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ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 — “Senderos colmillos y una palabra nueva”
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7: Capítulo 7 — “Senderos, colmillos y una palabra nueva” 7: Capítulo 7 — “Senderos, colmillos y una palabra nueva” El camino había dejado de ser bosque y todavía no era llanura.

Entre los troncos viejos se abrían pasillos de luz donde el sol entraba a mordiscos, y la senda, apedazada por raíces, recordaba que allí hubo caravanas mucho antes de que los dioses callaran.

Ara marcaba el paso con una mano en el pomo y la otra en la correa del macuto.

Arson iba un paso detrás, con los ojos atentos como si leyera el aire.

—Si pisas esa rama —dijo Ara sin mirar—, te delatas a tres valles de distancia.

Arson levantó el pie, pensó… y la rama crujió igual.

Ara resopló con una risa que no quería ser risa.

—Aprendo despacio lo que todos saben —dijo él.

—Y deprisa lo que nadie entiende —contestó ella.

A media mañana, la senda se estrechó en un desfiladero de matorral y piedra.

El olor cambió: sudor agrio, cuero sin curtir y metal barato.

Arson ladeó la cabeza.

—Goblins —murmuró.

—Tres —corrigió Ara—.

No, cuatro.

Uno a la izquierda… bajo ese enebro.

La flecha de hueso salió con un chasquido.

Arson la vio venir como si el tiempo le dejara un escalón, la agarró con dos dedos y la partió por la mitad.

El arbusto estalló en pequeños cuerpos grises.

El primero saltó a su rostro con un cuchillo serrado; Arson lo apartó con un manotazo que sonó contra el tronco.

El segundo se lanzó a sus tobillos; una patada seca lo dejó con la mandíbula torcida.

El tercero dudó.

Arson notó el zumbido en la piel —esa electricidad tímida que, cuando había pelea, despertaba sola—, y avanzó.

No fue un golpe grande: un empujón con el antebrazo.

El goblin se plegó y cayó sin aire.

Ara, mientras tanto, se movió una sola vez.

Al cuarto lo esperó con la postura baja, giró la cadera y le atravesó el esternón con lo que para ella era un gesto natural y para el goblin, el final de su historia.

Una mínima estela de chispas quedó temblando en el aire.

—Has dejado uno con vida —dijo Arson, mirando al de la mandíbula.

—Correrá y dirá que aquí no hay nada que robar —respondió Ara, limpiándose la mano en un helecho—.

A veces sobrevivir es un buen rumor.

El desfiladero murió en un claro con rocas planas y musgo espeso.

Allí los esperaban dos lobos sable, miradas de vidrio y colmillos como cuchillas de hoz.

Entre ellos, un orco de piel aceitunada, con pintura de guerra y una lanza de hierro mal forjado.

El orco golpeó el suelo con la culata y los lobos corrieron en abanico.

—Derecha para mí —dijo Ara, y su voz fue un pacto.

El primer lobo cargó contra Arson.

Lo vio venir con ese segundo prestado del que todavía no sabía el origen.

No tuvo que pensar: bajó el hombro, dejó que el cuerpo hiciera su recuerdo y, cuando la boca le rozó el brazo, chocó con el codo contra la articulación del cuello.

No quebró huesos; no le hizo falta.

El lobo rodó con un gañido y volvió, rabioso.

Arson dio un paso al frente, la planta firme, y lo esperó.

La energía se pegó a su piel como una camisa vieja; el animal tocó y rebotó.

Ara fue humo con filo.

El otro lobo saltó y ella, con un giro de pie, lo redirigió contra su propia inercia y lo estrelló de espalda.

Una luz, corta como un latido, dibujó un contorno en su puño.

Arte.

El golpe cayó y el lobo se apagó como una vela.

El orco llegó después, con zancadas grandes y una respiración que olía a hierro.

La lanza vino recta; Ara la desvió con la muñeca y un golpe de nudillos que chisporroteó al contacto.

Arson afrontó el flanco, tomó la madera a media asta y tiró.

El orco perdió el equilibrio.

Ara aprovechó el hueco, avanzó medio paso y dejó el puño en el centro del pecho.

Hubo un vaciado de aire, un quejido y el cuerpo grande se hizo pequeño sobre la tierra.

—No estás usando Arte —dijo Arson, más una observación que una pregunta.

—Un poco —admitió Ara—.

Apenas el borde.

Es mejor guardar para cuando haga falta de verdad.

Enterraron los cuerpos bajo piedras lisas y siguieron.

El bosque fue aclarando hasta enseñar una corriente de agua fría que traía hojas pálidas desde la sombra.

Se detuvieron allí al caer la tarde.

Ara sacó hierbas para las rozaduras y un pedazo de pan duro; Arson juntó ramas y las apiló con una paciencia que no le era natural, como si obedeciera al mundo para que el mundo no hiciera ruido.

Comieron en silencio.

El fuego pequeño no crujía: respiraba.

—Quiero entender —dijo Arson entonces—.

Lo que llamas Arte.

Ara le echó una mirada de reojo, midiendo qué parte de sí misma estaba dispuesta a prestar.

—¿Qué quieres saber?

—Para mí —comenzó él, eligiendo palabras como quien palpa un borde afilado—, el Arte es poder espiritual en bruto, al que sumas un elemento al final.

Rayo, fuego, piedra… Como poner una máscara al impulso.

Es… burdo, si lo comparo con el uso refinado del espíritu en los magos.

Como el que invocó al minotauro.

Ara dejó el trozo de pan.

La palabra quedó colgando entre ambos.

—¿Poder espiritual?

—repitió, con una mezcla de incredulidad y curiosidad—.

Nosotros lo llamamos magia.

—La magia es el dibujo que haces para que el espíritu te obedezca —dijo Arson—.

Círculos, gestos, voces.

Tallar la piedra para que tenga una forma exacta.

El Arte… es levantar la piedra y golpear con ella.

Ara se quedó quieta un segundo.

Luego asintió despacio, como si algo que había sentido muchas veces al fin tuviera forma en la lengua.

—Si lo comparas así… sí.

Con la magia refinada —círculos, sellos, palabras— consumes menos y consigues efectos más limpios, más precisos.

El Arte, en cambio, gasta más, muerde más fuerte… y es más accesible.

—Tomó aire—.

Quien inventó la técnica, lo hizo pensando en los humanos.

Nuestra magia no es grande, Arson.

Es raro que nazca gente con capacidad para usarla bien.

El Arte acorta la distancia.

No solo sirve para romper cosas; sirve para reforzarnos por dentro.

Se señaló el pecho con dos dedos.

—Aquí.

Se enciende cuando hace falta.

Arson miró sus manos.

Recordó el lobo golpeando su brazo y rebotando como si hubiera chocado contra algo más viejo que él.

—Cuando te veo moverte —siguió Ara—, emanas una energía.

Débil todavía… pero se te pega a la piel cuando empiezas a pelear.

No es un Arte.

Nadie te enseñó ese patrón.

Pero se parece.

Arson soltó el aire y lo volvió a tomar, probando su peso.

—Entonces, el Arte es un paso intermedio para quienes tienen el espíritu más limitado —dijo—.

Una escalera de madera donde no llega la piedra tallada.

—Es una buena manera de decirlo.

—Me interesa.

No sonrió.

No hacía falta.

Ara notó, sin querer, el mismo cosquilleo que había sentido aquella vez frente al minotauro: la impresión de estar mirando algo que parecía simple y no lo era.

—Te enseñaré lo que sé —dijo ella—.

Lo suficiente para que no te rompas las manos cuando quieras romper otra cosa.

Mañana empezamos con anclajes y respiración.

Si no aprendes a descargar, vas a acumularte por dentro.

Y eso acaba mal.

—Ya lo sé —respondió Arson, en una voz tan baja que parecía hablarle al fuego—.

Lo he visto.

El río siguió diciendo cosas pequeñas a las piedras.

Entre las ramas, el cielo hacía espuma de estrellas.

Ara ajustó la capa sobre los hombros y se recostó contra la mochila.

Arson se quedó despierto un rato más, los ojos abiertos en la oscuridad como si la oscuridad tuviera renglones.

El pergamino en su macuto se movió lo justo para que él lo notara.

No fue calor ni luz: fue un tirón en el pulso, como si el papel recordara un nombre.

Arson apoyó la mano sobre la tela, y el tirón se calmó, obediente.

—No es constante —murmuró—.

Solo despierta cuando yo no alcanzo.

Del otro lado de la arboleda, más allá de una loma con retamas, sonó un cuerno.

No era de guerra; era de caza.

Un sonido bajo, cubierto, como si a alguien le importara tanto alcanzar su presa como que nadie supiera que la había alcanzado.

Ara ya tenía la mano en la empuñadura cuando Arson alzó la cabeza.

—¿Lobos?

—preguntó él.

—No —dijo ella—.

Hombres que cazan hombres.

El fuego hizo un ruido mínimo, como si tragara saliva.

En la loma apareció un punto de luz, muy tapado, chorreando apenas sobre el pasto: un farol velado.

La sombra que lo sostenía, inmóvil, parecía contar respiraciones.

Arson sintió la piel tensarse.

No fue miedo.

Fue reconocimiento.

—Nos han encontrado —dijo Ara en voz baja.

El pergamino, en la bolsa, tiró de él otra vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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