ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 45
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Capítulo 45: Capítulo 45 — La forma del tablero
Las horas habían pasado sin que Arson fuera realmente consciente de ello.
El barro seguía pegado a su ropa, la respiración aún pesada por el esfuerzo continuo, pero su cuerpo ya no temblaba como al inicio. Kirin permanecía frente a él, en su forma humanoide, inmóvil, observándolo como si midiera algo que no podía expresarse con palabras.
Arson se dejó caer sobre una roca húmeda y apoyó los antebrazos en las rodillas.
—Otra vez —murmuró—. Cada vez que creo entenderlo… aparece algo más.
Kirin inclinó ligeramente la cabeza, gesto respetuoso.
—No estás fallando —respondió—. Estás viendo más lejos de lo que estabas preparado para ver.
Arson alzó la mirada.
—Entonces dime lo que no estoy viendo.
Hubo un breve silencio. El viento agitó la hierba alta y la lluvia cayó con más suavidad.
— ¿Quieres comprender la técnica… o la guerra? —preguntó Kirin.
Arson no dudó.
—La guerra.
Kirin cerró los ojos.
El mundo se volvió ligero.
No hubo vértigo ni sensación de desplazamiento físico, sino algo más profundo: como si la conciencia de Arson fuera arrancada suavemente de su cuerpo y colocada en otro punto de vista.
Cuando volvió a “ver”, el cielo era distinto.
Abajo, extendiéndose como una herida abierta en la tierra, estaba el campo de batalla.
Millas de tropas en movimiento.
Formaciones que avanzaban y retrocedían.
Polvo, estandartes, líneas que se tensaban y se relajaban.
—Esto… —susurró Arson—. ¿Es…ahora?
—Es una visión del presente —respondió Kirin—. No perfecto, pero suficiente.
Arson reconoció de inmediato las posiciones.
Al flanco izquierdo, la fuerza de Borus : poderosa, agresiva, pero contenida. Avanzaban… y se detenían. Volvían a presionar… y eran rechazados con precisión quirúrgica.
—Está a medio gas —dijo Arson, frunciendo el ceño—. No puedes desplegar todo tu poder.
—Exacto —asintió Kirin—. Cada vez que Borus intenta romper la línea, la formación se pliega antes del impacto. No hay resistencia frontal… solo absorción.
Arson siguió observando.
Más al centro, las fuerzas imperiales más pesadas. Murus , firme como un muro viviente. El conde, inquieto, moviendo tropas con rapidez, buscando una grieta que no aparecía.
—Los ignorantes —dijo Arson, sorprendido—. No los presionen.
—Porque no los necesitan ahora —respondió Kirin—. El Libro de la Paciencia no busca una victoria inmediata. Busca controlar el ritmo.
Entonces lo vio.
Un movimiento casi imperceptible.
Las unidades del flanco derecho enemigo comenzaron a desplazarse. No en masa, no de forma evidente. Pequeños ajustes. Recolocaciones constantes.
—Están… cerrando el centro —murmuró Arson—. Pero no para atacar.
—Para obligar a reaccionar —corrigió Kirin—. Observa al conde.
Arson siguió la dirección indicada.
Valerius se movía.
No era un avance decidido, sino una presión calculada, una amenaza implícita. Y en respuesta, como si el tablero lo hubiera previsto, el enemigo reforzaba el punto exacto donde Murus sostenía la línea.
—Cada movimiento nuestro genera una respuesta —dijo Arson, con una sensación amarga en el pecho—. No hay huecos.
—Hay uno —respondió Kirin con calma.
Arson giró hacia él.
—No lo veo.
Kirin extendió una mano y el campo pareció “alejar”, mostrando la batalla como un todo.
—Esta formación —dijo— no está hecha para resistir indefinidamente.
—Entonces…
—Está hecha para atraer.
El silencio peso.
Arson lo entendió antes de que Kirin terminara la frase.
—A alguien —dijo despacio.
Kirin lo miró directamente.
—A ti, mi señor.
Arson frunció el ceño.
—¿No es excesivo? Entiendo que soy una amenaza, pero… ¿tanta preparación solo para atraerme?
Kirin negó lentamente.
—No se trata solo de neutralizar una pieza poderosa.
La visión cambió.
Por un instante, Arson se vio a sí mismo entrando en el campo de batalla. El caos. La ruptura de lineas. La reacción inmediata del enemigo cerrándose sobre su posición.
— ¿Qué significaría tu caída aquí? —preguntó Kirin.
Arson abrió la boca… y se detuvo.
—No sería solo mi muerte —dijo al fin—. Sería…
—La muerte de un infante —completó Kirin.
Arson cerró los ojos con fuerza.
—Para el mundo —continuó el dragón—, no eres solo Arson. Eres el hijo de Ara. Un símbolo del Imperio. Tu muerte no rompería una línea… rompería la moral.
Arson respiró hondo.
—Así que no buscan ganar la batalla —murmuró—. Buscan decidir cómo terminar la guerra.
Kirin ascendió.
—Y por eso no ves grietas. Porque el tablero no está diseñado para romperse… hasta que tú entres en él.
La visión comenzó a disiparse.
El campo de batalla se desvaneció como humo.
Cuando Arson volvió a sentir el peso de su cuerpo, estaba de nuevo bajo la lluvia, el corazón latiendo con fuerza, la mente ardiendo de comprensión.
—Entonces —dijo, levantándose despacio— no tengo que romper su formación.
Kirin lo observó con atención.
— ¿Qué harás?
Arson alzó la mirada hacia el cielo encapotado.
—Voy a obligarlos a mover el tablero. Y cuando lo hagan… —una chispa azul recorrió sus ojos— sabrán que no soy la pieza que estaban esperando.
Kirin sonoramente, mostrando apenas los colmillos.
—Ahora empiezas a pensar como alguien que puede vencer a la Paciencia.
El trueno resonó a lo lejos.
Y por primera vez, el silencio del campo de batalla empezó a agrietarse.
Arson permaneció en silencio unos segundos más, dejando que la imagen del tablero se asentara en su mente. Luego habló, sin apartar la mirada del horizonte gris.
—Dime algo, Kirin… —dijo con calma—. ¿Cómo es posible un genio militar así? ¿Es comparable con alguien que yo conozca… o haya conocido?
Kirin tardó en responder.
No porque dudara, sino porque buscaba la forma correcta de explicarlo.
—La verdad —comenzó— es que el Libro de la Paciencia juega con ventaja. No es solo talento.
Arson giró levemente la cabeza.
—¿Trampas?
Kirin asintió despacio.
—Algo muy parecido. La bendición de los Libros de Lucero no es solo poder. Retiene experiencia. Retiene memoria. Y acentúa ciertos rasgos de la personalidad hasta convertirlos en absolutos.
Extendió una mano, como si sostuviera algo invisible.
—Paciencia no es solo un hombre paciente. Es cientos de años de espera, de derrotas, de victorias, de guerras distintas, superpuestas unas sobre otras. Diría… —hizo una pausa— que acumula más de quinientos años de experiencia militar real.
Arson frunció el ceño.
—¿Quinientos…?
—Sin contar —añadió Kirin— su capacidad de transmitir órdenes, intuiciones e incluso fragmentos de voluntad a través de sus aliados. No necesita estar en todas partes. Hace que otros piensen como él.
Arson exhaló lentamente.
—Entonces… —murmuró— ningún genio militar del presente… ni del pasado…
—…podría superarlo en un enfrentamiento convencional —completó Kirin—. Conoce cada truco, cada reacción habitual, cada error que comete un ejército cuando cree que tiene la ventaja.
El silencio volvió a caer.
Arson pensó unos instantes antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Cuántos años tiene realmente la teocracia?
Kirin negó despacio.
—No podría darte una cifra exacta. Pero más de ochocientos años, sin duda.
Arson alzó una ceja.
—¿Ochocientos…?
—No me sorprendería —continuó Kirin— que se fundara poco después de tu… sueño.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Arson giró la cabeza con más brusquedad esta vez.
—Has dicho “sueño”.
Kirin lo miró con seriedad.
—Porque decir que moriste sería incorrecto.
Arson guardó silencio.
—Tu contrato nunca se rompió —explicó el dragón—. Cuando un ser muere de verdad, los lazos se cortan. Contigo no ocurrió. Por eso creo que fuiste sellado. Sumido en un sueño forzado.
La lluvia caía con más fuerza ahora.
—Con el paso del milenio —continuó Kirin—, ese sello se debilitó lo suficiente para permitir tu despertar. Pero no se rompió.
Arson apretó los dientes.
—Eso explicaría por qué no puedo usar todo mi poder.
—Exacto —asintió Kirin—. El sello sigue ahí. Y es… muy antiguo. Supera cualquier capacidad que exista hoy en este mundo.
—¿Puede eliminarse? —preguntó Arson sin rodeos.
Kirin negó lentamente.
—No por ahora. Ni tú, ni yo, ni el emperador, ni siquiera Lucero podrían hacerlo.
Arson cerró los ojos un instante.
—Entonces tendré que estudiarlo más adelante.
Abrió los ojos de nuevo.
—Pero volvamos a la guerra.
Kirin esperó.
—¿Ha habido algún enfrentamiento directo entre la teocracia y los dragones? —preguntó Arson.
El dragón soltó una breve risa, seca.
—Ese estúpido de Lucero jamás se atrevería a provocar al Reino Dragón. Ni siquiera con todos los Libros juntos.
Arson inclinó ligeramente la cabeza, pensativo.
—Entonces… —dijo despacio— ¿qué ocurriría si en ese campo de batalla apareciera un dragón… y un hombre capaces de aniquilar un ejército entero?
Kirin lo miró largo rato.
Sabía exactamente hacia dónde iba esa pregunta.
—Caos —respondió al fin—. Puro caos. Y lo más importante: pérdida total de capacidad de adaptación.
Arson sonrió por primera vez en horas.
No era una sonrisa amplia.
Era afilada.
—Paciencia solo puede controlar lo que entiende —dijo—. Y lo que entiende… lo ha visto antes.
Kirin asintió.
—Nunca ha tenido que reaccionar a algo así.
Arson alzó la vista hacia el cielo encapotado, donde el trueno resonó de nuevo.
—Entonces tenemos un plan.
Kirin cerró los ojos, satisfecho.
Por primera vez desde que comenzó la guerra, el tablero había dejado de ser inamovible.
Arson asintió despacio.
—Entonces… hay que ir y prepararse para ello.
Dio un paso al frente, pero Kirin extendió una garra y lo detuvo.
—No —dijo con calma—. No hay tiempo para preparativos largos.
Arson frunció el ceño.
—Aunque voláramos ahora mismo, incluso en tu lomo tardaríamos al menos una hora en llegar. Para entonces la batalla ya estará decidida… y si apareces tú, el ejército imperial podría paralizarse solo de verte.
Kirin lo miró fijamente.
—Olvidas algo importante, mi señor.
El viento se agitó alrededor de ellos.
—Los dragones no solo volamos —continuó—. Hablamos… a miles de kilómetros de distancia.
Arson abrió los ojos con sorpresa.
—¿Puedes…?
—Tu emperador desciende del Emperador de los Dragones —respondió Kirin—. Puedo hablarle. Dame un momento.
El dragón volvió a su forma verdadera.
El cielo se partió en nubes, y la figura colosal de Kirin se alzó entre relámpagos. Su voz no salió de su garganta, sino que atravesó el mundo.
En la fortaleza imperial, Althair Dracón III sintió cómo el aire se congelaba.
La visión se le nubló. El sonido desapareció.
Y entonces, una voz antigua resonó en su mente.
—Joven cachorro del imperio… ¿me escuchas?
El emperador se tensó, el corazón golpeándole el pecho.
—¿Quién… quién habla?
—Soy Kirin. Dragón de las Tormentas. Uno de los Cuatro Señores Dragón.
Hubo una breve risa profunda.—Gobernado por relámpagos… y con mejor memoria que la tuya, pequeño.
Althair tragó saliva.
—Si… si sois quien decís… os ruego mostraros.
—Si me vieras ahora, probablemente morirías del miedo —respondió Kirin con burla—. Además, yo sí te veo. Y eres un cachorro bastante bonito.
El emperador se inclinó instintivamente, incluso dentro del trance.
—Decidme… ¿por qué me habláis?
La voz de Kirin se volvió seria.
—Porque la guerra está estancada. Y porque el Libro de la Paciencia ya ha decidido cómo mataros.
Le explicó el campo de batalla con precisión quirúrgica. Las líneas, los flancos, los engaños.
—Coloca a Borus y al enano en el flanco derecho. Que avancen hacia el centro.—Murus y Aurelian Kaedor deben sostener el flanco izquierdo.—Tú, con Arsa, Judith, Onimen, Septem y ese duque que te acompaña… rompe el centro.
El emperador dudó.
—Si hago eso… el flanco derecho caerá. Borus y Hadrik quedarán expuestos.
Kirin rió.
—Yo estaré allí.
Un trueno lejano sacudió la fortaleza.
—Avisa a tus hombres. Cuando aparezca, el terror será lo único que verán.
La voz se apagó.
—Una hora. Empieza cuando estés listo.
El trance terminó.
Althair respiró hondo… y empezó a dar órdenes.
—¡Movilización inmediata!
El duque y Aurelian intercambiaron miradas tensas.
—Majestad… eso es suicida.
El emperador respondió sin alzar la voz:
—Tenemos un aliado poderoso en camino.
El cielo volvió a cerrarse.
Kirin descendió, y Arson ya estaba sobre su lomo cuando el dragón alzó el vuelo.
—Hay algo más —dijo Kirin mientras atravesaban las nubes—. Al unir mi energía a tu corazón, no solo mantendrás Ecos del Alma y Paso del Rayo.
Un relámpago recorrió las escamas del dragón.
—También podrás usar el poder máximo de mis rayos… sin colapsar.
Arson sonrió.
—Eso suena… perfecto.
En el campamento enemigo, Clamont, el Libro de la Paciencia, observaba el campo de batalla a través de esferas flotantes.
—Han cambiado la formación —murmuró—. Quieren romper el centro.
Giró la cabeza.
—Flanco izquierdo, envolved. Colocaos tras Borus… y ese enano.
Ni siquiera se molestó en recordar el nombre.
—Flanco derecho, presionad a Murus. El resto… al centro.
Se volvió hacia Julio y Kan.
—El muchacho no está aquí. Una lástima.
Una sonrisa fría.
—Empezad. Matad a Borus y al enano. Luego eliminad capitanes. El conde, si podéis.
Kan alzó su enorme martillo de guerra y sonrió con ansia.
Julio desenvainó sus espadas, calculador.
La batalla estalló.
Durante un breve instante… funcionó.
El centro imperial empezó a ceder.
—¡Nos rodean! —gritó un soldado de Borus—. ¡No hay salida!
Borus apretó los dientes.
—Nuestra salida está al frente.
Entonces, el cielo rugió.
Un rayo descendió como una muralla luminosa, barriendo el flanco derecho y obligando a las tropas de la teocracia a retroceder.
Un segundo rayo.
Un tercero.
Y como un relámpago vivo, Arson cayó al campo de batalla.
Su armadura de rayos ardía al máximo.
—Raijin —pronunció—. Ese es mi nombre verdadero.
De un solo movimiento, el Rompe-Rayos descargó su furia, y decenas de enemigos cayeron como hojas quemadas.
Por primera vez… Clamont abrió los ojos con alarma.
—Interesante…
Alzó la mano.
—Kan. Julio.
Las cadenas invisibles que los rodeaban se quebraron.
—Os libero por completo. Matadlo.
Miró al cielo.
—Y retirad el flanco izquierdo. No enfrentéis al dragón.
Julio y Kan saltaron al unísono, envueltos en poder desatado.
Arson alzó las manos, cubiertas de rayo puro, y bloqueó el impacto.
Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—Ahora sí… —dijo— empieza lo interesante.
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