ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 46
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Capítulo 46: Capítulo 46 — Libros que sangran
El choque se rompió.
Arson bloqueó el ataque combinado de Kan y Julio con los antebrazos envueltos en relámpagos. La descarga recorrió su cuerpo como una jauría viva, gruñendo bajo la piel. El impacto lo empujó varios pasos atrás, hundiendo los talones en la tierra reventada del campo de batalla.
Kan retrocedió primero, clavando su martillo en el suelo para frenar el impulso. Julio giró sobre sí mismo, deslizándose como una sombra entre el polvo y el humo.
—Nada mal —gruñó Kan, sacudiéndose los hombros—. Pensé que caerías ahí mismo.
Julio sonrió con calma, ajustando el agarre de sus espadas.
—Ha reaccionado rápido… demasiado rápido.
Arson los observó en silencio. La armadura de rayos, Raijin, crepitaba con una intensidad contenida, más densa que antes, más estable. No era furia. Era control.
—Decidme algo —dijo, con voz firme—. ¿Sois Libros?
Kan rió, una carcajada grave, casi feliz.
—De los más fuertes.
Julio inclinó la cabeza apenas un grado.
—Furia y Conquista. Has tenido mala suerte.
Arson sonrió.
Redució la energía en sus manos. Las garras de rayo se replegaron, comprimidas, hasta desaparecer bajo la piel. En su lugar, desenvainó sus dagas.
—Entonces… —murmuró— empecemos en serio.
El mundo parpadeó.
Arson desapareció.
Julio apenas tuvo tiempo de girar cuando el aire frente a él se rasgó. Pasos del Rayo. Arson apareció a menos de un metro, la daga rozando su cuello. Julio cruzó las espadas por puro instinto; el impacto le recorrió los brazos como un latigazo.
—¡Kan! —gritó.
El martillo descendió envuelto en fuego.
Arson se impulsó hacia atrás, pero la explosión de calor lo alcanzó de lleno. Rodó por el suelo, la capa chamuscada, el aliento atrapado en el pecho.
Kan avanzó sin detenerse, cada paso haciendo temblar la tierra. Su piel se cubrió de vetas incandescentes: lava viva recorriendo la roca.
—¡Vamos! —rugió—. ¡Golpéame como antes!
Arson se incorporó a tiempo justo para desviar el siguiente impacto. No lo bloqueó: lo redirigió. El martillo pasó rozando su hombro y se hundió en el suelo, levantando una columna de magma.
Julio ya estaba detrás.
Ecos del Alma vibraron.
Arson giró antes de que la hoja lo alcanzara, usando la muñeca de Julio como palanca, empujando su propio impulso contra él. Aun así, una cuchillada de aire le abrió la mejilla.
La sangre cayó al barro.
El combate se volvió caótico.
Kan atacaba sin pausa, golpes amplios, brutales, cada uno capaz de partir un muro. Julio se movía entre esos ataques, preciso, letal, buscando huecos que no existían… y creando otros nuevos.
Arson se movía entre ambos como una línea de tensión constante.
Desviaba. Anticipaba. Fallaba. Corregía.
Los Ecos le daban información… demasiada. El campo entero gritaba. Cada paso, cada muerte, cada vibración del suelo se mezclaba en su mente.
Apretó los dientes.
—Arsa —susurró.
La onda salió de su cuerpo como un suspiro eléctrico, invisible.
Mueve la unidad. Ahora. Reúnete con Borus y Hadrik.
Arsa se giró en mitad del caos, sin saber por qué, pero obedeció.
En el flanco derecho, el cielo se oscureció.
Kirin descendió entre las nubes, su cuerpo blanco recortado contra la tormenta. Los rayos empezaron a recorrer sus escamas, concentrándose en su garganta.
—Lo siento, mi señor —resonó su voz en la mente de Arson—. No puedo quedarme más.
Arson asintió, jadeando, esquivando por poco un corte helado de Julio.
—Gracias.
Kirin abrió las fauces.
—Aliento de Tormenta.
El rayo descendió como el juicio de un dios.
El flanco enemigo se desintegró en un rugido de luz y trueno. La tierra se abrió, vitrificada, convertida en un cráter imposible. Ninguna formación podría cruzar eso. Ninguna retaguardia podría sostenerse ahí.
Cuando el resplandor se disipó, Kirin ya se había desvanecido entre las nubes.
Clamont respiró aliviado.
—Bien… bien… —murmuró, transmitiendo órdenes frenéticas para recomponer la línea—. Aún podemos—
Una hoja emergió de su garganta.
Septem apareció a su espalda, silencioso como la muerte.
—Por fin —susurró, mientras Clamont se desplomaba— veo la cabeza de la hidra.
Las órdenes cesaron.
En el centro del campo de batalla, Kan y Julio sonrieron al unísono.
—Interesante —dijo Julio, girando las espadas—. Parece que ahora estamos solos.
Arson alzó las dagas, Raijin rugiendo bajo su piel.
—Perfecto —respondió—.
El aire se volvió pesado.
No por el fuego.No por el rayo.Sino por la intención.
Kan dio un paso al frente y el suelo respondió. La roca se agrietó bajo sus pies y, desde las fisuras, el magma empezó a ascender como sangre hirviendo.
—Ya no estoy jugando —gruñó.
Golpeó el suelo con el martillo.
—Géiser de lava.
La tierra explotó.
Columnas incandescentes surgieron alrededor de Arson, cerrándose como una trampa viva. El calor era tan brutal que el aire vibraba, distorsionando la visión. Arson saltó hacia atrás, pero una lengua de magma rozó su pierna, quemando la tela y la piel.
Chasqueó la lengua.
Raijin respondió.
La electricidad recorrió su cuerpo y explotó hacia fuera, evaporando parte del magma en una nube de vapor abrasador. Aprovechó ese instante y desapareció.
Pasos del Rayo.
Apareció a la espalda de Kan, ambas dagas buscando los puntos blandos entre la roca viva. El impacto sonó metálico. La piel de Kan se endureció aún más.
—Piel de acero.
Kan giró con una velocidad impropia de su tamaño y lanzó un golpe directo al torso. Arson lo bloqueó cruzando los antebrazos, pero el impacto lo lanzó varios metros atrás, rompiendo el suelo bajo su espalda.
Antes de que pudiera incorporarse—
—Mil Cortes Fantasma.
Julio ya estaba allí.
El aire se llenó de heridas invisibles. No había hojas visibles, solo presión, dirección, muerte. Ecos del Alma estallaron en la mente de Arson, gritándole desde todas partes.
Se movió por instinto.
Rodó. Saltó. Giró.
Aun así, la sangre apareció en su costado, luego en el hombro, luego en el muslo. Cada corte era preciso, quirúrgico.
—No puedes verlos —dijo Julio con calma—. Pero ya los estás sintiendo.
Arson respiraba con dificultad.
El corazón le golpeaba el pecho como un tambor de guerra.
Kirin…El corazón…
Sin pensarlo, hundió la energía directamente en el latido.
El mundo se ralentizó.
No se detuvo.No se congeló.
Se ordenó.
Los Ecos cambiaron. Ya no eran gritos caóticos, sino pulsos rítmicos. Cada latido enviaba una onda. Cada onda dibujaba el campo de batalla.
—Ah… —murmuró Julio, frunciendo el ceño—. Así que era eso.
Arson avanzó.
No desapareció del todo.No fue omnipresente.
Pero llegó antes.
Sus dagas chocaron con las espadas de Julio en una danza brutal. Cada ataque de aire era desviado por un movimiento mínimo, usando el propio flujo contra su creador, como le había enseñado el maestro del gremio.
Kan cargó desde el flanco, envuelto en fuego y roca.
—¡DESPIERTA! —rugió.
El martillo descendió con fuerza suficiente para aplastar una muralla.
Arson no lo bloqueó.
Lo guió.
Deslizó el golpe hacia un lado, giró sobre el propio brazo de Kan y descargó una patada cargada de rayo en su rodilla. Kan cayó a una pierna… y rió.
—¡Eso es! ¡Eso es lo que quería!
El suelo volvió a rugir.
Más lava.Más fuego.Más presión.
Julio retrocedió un paso, respirando con dificultad por primera vez. Sus movimientos seguían siendo precisos, pero su mirada había cambiado.
—Kan —dijo, serio—. O lo derrotamos ahora…
Arson los miraba a ambos, cubierto de heridas, la armadura de rayos rugiendo como una tormenta contenida. Cada respiración liberaba electricidad en el aire.
Julio apretó los dientes.
—…o esta batalla ya está perdida.
Kan sonrió, alzando el martillo una vez más.
—Entonces —dijo— rompámoslo.
Arson alzó las dagas.
El campo de batalla contuvo el aliento.
Y el siguiente choque prometía decidirlo todo.
El centro del campo de batalla empezó a ceder.
No fue una ruptura súbita, sino algo peor para la Teocracia:una presión constante, inexorable, como una muralla que avanza.
El emperador avanzaba al frente, su espada envuelta en fuego vivo. Cada paso dejaba el suelo ennegrecido, cada tajo abría un hueco imposible de cerrar. A su lado, el conde Valerius caminaba con una sonrisa torcida, los ojos brillando con una lucidez peligrosa.
—Ya era hora… —murmuró.
Su aura se elevó.
No explotó.Se refinó.
El estado ascendido del conde se manifestó como una distorsión del aire a su alrededor. No era fuerza bruta desatada, sino control absoluto. Donde apuntaba, el enemigo simplemente dejaba de existir: cuerpos fragmentados, voluntades quebradas, formaciones que colapsaban antes incluso del impacto.
Los capitanes imperiales aprovecharon el momento.
Judith avanzó con su formación como una cuchilla perfecta, limpiando flancos sin perder una sola línea. Onimen rompió el frente enemigo con una carga directa, sus tropas avanzando entre explosiones y acero, implacables.
Y entonces—
Una sombra emergió entre el caos.
Septem apareció junto al emperador como si siempre hubiera estado allí.
Su voz fue tranquila. Demasiado.
—El Libro de la Paciencia ha sido silenciado —dijo—.La hidra… ya no habla.
Durante un segundo, el campo de batalla pareció detenerse.
El emperador alzó la mirada.
Luego levantó la espada hacia el cielo y concentró el fuego en su punta. Una esfera ardiente se elevó, explotando en lo alto como un sol efímero.
—¡IMPERIO! —rugió—¡ARRASAD CON TODO!
La respuesta fue inmediata.
El conde rió abiertamente esta vez, su poder aumentando un escalón más mientras se lanzaba de lleno al combate. Donde él pasaba, no quedaban órdenes, ni cohesión, ni esperanza.
Más atrás, Arsa observó la señal.
No dudó.
—Spes —dijo, con voz firme—.Liberad todo vuestro potencial.
La unidad respondió como uno solo.
La formación se rompió y se recompuso al instante, cada grupo ejecutando lo aprendido: golpes quirúrgicos, irrupciones violentas, retirada inmediata. Explosiones controladas en puntos clave. El caos convertido en herramienta.
Borus lo vio y soltó una carcajada que se oyó incluso entre el estruendo.
—¡YA ERA HORA! —bramó—¡ADELANTE! ¡QUE LO DEN TODO!
Sus tropas redoblaron la ofensiva, avanzando como una avalancha imposible de frenar.
Y a su lado, Hadrik Puñoroto alzó el arma empapada en sangre, riendo con una ferocidad contagiosa.
—¡ESTE TÍO NO SE CANSA! —gritó—¡ENANOS! ¡HOY HACEMOS HISTORIA!
La presión fue total.
Sin la voz del Libro de la Paciencia, la Teocracia empezó a perder algo más que soldados:perdió el ritmo.
Pero en el corazón de la tormenta, donde el rayo y el magma chocaban, tres voluntades seguían enfrentadas.
Y el desenlace de ese choque aún no estaba decidido.
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