondió Arson.
—Exacto. Pero también los enfurece.
Valerius disfrutaba demasiado esas palabras.
—Cuando la fe se mezcla con la humillación… la respuesta suele ser excesiva.
Un nombre que empieza a pesar
No tardó en llegar.
Un prisionero capturado en un golpe nocturno, demasiado joven para morir con dignidad, demasiado asustado para mentir bien, susurró el nombre entre sollozos.
—La… la unidad del dragón…
No conocía el estandarte. No sabía cuántos eran. Solo que aparecían cuando nadie los esperaba y desaparecían incluso más rápido.
Spes.
Esperanza.
Arson escuchó el informe en silencio.
No sonrió. No se enorgulleció.
Solo sintió el peso.
—Esto no ha hecho más que empezar —dijo finalmente—. Y aún no han respondido de verdad.
Arsa asintió, seria.
—Cuando lo hagan, no será con miedo. Será con rabia.
Desde las murallas de Nar-Dhal, el horizonte parecía tranquilo. Demasiado.
Y en algún lugar, más allá de los bosques y las colinas, alguien empezaba a decidir que aquella unidad debía ser destruida, costara lo que costara.
La guerra de desgaste había comenzado.
Y todavía nadie había pagado el precio completo.
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