ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 — “El Quebrantarrayos”
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8: Capítulo 8 — “El Quebrantarrayos” 8: Capítulo 8 — “El Quebrantarrayos” La luna temblaba entre las copas del bosque.
El aire olía a humo, hierro y sombra.
Y los pasos —rápidos, desordenados— partían la noche como una herida.
—¡Más rápido!
—gritó Ara, girándose un segundo.
Las sombras se movían detrás: figuras negras, cubiertas con telas ceñidas, dagas cortas, hachas curvas, conjuros de agua y fuego escapando de sus manos.
—No puedes correr eternamente —susurró una voz desde la espesura.
—No lo necesito —dijo Arson.
Ara lo miró por encima del hombro.
La expresión del muchacho había cambiado.
No era miedo.
Era decisión.
—Arson, ¡sigue corriendo!
—No —respondió, bajando el tono hasta que sonó como trueno contenido—.
Creo que es hora de liberarme un poco.
Dejó de moverse.
El bosque se agitó a su alrededor, las hojas crujieron.
Arson levantó una mano, los dedos entrelazados en un gesto que no había hecho en mil años.
Murmuró algo antiguo.
El aire se cargó de electricidad.
“Yo, quien dominó el trueno y lo llamó hermano.
Yo, que hablé con el rayo y lo convertí en espada.
Relámpago rojo, verde o dorado, da igual tu rostro, ven a mí, fortaléceme, sé mi escudo y mi lanza.
¡Despierta, Relámpago eterno!” El cielo rugió.
Un relámpago cayó sin tocar la tierra.
Y donde antes había un joven sin armas, apareció una figura envuelta en una armadura de energía: incompleta, chispeante.
Guanteletes de luz.
Grebas que se extendían hasta las rodillas.
Una coraza azul eléctrico que vibraba como un corazón.
En sus manos, dos dagas de rayos vivos.
Los asesinos se detuvieron un segundo.
Uno, más alto, alzó la mano derecha y gritó una palabra que Ara reconoció de inmediato.
—¡Arte del Rayo: Martillo del Trueno!
—¿Qué…?
—susurró ella desde lejos—.
¡Eso es imposible!
El suelo tembló.
El martillo formado por pura electricidad descendió contra Arson.
La explosión iluminó el bosque y lanzó ambos cuerpos al suelo.
El aire olía a ozono y ceniza.
Ara corrió hacia él, pero dos enemigos salieron de entre los árboles, bloqueando el paso.
—No es contigo, mujer.
—Error —respondió, y desenvainó.
Mientras los aceros danzaban, Arson se incorporó entre el humo.
El enemigo principal jadeaba, con el brazo chamuscado.
—Maldición… todavía no controlo bien esa técnica —gruñó.
Arson se sacudió el polvo del hombro.
—En ese caso… será justo.
El aire vibró.
El rayo en su pecho se reactivó, y Arson extendió la mano.
Una esfera de fuego azul oscuro brotó en su palma y cruzó el campo como una estrella enferma.
Golpeó un tronco, y el impacto arrasó un círculo entero de bosque.
El líder retrocedió, asustado.
—¿Qué demonio eres?
—El que olvidaron los demonios —respondió Arson.
Los dos combatientes se midieron, mientras Ara luchaba por su cuenta, bloqueando con Arte y fuego.
Los enemigos que la contenían se movieron a su alrededor, preparando una técnica conjunta: La Exterminadora.
Un movimiento asesino a tres tiempos: corte frontal, doble tajo diagonal y final ascendente.
Ara sintió el pulso del peligro y gritó: —¡ARSON, CUIDADO!
Pero una niebla espesa cubrió el claro.
Y dentro de ella, solo se escuchó un estallido.
Una onda de energía explotó, y la niebla se partió como un cristal.
Las sombras salieron despedidas, los árboles se doblaron.
En el centro, Arson avanzaba.
Sus guanteletes se habían transformado: de ellos nacían garras de rayo azul, que zumbaban con cada movimiento.
—Quebrantarrayos… —murmuró él, mirando su propio poder con un dejo de nostalgia—.
Hacía siglos que no lo usaba.
El enemigo trató de conjurar una barrera, pero las garras la atravesaron como agua.
Un segundo después, el cuerpo cayó.
Cuando la calma regresó, Ara corrió hacia él.
—¿Estás bien?
—Sí.
Solo tuve que esforzarme un poco más.
—Levantó la vista, una sonrisa leve—.
Hacía mucho que no elevaba tanto mi poder.
Ara miró alrededor.
No quedaba nada más que ceniza.
—No sentí nada —admitió.
—No podrías.
Tú percibes magia.
Lo mío no tiene nombre en este tiempo.
Enterraron los cuerpos bajo tierra y piedras.
Arson, con las manos juntas, murmuró: “Que Son-Ra os reciba, y el Creador os perdone, aunque vuestra fe os haya mentido.” Al retomar el camino, Ara no habló durante un buen rato.
Luego, con voz firme: —Sé sincero.
¿Cuánto poder tienes realmente?
Arson la miró de lado.
—Soy más poderoso que tú.
—Eso ya lo imaginaba.
—Más de lo que tu mundo puede concebir —añadió él.
Ara se detuvo.
—Demúestralo —dijo, desatando el cierre de su guante—.
Si resistes mi golpe más fuerte, te creeré.
Pero si crees que no podrás, esquívalo.
Porque podrías morir.
Arson sonrió.
—Empieza.
Ella concentró su energía.
El aire se cargó de electricidad.
—¡Arte del Rayo!
¡Martillo del Trueno!
Arson no esquivó.
Su brazo izquierdo brilló con un tono terroso, inmóvil como una roca viva.
—Defensa de Montaña.
El impacto fue brutal.
El aire se comprimió, el suelo se hundió, y una ráfaga de viento barrió las hojas.
Cuando el polvo cayó, Ara estaba de rodillas, jadeando.
Arson seguía en pie, la ropa desgarrada, el cuerpo ileso.
—No solo resististe —dijo ella, riendo entre dientes—, también me hiciste retroceder.
—Te advertí que no sería fácil.
Ara lo miró un momento más y sonrió de verdad.
—Eres más interesante de lo que pareces, muchacho.
La aldea del bosque los recibió con faroles apagados y olor a pan viejo.
Pagaron una habitación en la posada.
La lluvia comenzó poco después de que se acomodaran en la posada.
El techo goteaba por las esquinas, y el fuego, más humo que calor, apenas iluminaba la mesa donde Ara y Arson cenaban en silencio.
La sopa sabía a cebada vieja, pero al menos estaba caliente.
—Escucha bien, Arson —empezó Ara, rompiendo el silencio—.
Cuando lleguemos a la capital, todo cambiará.
Dragónpolis no es una ciudad, es un tablero, y nosotros entraremos en él como piezas pequeñas.
Arson levantó la vista, curioso.
—¿Tablero?
—El Consejo Imperial lo maneja todo —dijo ella con un tono seco—.
Comerciantes, ejércitos, incluso la fe.
Son hombres que juegan con vidas mientras brindan con vino.
—¿Y el Emperador?
—preguntó Arson, ladeando la cabeza.
—Mi hermano gobierna, sí… pero el Consejo lo cercó con promesas.
De entre ellos, hay uno que podrías reconocer aunque nunca lo hayas visto: el Conde Valerius.
El nombre cayó como una piedra.
Ara siguió hablando con voz tensa, sin mirarlo.
—Antaño fue un héroe.
Ahora es algo peor.
Un hombre que aprendió a sonreír mientras el mundo sangra.
Cree que puede alcanzar la divinidad a través del poder.
—¿Divinidad?
—repitió Arson, alzando una ceja.
—Sí.
—Ara apoyó un codo sobre la mesa—.
En el Consejo dicen que tiene visiones.
Que oye voces antiguas en sus sueños.
—He oído esas voces —murmuró Arson—.
No son dioses.
Son ecos de algo que los hombres jamás deberían escuchar.
Ara lo observó con seriedad, y durante un momento, el crepitar del fuego fue lo único que se oyó.
—Entonces entenderás por qué temo volver.
Valerius odia todo lo que no puede controlar.
A mí… y a cualquiera que lo contradiga.
—¿Y los Caballeros del León?
—preguntó Arson—.
Dijiste que fuiste su maestra.
—Lo fui.
—Ara bajó la mirada—.
Entrené a todos los capitanes del Imperio.
Hombres y mujeres que hoy lideran las tropas de élite.
Algunos aún me respetan.
Otros… —su voz se endureció—, se vendieron al Conde.
—¿Los entrenaste para proteger el Imperio, y ahora lo sirven a él?
—El poder cambia las lealtades, muchacho.
—Tomó el cuenco y bebió un sorbo, sin apetito—.
Lo que no cambia es el miedo.
Y Valerius sabe cómo usarlo.
Arson apoyó la espalda en la silla, sin apartar la vista de ella.
—Entonces cuando lleguemos… ¿qué soy para ellos?
—Mi hijastro.
—Ara lo miró directamente—.
Un muchacho que adopté años atrás, tras dejar el ejército.
Nadie debe saber de dónde vienes ni lo que eres.
Si lo descubren, el Consejo te marcará como hereje, y Valerius querrá verte arder solo para confirmar sus profecías.
Arson se mantuvo en silencio un momento.
—¿Y qué debería llamarte?
—“Madre”, si hay oídos cerca —respondió con un deje de sarcasmo.
—Suena ridículo.
—Más ridículo sería morir porque un noble sospecha de ti —replicó con firmeza.
Por primera vez en toda la conversación, Arson sonrió.
—Entonces jugaré mi papel.
Pero si alguno de esos caballeros intenta desafiarte, no esperes que me quede quieto.
Ara lo miró con esa expresión entre divertida y exasperada que solo mostraba cuando lo entendía demasiado bien.
—Solo recuerda que allí no peleamos con espadas.
Peleamos con apariencias.
El fuego crepitó.
Afuera, la lluvia golpeaba la madera con fuerza.
Ara se levantó, caminó hacia la ventana y apartó un poco la cortina.
Las luces de la aldea eran débiles, pero al fondo, el cielo parpadeó con relámpagos lejanos.
—¿Y si tu hermano no te cree?
—preguntó Arson.
—Entonces el Imperio del Dragón habrá perdido a su última caballera.
—Se giró hacia él—.
Pero no te preocupes, no moriremos sin ruido.
Arson soltó una breve carcajada.
—¿Sabes?
Eres la primera humana que dice eso y lo dice en serio.
Ara volvió a la mesa.
—Y tú eres el primer “hijo” que no obedece ni una sola orden.
—No soy tu hijo —replicó él.
—Por eso sobrevivirás —dijo ella, y se sentó, dejando escapar un suspiro cansado.
Durante un instante, ambos guardaron silencio.
El fuego proyectaba sombras alargadas sobre las paredes, y el sonido de la lluvia parecía una respiración constante.
Ara rompió el silencio: —En Dragónpolis me verás con sedas, joyas y un rostro que no reconocerías.
No me hables con confianza delante del Consejo ni de los capitanes.
Allí soy “Dama Ara de la Orden del León”, no la mujer que te acompaña por los bosques.
—¿Y el Conde?
—Evítalo.
Si te habla, responde poco.
Si te mira, baja la cabeza.
Si sonríe… reza.
Arson la observó unos segundos.
—¿Y si sonrío yo también?
Ara lo miró con una media sonrisa.
—Entonces los dioses tendrán trabajo esa noche.
La lluvia empezó a calmarse.
Ara apagó la lámpara y se recostó en su cama, mirando al techo ennegrecido.
Arson quedó sentado, observando el fuego hasta que las brasas se consumieron.
Antes de cerrar los ojos, murmuró: —Valerius… suena a alguien que aún no ha aprendido a temer.
—Aprenderá —respondió ella, medio dormida—.
Todos lo hacen, tarde o temprano.
Fuera, el trueno rodó en la distancia, como si el cielo mismo hubiese escuchado su nombre.
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