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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 45

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  3. Capítulo 45 - 45 CAPITULO 45 Cenizas de la Rivalidad
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45: CAPITULO 45: Cenizas de la Rivalidad 45: CAPITULO 45: Cenizas de la Rivalidad El aire en el palacio imperial de Lordaeron, siempre cargado de intriga, ahora vibraba con una tensión diferente, un eco de dos voluntades femeninas poderosas, ambas gravitando alrededor del sol inmutable que era el Emperador Arthas.

La presencia de Jaina Proudmoore, la sabia consejera real, y la ascendente influencia de Sylvanas Windrunner, la madre del heredero, habían transformado la corte en un campo de batalla silencioso, donde las palabras eran armas y las miradas, estocadas afiladas.

La Sombra de Jaina Jaina, con su título de Consejera Real, había consolidado su posición.

Su intelecto era innegable, sus conocimientos arcanos, invaluables, y su diplomacia, un activo crucial para el Imperio.

Pasaba sus días en reuniones con Arthas, discutiendo la política de Kalimdor, la economía del imperio, las nuevas leyes para los territorios conquistados.

Ella creía firmemente que su cercanía era su única esperanza para mitigar la oscuridad de Arthas, para recordarle los ideales de la Luz que una vez compartió.

Su amor por él, aunque herido y complejo, persistía como una vela encendida en la tormenta, alimentado por la visión del Arthas que había sido y la esperanza de lo que, a través de su influencia, aún podría ser.

Pero la presencia de Sylvanas era una espina constante en su costado.

Jaina la veía interactuar con el Príncipe Arthas II, con una calidez que la elfa rara vez mostraba a los demás.

Observaba cómo el joven príncipe, un torbellino de brillantez y potencial, florecía bajo la tutela de su madre.

La figura de Sylvanas, ahora más segura, más enigmática, la atormentaba.

Los rumores de la corte sobre la creciente intimidad entre el Emperador y Sylvanas, sobre su “amor” recién descubierto, aunque retorcido, habían llegado a los oídos de Jaina, avivando las llamas de sus celos y su preocupación.

Sylvanas había cambiado.

Jaina lo percibía en el aura de la elfa, en la forma en que su mirada, antes tan desafiante, ahora poseía una profunda, casi seductora, complejidad.

Ya no era solo una víctima; era una fuerza.

Y la conciencia de que esa fuerza se nutría, en parte, de un amor real y obsesivo por Arthas, un amor que ella, Jaina, también sentía, era insoportable.

Era un rival para el corazón del Emperador, un corazón que Jaina creía tener la misión de salvar.

El Enfrentamiento Silencioso Los encuentros entre Sylvanas y Jaina se volvieron cada vez más cargados.

En las reuniones de consejo, mientras Jaina ofrecía sus consejos estratégicos, Sylvanas, desde un asiento más discreto pero igualmente prominente cerca del trono, la observaba.

Sus comentarios, cuando los hacía, eran sutiles pero incisivos, a menudo contrarrestando la perspectiva de Jaina con una pragmática frialdad élfica que Arthas, para consternación de Jaina, a menudo consideraba.

Una tarde, durante una discusión sobre la asignación de recursos para las poblaciones conquistadas, Jaina abogó por un trato más equitativo, citando la moral y la estabilidad a largo plazo.

Sylvanas, con una voz suave pero clara, intervino: “La moral es importante, Consejera, pero el control lo es más.

Demasiada libertad en los primeros años solo engendra insubordinación.

Es necesario un puño firme antes de que puedan comprender la benevolencia.

Los elusivos centauros de Kalimdor no responderían a la compasión, solo a la fuerza bruta.” Arthas asintió.

“La Princesa Consorte tiene un punto.

La disciplina primero, la indulgencia después.

Jaina, tu plan es ambicioso, pero el Imperio necesita orden.” Jaina sintió un escalofrío.

Sylvanas había dado en el clavo, aprovechando el instinto de control de Arthas.

Fuera de las reuniones formales, la tensión era aún más palpable.

Un día, en los jardines, Jaina encontró a Sylvanas con Arthas II.

El príncipe, ahora de nueve años, era una figura impresionante, y su sonrisa, cuando veía a Jaina, era de la inocencia que Jaina había soñado para los hijos de Arthas.

“Princesa Jaina,” dijo Sylvanas, su voz suave, pero con un matiz que Jaina no pudo descifrar.

“Es un placer veros disfrutando del jardín.

El príncipe disfruta de vuestra compañía.” “Y yo la suya, Sylvanas,” respondió Jaina, forzando una sonrisa.

“Es un niño extraordinario.

Un digno heredero.

Parece que ha heredado lo mejor de sus padres.” La frase era un arma de doble filo.

¿Se refería a la inteligencia de Sylvanas y el poder de Arthas?

¿O a la belleza de Sylvanas y la bondad (ahora oculta) de Arthas?

Sylvanas ladeó la cabeza.

“De un padre, sin duda.

De mí, solo la fuerza para sobrevivir en un mundo de sombras.” Su mirada se clavó en Jaina, una mezcla de dolor antiguo y un desafío nuevo.

“¿Creéis que podéis cambiar lo que es, Consejera?

¿Creéis que la luz puede borrar la oscuridad?

Algunos destinos ya están escritos en sangre.” La indirecta era clara.

Sylvanas sabía de las intenciones de Jaina de “redimir” a Arthas.

Y para Sylvanas, eso era una amenaza a su propia, retorcida, pero ahora preciada relación con el Emperador.

Su amor, aunque nacido del tormento, era ahora una posesión que no compartiría.

El Juego del Corazón del Emperador Arthas, aunque a menudo ajeno a los sutiles matices de las emociones femeninas, percibía la rivalidad.

Se sentía halagado por la atención de ambas mujeres, aunque lo manifestaba de manera distante.

Sylvanas le ofrecía una conexión visceral, un entendimiento de su poder y su ambición que nadie más parecía comprender.

Jaina, por otro lado, representaba un eco de su pasado, la promesa de una bondad que él había abandonado, y una inteligencia práctica que aún valoraba.

Él no era un hombre de amor romántico, sino de posesión y utilidad.

Ambas mujeres, a su manera, eran valiosas para él.

Sylvanas, consciente de la amenaza de Jaina, comenzó a actuar de manera más proactiva.

Su “asesoramiento interno” al Emperador se volvió más frecuente, más personal.

En las noches, mientras el príncipe dormía, ella se acercaba a Arthas, no solo con sus cuerpos, sino con sus mentes.

Le hablaba de la lealtad inquebrantable, de la necesidad de un liderazgo sin fisuras, de cómo la fuerza era la única verdad en el mundo.

Sus palabras, siempre incisivas, se mezclaban con el deseo y la pasión, creando un lazo que Jaina no podía igualar con su lógica fría.

“Vuestros generales os sirven por temor, mi Emperador,” Sylvanas susurraba una noche, mientras sus dedos trazaban las cicatrices en la espalda de Arthas.

“Vuestros consejeros, por interés propio.

Pero yo…

yo os conozco.

Vuestra grandeza es innegable.

La mía, también lo es, porque os comprendo.” Las palabras eran una mezcla de verdad y manipulación, destinadas a alimentar el ego de Arthas y profundizar su dependencia emocional de ella.

Arthas respondía a esta nueva Sylvanas con una intensidad creciente.

Su posesión de ella se había vuelto más compleja, no solo por el placer físico o por el heredero, sino por la extraña complicidad que ella le ofrecía.

Sylvanas no lo juzgaba; lo comprendía en su brutalidad.

Y eso era algo que Jaina, con su moralidad inquebrantable, nunca podría ofrecerle del todo.

Jaina, sintiendo cómo se cerraba la brecha entre Arthas y Sylvanas, se volvió más audaz.

Intentaba recrear momentos de su pasado, recordarle sus ideales, los juramentos que una vez hicieron.

Tocaba viejas melodías en el laúd que él le había regalado, le traía libros que una vez leyeron juntos.

Pero Arthas, aunque a veces mostraba un atisbo de recuerdo, siempre volvía a la fría realidad de su imperio.

“El pasado está muerto, Jaina,” dijo Arthas una vez, después de que ella le recitara un poema que él una vez amó.

“Solo el presente y el futuro importan.

Y mi futuro…

está en la fuerza y la expansión.” Su mirada, sin embargo, se desvió por un momento hacia la habitación del príncipe, como si el niño fuera el único puente real entre su pasado y su presente.

El Punto de No Retorno La rivalidad no tardó en escalar.

Jaina, desesperada por salvar al Arthas que una vez conoció, y por proteger al joven príncipe de la oscuridad total, propuso un programa educativo para Arthas II que enfatizaba la diplomacia, las artes y la ética, con la ayuda de tutores de Ventormenta y Kul Tiras.

Sylvanas, al enterarse, se enfureció.

“Mi hijo no necesita la moralidad de los débiles,” espetó a Jaina durante un encuentro fortuito en la biblioteca del palacio.

“Él aprenderá la verdadera fuerza, la que construye imperios, no la que los socava con sentimentalismos.” “¿Es eso lo que le enseñáis, Sylvanas?” Jaina respondió, su voz temblaba de furia.

“¿A ser un tirano como su padre?

¿A olvidar la compasión, el honor?” “¡Honor!” Sylvanas se rió, un sonido hueco.

“El honor no me salvó de la espada de su padre.

La compasión no salvó a Quel’Thalas.

Mi hijo aprenderá a sobrevivir, a gobernar.

Y si eso os disgusta, Consejera, podéis regresar a vuestra pequeña isla y rezar a vuestros dioses de la Luz.” Las palabras hirieron a Jaina profundamente.

Era una declaración de guerra, una admisión de la oscuridad que Sylvanas había abrazado.

Los celos se habían convertido en una lucha por el alma del príncipe, y por la influencia sobre el Emperador.

Sylvanas sabía que Jaina representaba una amenaza a su posición, no solo como la madre del heredero, sino como la única mujer que, ahora, Arthas realmente “necesitaba” en un nivel más allá de lo meramente funcional.

Jaina era la conciencia que él había desterrado; Sylvanas era el eco oscuro de su propia ambición.

El juego se había vuelto peligroso.

Ambas mujeres, con sus propias formas de amar al Emperador, luchaban por el alma de un hombre que quizás no tenía una.

Y en medio de esta contienda silenciosa, el joven Príncipe Arthas II crecía, una semilla de potencial ilimitado, tirada entre la luz de su madre y la sombra de su padre, su destino, y el del Imperio, aún por decidir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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