ARSON: El Despertar del Olvido - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 — “El Regreso de la Hija del Dragón”
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9: Capítulo 9 — “El Regreso de la Hija del Dragón” 9: Capítulo 9 — “El Regreso de la Hija del Dragón” El viaje en carruaje fue silencioso, salvo por el traqueteo constante de las ruedas contra el camino empedrado.
Tres días bastaron para cubrir lo que a pie habría llevado cinco.
Ara dormía con la cabeza apoyada en la ventana, su manto gris ocultando las marcas del pasado.
Arson, por su parte, observaba el paisaje con curiosidad y recelo: montañas cubiertas de bruma, aldeas amuralladas, estandartes dorados ondeando al viento.
El corazón del Imperio se acercaba.
Al tercer día, cuando el carruaje se detuvo frente a una posada de piedra blanca, Ara se levantó sin decir palabra.
Entraron en una habitación pequeña.
Arson dejó las mochilas en el suelo.
Ella se despojó de su armadura con un suspiro, pieza a pieza, como si cada hebilla que soltaba pesara más que la anterior.
Debajo de todo ese acero, apareció la princesa: un vestido de seda carmesí, una capa bordada con el emblema del león dorado, el cabello recogido en una trenza perfecta.
Arson apenas la reconoció.
—No digas nada —advirtió Ara, ajustando una joya en su cuello—.
Ya bastante tengo con parecer una muñeca como para que encima me recuerdes lo ridículo que me veo.
—No lo iba a decir —respondió él, conteniendo una sonrisa.
—Lo pensaste.
Y eso basta.
—Le lanzó una mirada asesina—.
Carga el equipaje, hijastro mío.
Arson suspiró y levantó las maletas como si pesaran lo mismo que una pluma.
—Ligero.
—Para ti, quizás.
Para mí, esta ropa ya pesa más que una armadura.
Salieron de la posada al amanecer.
El resto del camino lo hicieron a pie.
El aire olía a metal húmedo y a incienso, señal de que Dragónpolis estaba cerca.
—Recuerda lo que te dije —le habló Ara mientras caminaban—: evita mirar a los guardias directamente, no respondas a provocaciones y, si te digo que te calles, te callas.
—¿Y si me atacan?
—Entonces actúas, pero solo si yo lo permito.
Si no, ni respires fuerte.
—Maravilloso —murmuró Arson.
A medida que avanzaban, la carretera se abría en un camino flanqueado por columnas blancas.
Más allá, entre un mar de cúpulas doradas, se alzaba Dragónpolis, la joya del Imperio.
Ara se cubrió con su manto.
Solo cuando alcanzaron la gran puerta de obsidiana lo retiró.
El sol golpeó el oro de sus adornos, y los guardias se quedaron petrificados.
Uno corrió hacia la torre de vigilancia.
—¡Abran paso!
¡La princesa Ara ha vuelto!
¡Avisad al Capitán Borus!
Un rugido de risas retumbó antes de que una figura gigantesca emergiera del portón principal.
Medía casi dos metros, vestía una armadura azul oscuro y portaba un hacha que parecía más pesada que un caballo.
Su rostro curtido por las batallas se iluminó al verla.
—¡Maestra!
—bramó con voz de trueno—.
¡Por fin regresas!
¡Por fin!
Y sin más, la levantó del suelo como quien alza a un niño.
Ara, con el rostro rojo de furia, gritó: —¡Borus, imbécil!
¡Sabes que odio eso!
Su rodilla impactó contra el pecho del gigante con tal fuerza que lo lanzó varios metros atrás, estampándolo contra la muralla.
Los guardias, horrorizados, se pusieron en posición defensiva.
—¡Por favor, princesa Ara, calma!
¡No aquí!
¡No ahora!
Arson dio un paso al frente y le tocó el hombro con calma.
—Madre… tranquilízate.
Ara soltó un bufido, exhalando aire por la nariz.
—Ya empezamos con esta maldita ciudad… —murmuró.
Borus, entre risas, se incorporó.
—No has perdido el toque, maestra.
—Luego se detuvo, frunciendo el ceño—.
Espera… ¿madre?
¿¡Tienes un hijo!?
El silencio que siguió fue tan absoluto que hasta los guardias dejaron de respirar.
Ara se llevó la mano a la cara, desesperada.
—Por los dioses… Borus abrió los ojos como platos.
—¡Madre mía, esto va a ser un festín en la taberna esta noche!
¡JAJAJAJA!
—¡BORUS!
—gritó Ara.
—¡Sí, sí, princesa!
¡Sin bromas, lo prometo!
—dijo entre carcajadas, intentando recomponerse—.
En fin, su alteza, déjeme escoltarla hasta el palacio.
Se volvió hacia Arson.
—Y tú, muchacho… ¿nombre?
—Arson.
—Mmm, extranjero.
Bueno, hijo de la maestra, tienes permiso de paso.
Vamos.
El portón se abrió.
Dentro, las calles empedradas estaban repletas de estandartes y torres talladas con dragones de piedra.
Borus caminaba delante, riendo y charlando sin pausa.
—Desde que te fuiste, el comercio ha caído —decía—.
La fortaleza de Nar-Dhal se perdió, y con ella la ruta entre el norte y el sur.
Pero la vida sigue, ya sabes… hasta que alguien decida hacer algo.
—¿Y el Emperador?
—preguntó Ara.
—Como siempre, tranquilo, encerrado entre libros y sellos.
Pero no temas, cumplí mi promesa: ningún noble ha tocado su trono.
Ara lo miró de reojo.
—¿Y el Conde Valerius?
Borus escupió a un lado.
—Ni de broma.
Ese hombre está mal de la cabeza.
Hace poco rompió a su vicecapitán durante un entrenamiento.
Dos meses en cama lleva el pobre.
—Por desgracia —dijo Ara—, fue un héroe.
Y ahora… un veneno para el Imperio.
—Veneno, sí.
Pero nadie tiene el antídoto.
—Borus suspiró—.
Ni siquiera el Emperador.
Arson los escuchaba en silencio, observando las torres doradas, las estatuas de dragones y los rostros tensos de la gente.
Borus lo miró por encima del hombro.
—¿Así que eres el hijo de la capitana?
—preguntó con una sonrisa—.
Debes tener algo de fuerza, ¿eh?
Arson iba a responder, pero Ara se adelantó.
—Podría partirte en dos si se pusiera serio.
Borus la miró, luego al muchacho, y soltó una carcajada.
—Solo tú entrenarías monstruos, maestra.
¡Bienvenido al Imperio, chiquillo!
Tras caminar unos minutos más, llegaron a los lindes del castillo imperial.
Allí, Borus se detuvo.
—Hasta aquí llego.
Más allá, solo el Consejo, la familia imperial y los guardias de élite tienen permiso.
Del interior salió una mujer de cabello corto, plateado, con una capa azul y el emblema de la Guardia Imperial.
—Princesa Ara.
—Se inclinó con respeto—.
Cuánto tiempo.
Acompáñeme, por favor.
Ara sonrió levemente.
—Arsa.
Has crecido.
—Y usted sigue igual de imponente —respondió la joven capitana—.
Me sorprende verla aquí.
Juró que nunca volvería.
—No vengo por placer —replicó Ara—.
Solo para dos cosas: ver a mi hermano y hacer una solicitud formal en nombre de la Villa Frontera.
—Negocios, entonces.
—Arsa asintió—.
Muy típico de usted.
—Miró a Arson detrás—.
¿Y el joven?
¿Su portador?
—Mi hijastro —dijo Ara sin dudar—.
Viene solo para ayudarme con el equipaje.
Arsa se inclinó profundamente.
—Mis disculpas, Infante del Imperio.
Arson parpadeó, confundido.
Ara dio un paso adelante.
—No.
Es mi hijastro, no un infante.
Ya sabes que soy hija adoptiva del Antiguo Emperador.
Ni mi linaje ni el suyo tienen derecho alguno en este trono.
Arsa sonrió suavemente.
—Aun así, mi señora, si usted ha tomado a alguien como su hijo, merece al menos ese respeto.
Cruzaron los pasillos del castillo, adornados con mosaicos y murales de dragones envueltos en fuego.
Al llegar a la gran Sala Imperial, dos puertas se abrieron lentamente.
Dentro, el Emperador se hallaba sentado en su trono, rodeado por miembros del Consejo.
Las voces cesaron cuando la vieron entrar.
El Emperador, un hombre de cabello oscuro y mirada cálida, se levantó y extendió los brazos.
—¡Por fin!
¡Mi hermana, la que huyó, ha vuelto!
—gritó con entusiasmo—.
¿Vienes a trabajar o a ver a tu pobre hermano atrapado entre viejestorios?
Arson soltó una carcajada.
—Tu hermano sí que sabe presentarse —murmuró divertido.
Ara se llevó una mano a la frente, suspirando.
—Empieza la función… Desde el extremo de la sala, una figura se inclinó apenas, sonriendo.
Vestía ropas negras con bordes carmesí, y en sus ojos danzaba una locura contenida.
—Bienvenida, princesa Ara —dijo con voz melosa—.
El Consejo… y yo… te esperábamos.
Era el Conde Valerius.
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