ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 48
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Capítulo 48: Capítulo 48 — Entre la espera y el abismo
Villa Frontera respiraba calma.
No era una calma absoluta, ni mucho menos. Martillos, voces, carros entrando y saliendo… pero ya no era el asentamiento precario de meses atrás. Las calles estaban más firmes, las casas mejores asentadas, y el aire no olía a miedo constante.
Ara caminaba despacio, las manos a la espalda. A su lado, Noma avanzaba con pasos cortos, inquietos.
—Ha pasado un mes —dijo Noma al fin, rompiendo el silencio—. Y no sabemos nada de él.
Ara no se detuvo.
—Es normal —respondió con tranquilidad—. En una guerra, la información no fluye como en tiempos de paz. Lo único que se transmite con rapidez son órdenes… y victorias.
Noma frunció el ceño.
—O derrotas.
Ara giró la cabeza y la miró de reojo.
—Si hubiera caído, lo sabríamos.
Noma apretó los labios. Caminó unos pasos más y, con un intento torpe de aligerar el ambiente, murmuró:
—Seguro que ahora mismo está metido en algún lío absurdo. Solo, rodeado de enemigos, pensando que puede con todo.
Ara dejó escapar una pequeña risa.
—Espero que no.
Se detuvo un instante, mirando hacia el horizonte.
—Aunque… siendo Arson, probablemente esté haciendo exactamente eso.
Noma irritante, pero la inquietud no desapareció de sus ojos.
El cielo era fuego y ceniza.
El campo de batalla rugía como una bestia herida.
Arson colgaba en el aire, suspendido a varios metros del suelo, con una mano luminosa cerrándose alrededor de su cuello.
Sus pies no tocaban nada.
Un recuerdo cruzó su mente como un relámpago.
— No lo vi venir .
Había sido un instante. Una presión imposible. El espacio mismo plegándose. Gravedad concentrada en un solo punto, atrayéndolo sin opción a reaccionar.
Ahora, frente a él, flotando con una serenidad insoportable, estaba Miken .
El Libro del Arcángel.
Su presencia no era violenta. Era absoluta.
—Interesante —dijo Miken con voz calmada—. Así que tú eres el problema.
Abajo, el emperador alzó la vista.
No dudó.
—¡ATACAD! —rugió—. ¡TODAS LAS FUERZAS, AHORA!
El aire se partió.
El emperador saltó… y en pleno ascenso su cuerpo se transformó. Escamas doradas cubrieron su forma, alas inmensas se desplegaron y un dragón dorado, se irguió sobre el campo.
El Aliento Imperial estalló desde sus grifos: una lengua de fuego de calor insoportable, con el color inconfundible del linaje Dracón.
El conde, envuelto en su estado ascendido , dio un paso al frente y trazó un corte en el aire. La magia de luz se comprimió y salió disparada como una hoja sagrada.
Borus rugió, impregnando su arma con el Arte de la Llama Oscura , y la lanzó con toda su fuerza.
Desde la retaguardia, Septem ejecutó su Corte Sombra , la hoja viajando a través de las mismas sombras.
Judith levantó ambas manos, invocando una bandada de aves ígneas que descendieron como una tormenta viva.
Onimen expandió su magia de gravedad , no para atacar, sino para potenciar : aceleró trayectorias, aumentó impactos, tensó cada ofensiva aliada.
El suelo se abrió bajo Miken cuando Hadrik Puñoroto alzó estacas de tierra desde las profundidades.
Caelum Virex tensó su arco y soltó un disparo de viento comprimido, un proyectil diseñado para perforar cualquier defensa conocida.
Aurelian Kaedor clavó su espada en la tierra.
—Gaia… respondeme.
La energía del mundo surgió en un golpe ascendente.
Todo impactó a la vez.
El campo de batalla desapareció bajo una explosión de luz, fuego, sombra y poder elemental.
Durante un segundo… nadie respiró.
Cuando el humo se disipó, Miken siguió allí .
Ileso.
Rodeado por una barrera perfecta.
— Protección divina total —dijo con un tono casi cordial—. Un recibimiento… digno.
Apretó un poco más la mano alrededor del cuello de Arson.
—Pero ahora… habremos de ti.
El campo de batalla, por primera vez desde el inicio de la guerra, quedó en silencio.
El silencio fue absoluto.
No había gritos.No había órdenes.Solo incredulidad.
Todo lo que habían lanzado contra Miken —el fuego imperial, la luz del conde, las sombras, la tierra, el viento, la gravedad— había sido… nada.
El emperador apretó los dientes.El conde no apartó la mirada.Los capitanes comprendieron lo mismo al mismo tiempo.
—No le hemos hecho nada… —murmuró alguien.
Miken flotaba con serenidad, observándolo todo como si el campo de batalla no fuera más que un tablero.
Arson, aún suspendido, sentía la presión constante en el cuello. No dolor. Dominio.
En su interior, una voz antigua resonó.
—No puedes vencerlo así —dijo Kirin, grave—. En tu estado actual… no hay posibilidad.
Arson no discutió.
—Lo sé.
Un instante después, Kirin añadió algo más, con un peso distinto:
—Ese no es Miken. No del todo.—¿Qué quieres decir…?—Es un tótem. El cuerpo es suyo… pero quien mira a través de esos ojos es Lucero.
Arson cerró los ojos un segundo.
—Entonces… tampoco con todo mi poder…
—No —confirmó Kirin—. Y si Lucero percibe quién eres realmente, no habrá retirada, ni trato.
Hubo una breve pausa.
—Permíteme usar tu cuerpo —pidió Kirin—. Solo lo suficiente. Que crea que soy yo… no tú.
Arson no dudó.
—Hazlo.
El cambio fue inmediato.
Los ojos de Arson se llenaron de una energía blanca, pura, antigua.
Miken frunció el ceño al sentirlo.
—Interesante… —murmuró—. Dos Libros caídos, un campo devastado… y ahora esto.
La presión en su mano cambió.
Algo empujaba desde dentro.
Miken bajó la mirada.
Los ojos que le devolvían la mirada ya no eran los de Arson.
—Suéltalo, maldito muchacho, Lucero —habló Kirin a través de él, con una voz que no pertenecía a ningún humano—. O tu marioneta no saldrá de aquí.
El nombre cayó como un rayo.
El emperador sintió un frío recorrerle la espalda.El conde tensó los dedos.
—Lucero… —susurró alguien.
La sonrisa de Miken se curvó.
—Ah… Kirin —respondió otra voz, superpuesta, perfecta—. Qué curioso encontrarte aquí. Uno de los perros que dejaste en la tierra tras la muerte de tu amo.
La energía estalló.
La Armadura de Rayo: Raijin envolvió el cuerpo de Arson al completo.
El cielo respondió.
Pero antes de que Kirin pudiera atacar, la mano de Miken se abrió y lanzó el cuerpo contra el suelo como si fuera un muñeco.
El impacto fue brutal.
Aun así, Kirin se estabilizó y cayó de pie, los rayos concentrándose en su mano derecha.
—Voy a destruir esa barrera —declaró.
—No.
Lucero alzó una mano.
El campo volvió a quedar en silencio.
—Mi intención no es exterminar hoy al Imperio —dijo con calma—. He venido a detenerlo… y a fijar condiciones.
Se volvió hacia el emperador.
—El territorio conquistado será cedido. La Teocracia pagará oro por los daños causados.—Pero si avanzas un paso más… —la voz se volvió más fría— vendré yo en persona.
La amenaza no era exagerada.Era una certeza.
Kirin temblaba de furia… pero sabía la verdad.
Lentamente, disipó la armadura.Los rayos se apagaron.
—Acepta —dijo al emperador, sin mirarlo.
El emperador, sintiéndose pequeño entre el Gobernador de las Tormentas y el Gran Arcángel, apretó los puños… y asintió.
—Acepto.
—Bien —respondió Lucero—. Enviaré a alguien para concretar el tratado.
La presencia se retiró.
Miken parpadeó.
Cayó de rodillas en el aire, respirando con dificultad.
—Maldito sea… —gruñó—. Tomó mi cuerpo sin avisar.
Se volvió hacia sus fuerzas.
—Retirada inmediata.
Y al Libro de la Conquista, añadió:
—Quiero un informe completo. Ahora.
Las tropas de la Teocracia comenzaron a retirarse.
Kirin se acercó a Arsa.
—Muchacha —dijo con una voz que ya se apagaba—. Pronto dejaré este cuerpo.—Sujétalo… está demasiado agotado para mantenerse consciente.
La energía abandonó a Arson.
Su cuerpo cedió.
Arsa lo atrapó antes de que cayera al suelo, abrazándolo con fuerza.
—Lo tengo —susurró.
El campo de batalla quedó en silencio otra vez.
Pero esta vez…no era paz.
Era una tregua impuesta por el miedo.
Y así concluyó la Batalla del Aliento Roto,con victoria del Imperio…y una tregua impuesta por el miedo.
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