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ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 50

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Capítulo 50: Capítulo 50 — Cuando regresa la tormenta

El campamento imperial estaba en calma solo en apariencia.

Soldados descansaban, sanadores iban y venían, los capitanes hablaban en voz baja.Pero cuando Ara cruzó la empalizada acompañada por Arsa, el aire mismo cambió.

El emperador lo sintió antes incluso de verla.

Un sudor frío le recorrió la espalda.

—…Ya está aquí —murmuró.

Ara avanzaba con paso firme.El rostro sereno.Demasiado sereno.

Se detuvo frente a su hermano.

—¿Sabías que esto iba a pasar? —preguntó con voz tranquila.

No gritó.No acusó.

Eso fue lo que hizo que el emperador tragara saliva.

—Ara, yo—

El aura estalló.

No fue una explosión violenta, sino una presión aplastante, como si el mundo se inclinara hacia ella. Las sombras imperiales surgieron de inmediato, envolviéndola para contenerla.

Ara dio un paso.

Las sombras se rompieron como humo.

El emperador retrocedió instintivamente.

Ara avanzó otro paso…y entonces—

Una mano se interpuso.

Murus.

Bloqueó el golpe con la palma abierta.

El impacto hizo vibrar el aire.La tierra bajo sus pies se resquebrajó.

Durante un segundo eterno, ninguno de los dos se movió.

Murus sostuvo la mirada.

—Se ha hecho más fuerte —dijo con calma—. Hasta el punto de superar mis defensas.

Ara lo observó con atención.

Luego, lentamente, bajó el brazo.

—Veo que no has dejado de entrenar —respondió—. Por ahora… no bajaré la guardia.

Murus inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso es lo que espero de usted, maestra.

No lo dijo como nostalgia.Lo dijo como reconocimiento.

El ambiente se relajó apenas un grado.

El conde Valerius apareció entonces, aplaudiendo despacio.

—Siempre es un placer cuando el campamento vuelve a sentirse… vivo.

Ara giró la cabeza hacia él.

Lo observó un segundo más de lo necesario.

No había descontrol.No había esa distorsión que tanto detestaba.

—Parece que Murus te mantiene a raya —comentó—. Eso habla bien de ambos.

Valerius rió suavemente.

—Es un hombre bastante convincente.

El emperador aprovechó la tregua.

—Ara… lo siento. De verdad.

Ella lo miró.

—Explícate.

Y él lo hizo.

Habló de la batalla.De la presión imposible del enemigo.De la muerte de dos Libros.De cómo Septem había ejecutado al de la Paciencia.De Kirin.Y, finalmente…de Lucero.

Ara cerró los ojos al oír el nombre.

Cuando los abrió, había algo más que ira.

—El Libro de la Paciencia… —murmuró—.—Sonrió sin humor—. Ahora entiendo por qué aquella guerra fue imposible.

Miró a Septem.

—Buen trabajo.

Septem inclinó la cabeza.

—Sin su muchacho… no lo habría logrado.

Ara no respondió de inmediato.

Entonces, una voz nueva resonó entre ellos.

—Qué reunión tan intensa.

Una mujer avanzó desde el lateral del campamento.

Ropajes nobles.Ojos como nubes cargadas.Sonrisa de tormenta contenida.

—Llegas tarde —dijo el emperador con cautela.

—Siempre llego cuando hace falta —respondió ella.

Se inclinó ligeramente ante Ara.

—Sora de la Tormenta.—Alzó la vista—. Emisaria del gobernador dragón Kirin.

Ara la observó con detenimiento.

—Así que tú eres la que camina con su voz.

Sora sonrió.

—Y usted debe ser Ara.—Miró alrededor—. Ahora entiendo muchas cosas.

El silencio se cerró de nuevo sobre el grupo.

La guerra no había terminado.Pero algo había cambiado.

Y todos lo sabían.

Sora dio un paso más al frente, juntando las manos con elegancia.

—Mi señor pide disculpas por haberse inmiscuido en vuestra política… y en vuestra guerra —dijo con serenidad—. Pero estimó la supervivencia de Arson por encima de cualquier otra consideración.

Ara no reaccionó de inmediato.

Sora continuó:

—Incluso siendo mi señor quien controlaba su cuerpo frente a Lucero, en ese estado físico no habría podido hacer nada decisivo.—Alzó ligeramente la mirada—. Arson no tiene aún la capacidad de sostener ese poder al cien por cien.

El emperador asintió despacio.

—No hay nada que disculpar. Su aparición en nuestro flanco… y el haber salvado a Arson, fue más ayuda de la que podríamos haber pedido.—Frunció el ceño—. Aunque confieso que me sorprendió verlo conectado a Kirin. Cuando conocí a Arson, no sentí nada parecido.

Sora sonrió, casi divertida.

—Es muy simple. El uso que hace Arson del poder total de mi señor es apenas relevante.—Levantó un dedo—. Más allá de invocar un ataque usando el cuerpo de energía de Kirin… y portar su armadura de rayos…

Se encogió de hombros.

—Para mí, él es un Raijin incompleto.

El término quedó suspendido en el aire.

Ara giró la cabeza hacia Sora.

—¿Incompleto?

Sora respondió como si hablara de un guerrero al que aún le faltaban batallas.

—Potencial, vínculo y voluntad… pero no el dominio absoluto.—La miró sin desafío—. Nada más. Nada menos.

El silencio volvió a asentarse.

—En cualquier caso —añadió Sora—, si la Teocracia no cumple lo prometido por Lucero, el Reino Dragón apoyará al Imperio.

El emperador inclinó la cabeza con respeto.

—Lo agradezco.

Fue entonces cuando una risa resonó desde fuera de la tienda.

Una risa suave.Educada.Peligrosa.

—Parece que tendré que esforzarme mucho para no reavivar la llama…

Las miradas se dirigieron hacia la entrada.

Un hombre avanzó sin prisa. Vestía ropajes ceremoniales, cargados de símbolos antiguos. Sus ojos eran serenos, demasiado serenos.

—…y cumplir el designio de mi señor Lucero.

Sora tensó ligeramente la postura.Ara entrecerró los ojos.El emperador sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Permitidme presentarme —continuó el recién llegado con una leve inclinación—.—Sonrió—. Soy la mano derecha del Santo Pontífice.

Hizo una pausa deliberada.

—El Libro de la Sabiduría.

Y, por primera vez desde el final de la batalla, todos comprendieron que la guerra aún no había mostrado su rostro más peligroso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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