ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 51
- Inicio
- Todas las novelas
- ARSON: El Despertar del Olvido
- Capítulo 51 - Capítulo 51: Episodio 51: Donde la guerra se convierte en palabras
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 51: Episodio 51: Donde la guerra se convierte en palabras
La tienda imperial había sido despejada.
No quedaban mapas extendidos ni oficiales entrando y saliendo. Solo una mesa larga, varias sillas… y una tensión tan densa que parecía poder cortarse con una espada.
El Libro de la Sabiduría habló primero.
—La Teocracia reconoce los hechos ocurridos en el campo de batalla —dijo con voz serena—.—Una pausa medida—. Y acepta las consecuencias.
El emperador no respondió de inmediato.
El sabio continuó, como si leyera un decreto ya escrito desde hacía siglos:
—Se reconoce como territorio imperial los doscientos cuarenta y ocho kilómetros ganados desde el punto de partida de la frontera.—Alzó ligeramente la mano—. Dichas tierras quedarán libres de reclamación teocrática.
Un murmullo contenido recorrió a los presentes.
—Además —prosiguió—, se entregará una compensación económica.—Sonrió apenas—. Podrá abonarse en moneda teocrática… o en lingotes de oro y plata, a elección del Imperio.
El emperador asintió despacio.
—Aceptable —dijo—.—Pero no suficiente.
El Libro de la Sabiduría lo miró con interés genuino.
—Deseo la anulación del tratado anterior —continuó el emperador—.—Su voz se endureció—. Bajo reconocimiento explícito de que ha sido violado… y no por parte del Imperio.
El silencio se prolongó unos segundos más de lo necesario.
Finalmente, el sabio inclinó la cabeza.
—De acuerdo.
Ara alzó una ceja, sorprendida.
—El tratado queda invalidado —añadió el Libro—.—Y, con ello, todas sus cláusulas accesorias.
Miró directamente a Ara.
—La princesa queda libre para reincorporarse a las fuerzas armadas imperiales, de forma oficial… o no oficial.—Una leve sonrisa—. No constará oposición alguna por parte de la Teocracia.
Ara sonrió por primera vez.
—Agradezco el gesto —respondió—.—Pero no volveré a la capital.
Algunos oficiales se removieron incómodos.
—Mi vida está en Villa Frontera —continuó—. Mi gente está allí.—Miró fugazmente hacia donde descansaba Arson—. Y tengo responsabilidades que no pienso abandonar.
El emperador suspiró.
—Lo esperaba —admitió—.—Sonrió con cansancio—. Pero mientras pueda llamarte cuando te necesite… me basta.
Ara asintió.
Entonces, el Libro de la Sabiduría dio un paso más.
—Hay un último punto.
El ambiente volvió a tensarse.
—El tótem del Rey de las Tormentas, Kirin, no debería permanecer en territorio imperial.
Ara avanzó un paso.
—Ese “tótem” es mi hijo —dijo con frialdad—.—Y no se va a ninguna parte.
El sabio no se inmutó.
—He obtenido información adicional sobre el muchacho.
Ara entrecerró los ojos.
—Curioso —prosiguió—. El Libro de la Paciencia nunca compartió ese dato… salvo con el Libro de la Conquista.—Una mirada calculadora—. Y aun así, esa información no llegó a institucionalizarse.
El conde observaba en silencio.
—Considérenlo una revelación tardía —concluyó el sabio—. No una acusación.
El tema murió allí.Por ahora.
El Libro de la Sabiduría se volvió entonces hacia el conde.
—Duque… —dijo con una sonrisa casi amistosa—.—¿Volverá algún día a la Teocracia?
El conde alzó una ceja.
—Cuando me toque ir —respondió—, retomaremos nuestra partida de ajedrez.
El sabio inclinó la cabeza.
—Lo esperaré.
Antes de marcharse, el conde habló de nuevo:
—Mi nombre es Tarquinio —dijo el Libro—.—Seguramente nos veremos en dos o tres meses, cuando los documentos estén listos.
—Así será —respondió el conde.
Tarquinio hizo una breve reverencia a Sora de la Tormenta, que lo observaba con calma contenida, y abandonó la tienda.
Cuando quedó vacío, el emperador soltó el aire que llevaba conteniendo.
—Ese hombre… —murmuró—.—La última vez firmamos el tratado en la Teocracia.—Negó con la cabeza—. Es un enemigo, sí… pero uno con el que se puede hablar.
—Y jugar —añadió el conde—. Le encantan los juegos de mesa.
Murus cruzó los brazos.
—Más que un libro… parece la cabeza pensante de todos ellos.
El conde asintió despacio.
—No es el más poderoso.—Pero es el más peligroso.
Y, por primera vez desde el final de la batalla, todos entendieron que la paz que acababan de firmar…solo era un intervalo entre movimientos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com