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ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 43

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Capítulo 43: Capítulo 42 — Cadenas y silencios La reunión de los Libros

La sala no tenía ventanas.

No porque estuviera bajo tierra, sino porque no necesitaba luz. Los símbolos grabados en las paredes emitían un resplandor constante, suave y opresivo, como si el propio lugar recordara a quienes entraban que allí no se discutía… se obedecía.

Clamont, Libro de la Paciencia, aguardaba de pie, con las manos entrelazadas a la espalda. Su rostro era sereno, casi afable, pero sus ojos no parpadeaban.

Frente a él, dos figuras avanzaron desde lados opuestos.

El primero caminaba despacio, calculando cada paso.

—Así que este es el problema —dijo Julio, Libro de la Conquista, ajustándose los guantes con cuidado—. Un solo hombre obligándonos a mover piezas mayores.

Su voz era fría, medida. Observaba el lugar como si ya estuviera calculando cuánto costaría reconstruirlo… o cuánto podría ganar si ardía.

El segundo llegó riendo.

—¡Ja! —exclamó Kan, Libro de la Furia, golpeando el suelo con el puño cerrado—. ¡Por fin algo digno de atención! Estoy cansado de asedios y rezos.

Kan sonreía como quien ya saborea la batalla. Sus cadenas tintinearon al moverse, gruesas, grabadas con sellos sagrados que apagaban parte de su aura.

Clamont extendió un informe sobre la mesa central.

—Este es el objetivo —dijo con calma—. Arson. Comandante de una unidad de desequilibrio imperial.

Julio leyó con rapidez, frunciendo el ceño.

—Poder desmesurado… pero dependiente de coordinación. —Alzó la vista—. Es eliminable. Si se aísla.

Kan rió.

—¿Eliminar? Yo quiero romperlo.

Clamont no reaccionó.

—No es una opción abierta. El Imperio ya ha visto su potencial. Si lo matamos mal, lo convertirán en mártir.

Julio chasqueó la lengua.

—Entonces habrá que hacerlo limpio. Preciso. Y rentable.

Kan dio un paso al frente, sus cadenas vibrando.

—Antes de seguir —dijo—. Quiero esto fuera.

Señaló las cadenas.

—Si vamos a cazarlo, lo haremos sin ataduras.

Julio asintió.

—Coincido. Estas limitaciones reducen nuestro margen de acción.

El silencio se alargó.

Clamont los observó unos segundos más.

—No tengo inconveniente —dijo al fin—. Para esta operación… no habrá cadenas.

Kan sonrió de oreja a oreja.

—Entonces que rece.

Julio cerró el informe.

—Tenemos un plan. Y esta vez… no fallaremos.

En algún lugar, muy lejos de aquella sala, alguien entrenaba sin saber que tres voluntades absolutas acababan de señalarlo.

La reunión imperial

La sala de guerra del Imperio estaba llena.

No de ruido, sino de peso.

Borus permanecía de pie, firme, pero con la mandíbula tensa.

—Fallé en reorganizar mis fuerzas a tiempo —dijo—. La presión enemiga fue mayor de lo previsto. Asumo la responsabilidad.

El silencio fue denso.

Antes de que el emperador respondiera, una carcajada seca rompió la tensión.

—No digas estupideces —intervino el conde Valerius—. Te enfrentaste al peor enemigo posible.

Borus apretó los dientes, pero no replicó.

Valerius giró lentamente hacia Arson.

—Con cualquier otro Libro, habríamos resistido sin problemas —continuó—. Pero la Paciencia… —negó con la cabeza— eso es otro nivel.

Arson alzó la mirada.

—Mientras combatían —prosiguió el conde— pude ver al menos seis contramedidas preparadas para cada movimiento que hacíais. No improvisa. No reacciona. Prevé.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Un solo error… y todo termina.

Arsa dio un paso al frente.

—La unidad no volverá a dividirse —dijo con firmeza—. Asumo mi parte de la responsabilidad.

El emperador negó con la cabeza.

—No —dijo—. La división era necesaria. Queríamos obligarlos a mostrar cartas.

Suspiró.

—Pero este Libro no va a exponerse fácilmente.

Miró el mapa.

—Eliminarlo requerirá algo más que fuerza. Cincuenta formas de acercarse… y quizá ninguna válida.

Se enderezó.

—Durante la próxima semana, la unidad de Arson quedará en retaguardia. Recuperación total.

Miró a Arson y a Arsa.

—Descansad. Pensad. Porque lo que venga después… no será una escaramuza.

La reunión terminó sin aplausos.

Solo con la certeza de que la guerra había entrado en una fase mucho más peligrosa.

Y que, esta vez, el enemigo no tenía prisa.

Arson y Arsa abandonaron la sala de guerra sin decir una palabra durante varios pasos.

El eco de las voces aún parecía pegado a las paredes del pasillo.

Fue Arsa quien rompió el silencio.

—Si el conde pudo ver tantas contramedidas… —dijo despacio—, ni siquiera yo habría sido capaz de cambiar el curso de esa batalla.

Arson giró la cabeza hacia ella.

—¿Tan grave fue?

Arsa asintió.

—Ese fue el motivo real por el que Ara fue relevada del mando directo del ejército —confesó—. En el último gran enfrentamiento… ni ella ni el conde pudieron superar las estrategias del Libro de la Paciencia.

Se detuvo un segundo.

—No por falta de fuerza. Ni de experiencia. Simplemente… no había huecos.

Arson bajó la mirada.

—Entonces Borus no exageraba —murmuró—. Ni el conde tampoco.

Caminó unos pasos más, pensativo.

—Si ni Ara pudo romper ese muro… —apretó los puños— entonces tengo claro algo.

Arsa lo miró de reojo.

—¿Qué cosa?

—Que no estoy hecho para vencerlo con estrategia —respondió sin rabia, sin frustración—. No al menos ahora.

Se detuvo y la miró de frente.

—Durante unos días no estaré.

Arsa frunció el ceño.

—¿A dónde vas?

—A entrenar. A aclarar la mente.

Ella suspiró.

—Lo entiendo —dijo—. Pero no hagas locuras.

Arson asintió.

—No las haré.

No sonrió. No prometió más.

Se separaron allí mismo.

Horas después, Arson estaba solo.

Su equipo reposaba a un lado. Las dagas alineadas. Los guanteletes apoyados contra la pared. La armadura… inactiva.

Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas.

Cerró los ojos.

No pensó en la batalla.No pensó en Clamont.No pensó en la derrota.

Pensó en su límite.

En cómo, cada vez que lo había alcanzado, algo dentro de él había respondido… pero siempre después de haber pagado un precio.

—No puedo seguir reaccionando —susurró—. Tengo que llegar antes.

Inspiró hondo.

La gravedad a su alrededor se tensó apenas un instante, como si el mundo dudara de su propio peso.

Las llamas azules no aparecieron.La armadura no se activó.Kirin no respondió.

Esta vez no estaba llamando al poder.

Estaba preparando el cuerpo y la mente para sostenerlo.

Abrió los ojos lentamente.

—Si no puedo vencerlo con planes… —dijo en voz baja—, entonces tendré que convertirme en algo que ningún plan pueda contener.

Y por primera vez desde que empezó la guerra, Arson no pensó en ganar.

Pensó en superarse.

Arson se alejó de las fortalezas sin escolta, sin estandarte y sin prisa.

Caminó durante horas, dejando atrás las rutas transitadas, hasta que la tierra del imperio volvió a ser lo que había sido antes de la guerra: colinas abiertas, campos de piedra y viento, silencio sin testigos. Un lugar donde nadie miraba… y nadie juzgaba.

Se detuvo en una meseta baja, rodeada de rocas partidas y suelo desnudo.

Allí, por primera vez en días, se permitió pensar sin urgencia.

Mis movimientos. Mi poder.Todo lo que hago siempre empuja a los que me rodean a quedarse atrás.

Cerró los ojos.

Lo que para mí es normal… para otros es extraordinario.

No había orgullo en el pensamiento. Solo constatación.

Kirin era, ahora mismo, el único canal por el que podía liberar la totalidad de su poder. Un golpe absoluto. Irrefutable. Pero también un final.

—Demasiado —murmuró—. Siempre demasiado.

Recordó el juicio por combate.

No la victoria.No el enemigo.

Sino esa sensación precisa.Ese instante imposible en el que todo se ralentizaba.Donde podía percibir la milésima, el espacio entre un latido y otro, el punto exacto donde el mundo decidía moverse… o romperse.

Y, sobre todo, aquella habilidad.

Estar en todas partes.

No como velocidad.No como fuerza.

Sino como presencia.

Arson abrió los ojos y alzó la mano hacia el cielo gris.

—Este será el paso principal —dijo en voz alta, aunque nadie lo escuchara.

La gravedad respondió levemente, como si el mundo inclinara la cabeza.

—El objetivo no es más poder.

Inspiró despacio.

—Es dominarlo.

Visualizó las ondas que había sentido en aquel combate: expansiones invisibles, lecturas constantes del entorno, vibraciones que revelaban intención antes del movimiento. No era teletransporte puro. Era anticipación absoluta, seguida de desplazamiento.

Primero, sentir.Luego, decidir.Después, estar allí.

—Ondas —susurró—. Y desplazamiento.

No para huir.No para impresionar.

Para no llegar nunca tarde.

Dejó caer el brazo.

La armadura no se activó.Las llamas azules no surgieron.

Solo la presión constante del mundo, más nítida que antes.

Arson dio un paso.

Luego otro.

Y esta vez, el suelo no crujió bajo su peso.

El entrenamiento había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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