ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 57
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
57: CAPITULO 57: El Asombro en la Corte Imperial: La grieta del Emperador 57: CAPITULO 57: El Asombro en la Corte Imperial: La grieta del Emperador El eco de las palabras del Emperador Arthas I en el patio de entrenamiento se disipó rápidamente, pero el asombro y la tensión que dejó tras de sí reverberaron por todo el Palacio Imperial.
El fugaz abrazo de su hijo y el suave reconocimiento de la capa, actos de una humanidad inesperada, fueron presenciados por más de uno, y sus implicaciones no pasaron desapercibidas.
El Susurro en los Salones del Poder La noticia se extendió como un reguero de pólvora entre el personal del palacio y, más tarde, entre los círculos más cercanos de la corte.
No había sido una escena privada; los instructores de la Academia de Caballería Imperial, los guardias de élite que custodiaban el patio, e incluso algunos sirvientes que pasaban por allí, habían sido testigos del inaudito momento.
Los guardias imperiales que estuvieron presentes fueron los más afectados.
Su lealtad era incuestionable, su disciplina, de hierro.
Pero ver al Emperador, su imponente y frío monarca, permitir un abrazo tan efusivo de su hijo, e incluso responder a él con un gesto casi paternal, fue algo que sacudió sus cimientos.
Habían sido entrenados para protegerlo de todo, para ser implacables, y el Emperador mismo era el epítome de esa frialdad.
Sin embargo, en ese instante, vieron una fisura en la armadura de su dios.
Se miraban entre sí, un asombro silencioso en sus ojos.
Algunos sintieron una punzada de algo parecido a la esperanza: ¿acaso su líder, tan distante, aún conservaba un rastro de humanidad?
Otros, más cínicos, se preguntaron si era una calculada demostración para su hijo.
La intriga era palpable en sus filas.
En los círculos de la corte, el murmullo no tardó en convertirse en el tema principal de las conversaciones.
Los nobles, acostumbrados a la fría eficiencia y al distante decoro del Emperador, no podían creer lo que oían.
Arthas I era conocido por su pragmatismo implacable, su total falta de sentimentalismo en asuntos de Estado y personales.
La idea de que hubiera mostrado tal debilidad, tal afecto abierto, era algo que los dejaba perplejos.
“¿El Emperador…
abrazó a su hijo?” susurraba una duquesa a su consorte en un baile de la corte esa misma noche, los ojos bien abiertos.
“Y le dijo ‘Lo hiciste bien, Hijo’,” respondió el duque, su voz teñida de asombro.
“Algunos dicen que incluso reconoció una vieja capa.” Estas conversaciones, susurros que corrían por los pasillos, generaron una mezcla de curiosidad y cautela.
¿Significaba esto un cambio en la personalidad del Emperador?
¿O era una astucia, una forma de asegurar la lealtad de su heredero?
La intriga era un veneno dulce en el aire, y todos observaban con avidez al Príncipe Arthas II y, más aún, al propio Emperador, buscando cualquier otra señal.
Jaina: Un Corazón de Esperanza y Dolor La reacción de Jaina Proudmoore fue quizás la más profunda y conmovedora.
Cuando la noticia llegó a sus oídos, mientras revisaba documentos diplomáticos, su pluma se detuvo abruptamente.
Las palabras de los testigos, relatando el abrazo y el suave reconocimiento de la capa, se clavaron en su corazón como flechas.
Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, no de tristeza, sino de una mezcla compleja de dolor y una inesperada oleada de esperanza.
El dolor, porque ese acto de ternura era el Arthas que ella había amado, el que se había perdido.
La esperanza, porque ese mismo acto sugería que quizás, solo quizás, ese Arthas no estaba completamente extinguido.
“¿Lo hizo?” murmuró Jaina a su asistente, una joven aprendiz que le traía los informes.
“¿De verdad lo abrazó?
¿Y reconoció la capa?” El asistente asintió, con los ojos llenos de asombro.
“Sí, mi Señora.
Los guardias lo confirmaron.
Fue…
extraordinario.
Nunca antes habíamos visto al Emperador mostrar tal…” Dudó, buscando la palabra adecuada.
“…humanidad.” Jaina cerró los ojos, el recuerdo de la capa azul, la misma que ella había visto innumerables veces sobre los hombros del joven príncipe Arthas, vívido en su mente.
La emoción la desbordó.
Se levantó, sus pasos inciertos, y se dirigió a la ventana.
El sol se ponía, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras.
El Arthas que había amado había existido.
Y la posibilidad, por pequeña que fuera, de que un fragmento de él aún habitara dentro del Emperador, le daba una razón, frágil, para seguir adelante.
Su corazón, acostumbrado a la pesadez de la desilusión, sentía ahora una punzada, casi dolorosa, de una esperanza renacida.
El príncipe, sin saberlo, había abierto una pequeña fisura en el muro de su dolor.
Sylvanas: Cálculo y una Chispa de Algo Más La Emperatriz Sylvanas Windrunner, por su parte, reaccionó con una mezcla calculada de frialdad y una curiosidad casi imperceptible.
Cuando sus espías personales le informaron del incidente en el patio de entrenamiento, su rostro, generalmente inexpresivo, se mantuvo impasible.
Ella entendía la importancia de las apariencias y la necesidad de proyectar poder.
Un Emperador que mostraba debilidad emocional no era un buen presagio.
Sin embargo, en la privacidad de sus aposentos, lejos de miradas indiscretas, una leve arruga se formó entre sus cejas.
Su mente, maestra en la manipulación y la estrategia, intentaba descifrar la razón detrás de las acciones de Arthas.
¿Era una táctica para asegurar la lealtad del príncipe?
¿Una debilidad momentánea?
¿O algo más profundo?
Sylvanas se sentó en su tocador, su reflejo en el espejo mostrando una reina de hielo.
“El abrazo,” murmuró para sí misma.
“Y la capa…” Ella conocía la historia de esa capa, los orígenes de su “matrimonio” con Arthas, la verdad de su conquista y su obsesión.
Esa capa, el símbolo de un Arthas que Jaina había amado, era un recordatorio incómodo de un pasado que ella había trabajado arduamente por oscurecer.
Pero luego, una extraña emoción, fugaz y casi incomprensible para ella misma, parpadeó en sus ojos.
Una astilla de…
¿envidia?
¿Celos?
Jaina había conocido ese lado “bondadoso y sonriente” de Arthas.
Ella, Sylvanas, solo lo había conocido como un instrumento de su propia ruina, y luego como el objeto de su retorcida obsesión.
La muestra de afecto hacia el príncipe, tan cruda y real, le hizo cuestionarse la profundidad de su propia conexión con Arthas.
¿Existía una parte de él que ella nunca podría alcanzar, una parte que solo Jaina o incluso ese joven príncipe podrían tocar?
Su guardia personal, las Sombras, fieles hasta la muerte, observaron el cambio sutil en su emperatriz.
La conocían mejor que nadie.
Suelen verla fría, calculadora, a veces cruel.
Pero en ese momento, por un instante, vieron una chispa de algo más, algo humano, algo vulnerable.
Sylvanas se recompuso rápidamente, su rostro volviendo a ser una máscara impenetrable.
No era momento para debilidades.
Pero la semilla de la intriga había sido plantada en su propio corazón, una intriga que la llevaría a observar más de cerca la relación entre padre e hijo, buscando comprender la grieta que se había abierto en la fría perfección del Emperador.
El palacio, en los días siguientes, estaba cargado con una tensión silenciosa, una expectativa.
El asombro, la intriga, la esperanza y la duda flotaban en el aire como un velo invisible.
La muestra de humanidad del Emperador Arthas I había sido un shock, un recordatorio de que incluso los gobernantes más implacables podían tener capas ocultas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com