ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 42
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Capítulo 42: Capítulo 41 — El peso de no retirarse
El plan había sido claro desde el principio.
Golpear los flancos. Romper el ritmo enemigo.Retirarse antes de que la marea reaccionara.
La unidad Spes había nacido para eso.
Durante las primeras horas, funcionó.
Arson avanzaba con su gente como una cuña que se clavaba en el costado del enemigo. Donde aparecían, las líneas de la teocracia se deshacían. No buscaban victoria total, solo caos . Cada retirada dejaba tras de sí formaciones rotas, órdenes contradictorias, muertos suficientes como para obligar a reagruparse.
Pero el enemigo aprendía.
Y esta vez, no huyeron.
Los primeros indicios fueron sutiles: exploradores que no regresaban, ataques desde ángulos que no coincidían con los mapas, unidades que aparecían demasiado rápido.
—Nos están leyendo —dijo uno de los capitanes de escuadra.
Arson no respondió. Ya lo había visto.
La arena del desierto empezó a convertirse en una trampa. Las tropas resbalaban, perdían el equilibrio, se abrían huecos en la formación.
Ahí fue cuando Arson intervino por primera vez.
No con fuego. No con rayos.
Con gravedad.
El suelo bajo los pies de su unidad se volvió firme, denso. Cada paso era estable. Cada carga, más sólida. No era algo que los soldados entendieran, pero lo sentían .
—Seguid —ordenó—. No penséis.
Funcionó… pero solo retrocedió lo inevitable.
Los enemigos empezaron a cerrar el círculo.
No en masa, sino por capas. Cada retirada chocaba con una nueva línea. Los flancos se estrechaban. Los heridos ya no podían moverse al ritmo necesario.
—¡Capitán! —gritó un mensajero ensangrentado—. ¡Borus no puede romper hacia aquí, lo han fijado al este!
Arson apretó los dientes.
Las llamas azules comenzaron a filtrarse de su cuerpo, primero como un refuerzo. Más velocidad. Más fuerza. Golpes más duros. Cada enemigo que se acercaba era rechazado, empujado hacia atrás por un calor antinatural.
Pero el cerco seguía cerrándose.
Las primeras muertes llegaron sin aviso.
Un soldado cayó atravesado mientras protegía a un herido. Otro fue arrastrado al suelo y desapareció entre lanzas. Dos más quedaron tendidos, respirando con dificultad, imposibles de evacuar.
La unidad estaba siendo triturada .
Arson liberó la armadura por completo.
La presión gravitatoria aumentó. El aire se volvió pesado. Los enemigos caían de rodillas sin entender por qué. Las llamas azules se intensificaron, casi negras en su núcleo.
—¡Formación cerrada! —rugió—. ¡No os separéis!
Pero ya no bastaba.
Arson miró a su alrededor y entendió la verdad.
No había retirada limpia. No había salida ordenada.
Si no hacía algo más… no saldría nadie .
Alzó la mirada al cielo.
Y llamo a Kirin.
El dragón descendió como un castigo.
No fue una invocación elegante. Fue desesperada. Rayos y fuego arrasaron el campo de batalla, vaporizando cuerpos, rompiendo el cerco a la fuerza, dejando un corredor de destrucción absoluta.
El suelo quedó negro. El aire, vacío.
—¡Ahora! —gritó Arson con la voz rota—. ¡Retirada inmediata!
La unidad huyó por ese pasillo abierto a sangre y poder.
Arson se quedó atrás, sosteniendo la presión, manteniendo lo que quedaba del enemigo… hasta que sintió que su cuerpo empezaba a fallar.
Entonces llegaron los refuerzos.
El estandarte de Borus emergió entre el polvo.
-¡Avanzar! —bramó el capitán, embistiendo con furia—. ¡Rompe la linea, ya!
Juntos, destrozaron lo que quedaba del cerco.
Cuando finalmente salió del campo de batalla, la unidad Spes seguía en pie.
Pero estaba rota.
Heridos tumbas. Muertos que no volverían. Miradas que ya no eran las mismas.
Borus se acercó a Arson, cubierto de sangre.
—Has salvado a los que quedaban —dijo—. Luego añadió, más bajo:—Pero este era el límite. Y lo han cruzado.
Arson miró el campo arrasado.
Habían ganado la batalla.
Y perdí algo mucho más importante.
El frente de Arsa era distinto desde el primer momento.
No había prisas. No había exhibiciones de poder.
El terreno era más abrupto: colinas bajas, afloramientos de roca, zonas donde el viento cambiaba de dirección sin previo aviso. Un lugar incómodo para una fuerza grande… y perfecto para una guerra medida.
Arsa observaba el campo desde una elevación natural, con la espada apoyada en el suelo y la mano libre dibujando trayectorias invisibles en el aire.
—Van a intentar envolvernos por el este —dijo sin alzar la voz—.—Ya lo están haciendo —respondió uno de los capitanes de escuadra.
Ella negó suavemente.
—Todavía núm. Aún están tanteando. Dejad que se acerquen un poco más.
La unidad Spes se desplegó en abanico, no como una fuerza compacta, sino como nudos . Grupos pequeños, conectados por señales claras, listos para unirse o separarse en segundos.
Cuando el enemigo atacó, no encontró un muro.
Encontró vacío.
Las primeras filas de la teocracia avanzaron… y el terreno cambió. El aire se volvió cortante, empujando formaciones hacia zonas mal elegidas. El suelo, húmedo y traicionero, hizo que los pasos perdieran firmeza.
—Ahora —ordenó Arsa.
Las unidades se cerraron como una trampa que no parecía tal cosa. Golpes precisos. Ataques breves. Nada de persecuciones largas.
Cada vez que el enemigo intentaba reagruparse, una corriente de aire desviaba su avance. Cada intento de carga se encontraba con un frente que ya no estaba donde debía .
Arsa no luchaba contra el enemigo.
Luchaba contra su intención .
Cuando uno de los comandantes enemigos intentó forzar una ruptura, Arsa avanzó por primera vez. Su espada trazó un arco limpio, cubierto de una capa de hielo que no buscaba matar, sino detener . El hombre cayó al suelo, incapaz de moverse, mientras una ráfaga de aire lo alejaba de su propia línea.
—No lo rematéis —ordenó—. Que lo vean.
El mensaje fue claro.
El enemigo empezó a retroceder… y Arsa no los siguió.
—Retirada escalonada —indicó—. Tres fases. Sin bajas innecesarias.
La unidad se replegó como si estuviera ensayada desde hacía meses. Nadie quedó atrás. Nadie rompió la formación. Cuando el último grupo cruzó la línea segura, el enemigo ya había desistido.
Victoria.
Silenciosa. Eficiente. Casi quirúrgica.
Uno de los capitanes se acercó.
—Ha sido… limpio.
Arsa ascendiendo, pero no sonreír.
—Porque no hemos forzado nada.
Fue entonces cuando llegó el mensajero.
No corría. Caminaba rápido, pero con el rostro pálido.
—Capitana… —tragó saliva—. Noticias del otro frente.
Arsa supo que algo iba mal antes de que hablara.
—Arson ha roto el cerco —continuó—. La unidad ha salido… pero con muchas bajas. Borus ha tenido que intervenir. Kirin fue usado.
El viento alrededor de Arsa se detuvo.
—¿Cuántos? —preguntó.
El mensajero bajó la mirada.
—Demasiados.
Arsa cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrieron, no había rabia. Solo una determinación fría.
—Recogió a los nuestros —ordenó—. Nos movemos al punto de reunión. Luego añadió, en voz baja, casi para sí misma:—Esto es lo que pasa cuando el martillo golpea sin yunque.
Mientras su unidad marchaba intacta, Arsa entendió algo que ya sabía… pero que ahora pesaba más que nunca:
La guerra no se gana solo con poder. Y a veces, sobrevivir no es lo mismo que vencer .
La sala alta de Nar-Dhal estaba en silencio.
Las esferas de observación flotaban aún en el aire, apagándose poco a poco, como brasas que se enfrían. El último destello había sido el rayo descendiendo del cielo. Kirin. Después… nada.
El conde Valerius permanecía de pie, con las manos apoyadas en la mesa de mapas. No parecía alterado. Tampoco satisfecho.
—Así que al final… tuvo que romperlo todo —murmuró.
A su lado, Murus cruzó los brazos. Su rostro era el de un hombre que ya había visto demasiadas batallas como para sorprenderse.
—No tenía alternativa —respondió—. Si tardaba un minuto más, no quedaba unidad que salvar.
Valerius esbozó una sonrisa torcida.
—Salvar… sí. Pero al precio que temíamos.
Uno de los oficiales veteranos del conde, un capitán curtido por décadas de frontera, dio un paso al frente. Tenía la voz grave, gastada.
—Mi señor… ese enemigo no es nuevo.
Valerius alzó una ceja.
-Explicar.
—La forma en la que han cerrado el cerco. La presión constante, sin buscar la ruptura inmediata. El desgaste. —Negó con la cabeza—. Eso no es improvisación. Es doctrina.
Murus avanza lentamente.
—El Libro de la Paciencia .
El nombre cayó como una pérdida.
Valerius soltó una breve carcajada seca.
—Por supuesto que tenía que ser ese.
Se apartó de la mesa y comenzó a caminar despacio, con las manos a la espalda.
—Ese estilo… es inconfundible. No buscan ganar rápido. Buscan que te canses, que te equivoques, que te obliga a usar lo que no deberías.
Miró de reojo a Murus.
—Explica también por qué Borus tuvo problemas.
Murus no se ofendió. Simplemente respondió.
—Borus es una cuña. Funciona cuando puedes avanzar. Cuando el enemigo se replica con orden y lo obliga a reaccionar… pierde ventaja.
El capitán veterano añadió:
—Ese libro no combate al más fuerte. Combate al que crea que puede permitirse errores.
Valerio se detuvo.
—Y hoy… Arson creyó que podía permitirse uno.
Durante un segundo, nadie habló.
Entonces, un cuerno sonó desde lo alto de la fortaleza.
No era una alarma de ataque.
Era un aviso de llegada.
Un oficial irrumpió en la sala, arrodillándose de inmediato.
—¡Mi señor! ¡El estándar imperial ha sido avistado! ¡El emperador está entrando en Nar-Dhal!
Valerio levantó la cabeza.
—Ya era hora.
Murus giró hacia él.
—Eso corta cualquier especulación.
—No —corrigió el conde—. La retrasada.
Las puertas se abrieron de par en par. El eco de pasos firmes recorrió la sala.
Althair Dracón III , emperador del Imperio del Dragón, entró sin escolta visible, con la capa aún marcada por el polvo del camino. Su mirada recorrió la estancia, deteniéndose brevemente en las esferas apagadas.
—He visto el cielo encenderse —dijo—. Y he oído los informes parciales.
Se acercó a la mesa de mapas.
—Quiero el informe completo.
Miró y Valerio.
—De la frontera. De las bajas. Y de por qué ha sido necesario despertar a Kirin.
El silencio volvió a caer.
Esta vez, pesado.
Y ninguno de los presentes dudaba de una cosa: la guerra acababa de entrar en una fase distinta .
El emperador escuchó el informe sin interrumpir.
No caminaba. No gesticulaba. Simplemente permanecía de pie, con la mirada fija en el mapa extendido sobre la mesa de piedra. Cada dato encajaba con demasiada precisión.
—Bajas —dijo al fin.
Murus respondió con franqueza.
—Moderadas en el horrible del ejército. Tumbas en la unidad de Arson. Si no hubiera intervenido como lo hizo… no estaríamos hablando.
Althair cerró los ojos un instante.
Valerius añadió, con su tono habitual, mitad burla, mitad filo:
—La victoria fue nuestra. Pero no fue limpia. Y eso al enemigo le gusta.
El emperador abrió los ojos.
—¿Confirmado?
Murus ascendió.
—Todo apunta a ello. El cerco, el desgaste, la presión continúa sin buscar ruptura. No fue improvisado.
Althair no necesitaba que nadie dijera el nombre.
—El Libro de la Paciencia.
El silencio que siguió fue distinto al anterior. Más denso. Más peligroso.
El emperador se giró hacia uno de los oficiales de enlace.
—Envía mensaje inmediato a Borus.
El oficial inclinó la cabeza.
—Orden imperial —continuó Althair—. Que muevan sus tropas hacia Nar-Dhal. La República ha confirmado que cubrirá su frontera sur. No habrá segundo frente por ese flanco.
Valerius sonriendo de lado.
—Interesante concesión.
—No es una concesión —respondió el emperador—. Es una inversión.
Se volvió de nuevo hacia el mapa.
—Quiero a Borus aquí con un informe completo. Y quiero saber exactamente qué ha visto en el campo de batalla.
Murus frunció el ceño.
— ¿Reunir fuerzas?
—Sí —respondió Althair sin dudar—. Si ha sido Clamont, no basta con responder. Hay que anticiparse .
Valerius soltó una risa baja.
—Eso significa que la siguiente batalla no será pequeña.
—No —confirmó el emperador—. Será decisiva.
Hizo una pausa.
—Y Arson…
Murus habló antes de que el emperador continuara.
—Ha salvado a su unidad. Pero ha mostrado demasiado.
Althair no lo negoció.
—Entonces no nos queda otra. Si el enemigo ya ha visto su alcance… tendremos que decidir cuándo y dónde volver a usarlo.
El emperador se giró hacia Valerio.
—Y tú, conde, asegúrate de que no nos falte nada cuando llegue ese momento.
La sonrisa de Valerius se ensanchó apenas.
—Siempre lo hago.
En el campamento de la Teocracia
Las antorchas iluminaban el interior de la tienda principal con una luz tenue y oscilante.
Un mensajero, cubierto de polvo y sangre seca, se arrodilló ante la figura sentada en el centro.
—Informe de las operaciones —dijo con voz quebrada—. El ataque fue repelido… pero el enemigo desplegó a un individuo fuera de previsión.
Una mano se alzó, deteniéndolo.
Clamont , el Libro de la Paciencia, escuchaba con los ojos entrecerrados, como si ya conociera la respuesta.
—Continúa.
—Manipulación del terreno. Control de gravedad. Manifestación de fuego anómalo. Y… —tragó saliva— una entidad de rayo descendiendo del cielo. El campo quedó arrasado.
Clamont sonrió.
No con ira. No con sorpresa.
Con interés.
—Así que existe.
Se levantó lentamente.
—Un soldado capaz de romper un cerco diseñado para agotar ejércitos… —murmuró—. No es una anomalía menor.
Caminó hasta la mesa donde reposaban varios sellos sagrados.
—Yo puedo desgastarlo. Provocarlo. Forzarlo a mostrarse.
Tomó uno de los sellos.
—Pero no contenerlo.
Se giró hacia uno de sus acólitos.
—Envía mensaje al Santo Pontífice.
El acólito dudó.
—Solicitar… ¿refuerzos?
Clamont ascendió.
—Que mande a los Libros de la Conquista… y de la Furia.
Sus ojos brillaron con una luz peligrosa.
—Si el Imperio ha decidido jugar con piezas mayores… nosotros también.
Miró hacia la oscuridad más allá de la tienda.
—Que crean que ganan. Nada acelera un error como la confianza.
La sonrisa que se dibujó en su rostro no era la de un fanático.
Era la de alguien convencido de que el tablero, poco a poco, empezaba a inclinarse a su favor.
El mensaje tardó tres días en llegar a la capital teocrática.
No por distancia, sino por prudencia.
En la cámara superior, donde la luz entraba filtrada por vitrales sagrados, el Santo Pontífice mantuvo el sello roto entre los dedos. No lo presiono. No lo lanzó. Simplemente lo dejó sobre la mesa, como si pesara demasiado.
—Clamont pide demasiado —dijo al fin.
A su alrededor, los prelados menores guardaron silencio. Ninguno se atrevía a responder de inmediato.
—Los Libros de la Conquista y de la Furia… —continuó el Pontífice—. No son fuerzas de contención. Son… —buscó la palabra— catástrofes dirigidas.
Uno de los ancianos alzó la voz con cautela.
—Pero si el Imperio ha desplegado a ese guerrero…
El Pontífice alzó la mano.
-Perder.
Se levantó lentamente y caminó hacia el símbolo central de la Teocracia.
—No ignores la amenaza. Pero enviar a esos dos es admitir que hemos dejado de controlar el ritmo de la guerra.
Giró el rostro, severo.
—Recordadlo bien: solo el Libro del Arcángel es capaz de detenerlos si cruzan cierto umbral. Y una vez se moverán… no obedecerán con facilidad.
Un murmullo recorrió la sala.
—Conquista no entiende límites —prosiguió—. Y Furia no conoce la retirada.
Se hizo un silencio más pesado.
—Si los libero —dijo el Pontífice—, no será para apagar un incendio. Será para quemar el bosque entero .
Miró el mensaje una última vez.
—Pero si Clamont tiene razón… —murmuró— ese soldado no puede quedar sin respuesta.
Se volvió hacia uno de los heraldos.
—Respondió.
El heraldo inclinó la cabeza.
—Decidle que los Libros acudirán… —pausa— pero que una vez entren en juego, ni siquiera la Teocracia garantizará el control absoluto .
Sus ojos se oscurecieron.
—Y que rece para no necesitar al Arcángel demasiado pronto.
En algún lugar, lejos de aquella sala, el tablero seguía moviéndose.
Y cada pieza que entraba en juego hacía que el siguiente error fuese… irreversible.
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