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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 101

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  3. Capítulo 101 - 101 CAPITULO 101 Ecos de la Estrategia Tres Frentes de Guerra
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101: CAPITULO 101: Ecos de la Estrategia: Tres Frentes de Guerra 101: CAPITULO 101: Ecos de la Estrategia: Tres Frentes de Guerra Con la Legión Imperial asentada en la Ciudadela del Águila, el aliento de la guerra se sentía más cercano que nunca.

Las órdenes resonaban en los muros de piedra, y en los mares, una flota de acero se abría paso hacia un continente inexplorado.

El destino de Kalimdor, y el del mismo Imperio, comenzaba a tejerse en tres frentes distintos, cada uno con sus propios desafíos y su propia carga de esperanza y peligro.

El Consejo de Guerra: Mentes Brillantes en la Ciudadela del Águila Dentro de la imponente Ciudadela del Águila, en una sala de mapas apenas terminada, el Príncipe Arthas II se reunía con sus comandantes y los líderes locales.

La mesa de guerra, toscamente tallada pero funcional, estaba cubierta con pergaminos y mapas detallados de Kalimdor, muchos de ellos recién dibujados por los exploradores y los pocos Tauren aliados.

La atmósfera era tensa, cargada con la solemnidad de las decisiones que se avecinaban.

El Príncipe Arthas II, con la armadura de campaña reluciente y el rostro marcado por el sol de Kalimdor, presidía el consejo.

A su lado, Anduin Lothar, el leal campeón del Imperio, escuchaba con atención, su mano a menudo reposando sobre el pomo de su espada.

También estaban presentes varios generales veteranos de Lordaeron, hombres de la vieja escuela que, aunque admiraban la astucia de Arthas, a veces dudaban de sus métodos poco ortodoxos en este nuevo mundo.

Entre los líderes locales, destacaban los pocos guerreros Tauren que habían elegido aliarse con el Príncipe, liderados por el imponente guerrero llamado Kael’thas Puño Pétreo, un Tauren joven pero con la sabiduría de sus ancianos.

Su conocimiento del terreno y de las bestias de Kalimdor era invaluable.

Junto a ellos, exploradores humanos que habían vivido en Feralas durante años, y algunos elfos de la noche exiliados que, a regañadientes, ofrecían información sobre las criaturas del bosque y los movimientos orcos.

La discusión de la inteligencia recopilada era el primer punto.

Informes sobre el Reino de Orkgramar se apilaban sobre la mesa: su capital subterránea, Orkgramar, la Ciudad de las Mil Cavernas, considerada inexpugnable; las ciudades-fortaleza de Kragmar y Uldazzar, sus muros masivos un desafío formidable.

Pero la mayor preocupación, y la principal oportunidad estratégica, era Pentos, la ciudad marítima orca.

“Nuestros exploradores confirman que Pentos es el nexo de su comercio,” explicó un general.

“Reciben metales refinados y suministros de los goblins a través de ese puerto.

Si lo cortamos, los asfixiaremos.” El Almirante Proudmoore había enviado informes de que su flota se acercaba, lo que reforzaba la idea de un asalto conjunto.

La discusión sobre las tácticas a seguir fue el meollo de la reunión.

Los generales tradicionales de Lordaeron abogaban por un asalto frontal, una marcha directa sobre Uldazzar, la fortaleza más cercana.

“Un asedio masivo, Su Alteza,” argumentó el General Theron.

“Golpear su baluarte más grande demostrará nuestra fuerza.” Pero Arthas, recordando las lecciones aprendidas de los Tauren y su propia experiencia en Kalimdor, refutó esa idea.

“Subestimar su conocimiento del terreno sería un error fatal.

Los orcos de Orkgramar no son la Horda desorganizada del pasado.

Conocen cada barranco, cada cueva.

Un asalto directo a sus fortalezas sería una sangría de hombres y recursos.

Y sus máquinas de guerra goblin…

pueden ser más peligrosas de lo que creemos.” Propuso su estrategia audaz, la que había esbozado en la Capital: “Golpearemos sus líneas de suministro.

El Almirante Proudmoore asediará Pentos por mar, cortando su acceso a los recursos.

Mientras tanto, nuestras legiones se infiltrarán en la Frontera, utilizando tácticas de guerrilla, ataques rápidos y evasión.

Destruiremos sus caravanas, sus puestos avanzados, sus minas menores.

Los obligaremos a dispersar sus fuerzas, a salir de sus fortalezas y enfrentarnos en un terreno que no les sea tan favorable.” Kael’thas Puño Pétreo, el Tauren, asintió.

“El Príncipe habla con la sabiduría de la tierra.

Los pieles verdes dependen de sus rutas.

Cortarlas es como arrancar el corazón del bisonte.” La resistencia de los generales de Lordaeron fue palpable, pero la autoridad de Arthas, combinada con el apoyo de los líderes locales de Kalimdor, comenzó a cambiar sus mentes.

Era una estrategia arriesgada, sí, pero innovadora.

Requeria paciencia y una adaptación constante.

“Los forzaremos a venir a nosotros,” concluyó Arthas, sus ojos brillando con una mezcla de ambición y fría determinación.

“Y cuando lo hagan, los aplastaremos.” La Primera Prueba: Patrulla en la Frontera Mientras el Príncipe trazaba el gran plan, los recién nombrados legionarios ya estaban siendo puestos a prueba.

Darius, Balak y Leto recibieron su primera asignación dentro de la Ciudadela del Águila: no un asalto glorioso, sino la cruda realidad de la guerra en la frontera.

Fueron asignados a una patrulla avanzada, una unidad de reconocimiento que se adentraría unos kilómetros más allá de los muros de la fortaleza, en la vasta y engañosa llanura que los legionarios llamaban “El Rín”.

El sargento, un veterano de Feralas con la piel curtida y una cicatriz sobre la ceja, no les dio falsas esperanzas.

“Escuchad, reclutas,” gruñó, aunque el término “recluta” ya se sentía extraño en sus lenguas.

“La Frontera no perdona.

Hay orcos de avanzad y bestias salvajes.

Vuestro trabajo es observar, informar, y no ser vistos.

Si os encontráis con el enemigo, luchad como demonios.

Pero vuestro objetivo es volver con la información.” El sol de Kalimdor era implacable mientras avanzaban.

La llanura, que desde los muros parecía plana y vacía, era de hecho un laberinto de ondulaciones, barrancos secos y matojos espinosos.

El aire era denso con el olor a polvo y a vida salvaje.

De repente, un graznido agudo rompió el silencio.

Un explorador Tauren que iba delante levantó la mano.

“¡Orcos!

A trescientos metros.

Una patrulla de exploración.

Tres orcos, dos jabalíes de guerra.” La adrenalina recorrió las venas de Darius.

Esta era la primera vez que se enfrentaba al enemigo, no en un entrenamiento, sino en la realidad.

Su mano apretó el pomo de su espada, su corazón latía con fuerza contra su armadura de mithril.

El sargento dio órdenes concisas: “¡Emboscada!

¡Dispersión, fuego a discreción cuando dé la orden!” Darius, Balak y Leto se lanzaron a cubrirse detrás de unas rocas.

Vieron a los orcos, figuras musculosos de piel verde, montados en sus jabalíes de guerra, avanzando sin sospechar.

Eran más grandes de lo que las historias sugerían, más salvajes.

El sargento dio la señal.

Las flechas silbaron.

Uno de los jabalíes cayó, gimiendo.

Los orcos, sorprendidos, respondieron con gruñidos furiosos.

Uno se lanzó hacia su posición, su hacha brillando al sol.

Darius no pensó, solo reaccionó.

Levantó su escudo, bloqueando el golpe brutal del orco.

El impacto resonó en sus brazos, pero su armadura de mithril resistió.

Mientras el orco recuperaba el equilibrio, Balak lanzó un golpe devastador con su propia espada, impactando en el hombro del orco, mientras Leto lanzaba un dardo de su ballesta de mano, que se incrustó en la pierna de la bestia.

El orco rugió de dolor.

Darius, aprovechando la apertura, empujó con su escudo y siguió con una estocada rápida con su espada corta, perforando la armadura de cuero del orco y silenciando su grito.

El orco cayó.

El breve desafío inicial en la “frontera” había terminado tan rápido como había comenzado.

Los otros dos orcos y el jabalí restante huyeron.

El sargento inspeccionó la zona.

“Buen trabajo, reclutas.

Rápido y limpio.” Pero sus ojos se detuvieron en Darius.

“Tienes la mano de tu padre, Black.

Fría y precisa.” Darius asintió, su respiración agitada, la adrenalina aún recorriendo su cuerpo.

Había luchado.

Había matado.

La realidad de la guerra se había presentado, y él no había vacilado.

Balak y Leto se miraron, sus rostros sucios pero sus ojos brillantes con una nueva comprensión y un respeto renovado por su propia capacidad.

Habían sobrevivido a su primera prueba.

La Sombra en el Mar: La Flota del Almirante Proudmoore Mientras tanto, en las vastas extensiones del Gran Mar, La poderosa flota de Kul Tiras continuaba su travesía.

Era una visión imponente: cientos de velas hinchadas por el viento, mástiles que parecían tocar el cielo, y el ronroneo constante de los motores goblin modificados en los buques más grandes.

El aire olía a sal y a la promesa de la aventura, pero también a la inminencia de la batalla.

El Almirante Daelin Proudmoore estaba en el puente de mando de su buque insignia, el Orgullo de Kul Tiras, un gigante de acero y madera.

Su rostro estaba impasible, sus ojos, tan azules como el mar, fijos en el horizonte.

A su lado, sus hijos, Derek y Thandred, comandaban secciones de la flota.

La travesía no estaba exenta de peligros.

La flota se enfrentó a posibles tormentas, algunas tan feroces que las olas parecían montañas, amenazando con tragar los barcos.

Las cubiertas se convertían en trampas mortales, los marineros luchaban contra los vientos y la lluvia torrencial para mantener el rumbo.

Las fragatas más pequeñas eran zarandeadas sin piedad, sus mástiles crujiendo bajo la presión.

Daelin, un lobo de mar inquebrantable, dirigía sus naves con la experiencia de décadas, su voz tranquila pero autoritaria, infundiendo confianza en su tripulación.

Hubo también encuentros inesperados.

Criaturas marinas colosales, despertadas por el paso de la inmensa flota, emergían de las profundidades, sus ojos brillantes en la oscuridad del océano.

Algunas eran pasivas, otras curiosas, pero unas pocas eran agresivas, lo que obligaba a los buques de guerra a disparar sus cañones para dispersarlas, un recordatorio de que el mar mismo era un adversario formidable.

Los exploradores elfos de la noche que viajaban con la flota expresaban su preocupación por el impacto de tantos barcos en el equilibrio natural del océano, pero Daelin estaba ciego a sus preocupaciones; solo veía el objetivo.

El Almirante Daelin se concentraba obsesivamente en la ruta hacia Pentos.

Cada noche, revisaba los mapas de navegación, calculando las corrientes, los vientos y la velocidad de la flota.

Sabía que la destrucción de Pentos era crucial para la victoria en Kalimdor.

Para él, era más que una misión; era la oportunidad de infligir un golpe devastador a los orcos, de vengar las pérdidas pasadas y de asegurar que ninguna otra vida humana cayera víctima de sus garras.

Su odio visceral impulsaba cada decisión, cada cálculo.

Jaina, a bordo de una fragata médica, observaba a su padre desde lejos, su corazón dividido.

Admiraba su fuerza y su determinación, pero temía el camino oscuro que su odio lo obligaba a tomar.

La Legión en tierra, la flota en el mar, y la voluntad implacable de Orkgrar en las sombras: tres fuerzas colosales convergiendo en un choque que prometía cambiar el rostro de Kalimdor para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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