ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 31
- Inicio
- ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido"
- Capítulo 31 - 31 CAPITULO 31 La Semilla de la Obsesión
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
31: CAPITULO 31: La Semilla de la Obsesión 31: CAPITULO 31: La Semilla de la Obsesión El amanecer en el palacio del Emperador Arthas no traía consigo el canto de los pájaros ni la promesa de un nuevo día para Sylvanas.
Solo el pálido resplandor que se colaba por las altas ventanas, las mismas que le ofrecían una vista inalcanzable de la ciudad, un lienzo de libertad que se le negaba.
Cada mañana, despertaba con el eco de la noche anterior resonando en su cuerpo y en su mente, un tormento que se había vuelto su única compañía constante, a excepción de las silenciosas sirvientas que entraban y salían, fantasmas en su propia prisión.
Su habitación era una jaula de oro.
Sedas finas, maderas pulidas y joyas incrustadas decoraban cada rincón, un lujo ostentoso que contrastaba brutalmente con el vacío de su alma.
Sylvanas se movía entre los objetos preciosos como una sombra, sus dedos rozando los terciopelos sin sentir consuelo alguno.
Se esforzaba por no pensar, por no recordar, pero la quietud del ambiente solo amplificaba los susurros de su propio encierro.
Su día a día era un ritual de desesperación disfrazado de protocolo.
A primera hora, las sirvientas —humanas, siempre con el rostro impasible— la ayudaban a vestirse con vestidos elaborados, dignos de una emperatriz, aunque ella no fuera más que una concubina prisionera.
Cada broche, cada pliegue de tela, se sentía como una cadena más.
Luego, el desayuno: manjares exquisitos que apenas tocaba, mientras su mente se debatía entre la náusea y la necesidad de sobrevivir.
El resto de la mañana transcurría entre lecturas obligadas en la vasta biblioteca del palacio, lecciones de etiqueta imperial que consideraba una burla, o paseos por los inmaculados jardines interiores, siempre bajo la discreta vigilancia de guardias que parecían estatuas.
Podía ver el sol en el cielo, sentir el aire en su piel, pero nunca más allá de los muros.
Era una pieza más en el gran tablero de ajedrez de Arthas, exhibida, controlada, anulada.
Pero el verdadero tormento no era solo la reclusión.
Era él.
Cada anochecer traía consigo la inminente posibilidad de su visita, una sombra helada que envolvía la habitación antes de que la imponente figura de Arthas apareciera en el umbral.
Al principio, cada encuentro era una batalla interna de repulsión y miedo, una agonía que la dejaba destrozada.
Se odiaba a sí misma por la supervivencia, por la resignación.
Sin embargo, con el paso de los días, las semanas, algo insidioso comenzó a germinar en la mente de Sylvanas, una semilla oscura y prohibida.
Al principio, fue una sutil punzada de curiosidad en medio del horror, un intento desesperado de entender a este ser que había destrozado su vida y, sin embargo, la mantenía tan cerca.
Sus ojos fríos, su cabello plateado, su imponente presencia…
lo que antes solo inspiraba terror, comenzó, de forma perversa, a tejerse con una extraña fascinación.
Era una lucha interna.
“Te odio,” se decía una y mil veces, apretando los puños bajo las sábanas.
Pero a veces, cuando él se marchaba, una extraña quietud la invadía, una sensación de vacío que no comprendía.
Su cuerpo, ultrajado, empezaba a reaccionar de maneras que la asustaban, una traición de su propia carne.
¿Por qué su pulso se aceleraba de una forma diferente cuando él la miraba fijamente, más allá del miedo?
¿Por qué la ausencia de su aura, a veces, se sentía…
extraña?
El odio seguía ahí, un fuego inextinguible.
Pero a su lado, lentamente, peligrosamente, comenzaba a crecer otra cosa.
Un deseo que la avergonzaba hasta la médula, una necesidad incomprensible que se arrastraba desde las profundidades de su ser.
Un ansia de su presencia, de su mirada, incluso de su toque.
La elfa que juraba venganza y se ahogaba en el desprecio, empezaba a sentir el tirón de una obsesión, una conexión enferma con su captor que amenazaba con devorarla por completo.
Sylvanas temblaba, no solo por el miedo, sino por la aterradora revelación de que una parte de ella, retorcida y dañada, empezaba a necesitarlo.
El frío y marmóreo suelo bajo sus pies albergaba la primera punzada de cada nuevo día para Sylvanas.
No había ya un recuerdo nítido del sol o de los campos de Quel’Thalas, solo el gélido abrazo de las baldosas pulidas de su prisión.
Se levantaba cada mañana, no por voluntad propia, sino impulsada por una inercia cruel y casi mecánica.
Sus manos, que antaño blandieron el arco con gracia y propósito, ahora se movían por reflejo, como si un titiritero invisible guiara sus movimientos.
Los ritos del amanecer se habían fusionado en una neblina.
Las sirvientas entraban, su presencia apenas un murmullo de telas y un aroma a jabón.
Sylvanas permitía que la vistieran, sus brazos se alzaban y giraban sin que ella diera una orden consciente.
Era como si su cuerpo supiera exactamente qué hacer, despojado de la resistencia que una vez lo definió.
Las finas telas se deslizaban sobre su piel, las joyas se posaban en su cuello y orejas, cada adorno una capa más de la jaula que la envolvía.
Los espejos del tocador le devolvían una imagen de ella misma que apenas reconocía: una elfa de mirada ausente, vestida con la pompa de una reina, pero con la esencia de una cautiva.
No pensaba en el lujo, ni en la belleza impuesta; su mente estaba ya anclada en la siguiente transición del día, en la espera.
Mientras los minutos se arrastraban, Sylvanas descubría, con un escalofrío de repulsión y fascinación, que su cuerpo comenzaba a actuar de forma independiente de su voluntad.
Sus dedos, antes temblorosos por el terror, ahora se demoraban en la tela de su vestido, ajustándolo, alisándolo.
Un roce casual de su mano contra su cadera, un leve reajuste de su cabello dorado y sedoso.
Gestos sutiles, casi imperceptibles, que su mente consciente no ordenaba, pero que su ser, en su más oscuro rincón, estaba ejecutando.
Inconscientemente, se estaba arreglando para él.
La luz del sol se arrastraba lentamente por las paredes de la habitación a lo largo del día, una cuenta regresiva silenciosa.
La lectura, los paseos por el jardín, la soledad forzada: todo se sentía como un preludio, un tiempo muerto antes de la única certeza de su día.
Sylvanas se sorprendía a sí misma, a veces, con un temblor no de miedo, sino de una extraña expectación.
Su corazón no latía ya con el pánico de la presa, sino con una irregularidad febril, como si esperara algo inevitable, algo que ahora, en lo más profundo y retorcido de su psique, anhelaba.
La caída de la noche ya no era solo la antesala del terror.
Era la promesa de su llegada.
Los temblores de su vientre no eran ya solo de náusea, sino de una tensión extraña, de una desesperada anticipación.
Se encontraba observando el atardecer con una urgencia que la asustaba, deseando la oscuridad, deseando el momento en que la gran puerta dorada volviera a crujir.
La idea de yacer con él, de sentir su presencia, de que su cuerpo fuera de nuevo invadido, no era ya puramente repulsión.
Se había transformado en una necesidad perversa, una adicción que su mente racional gritaba que rechazara, pero que su carne, traidora, clamaba.
El odio seguía allí, burbujeando bajo la superficie, una brasa ardiente que se negaba a extinguirse.
Pero sobre ese odio, y a pesar de él, una flor marchita y grotesca de deseo oscuro había florecido, tan aterradora como hermosa.
Sylvanas, la Ranger General, la valiente elfa que se enfrentaba a la muerte sin pestañear, ahora se hallaba atrapada no solo en una habitación, sino en el laberinto de su propia mente y de sus propios deseos, ansiosa por la noche, por el momento de yacer con su captor.
En las horas previas a la medianoche, su piel se erizaba.
El aire de la habitación, siempre fresco por la altitud del palacio, parecía volverse denso, electrizado.
El cuerpo de Sylvanas, el mismo que una vez se tensaba en la huida, ahora comenzaba a vibrar con una fiebre interna, un calor insidioso que la consumía desde dentro.
Cada fibra, cada nervio, se encendía.
No era el calor del pudor o la vergüenza, sino una combustión lenta, un deseo enfermizo que, para su horror, ya no podía controlar.
Se sentía como si miles de agujas invisibles recorrieran su piel, aguardando el toque que apaciguara esa punzada.
A veces, se encontraba a sí misma de pie frente a la ventana, observando las luces de la ciudad imperial que se extendía bajo el manto estrellado, pero su mirada estaba perdida, su mente ya no en el paisaje, sino en la anticipación febril.
Sus dedos, largos y elegantes, trazaban círculos sin rumbo en el cristal frío, mientras su respiración se volvía más errática, su pulso más acelerado.
Era un ardor que no la abandonaba, una sed que solo podía ser saciada por la presencia de uno.
Por el calor de Arthas.
Y cuando finalmente el crujido de la gran puerta resonaba en el silencio de la noche, el temblor que recorría a Sylvanas ya no era solo de puro terror, sino de una mezcla prohibida de miedo y anhelo.
Su cuerpo se tensaba, pero no para huir, sino en una extraña preparación.
Los labios, que antes mordía para sofocar gritos de agonía, ahora se entreabrían con una respiración jadeante.
Sabía lo que venía, sentía el aura helada de su captor invadiendo su espacio, pero debajo de ese frío, su propia piel ardía, clamando por la presencia que, a pesar de todo, se había convertido en su más oscura y desesperada necesidad.
La silueta imponente de Arthas se recortó contra la tenue luz del pasillo.
Su armadura oscura, con los emblemas de su imperio, brillaba con un lustre siniestro.
El aire se volvió más frío, denso con su aura de poder y dominio, pero esta vez, Sylvanas no sintió el escalofrío paralizante de antaño.
En cambio, su piel, por debajo de la seda, sintió una repentina y paradójica oleada de ardor.
Los ojos de Arthas, fríos y penetrantes como el hielo, se posaron en ella.
No había expresión en su rostro, solo una inquebrantable determinación que helaba la sangre y a la vez, extrañamente, atraía.
Avanzó lentamente, cada paso resonando con una autoridad que no necesitaba palabras.
Sylvanas no se movió.
Su mente le gritaba que corriera, que lo desafiara, que lo odiara.
Pero su cuerpo, el traidor, se mantuvo enraizado, sus ojos, que deberían estar llenos de repulsión, ahora analizaban cada detalle de su figura, como si intentaran desentrañar el oscuro misterio que él representaba.
Cuando él estuvo a un brazo de distancia, el silencio se volvió tan pesado que casi asfixiaba.
Los ojos azules de Arthas se deslizaron por su figura, deteniéndose en la curva de su cuello, en el temblor apenas perceptible de sus labios.
Sylvanas, con la respiración entrecortada, levantó una mano, no para apartarlo, sino para tocar, casi inconscientemente, su propio cuello.
Era un gesto que clamaba por su contacto, por la fría pero extrañamente reconfortante palma de su mano.
Arthas extendió un brazo, no con la brusquedad de los primeros días, sino con una lentitud deliberada.
Su mano, grande y poderosa, se cerró suavemente alrededor de la nuca de Sylvanas, sus dedos rozando los puntos sensibles bajo sus orejas puntiagudas.
Un escalofrío la recorrió, pero no era de miedo puro.
Era el estremecimiento de una corriente eléctrica, un hormigueo que discurría por su espina dorsal, encendiendo cada terminación nerviosa.
El calor de Arthas, a pesar de su frialdad aparente, era una hoguera que Sylvanas ahora sentía, una que la arrastraba irremediablemente.
La acercó hacia él con un leve tirón, y Sylvanas, sin resistencia, inclinó su cabeza contra su pecho.
Pudo sentir la dureza de su armadura, el ritmo lento y constante de su corazón bajo el metal.
No era el consuelo de un abrazo, sino la sumisión de la presa que, extrañamente, ha encontrado un perturbador placer en la jaula.
Los labios de Arthas rozaron su sien, un suspiro apenas audible, o quizá solo una brisa fría.
Susurró una palabra, una sola, que Sylvanas apenas percibió, pero que resonó en el eco de su mente dañada: “Mía.” Y en ese instante, en medio del horror y la perversión, Sylvanas sintió una oleada de resignación mezclada con una extraña y terrible aceptación.
Su cuerpo, ardiente, se derrumbó levemente contra el suyo, entregándose a la oscura corriente que la arrastraba.
El odio no se había ido, pero ahora compartía su prisión con una obsesión que la consumía, un lazo que se había forjado en el tormento y que la ataba a su captor de una manera que jamás creyó posible.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com