ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 44
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Capítulo 44: Capítulo 43 — Ecos del alma
La lluvia no había cesado en cinco días.
No era una tormenta violenta, sino una cortina constante, pesada, que empapaba la tierra hasta convertirla en barro espeso. Arson respiraba con dificultad, de pie en mitad de la meseta, con los brazos temblando y el cuerpo cubierto de lodo.
Estaba exhausto.
No herido.No derrotado.
Agotado.
Las ondas seguían saliendo de su cuerpo, débiles ahora, irregulares. No eran visibles, pero él las sentía al recorrer la superficie de su piel, escapando por cada poro como un murmullo constante. Ecos del alma. Así había llamado a la técnica.
Cuando permanecía inmóvil, podía sostenerlas.
Sentía el mundo.
La lluvia cayendo a metros de distancia.Las vibraciones del suelo.El aire desplazándose entre las rocas.
Pero en cuanto intentaba moverse… todo se rompía.
El ritmo se deshacía.La información se volvía ruido.La mente se saturaba.
—Maldita sea… —murmuró.
Dio un paso y resbaló, cayendo de rodillas en el barro. No se levantó. Se dejó caer de lado y terminó sentado, empapado, con la espalda encorvada y la mirada perdida.
Cinco días.
Cinco días repitiendo lo mismo.
Había mejorado, sí. Mucho más de lo que habría creído posible al principio. Pero aun así… no era suyo. No fluía. No encajaba en él como Kirin, como la gravedad, como el fuego azul.
Cerró los ojos.
Recordó el juicio por combate.Recordó aquella sensación imposible de estar en todas partes.No como poder… sino como percepción.
—¿Qué estoy haciendo mal…?
Se dejó caer completamente, tumbado sobre el barro frío, la lluvia golpeándole el rostro. No se protegió. No activó nada. Solo respiró.
Por primera vez, el pensamiento le atravesó sin resistencia:
Tal vez he encontrado un muro.
No uno que pudiera romper a golpes.No uno que pudiera arrasar con Kirin.
Un límite real.
La lluvia golpeó con más fuerza.
Y entonces—
El cielo se partió.
Un rayo descendió con violencia, clavándose en la tierra a escasos metros de él. La energía no explotó. No devastó. Se condensó.
La lluvia se evaporó a su alrededor.
Cuando Arson abrió los ojos, el mundo había cambiado.
Ante él se alzaba una figura inmensa y serena.
No era un dragón de relámpagos desbocados.
Era Kirin.
Escamas blancas como marfil pulido.Ojos blancos, profundos, antiguos.Un cuerpo serpentino que parecía flotar más que apoyarse en la tierra.
El dragón inclinó la cabeza.
Un gesto solemne.Un gesto de respeto.
Como un vasallo ante su rey.
—Mi señor —resonó su voz, profunda y clara—. Has llamado sin llamarme.
Arson sonrió, cansado, familiar.
—Siglos después y sigues apareciendo cuando más lo necesito.
Kirin alzó ligeramente el cuello.
—Te ofrecí mi poder hace eras. Mientras exista, responderé.
Arson apoyó un antebrazo en el suelo y se incorporó un poco.
—Dime algo, Kirin… —dijo—. ¿Cómo controlas tus rayos para que hagan exactamente lo que deseas?
El dragón no respondió de inmediato.
—En mi caso —dijo al fin—, uso mi cuerpo.
Hizo una pausa.
—Pero ahora dime tú… ¿por qué preguntas?
Arson respiró hondo y explicó. Las ondas. La percepción. El deseo de estar en todas partes sin destruirlo todo. El agotamiento mental. El muro.
Kirin escuchó en silencio.
—Estás usando la mente —dijo al terminar—. Por eso te rompes.
Arson frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Usa el corazón.
El dragón acercó su cabeza, quedando frente a él.
—El corazón se mueve a voluntad. Su ritmo es perfecto. Constante. Y cuando acelera… lo hace sin perder coherencia.
Arson abrió los ojos.
—Si sincronizas las ondas con tu pulso —continuó Kirin—, no tendrás que sostenerlas. Fluirán contigo. A mayor ritmo… más información. Más alcance.
Luego su tono se volvió más grave.
—Pero escucha bien. En combates uno contra uno, esta técnica es irrelevante. En guerras… puede vaciarte por completo si se prolonga.
Arson asintió lentamente.
—Y no olvides esto —añadió Kirin—. Ahora mismo solo puedes usar una vigésima parte de mi poder. Más… y tu cuerpo colapsaría.
Arson sonrió.
No con arrogancia.
Con claridad.
—Acabas de darme el escalón que necesitaba para superar el muro.
Kirin ladeó la cabeza.
—¿Y la energía?
—Eso es lo más fácil —respondió Arson—. Estoy rodeado de ella.
El dragón soltó una risa profunda, casi un trueno lejano.
—Vas a usar tu conexión con mi energía para alimentar esa técnica…
Arson asintió.
—Exacto.
La lluvia volvió a caer.
Pero esta vez, el barro bajo Arson no se movió.
El pulso comenzó a marcar el ritmo.
Y los Ecos del Alma respondieron.
La energía comenzó a descender hacia su pecho.
No fue un estallido.No fue una llamada.
Arson envolvió su corazón con la energía de Kirin, dejando que esta se mezclara con el pulso natural de su cuerpo. El latido se volvió más pesado, más profundo, como un tambor marcando el ritmo de algo antiguo.
Los Ecos del Alma respondieron al instante.
Las ondas dejaron de ser irregulares.Ya no salían a empujones por los poros.Fluían.
Kirin observaba en silencio.
—Así… —dijo al cabo—. Eso te impedirá invocarme en combate.
Arson asintió sin apartar la concentración.
—Lo sé.
—Mientras mantengas esta técnica activa —continuó Kirin—, mi energía estará anclada a tu corazón. Podrás sostener los Ecos eternamente en tu estado actual… pero no podrás llamar a mi rayo ni a mi forma verdadera. Si lo intentaras, la conexión se rompería por falta de energía en tu cuerpo.
Arson sonrió levemente.
—Es un precio justo.
Kirin inclinó la cabeza, aprobando.
—Ahora escucha con atención. No es omnisciencia. Nunca lo será.
Las ondas se expandieron un poco más.
—Pero puedes configurar su dirección. Donde mires. Donde tu intención se enfoque. Las ondas se concentrarán ahí… y tu cuerpo podrá moverse siguiendo ese trayecto.
Kirin dio un paso… y desapareció.
Apareció a varios metros, sin rayo, sin sonido.
—Para los ojos de la mayoría —dijo—, parecerá que te desvaneces.
Volvió a moverse.
—Pero siempre habrá alguien capaz de verte. No es una técnica perfecta.
Arson apretó los dientes, sintiendo cómo su cuerpo intentaba seguir ese patrón.
—Un comienzo —murmuró.
—Exacto —respondió Kirin—. Y si no tienes intención de usar esto contra oponentes de ese nivel… no necesitarás perfeccionarlo aún.
Arson abrió los ojos.
—El Paso del Rayo —dijo—. Así se llamará.
Kirin esbozó algo parecido a una sonrisa.
—Un nombre adecuado.
Arson comenzó a moverse.
Al principio fue torpe.
El cuerpo iba antes que la percepción, o la percepción antes que el cuerpo. A veces aparecía medio paso más allá de lo previsto. Otras, el movimiento se cortaba en seco, como si el espacio se resistiera.
Pero era estable.
No colapsaba.No se rompía.
Cada intento reforzaba el siguiente.
—Es suficiente —dijo Kirin—. Ahora llévalo al terreno real.
El dragón dio un paso atrás.
Su cuerpo comenzó a contraerse, a redefinirse. Las escamas blancas se plegaron, la forma serpentina se alzó y se condensó.
Cuando terminó, frente a Arson había una figura humanoide.
Alta.De complexión firme.Piel clara, casi plateada.Ojos blancos sin pupila.
—Lucha —dijo Kirin—. Sin rayos. Sin trucos.
Arson adoptó postura.
El primer golpe fue de Kirin.
Un puño directo, limpio, sin intención de matar.
Arson lo esquivó por instinto… y sintió el viento cortarle la mejilla.
Rápido.
Kirin no le dio tregua.
Patada baja.Codo ascendente.Giro de cadera.
Arson bloqueó, retrocedió, rodó por el barro y se impulsó hacia arriba.
Las ondas vibraron.
Antes de que Kirin cambiara de posición, Arson ya lo sabía.
No veía el movimiento.
Lo sentía antes de que ocurriera.
Se desplazó.
Un Paso del Rayo imperfecto, pero suficiente para aparecer a un costado y lanzar un golpe al torso.
Kirin lo bloqueó con el antebrazo, retrocediendo un paso.
—Me anticipas —dijo—. Bien.
El combate se volvió más rápido.
Puños contra puños.Rodillas.Barridos.
El barro salpicaba, la lluvia caía sin pausa.
Arson comenzó a moverse antes de que Kirin atacara.
No reaccionaba.
Preveía.
Cada latido amplificaba los Ecos.Cada latido ajustaba el Paso del Rayo.
Kirin sonrió.
—Ahora entiendes.
Arson lanzó una patada giratoria. Kirin la atrapó, pero Arson ya no estaba ahí. Apareció a su espalda, el puño rozando el costado.
—Aún es tosco —dijo Arson entre jadeos—. Pero ya no estoy ciego.
Kirin retrocedió, alzando una mano.
—Es suficiente por hoy.
Arson se detuvo.
El agotamiento cayó sobre él de golpe, pero no como antes. No era vacío. Era peso.
Había cruzado algo.
No un límite.
Un umbral.
Mientras la lluvia seguía cayendo, Arson respiró hondo.
Había encontrado el siguiente paso.
Y esta vez…sabía hacia dónde iba.
Mientras Arson afinaba sus técnicas lejos del frente, el campamento imperial vivía un tipo distinto de tensión.
No era el estruendo de la batalla.Era la inquietud de no entender al enemigo.
El emperador Althair Dracón III observaba el mapa extendido sobre la mesa central. Marcas, líneas, flechas borradas y vueltas a trazar una y otra vez. A su alrededor, los capitanes aguardaban.
—¿Alguna noticia de Arson? —preguntó al fin, sin alzar la voz.
Arsa negó lentamente con la cabeza.
—Desde que se marchó no hemos tenido contacto. Ninguna sombra. Ningún mensaje.
Murus frunció el ceño, apoyando ambas manos sobre la mesa.
—Tal vez el joven ha caído en el mal del liderazgo —dijo—. Demasiado peso para alguien de su edad.
El conde Valerius negó con la cabeza antes incluso de que Murus terminara.
—No —respondió—. Si lo ha criado Ara, no estará huyendo. Estará pensando cómo usar su poder de otra forma.
Se giró ligeramente y señaló con la barbilla.
—Tenemos un ejemplo vivo aquí.
Todos miraron a Borus.
El capitán soltó una carcajada grave.
—Desaparecer, romperse los huesos entrenando y volver más fuerte —dijo—. Así es como se hace uno más fuerte.
Luego miró al conde.
—Y pronto te superaré.
La última frase no tenía rastro de humor.Fue directa. Seria. Incluso amenazante.
Murus golpeó la mesa con el puño.
—¡Respeto, Borus! —espetó—. Estás hablando con el general del ejército imperial.
Antes de que la tensión escalara, el emperador alzó la mano.
—Calma —ordenó—. No hemos venido a medir egos.
Se giró hacia los presentes.
—Decidme. ¿Cómo habéis sentido el campo de batalla estos días?
El silencio duró apenas un segundo.
—Raro —dijeron varios casi al unísono.
El conde tomó la palabra.
—Paciencia está buscando a Arson —dijo sin rodeos—. Todo lo que hace es un cebo. Cuando Borus avanza, le permiten hacerlo… y en cuanto ve que no es Arson, cambian el esquema. Retroceden. Reorganizan. Vuelven a tensar la cuerda.
Borus asintió con gesto serio.
—Nunca persiguen hasta el final —añadió—. Siempre miden. Siempre esperan.
—Porque no buscan ganar ahora —continuó el conde—. Buscan anular.
Murus habló entonces, con voz grave.
—Coincido. Mientras Arson no esté en el campo, no se comprometen. Pero cuando aparece… todo gira a su alrededor.
El emperador apoyó ambas manos en la mesa.
—Entonces tenemos ventaja —dijo—. Si rompemos su formación y vamos directos a la cabeza, el ejército se disolverá. Tomaremos el ritmo de la guerra.
Judith dio un paso al frente.
—Majestad… desde hace días siento dos presencias nuevas en el campamento enemigo.
Onimen asintió.
—Ambas… del nivel del conde.
Valerius cerró los ojos un instante.
—Entonces son dos libros más.
Los abrió lentamente.
—Y eso es peligroso.
Se giró hacia el emperador.
—Uno solo ya nos estaba haciendo esto imposible. Dos más… dependerá de cuáles sean. Podríamos perder una batalla en un suspiro.
Murus añadió:
—Si aún no han intervenido es porque están reservándose para neutralizar objetivos concretos.
Miró uno a uno.
—Usted, majestad. El conde. O Arson.
Septem habló desde la sombra.
—No logro romper su organización. He eliminado mandos menores, capitanes secundarios… y la estructura apenas se resiente. Es como cortar agua con una espada.
Hadrik golpeó el suelo con la bota.
—¡Mis hombres están ansiosos por entrar en combate! Si nos dan la orden—
—No —le interrumpió Caelum con frialdad—. Esto no se gana avanzando sin pensar.
Aurelian añadió, con tono firme:
—Ni siquiera Borus ha podido romperlos de frente. Tú, con toda tu furia, apenas harías mella.
Hadrik gruñó, pero no respondió.
Aurelian continuó:
—Podríamos colocar a Murus en un flanco, conteniendo, y presionar por el contrario. Cuando la batalla parezca estancada, el conde y el emperador irrumpen y aniquilan las fuerzas que fijan a Murus.
El conde esbozó una sonrisa ladeada.
—Brillante —admitió—. Y ya lo intentamos.
La sonrisa se borró.
—El tercer día.
—En cuanto nos movimos —continuó—, el centro que Murus contenía se reforzó de inmediato. Nuestro ataque se convirtió en un simple intercambio de tropas.
Silencio.
Al final quedó claro.
No sabían cómo seguir el ritmo del Libro de la Paciencia.
El emperador respiró hondo.
—Ahora entiendo por qué ni tú, conde… ni Ara pudisteis hacer nada en la última guerra.
Valerius bajó la mirada un segundo.
—Sí —respondió—. Por no poder controlar el ritmo… tuvimos que firmar ese maldito tratado de paz.
El mapa quedó en silencio.
Y lejos de allí, bajo la lluvia, Arson seguía entrenando.
Preparándose para romper, por fin, ese ritmo.
La sala era amplia y fría, construida en piedra blanca, marcada por símbolos sagrados grabados con precisión casi obsesiva. No había mapas extendidos ni estandartes: solo esferas suspendidas en el aire, girando lentamente, mostrando fragmentos del campo de batalla desde distintos ángulos.
Durante unos segundos, nadie habló.
Kan fue el primero en romper el silencio.
Avanzó dos pasos y, sin previo aviso, descargó una patada contra uno de los bancos de piedra. La estructura se resquebrajó con un sonido seco.
—Esto es una pérdida de tiempo —gruñó—. Estamos conteniéndonos cuando podríamos aplastarlos.
Se giró hacia Clamont, los ojos encendidos.
—Déjanos salir. Déjame salir. No durarán un día.
Julio permaneció sentado. No reaccionó al estallido, pero apoyó el codo sobre la mesa con calma estudiada.
—Kan no exagera —dijo—. Si entramos juntos, el ejército imperial no podrá sostenerse. Ni siquiera con sus capitanes.
Levantó la mirada hacia Clamont.
—Deberías permitirnos luchar.
Clamont no respondió de inmediato. Seguía observando una de las esferas, donde una formación imperial retrocedía con disciplina forzada.
—No niego que seáis capaces de hacerlo —dijo al fin—. Vuestra fuerza es real.
Giró despacio.
—Pero incluso así… seguirían teniendo al conde y al emperador.
Kan chasqueó la lengua, molesto.
—¿Y qué? Dos más o dos menos…
—Y aunque ganarais —continuó Clamont, sin elevar la voz—, os quedarían los capitanes. Y el ejército. Ganaríais una batalla… pero no la guerra.
Julio frunció ligeramente el ceño.
El silencio volvió a instalarse, más denso esta vez.
—Quieres cortar el eje —dijo finalmente—. No el cuerpo.
Clamont asintió una sola vez.
—Exacto.
Julio se reclinó en la silla, pensativo.
—Eliminar las piezas clave… y después arrasar lo que quede.
—Eso intenté en la última guerra —respondió Clamont—. Y fracasé.
Kan se giró bruscamente.
—¿Fracasaste?
—No pude eliminar ni al conde ni a Ara en el campo de batalla —continuó—. Eran… demasiado. Incluso con todas mis contramedidas.
Sus dedos se cerraron lentamente.
—Pero ahora no están juntos.
Julio alzó la vista, comprendiendo.
—Y ahora estamos nosotros tres.
—Así es —dijo Clamont—. Esta vez será diferente.
Kan sonrió despacio.
—Entonces dime —dijo—, ¿a quién golpeamos primero?
Clamont volvió a fijar la mirada en la esfera central.
—Esperamos.
Kan frunció el ceño.
—¿A qué?
—A que aparezca el joven infante.
Kan parpadeó, confundido.
—¿Infante?
Clamont dejó escapar una sonrisa mínima, casi imperceptible.
—Nuestros informantes confirman que es hijo de Ara.
El silencio que siguió no fue de duda.
Fue de cálculo.
Julio cerró los ojos un instante.
—Si cae él… el imperio perderá algo más que un soldado.
Kan soltó una risa baja, cargada de expectativa.
—Entonces esperaremos.
Las esferas continuaron girando, imperturbables.
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