ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 — Sombra y León
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6: Capítulo 6 — Sombra y León 6: Capítulo 6 — Sombra y León La puerta de Villa Frontera crujió con un orgullo que no tenía clavos suficientes.
Leo golpeó con el nudillo el borde del casco para que se asentara, Leon le imitó con un gesto que era mitad marcial, mitad juego.
—Traed historias —dijo Leo.
—Y clavos —añadió Leon, serio como una campana pequeña.
Ara ajustó la correa del cofre al hombro.
—Si el mundo no se acaba antes, volvemos —respondió.
Talmu apareció desde la sombra de la empalizada con un tubo de madera lacada.
Se lo tendió a Ara; ella no lo tomó.
Miró a Arson.
El niño lo recibió con ambas manos.
—No es poesía —advirtió Talmu—.
Es una carta para el Emperador.
Llevadla entera.
Y cuidad la lengua: en Dragónpolis la palabra compra puertas… o enemigos.
Arson inclinó la cabeza.
Talmu los acompañó cinco pasos fuera.
Miró alrededor como quien cuenta los pájaros antes de un temporal.
—Si el bosque os habla —dijo—, no respondáis más de lo que os preguntan.
—Lo intentaremos —Ara apretó el gesto.
Salieron.
La villa les quedó a la espalda con un olor a leña verde y harina que no alcanzaba.
El camino primero era sendero de pastores; luego dejó de serlo.
El Bosque Negro no era solo un código de mapas: era una forma de atención.
El aire parecía inclinarse para oírles pasar.
Los troncos, gruesos como torres, habían aprendido a torcerse para cerrarle los ojos al cielo.
—¿Por qué tantos vuelven con historias y tan pocos con mapas?
—preguntó Arson, después de una hora de silencio útil.
—Porque aquí casi nadie vuelve por el mismo sitio —respondió Ara—.
Y los que vuelven, no vuelven iguales.
La caballera caminaba con una naturalidad que el bosque respetaba.
Cada cierto tramo, marcaba una raíz con una uña, dejaba tres líneas oblicuas.
En una encrucijada de helechos, desataba un cordel que alguien había dejado y volvía a atarlo de otra forma.
El bosque habla; algunos humanos todavía lo contestan.
—¿Qué te dijo Talmu al oído, cuando creí que no miraba?
—preguntó Arson.
—Que no adopte problemas nuevos —Ara no le regaló un gesto—.
Ya llevo los suficientes.
Arson guardó la carta bajo la túnica, envuelta en tela encerada.
No era pesada, pero pesaba.
Acamparon temprano, en una hondonada que olía a humedad contenida.
Ara montó el toldo con dos movimientos viejos; Arson juntó madera sin hacer ruido.
La primera llama se portó como una invitada tímida.
El humo se fue hacia un lado con educación.
—Prometiste historias —dijo Arson, cuando el agua empezó a querer hervir.
Ara le lanzó el cuchillo para que pelara raíces.
—Historias… o museo —bufó—.
Muy bien.
¿Por dónde quieres que empiece?
¿Por el León?
¿Por el dragón?
¿Por los curas?
—Por ti —contestó él.
La cuchilla raspó tierra con paciencia.
—Era caballera.
Muy joven.
Me reclutaron por mala costumbre de no caerme —se encogió de hombros—.
Me enseñaron a guardar la fuerza antes que a soltarla.
Alguien me puso en la mano el nombre de mi escuela: León.
Con los años, me tocó dirigirla.
Matriarca.
—No había orgullo en la palabra: había peso.
—¿Gran Maestra del Arte?
—Me gané el título.
Con sudor, con despidos y con opositores que ahora descansan —tomó el cuchillo de vuelta—.
El Arte no es un milagro.
Es un límite que eliges.
Una y otra vez.
—Levantó la mirada—.
Ganamos guerras.
Perdimos otras.
La Teocracia no pelea por tierra: pelea por obediencia.
Cuando creen hablar por los dioses, no escuchan a nadie.
—¿Y Argento?
—Arson lo preguntó como quien busca una pieza faltante.
Ara soltó una media risa.
—República inquieta.
Un consejo que cambia con las mareas del oro.
Me fui allí cuando la corte me pidió que eligiera entre la espada y la genuflexión.
Elegí tabernas.
Trabajos de escolta.
Gremio de mercenarios.
—Se le dibujó un brillo limpio en los ojos—.
Una vez casi me caso por un malentendido con una panadera que confundió un duelo con una promesa.
No preguntes.
—No preguntaré —dijo Arson, obediente, pero con una chispa que casi fue sonrisa.
—En Argento aprendí a pelear sin himnos y a cobrar al final.
Y también descubrí a la Guardia Plateada: prefieren la estética a la ética.
Te suenan las botas antes de que te suenen las monedas.
El agua rompió a hervir.
Por un momento solo existió el sonido pequeño del fuego haciendo su oficio.
—En la capital —continuó Ara, sin solemnidad—, diré que eres mi hijo adoptivo.
Arson no se sorprendió.
Lo había visto venir desde la palabra “corte”.
—¿Mentiremos bien?
—Lo bastante —Ara le sostuvo la mirada—.
Eres demasiado poderoso para tu edad.
No tolerarán un misterio sin apellidos.
Prefiero que sospechen de mí que verte en una mesa de preguntas con las manos atadas.
—¿Y tú soportarás esa mentira?
—No será mentira por mucho tiempo.
No explicó más.
No necesitaba.
Arson giró el cuchillo entre los dedos, lo justo para sentir que controlaba algo pequeño y afilado.
—Gracias —dijo, como si probara la forma de una palabra que no había usado.
Ara hizo un gesto vago con la mano.
—Duerme.
Yo hago la primera guardia.
No fue el viento.
Fue un cambio en la postura del bosque.
Ara ya estaba en pie cuando la oscuridad se apretó un poco alrededor.
No desenvainó.
Se desenrolló el puño, lo cerró otra vez, dejó que la respiración dibujara una parábola y se asentó.
—Tres —dijo, sin girar la cabeza.
—Dos a la izquierda, uno arriba —completó Arson, tocando el suelo con la yema de dos dedos.
Los inquisidores menores de la Teocracia no vestían hábito: vestían intención.
Llevaban en la piel marcas que parecían rezos clavados con aguja.
El primero descendió del árbol con la suavidad de una hoja grave.
El segundo asomó por el helechal con una cuerda de cuero en las manos, como quien intenta amarrar el aire.
El tercero… no estaba ya donde estaba.
—Caballera del león negro —susurró el del árbol—.
La noche nos la debes.
—Estoy en deuda con demasiadas noches —replicó Ara—.
Esta no.
El del helechal arrojó la cuerda.
No buscaba muñecas ni cuello: buscaba pecho.
Cuando tocara carne, el sello preparado en el cuero intentaría cerrar lo que se abre cuando la gente duerme.
Arson movió la mano apenas.
No fue una gran magia; no fue un trueno.
Fue una décima de gravedad pinchada en el lugar exacto: la cuerda pesó de pronto como un fardo de hierro y cayó antes de rozar a Ara.
El inquisidor parpadeó, sincero en su sorpresa.
Ara entró.
No cruzó la distancia: la borró.
Un paso unido a un giro de cadera, la mano guiando la muñeca ajena, el hombro rompiendo la base.
El inquisidor se encontró con el suelo sin haber tramitado el viaje.
Ara no rompió el brazo; lo inutilizó.
El Arte del Rayo vibró en el contacto para apagar tendones en lugar de hacer fuegos.
El del árbol cayó detrás de Arson con un sello en la palma.
El niño no se apartó.
El sello tocó y se encendió con un brillo de hielo, buscando al alma como quien sigue un hilo.
Arson apretó el aire entre pulgar e índice, como si tomara una hebra invisible y la desplazara un centímetro.
El brillo falló la dirección.
La “aguja” del sello picó en vacío y mordió su propio borde.
El inquisidor sufrió una sacudida por la espalda, incapaz de entender qué había pasado.
—No aprietes demasiado —dijo Ara, cortando un golpe en diagonal para abrirle camino al niño—.
Que no te tiemble la mano no significa que debas arrancarla.
Arson oyó la instrucción y la hizo carne.
No aplastó: pesó.
Un dedo, luego dos, luego ninguno.
El inquisidor vaciló; Ara cerró con un martillo corto al plexo y lo dejó fuera de conversación.
El tercero apareció por fin, como aparece el verbo en una frase que parecía completa.
No atacó: rezó.
Las marcas de su piel se encendieron siguiendo un orden que daba miedo precisamente por su formalidad.
El aire bajó de temperatura lo suficiente para que el fuego se asustara.
—Atrás —dijo Ara.
Arson no obedeció.
Caminó hacia el rezo como quien procura un equilibrio.
Atenuó el peso de sus pies hasta que el suelo dejó de quejarse bajo ellos.
Levantó la mano izquierda, con el filo del pulgar apuntando al corazón.
La piel del inquisidor dibujó una espiral; el mundo quiso irse por ella como agua por un sumidero.
Ara rompió la espiral antes de que cerrara: un tajo de palma sobre el aire, justo donde la figura era más frágil.
El Arte del Rayo funciona con límites; el rezo también.
Si interrumpes la línea, desaprendes el milagro.
El inquisidor, herido en su oración, sonrió.
No había luz en esa sonrisa, pero sí alivio.
Sacó un pergamino de la túnica como quien entrega una carta de amor a su enemigo.
—El cielo sabe a quién busca —murmuró—.
No eres tú, niño.
Eres vieja, caballera.
Vieja y terca.
Intentó morderse la lengua.
No tuvo tiempo.
Arson le pesó la mandíbula lo justo para que no cerrara.
Ara llegó con un golpe medido que no fue un final, sino un punto suspensivo muy largo.
El inquisidor cayó de lado.
No se movió más.
Silencio.
El fuego recordó que era fuego.
Ara recogió el pergamino.
No lo abrió junto a la llama.
Caminó dos pasos, se situó donde el humo no marcaba, rompió el sello con el filo de la uña.
Lo leyó con los ojos y con la espalda.
Lo cerró.
Se lo pasó a Arson.
La caballera del león negro está en el Bosque Negro.
Su captura es prioridad.
No había sello local.
Había un símbolo que pesaba más: una rúbrica de rango alto… demasiado alto para tres hombres en sombras.
—No son cazadores de pueblo —dijo Ara—.
Esto se firmó con una mano que no se tiembla.
—Guardó el pergamino—.
Y la caligrafía… —no terminó la frase.
—¿Valero?
—Arson no puso emoción en el nombre.
Lo probó como se prueba el filo de un cuchillo con la yema.
—No lo sé —Ara mintió poco.
Lo suficiente para poder dormir.
Arson miró los cuerpos con una atención que no era morbosa: era contable.
Hizo un gesto breve; la gravedad acomodó el peso de cada uno donde el bosque podría recibirlo sin escándalo.
No enterró.
No negó.
Aceptó la aritmética.
—¿Cuántas noches como esta te debo?
—preguntó.
—Todas —Ara guardó el pergamino bajo la coraza—.
Y ninguna.
Volvieron al fuego.
Ara echó un puñado de tierra húmeda al círculo de brasas para ahogar el exceso de luz.
Arson dejó la carta del Emperador donde el humo no la tocara.
—Ya saben que voy a casa —dijo Ara, en voz baja.
Arson pensó en la palabra “casa” como quien piensa en una estrella que no ha visto.
Alzó la vista.
Entre rama y rama hubo un retal de cielo sin religión.
El niño respiró hondo, como se respira antes de nombrarse.
—Que vengan —dijo—.
Todavía no han visto nada.
La noche cerró sin discusión.
El Bosque Negro, satisfecho de que alguien se atreviera a hablarle en su idioma, les permitió dormir lo justo para llegar vivos a la mañana.
El amanecer filtró un amarillo cansado entre las agujas.
Desarmaron el campamento con manos que ya habían aprendido a sonar poco.
Antes de marchar, Ara clavó en un tronco tres líneas oblicuas, luego una recta, luego otra oblicua.
Mensaje para quien sabe leer: No sigas.
O sigue… y paga.
Arson ajustó la correa del cofre.
La carta del Emperador tocó su pecho con una gravedad que no podía compartirse.
Pensó en la villa, en los clavos, en la harina, en Leo y Leon apostándose pan sobre si volverían con una historia buena.
—No preguntaste por qué me llamaron león negro —dijo Ara, ya en camino.
—Siempre prefiero que las preguntas me alcancen cuando ya he aprendido a esquivar —contestó él.
Ara aceptó esa filosofía con una media sonrisa.
—Un día de estos, te contaré qué significa.
Y por qué alguien decidió que un león no debía ser dorado.
Caminaron.
El bosque siguió escuchando.
Y lejos, muchísimo más lejos, una ciudad que creció alrededor de una montaña y aprendió a llamarse Dragónpolis encendía sus hornos.
No por ellos.
Por costumbre.
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