ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 — “Villa Frontera”
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4: Capítulo 4 — “Villa Frontera” 4: Capítulo 4 — “Villa Frontera” La empalizada de Villa Frontera era nueva, pero ya estaba cansada.
Troncos erguidos con prisa, junturas selladas con barro, cuerdas que sabían más de viento que de guerra.
Dos chicos montaban guardia en la entrada: armaduras de cuero con remaches torcidos, cascos demasiado grandes, lanzas que habían sido postes de secar redes.
Al ver a Ara, enderezaron la espalda con entusiasmo y poca disciplina.
—¡Ara!
—saludó el más alto, con sonrisa franca—.
¿Traes pesca o tormenta?
—Las dos cosas, Leo —respondió ella.
El otro, idéntico salvo por un remolino rebelde en el flequillo, ladeó la lanza para cotillear al niño que venía detrás.
—¿Y ese?
—preguntó Leon—.
Parece sacado de una grieta del bosque.
—Me lo encontré.
Voy a presentarlo ante Talmu —dijo Ara.
Ni un gesto extra.
Leo y Leon se miraron con el descaro de hermanos que llevan toda la vida consultándose sin palabras.
—Padre siempre dijo que fuimos graciosos con los nombres —rió Leon—.
No tanto con los sueldos.
—Y con los cascos —añadió Leo, empujándose el suyo hacia atrás.
El niño los observó sin juicio.
La empalizada olía a resina y gente con hambre de mañana.
Cruzaron el portón.
La villa era un mosaico de intenciones: casas de una planta con paredes de barro y vigas desnudas, hornos de pan que fumaban humildad, un corral común con cabras que discutían su filosofía.
A un lado, la casa de consejo, grande por comparación, con un dintel de madera trabajada donde alguien había tallado un dragón mal proporcionado.
No era blasfemia: era arte de frontera.
Talmu los recibió en un espacio con mesa larga, mapas de cuero grapados con clavos y una ventana que miraba a un campo que quería ser trigo cuando lo dejaran.
—Ara —saludó, abriendo los brazos sin abrazo—.
Hueles a pelea.
—Porque hubo —confirmó ella—.
Teocracia del Sur.
Un mago.
Un minotauro invocado.
Talmu cerró los ojos un instante, como quien recibe lluvia dentro de casa.
—No estamos para que esos monjes remilgados nos vengan a tocar las narices —gruñó—.
Nos faltan manos, harina, clavos… Nos sobra bosque y nos falta tiempo.
¿Se fueron?
—Uno se fue —dijo Ara.
Talmu frunció el ceño.
—¿Y el otro?
—Ya no es problema.
Talmu comprendió sin pedir detalles.
La mirada le cayó entonces al niño.
No vio barro suficiente en esas botas como para ser de por allí.
Vio, sobre todo, una quietud que no pertenecía a diez años.
—Soy Talmu —se presentó, directo—.
Hago que esto no se caiga.
¿Tú?
—Arson —dijo el niño.
Ahora el nombre se quedó.
No sonó a pretendido.
Sonó a decisión.
—Bien, Arson —Talmu entrelazó los dedos—.
Pregunta inevitable: ¿vienes a quedarte?
—No —respondió Arson—.
Busco información.
Luego seguiré.
Talmu asintió, realista.
—Nosotros también tendremos preguntas.
Pero mañana.
Hoy ya hemos juntado demasiada pólvora en el aire.
—Se volvió a Ara—.
Lo acogerás esta noche.
Ara no cambió el gesto.
Solo apretó el cinturón.
—No soy niñera.
—No necesito niñera —dijo Arson, neutro.
Talmu no sonrió.
—Ara, no te lo pido por su comodidad.
Te lo pido por la nuestra.
Si este chico desata algo que no entendamos, eres la única aquí capaz de detenerlo el tiempo suficiente para preguntar.
—Miró a Arson—.
Y si no desatas nada, mejor para todos.
Ara aguantó la mirada un segundo más, luego soltó aire por la nariz, un resoplido sin dramatismo.
—Está bien —concedió—.
Pero que no toque mis herramientas.
—Ni tus libros —añadió Talmu, porque se sabía la casa de memoria.
El niño inclinó apenas la cabeza.
Talmu golpeó la mesa con dos nudillos, gesto de cierre.
—Id.
Comed.
Dormid.
Mañana hablamos.
La casa de Ara quedaba cerca del canal seco.
Tenía una sola habitación y el ingenio de quien había vivido en tiendas de campaña: camas bajas, estantes con cuerdas para atar frascos y que los temblores no los tiraran, una mesa estrecha pegada a la pared, una alfombra de trenzas que contaba historias con paciencia.
No había adornos.
Había herramientas.
—Deja eso ahí —señaló Ara un banco para la bolsa del niño—.
Si necesitas agua, la hay en ese jarro.
Si necesitas comida, espera a que hierva —apuntó al caldero—.
Si necesitas hablar, habla claro.
Arson dejó su carga.
El pergamino, bien envuelto, no se movió.
El aroma de un guiso pobre empezó a decorar el aire: legumbre, hierbas que no eran caras y huesos que ya habían dado lo mejor de sí.
Ara removió con una cuchara de madera.
El crepitar de la chimenea era un animal doméstico.
—¿Qué ocurrió tras la muerte del Rey Demonio?
—preguntó Arson sin rodeos.
Ara apartó la cuchara.
Cogió dos cuencos.
Sirvió.
—Depende de a quién le preguntes —dijo—.
Si se lo preguntas a los bardos, dirán que un cielo limpio anunció su caída.
Si se lo preguntas a los sacerdotes, dirán que el cielo exigió paz.
Si me lo preguntas a mí… —le acercó un cuenco—, te diré lo que vi y lo que me contaron quienes vieron lo que yo no vi.
Arson sostuvo el cuenco con ambas manos, como quien sujeta una idea que se puede derramar.
—Te lo pregunto a ti.
Ara apoyó la espalda en la pared.
Habló mirando el fuego, como si el fuego fuese escriba.
—Cuando ese maldito murió, su subalterno más próximo tomó el control.
Lo llamaban Nabun.
Mantuvo a sus tropas en orden y siguió luchando, no como bestia, sino como estratega.
Muchos murieron.
Demasiados.
Al final, el “cielo” exigió que se firmara la paz.
Las palabras bajaron desde arriba y todos las obedecieron, incluso quienes odiaban la obediencia.
Hubo un gran funeral para el antiguo señor, digno y mudo.
Después, los demonios se retiraron hacia el sur.
—Lo dijo sin odio.
Lo dijo como quien expone un mapa—.
Se asentaron cerca de las montañas, en torno a la Cumbre Solitaria.
Ahí está ahora el reino demoníaco.
Sin trono… con señores.
Arson escuchó sin parpadear.
—Algo bueno ocurrió entonces —concedió—.
No desaparecisteis.
Ara se tensó una pulgada.
Los nudillos se le marcaron contra el cuenco.
—No fue “bueno” —dijo, y el tono raspó—.
Fue necesario.
Y antes de que celebréis vuestra supervivencia… ese maldito destruyó la Ciudad de Conexión, Nedel.
—Los ojos de Ara se pusieron viejos—.
El único lugar donde la humanidad podía hablar con los dioses sin intermediarios.
Lo redujo a memoria rota.
Templos partidos, espejos mudos.
Arson inclinó la cabeza, apenas.
—¿Y los otros lugares?
—Existen.
Pero no para nosotros.
—Enumeró con los dedos—.
Uno en el Reino del Norte —elfos, hielo, mensajes de Shon-Ra que yo no sabría interpretar—.
Y otro en la Gran Cordillera de los Dragones, en el palacio de su rey.
—La mirada de Ara se afiló con respeto—.
O de su emperador, según a quién cites.
El fundador del Imperio del Dragón fue hijo del rey de los dragones.
Tenían la capacidad de transmutarse, bajar al mundo con rostros prestados.
Con el tiempo, aquel emperador ascendió sobre su propio padre en combate singular.
—¿Cuánto tiempo?
—preguntó Arson.
—De la fundación del Imperio a su entronización, ciento doce años.
—Lo dijo como quien recita tallas en una piedra.
El guiso se dejó comer.
El silencio también.
Arson dejó el cuenco a un lado.
—Tu historia empieza después de los hechos importantes —dijo con calma.
—Mi historia empieza donde pude vivirla —replicó Ara, seca.
—La guerra empezó antes —continuó él—.
No como cruzada justa, sino como exterminio.
Dioses menores, ángeles y hombres se unieron para borrar a una especie completa.
—Su voz no subió.
No necesitaba—.
Es lógico que naciera alguien que los defendiera y que hiciera lo necesario para cerrar la herida.
Ara dejó el cuenco en la mesa con más fuerza de la precisa.
La cuchara vibró como un insecto nervioso.
—Hablas como los viejos textos que quemamos porque traían guerra detrás —dijo.
—No te pido que me creas —Arson entrelazó los dedos—.
Te pido que escuches que hay historias que no os contaron.
—Lo miró fijo—.
Y me parece raro tu fervor, sabiendo lo que corre por tus venas.
La palabra se quedó entre los dos como una chispa que no tiene a dónde ir.
Ara se puso de pie.
La silla no cayó porque la habitación estaba entrenada para soportar ese gesto.
El Arte le tejió un borde eléctrico en los puños.
No era amenaza: era dolor convocado para no romperse por dentro.
—¡No me hables de lo que corre por mis venas!
—estalló—.
Si llevo esa sangre es porque violentaron a mi antepasada.
—La voz se quebró una sola vez y luego se rehizo—.
No es orgullo.
No es elección.
Es maldición.
Y si la siento en mis nudillos alguna vez, es para romper la cadena que la trajo.
El niño no se movió.
No encogió los hombros.
No bajó los ojos.
—No dudo de tu dolor —dijo, suave—.
Dudo de quienes te enseñaron a llamarlo vergüenza.
El silencio cambió de forma.
De pesado pasó a tenso.
De tenso a habitable.
Ara cerró el puño hasta que la corriente cedió.
Volvió a sentarse.
Acomodó la cuchara junto al cuenco con una precisión que parecía un rezo.
—Mañana vas a responder —dijo, ya en tono controlado—.
Talmu preguntará por origen, rumbo y peligros que traes contigo.
—Responderé —aceptó Arson.
—¿Desde dónde vienes realmente?
El niño miró el hogar encendido.
Allí, en el rojo, vivían imágenes que no iba a compartir.
Aun así, se acercó lo suficiente a la verdad para que ardiera.
—De aquí —contestó—.
De estas piedras, de esas ruinas que el bosque se tragó para ocultar lo que hizo el mundo.
—Su voz bajó, no por miedo, sino por respeto—.
Este lugar me pertenece… desde antes de que nacierais.
Ara lo sostuvo con la mirada un latido largo.
No vio mentira.
Vio demasiado en alguien tan joven.
—Entonces duerme —dijo—.
Mañana veremos quién pregunta a quién.
Se levantó, echó más leña, apagó la olla con un gesto de cocina aprendida en campaña.
Le señaló a Arson el camastro junto a la pared.
Se guardó para sí los motivos por los que no lo dejaría fuera esa noche.
Cuando apagaron la lámpara, Villa Frontera hizo los ruidos de siempre: perros que sueñan con carreras, vigas que se acomodan, un bebé que recuerda que existe.
Muy lejos, algo distinto sonó en el bosque.
No fue un cuerno.
Fue un susurro largo entre árboles: telas atadas que golpean troncos, tres veces en intervalos desiguales; una marca teocrática de reunión.
Después, dos cruces de ramas aparecieron en el sendero este, puestas por manos que sabían leer la noche.
En la colina del norte, una pequeña luz se encendió por un instante y se apagó, indicando un punto en el mapa de quien planifica cercos.
La villa durmió.
El bosque contó.
Y a una hora de allí, una voz con hábito dijo sin elevarse: —La caballera está en Frontera.
Nada más.
Lo suficiente.
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