ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 47
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Capítulo 47: Episodio 47 — El precio de la furia
El cielo ardió.
La esfera de fuego del emperador se elevó como un presagio, iluminando el campo de batalla incluso a kilómetros de distancia. Julio fue el primero en comprender lo que significaba.
—Se acabó —dijo, respirando con dificultad—. El centro ha roto. El sello… lo siento. Está regresando.
Kan apretó los dientes, el martillo vibrando entre sus manos.
—Aún podemos—
—No —lo cortó Julio con frialdad—. Si el sello vuelve y sigues forzando el libro, morirás aquí. Retirada. Ahora.
El ejército de la Teocracia ya empezaba a descomponerse. Sin la voz de Clamont, las órdenes llegaban tarde o no llegaban. La marea estaba girando.
Kan gruñó, frustrado, pero dio un paso atrás.
Arson lo vio.
No dudó.
Un destello.Paso del rayo.
El mundo se plegó y Arson apareció frente a Julio, la daga ya trazando la línea mortal. Por un instante, el aire mismo pareció contener la respiración.
El golpe no llegó.
Un impacto brutal detuvo la hoja.
El martillo de Kan se interpuso con un estruendo seco, lanzando chispas y ondas de choque.
—¡VETE! —rugió Kan sin mirar atrás—¡YO ME QUEDO!
Julio abrió los ojos, comprendiendo al instante.
—Kan… no—
—¡HE DICHO QUE TE VAYAS!
El aire empezó a rugir.
La energía brotó del cuerpo de Kan como una tormenta desatada. El suelo se resquebrajó bajo sus pies, el magma aflorando entre las grietas. El viento se curvó alrededor de su figura, expulsado por una presión invisible.
Kan alzó la mano derecha.
Su voz retumbó como un trueno.
—YO, KAN,SEÑOR Y BENDITO POR LUCERO…¡ABRO MI LIBRO!¡QUE LA FURIA ME OTORGUE MI PODER DIVINO!
El símbolo ardió en su pecho.
Julio retrocedió, pálido.
Sabía lo que eso significaba.
Liberar el libro de ese modo no era una técnica.Era una sentencia.
—Idiota… —susurró, antes de darse la vuelta y desaparecer entre el caos del campo de batalla.
Kan avanzó.
Ya no caminaba: arrasaba.
Su poder se elevó a un nivel obsceno. Cada paso hacía temblar la tierra. El martillo descendía envuelto en magma, fuego y roca fundida, cada golpe capaz de pulverizar murallas.
Arson sintió el cambio al instante.
Las dagas ya no eran suficientes.
Las soltó.
La armadura de rayos rugió, Raijin liberándose por completo. El rayo cubrió su cuerpo como una segunda piel, las garras eléctricas extendiéndose de nuevo.
Kan embistió.
No hubo espacio para desvíos.No hubo técnica elegante.
Solo impacto.
Arson fue lanzado hacia atrás, clavando los pies en el suelo para no salir despedido. El siguiente golpe cayó como un meteorito. Arson rodó, activó los Pasos del Rayo en cadena, apareciendo y desapareciendo alrededor del coloso.
Puño.Codo.Rodilla.Garra de rayo.
Cada impacto dejaba marcas, cortes humeantes, descargas que hacían crujir la armadura pétrea de Kan.
Kan respondió con violencia pura.
El martillo barría el espacio, el magma explotaba en géiseres, ondas de choque que obligaban a Arson a moverse sin descanso. No podía bloquear. Solo esquivar o contrarrestar.
Raijin rugía al límite.
El aire estaba saturado de electricidad y fuego.
Kan sangraba, pero avanzaba.
Arson respiraba con dificultad, pero no retrocedía.
Dos voluntades chocando en el centro del desastre.
Uno, luchando para matar.El otro, luchando para detenerlo.
Y el precio de esa furia aún no había sido pagado.
El combate no se detenía.
Kan avanzaba como una calamidad viva. Cada segundo era peor que el anterior. Su velocidad, lejos de disminuir, aumentaba a medida que su cuerpo se deshacía bajo el poder del libro abierto. El aire temblaba a su alrededor, la tierra se hundía con cada paso.
Arson respiraba con dificultad.
Los Ecos del Alma seguían activos, expandiéndose desde su corazón como ondas invisibles. Gracias a ellos aún podía anticipar los ataques… pero el coste era brutal. Su mente ardía, su cuerpo gritaba.
Por un instante, pensó en soltarlo todo.
En dejar caer los ecos.En invocar todo el poder de Kirin.
Pero no podía.
Si apagaba los ecos, moriría en el siguiente segundo. Kan ya no atacaba como un guerrero: atacaba como una catástrofe.
—Maldita sea… —gruñó Arson.
Probó otra vía.
El suelo se hundió bajo los pies de Kan cuando Arson liberó gravedad en un radio cerrado, intentando frenar su avance, comprimir su masa, romper su impulso.
Kan ni siquiera se detuvo.
La presión cedió ante la fuerza bruta. El aura de Kan explotó hacia afuera, anulando el campo gravitatorio como si fuera papel mojado.
—¡GRAAAAH!
El martillo descendió.
Arson apenas logró esquivarlo con un Paso del Rayo, sintiendo cómo el golpe arrancaba la roca donde había estado un instante antes.
No había margen.
No había tiempo.
Arson endureció la mirada.
Si no podía frenarle…tendría que romperlo.
El rayo se condensó en sus brazos.
—Rompe Rayos…
No lo lanzó de inmediato.
Avanzó.
Golpeó.
Desvió.
Usó el cuerpo de Kan contra sí mismo, girando, desviando el martillo, forzando aperturas mínimas. Cada choque era una tortura. Cada impacto le sacaba sangre.
Kan levantó el martillo por encima de su cabeza, cargándolo con todo el magma y la furia restante.
Ese fue el instante.
El mundo se plegó.
Paso del Rayo.
Arson apareció a centímetros del pecho de Kan, la electricidad rugiendo como un dios encadenado.
—…ahora.
El Rompe Rayos atravesó su torso.
No fue una explosión.
Fue una perforación absoluta.
El rayo cruzó de parte a parte, desintegrando carne, energía divina y bendición. El libro ardió, se resquebrajó… y se apagó.
Kan quedó inmóvil.
Durante un segundo eterno.
Luego cayó.
El silencio fue brutal.
Arson retrocedió un paso, las piernas temblándole. La armadura de rayos empezó a disiparse en chispas inestables. Los ecos se apagaron uno a uno, dejando un vacío ensordecedor en su mente.
Le costaba respirar.
Alzó la vista.
El ejército de la Teocracia huía.
Sin libros.Sin órdenes.Sin voluntad.
Desde su espalda llegaron gritos conocidos.
—¡FORMACIÓN DEFENSIVA!
Arsa apareció corriendo, seguida por la unidad Spes, rodeándolo de inmediato. Escudos al frente. Magia en retaguardia. Nadie se acercaba sin permiso.
Arsa lo abrazó sin decir nada durante un segundo eterno.
—¿Cómo estás? —preguntó al fin, con la voz rota.
Arson apoyó la frente en su hombro.
—Cansado… —respondió—. Muy cansado.
Los capitanes empezaron a llegar uno a uno. Borus, Murus, Hadrik. El conde observaba el cuerpo de Kan con expresión grave.
Entonces ocurrió.
A unos metros frente a ellos, el aire se rasgó.
Una luz descendió lentamente, blanca y dorada, imposible de mirar de frente. El suelo se agrietó bajo su peso.
Flotando sobre la tierra, rodeado de símbolos sagrados y cadenas de luz, apareció un libro distinto a todos los demás.
No ardía.No rugía.No gritaba.
Imponía.
Encima de él, una figura humanoide comenzó a tomar forma, envuelta en alas de energía pura.
Una voz resonó sin necesidad de sonido.
—Habéis ido demasiado lejos.
El conde dio un paso adelante, apretando los dientes.
—…Miken.
El Libro del Arcángel había entrado en el campo de batalla.
Y la guerra acababa de cambiar de verdad.
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