Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 5

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. ARSON: El Despertar del Olvido
  4. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 — “Trabajo para quedarse”
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

5: Capítulo 5 — “Trabajo para quedarse” 5: Capítulo 5 — “Trabajo para quedarse” Talmu no necesitó alzar la voz para llenar la sala.

Bastó con su modo de apoyar los nudillos en la mesa y mirar a Arson como quien calibra un nuevo pilar para el granero.

—Aquí nadie come gratis —dijo—.

Si te quedas, trabajas.

Arson asintió.

—No me quedaré mucho.

Busco información.

Pero trabajaré.

Ara estaba de pie junto a la ventana.

La luz le cortaba el perfil como una cuchilla limpia.

—Vendrá conmigo —añadió Talmu—.

Recolección, tala, minería ligera, caza si hace falta.

Y si a ella le parece bien, podrás entrenar.

—No soy maestra —gruñó Ara.

—Pero sabes enseñar —replicó Talmu, cansado y seguro—.

Le darás forma a lo que tiene, para que no nos rompa los árboles cuando quiera cortarlos.

Arson no discutió.

Solo dijo: —Haré lo que haga falta.

Talmu dio por terminada la reunión con dos golpes secos en la madera, el sello humilde de Villa Frontera.

El bosque madrugó con ellos.

Ara marcó un ritmo sin explicaciones: primero tala.

El árbol elegido, recto, de madera útil.

Le pasó el hacha a Arson.

—Corta bajo.

En cruz.

Respira antes de golpear.

Arson obedeció la forma, pero no el límite.

El filo apenas rozó la corteza cuando una onda invisible empujó la savia hacia dentro y estalló el tronco por el centro.

El árbol se desvió, cayó mal y partió otra rama que no estaba en el plan.

Ara no gritó.

Caminó, midió con los ojos, tocó la fibra con los nudillos.

—Tu golpe no fue el hacha —dijo—.

Fue lo que metiste en el hacha.

Tienes fuerza de sobra.

No tienes freno.

Arson miró la herramienta, luego su propia mano.

—Aprenderé.

—Bien.

Porque no podemos reventar el bosque para hacer una valla.

Segundo intento.

Ara se colocó a su espalda, sin tocarlo, pero corrigiendo con la voz.

—Base ancha.

Cadera suelta.

Mira el punto, no el tronco.

Respira.

Si el aire sale en empujón, tu poder sale en empujón.

Si el aire baja y se guarda, tu poder se guarda.

Arson respiró, clavó el filo, y esta vez el árbol sonó.

No explotó.

No perfecto, pero madera, no desastre.

Ara no sonrió.

Le alcanzó unas cuerdas.

—Aprovecha las sobras.

Nada se desperdicia.

Minería.

Una veta pobre, pero veta.

La roca abrió la boca con el primer golpe… y Arson, confiado, descargó.

La pared tembló como un animal asustado y el techo dejó caer un alud pequeño que tapó el acceso.

Ara lo miró sin comentario.

Se remangó.

Sacaron piedras a pulso durante una hora larga, en silencio.

—La roca escucha —dijo al fin—.

Si le gritas, te devuelve el grito.

Arson tragó la impaciencia que le subía a los dedos.

—Otra vez.

Repitieron con golpes ligeros, como llamando a una puerta.

La veta respondió con paciencia, dejando salir lo justo.

Casi al mediodía, Ara le permitió usar una vibración mínima para despegar una placa.

Salió entera, sin derrumbe.

Aprendizaje, no hazaña.

Él inclinó la cabeza en reconocimiento.

Caza.

Arson quiso probar una descarga para atajar.

La liebre se quedó pegada al suelo con un olor desagradable que nadie quiso saborear.

—Otra vez —pidió.

—Otra presa —dictó Ara—.

Y sin trucos.

Músculo, oído, paciencia.

Se arrastró con él por el barro.

Le señaló huellas, rutas de viento, errores de postura.

Arson siguió, memorizó, respiró.

Cuando el conejo corrió, corrió él también, no con poder, sino con piernas.

Llegó.

La carne supo a esfuerzo, no a accidente.

Por la noche, Talmu olió el guiso y aprobó sin palabras.

Los días armaron una rutina que se sentía a la vez castigo y cura.

Arson despertaba antes que el sol, repasaba respiraciones con la espalda contra la pared, como si la pared fuera un espejo que le devolviera un cuerpo que todavía no le pertenecía del todo.

Ara llegaba, decía “vamos”, y el mundo empezaba.

El entrenamiento del Arte no llegó con rituales, sino con pequeños límites.

Ara no le “enseñó técnicas” sin más: le enseñó a no usarlas cuando no tocaba.

Le puso peso en los tobillos para que sintiera la base.

Le ató una cuerda al codo para que los golpes no se estiraran más de lo necesario.

Le puso una piedra sobre la respiración: “Si cae, tu centro no existe.” Arson aprendió a tirar de la gravedad un dedo… y a pararla antes de que el dedo se convirtiera en puño.

Aprendió a dibujar un hilo de electricidad y dejarlo morir antes de que estallara.

Aprendió a sentir el ritmo de lo vivo: madera, roca, sangre, aire; y a hablarles en sus lenguajes en lugar de imponer siempre el suyo.

—La fuerza es fácil —sentenció Ara un día—.

El límite es el arte.

A Arson le gustó esa frase.

Le quedaba bien en la boca.

Los meses se ordenaron en viñetas: — Invierno breve: reforzaron las uniones de la empalizada con cuñas y resina; Arson calentó piedras con un calor tembloroso, contenido.

Los niños se acercaron a mirarlo trabajar; él no los espantó.

— Lunas de siembra: llevaron agua del canal seco con cubos prestados; Ara le enseñó nudos de campaña para que las sogas aguantaran; Arson, que había derribado reyes, ataba cubos sin sentir que su mundo encogía.

— Mercado pobre: un mercader alto dejó un mapa arrugado sobre la mesa común; Arson lo miró demasiado rato; el mercader le hizo bromas que no entendió.

— Una noche de ruido: a lo lejos sonaron marcas teocráticas en el bosque; nadie durmió; no pasó nada.

Al amanecer, había cruces de ramas nuevas en dos sendas.

Ara afiló su arma en silencio.

— Primer reconocimiento: Leo y Leon chocaron lanzas jugando; Arson les corrigió la base a ambos: “abajo el talón del pie de atrás”; lo hicieron y se miraron sin saber si darle las gracias.

Villafrontera creció un centímetro al mes: más cestos, mejores clavos, harina suficiente para días con nombre.

El mapa mental de Arson se llenó de distancias y tiempos.

El cuerpo del niño dejó de parecer prestado.

Y, sin que nadie lo declarara, Ara y Arson dejaron de caminar uno detrás del otro; a veces iban en paralelo.

Talmu los llamó una tarde con viento lento.

—Necesitamos oro y plata —dijo sin adornos—.

Si no, en otoño no habrá clavos.

Ni cuchillos.

Ni remedios.

—Puso sobre la mesa un saco con cuentas y un papel con columnas torcidas—.

Aquí no hay más que cobre y voluntad.

No alcanza.

Ara frunció el ceño.

—Argento compra y vende de todo.

Y paga bien el grano de colina.

—Argento es república —asintió Talmu—.

Pero para llegar con un trueque que no nos arruine el cuerpo, hay que cruzar el desierto de Ejepo con provisiones decentes.

Y eso… cuesta.

Por eso iréis primero a Dragónpolis.

A pedir oro y plata.

Con eso, compraréis en Argento lo que no podemos fabricar.

Arson miró el mapa rugoso.

Villa Frontera, punto leve al borde del bosque; una flecha gruesa hacia un manchón oscuro que alguien había llamado “Bosque Negro”; más allá, un dibujo torpe de ciudad con dragón: Dragónpolis.

Y al otro lado de un mar de puntos, Argento.

—¿Por qué no comprar directo en el Imperio?

—preguntó.

—Porque el Imperio vende caro lo que a Argento le sobra —dijo Talmu—.

Y porque cruzar el Bosque Negro con una caravana desde allí sería pedir que nos cuenten en canciones fúnebres.

En cambio, si conseguimos metal imperial, cruzamos Ejepo hasta la república, compramos lo necesario y volvemos por la ruta corta.

Arson asintió.

Tenía sentido.

A su cabeza le gustaban las rutas que parecían rodeos y ahorraban vidas.

Talmu posó la mirada en Ara, con una mezcla de súplica y autoridad que solo se concede a quienes ya han cumplido antes.

—Ve tú.

Ara sostuvo el gesto.

Sabía lo que venía.

—No soy la hermana del Emperador.

—Lo sé —Talmu levantó una mano, apaciguando—.

Eres su hermana porque el Emperador antiguo te adoptó.

Nadie te está pidiendo sangre.

Te estoy pidiendo puertas que se abren cuando tú estás delante.

Ara respiró por la nariz, una sola vez.

—Está bien.

Talmu se volvió hacia Arson, que ya había tomado la decisión sin decirla.

—Iré —dijo el niño.

—Sabía que lo dirías —resolvió Talmu—.

Llevad esto —empujó un cofre modesto—.

No es mucho, pero es lo que tenemos.

—Hizo una pausa—.

Y cuidad la lengua.

En Dragónpolis la palabra tiene precio.

En Argento, interés.

Ara inclinó la cabeza.

Arson también.

La reunión terminó con el susurro de un mapa doblándose.

Esa noche, la casa de Ara fue más casa que otros días.

Guardaron herramientas con un método que en realidad era un rezo.

Revisaron cuerdas, se aseguraron de que el pergamino no sangraba poder por los bordes.

No sangraba.

Al fuego le dieron pocas palabras.

—No somos familia del Emperador —dijo Ara al fin, rompiendo el silencio en el punto exacto donde debían existir las aclaraciones—.

Lo digo por Talmu.

Lo digo por ti.

—Se tocó el pecho con dos dedos, un gesto antiguo—.

Soy su hermana porque a veces la sangre no sabe lo que hace y el corazón sí.

Arson escuchó esa frase como quien guarda una llave sin saber aún de qué puerta es.

—No me importa cómo lo llamen —respondió—.

Me importa que funcione.

—Ese es tu problema —Ara lo miró de lado—.

Que algo funcione no siempre significa que esté bien.

Él no discutió.

Había aprendido a respirar antes de hablar.

Salieron con el alba.

Leo y Leon se cuadraron con galantería improvisada.

—Traed historias —pidió Leo.

—Y clavos —añadió Leon.

Ara les devolvió una media mueca que, en su idioma, significaba “os veo a la vuelta”.

Arson ajustó el cofre a la espalda y se echó a andar con paso de quien cuenta los latidos del camino.

En la madera interior de la empalizada, alguien había dejado un trazo nuevo: tres líneas cortas, una larga, otra corta.

Ara se detuvo un latido demasiado largo mirándolo.

No llamó a nadie.

No lo borró.

Solo siguió.

—¿Qué es?

—preguntó Arson, que sí lo había visto.

—El bosque habla —respondió ella—.

Y algunos curas creen que saben leerlo.

Arson pensó en la palabra “curas” como si fuese una piedra que todavía no había tocado.

Apretó el paso.

Dragónpolis esperaba detrás del Bosque Negro, y Argento detrás del desierto.

El mundo, otra vez, por delante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo