ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 69
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- Capítulo 69 - 69 CAPITULO 69 La Hegemonía Consolidada y la Sombra de la Conquista Total
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69: CAPITULO 69: La Hegemonía Consolidada y la Sombra de la Conquista Total 69: CAPITULO 69: La Hegemonía Consolidada y la Sombra de la Conquista Total La caída de Tanaris fue el golpe de martillo final que selló el dominio de Lordaeron sobre una parte sustancial de Kalimdor.
La noticia de la victoria rotunda del Imperio reverberó por todo Azeroth, desatando una oleada de reacciones que confirmaron la magnitud del poder alcanzado por el Emperador Arthas I.
Pero mientras el mundo se maravillaba con su hegemonía, la mente del Emperador ya estaba trazando el siguiente capítulo: la conquista total del continente.
Ecos de la Victoria: Reacciones por todo el Imperio La euforia recorrió cada rincón del Imperio de Lordaeron.
El pueblo del Imperio, desde los agricultores de Andorhal hasta los artesanos de la capital, celebraron con un fervor sin igual.
Las calles se llenaron de festivales improvisados, hogueras y cánticos en honor al Emperador.
La hegemonía sobre Kalimdor no era solo una victoria militar; era la promesa de una prosperidad sin fin.
Con las inmensas riquezas de oro, plata, mithril y diamantes fluyendo de las nuevas minas, y las vastas tierras fértiles de Feralas garantizando cosechas abundantes, el ciudadano común sentía que el futuro era suyo.
El Emperador había cumplido sus promesas de seguridad y riqueza, consolidando aún más su lealtad fanática.
En el Reino de Ventormenta, la noticia fue recibida con una mezcla de alivio y una creciente admiración.
Las gentes de Ventormenta celebraron la victoria con entusiasmo, viendo en la alianza con Lordaeron la clave de su propia seguridad y un acceso sin precedentes a los recursos de Kalimdor.
Para ellos, el fin del bandidaje en Tanaris significaba rutas comerciales más seguras y nuevas oportunidades.
Sin embargo, detrás de las celebraciones, subyacía una creciente conciencia del colosal poder que su aliado, el Imperio de Lordaeron, había acumulado.
Los oficiales militares del Imperio estaban eufóricos.
Habían sido testigos y partícipes directos de la visión de su Emperador, y la caída de Tanaris era la confirmación de su genio estratégico.
La moral de las legiones estaba por las nubes; no había enemigo que pudiera resistir su avance.
Discutían con orgullo la eficiencia de la Gran Carretera Imperial y la inexpugnabilidad de la ciudad fortaleza de Silithus.
Para ellos, el Emperador no solo era un líder, sino una encarnación viviente de la perfección militar.
En Ventormenta, los generales del reino se reunieron con el Rey Varian Wrynn con un semblante de profunda contemplación.
La victoria en Kalimdor era indiscutible.
El Almirante Daelin Proudmoore había regresado con relatos de la abrumadora fuerza combinada que había aplastado a los defensores de Tanaris.
Varian, un líder sabio y astuto, comprendió el mensaje implícito de esta demostración de poder.
Lordaeron ya no era solo el más fuerte de sus aliados; era el poder dominante del mundo conocido.
La reacción del Rey Varian Wrynn fue de un calculado pragmatismo.
La alianza era más vital que nunca, pero también lo era la necesidad de mantener un equilibrio delicado, de asegurar que Ventormenta conservara su propia identidad y soberanía bajo la sombra del coloso imperial.
En la corte de Lordaeron, la Emperatriz Sylvanas Windrunner observaba el regocijo con una sonrisa gélida pero satisfecha.
Cada victoria de Arthas alimentaba su obsesión, su deseo de que él fuera el poder supremo.
La hegemonía en Kalimdor era un paso más hacia ese objetivo, una prueba de que su elección de aliarse con él (o de ser su emperatriz forzada, según su retorcida percepción original) había sido la correcta.
El mundo se doblegaba ante él, y ella estaba a su lado, en la cima.
Jaina Proudmoore, por su parte, sentía una mezcla compleja de emociones.
El fin del conflicto y la promesa de paz y prosperidad en Kalimdor eran aspectos que su corazón anhelaba.
Sin embargo, la magnitud de la conquista y los métodos empleados —la erradicación de los hombres-cerdo y goblins bandidos, la imposición de una “paz” a través de una fuerza abrumadora— le causaban una profunda inquietud.
Veía la sombra del Arthas que había sido, el príncipe que buscaba la justicia, difuminarse en el Emperador implacable que construía su imperio con sangre y acero.
Su reacción era una de silenciosa reflexión, una búsqueda de la chispa de bondad que creía que aún residía en él, o al menos, una esperanza de que el Príncipe Heredero pudiera ser diferente.
El Príncipe Arthas II se encontraba en una encrucijada de emociones.
Había sido testigo del progreso en Kalimdor, había escuchado los informes de victoria en Tanaris.
La escala del éxito de su padre era innegable, casi abrumadora.
Se sentía orgulloso de la eficiencia y la prosperidad que el Imperio traía a esas tierras antes salvajes.
Pero también sentía el peso de la sangre derramada, de las vidas perdidas en el camino de la conquista.
La dualidad de su padre, el constructor y el conquistador, se hacía más evidente que nunca.
Él era el heredero de un legado formidable, pero también de una carga moral.
Su reacción fue una de determinación; si algún día debía gobernar este Imperio, debía entenderlo completamente, en su luz y en su sombra.
La Conquista Total: Un Secreto Bien Guardado Mientras el mundo exterior celebraba la consolidación de Kalimdor, el Emperador Arthas I se reunió en secreto con el alto mando militar más leal en una cámara oculta bajo el palacio.
La atmósfera era austera, solo iluminada por las llamas parpadeantes de las antorchas.
Sobre una mesa de guerra se extendía un mapa completo de Kalimdor, donde la parte ya controlada estaba marcada en oro, y el resto, en un ominoso carmesí.
“La hegemonía sobre Kalimdor está asegurada,” comenzó Arthas, su voz grave y resonante.
“Pero la hegemonía no es el dominio total.
Nuestro plan no ha terminado.” Los mariscales más veteranos, incluyendo a Alexandros Thorne y los generales que habían liderado las campañas de Kalimdor, asintieron.
Conocían la mente del Emperador; nunca se conformaba con menos de la totalidad.
“Los territorios al norte,” continuó, señalando las regiones de Azshara, Cuna de Invierno y Teldrassil, “y las tierras de Feralas hasta la frontera de Cuna de Invierno, deben ser incorporados.” Su dedo se deslizó por las regiones aún inexploradas o controladas por otras facciones.
“Nuestro objetivo final es la conquista total de Kalimdor.
No quedará un solo centímetro de tierra en este continente que no ondee el estandarte del León.” El plan era incluso más ambicioso que el anterior, un despliegue de fuerza sin precedentes, diseñado para someter el resto del continente en una serie de campañas coordinadas.
Se detallaron las rutas de avance, la logística de suministro para una guerra prolongada en terrenos variados, y las fuerzas necesarias para aplastar cualquier resistencia.
Se habló de la necesidad de expandir aún más la flota aérea para dominar los cielos, y de nuevas tecnologías de asedio para enfrentar fortalezas ancestrales.
El Emperador explicó la necesidad de un enfoque multifacético: Reconocimiento Intensivo: Equipos de exploradores y magos serían enviados en secreto para mapear cada rincón, identificar recursos y ubicar las defensas de las facciones restantes.
Diplomacia o Aniquilación: Se enviaría un ultimátum a las razas y tribus restantes: jurar lealtad y cooperar, bajo las mismas condiciones que los Tauren y otras razas cooperantes, o enfrentarse a la aniquilación.
Esta estrategia, aunque brutal, había demostrado ser efectiva.
Nuevas Fortalezas: Se planificó la construcción de una red aún más densa de fortalezas y puestos de avanzada para asegurar las líneas de suministro y el control de los territorios recién conquistados.
Desarrollo Continuo: La colonización y explotación de recursos en los territorios ya controlados continuarían sin cesar, para financiar esta nueva y vasta empresa.
La reunión duró horas, con mapas marcados, estrategias debatidas y la voluntad del Emperador reafirmada en cada punto.
Los mariscales, completamente leales, aceptaron la misión con la misma determinación que su señor.
La inminente conquista total de Kalimdor era un secreto que solo el más alto escalafón militar conocía, una empresa que prometía redefinir el mapa de Azeroth una vez más.
El Príncipe en Kalimdor: Una Misión de Supervisión y Crecimiento Con la mirada puesta en la conquista total, el Emperador tomó una decisión que tendría profundas implicaciones para su hijo y el futuro del Imperio.
“Hijo,” dijo Arthas I al Príncipe Arthas II, en una audiencia privada.
“Tu papel en el Imperio es crucial.
La expansión en Kalimdor es solo el comienzo.
Necesito que vayas allí, no como un conquistador, sino como un constructor.” El Emperador le ordenaría al Príncipe Heredero ir al continente de Kalimdor para supervisar el desarrollo de los asentamientos ya existentes y la creación de los nuevos.
Esto incluía la supervisión de la construcción de ciudades como Feralas, el progreso de las minas en Xylos, la expansión agrícola en Phoros y la consolidación de la ciudad fortaleza de Silithus.
Era una misión de enorme responsabilidad, diseñada para sumergir al príncipe en los detalles prácticos de la gobernanza imperial y la logística de un continente en desarrollo.
El Príncipe Arthas II aceptó la misión con una seriedad que complació a su padre.
Era la oportunidad de entender el Imperio desde sus cimientos, de aplicar los principios de administración que había aprendido, y de interactuar directamente con los colonos y las poblaciones nativas.
No iría solo.
El Emperador designó a su leal amigo Anduin Lothar Jr.
para acompañarlo, un joven y prometedor caballero de la corte, cuya lealtad al Imperio y al Príncipe era inquebrantable.
Anduin, con su pragmatismo y su innata capacidad de liderazgo, sería un compañero invaluable para el Príncipe.
Además, serían escoltados por una escolta personal de 500 caballeros de élite, la flor y nata de la caballería imperial, un símbolo de la importancia de la misión y la seguridad del heredero.
Esta fuerza no solo proporcionaría protección, sino que también serviría como una extensión de la autoridad del Príncipe en las vastas y a veces impredecibles tierras de Kalimdor.
La Reacción de Sylvanas: Una Punzada de Desaprobación La noticia de que el Príncipe Arthas II sería enviado a Kalimdor no fue recibida con el mismo aplauso por todos en la corte.
La reacción de Sylvanas fue una punzada de desaprobación, cuidadosamente oculta bajo su fachada serena, pero evidente para aquellos que la conocían bien.
Para Sylvanas, el Príncipe Arthas II era un elemento crucial en su propia relación retorcida con el Emperador.
Su presencia en la capital, la forma en que el Emperador lo miraba y lo guiaba, la hacía sentir más segura de su posición.
El Príncipe era una extensión de Arthas, y por lo tanto, una parte de su propio poder en la corte.
Su partida a Kalimdor significaba que estaría lejos, fuera de su vista, y fuera de la influencia directa del Emperador.
Además, había una sutil capa de celos en su desaprobación.
El Príncipe iría a las tierras donde Jaina había pasado tiempo, donde los recuerdos del “viejo Arthas” podían resurgir.
La influencia de Jaina sobre el Príncipe, su papel como consejera, la inquietaba.
Enviar al Príncipe a Kalimdor, con Anduin Lothar Jr.
y una escolta de 500 caballeros, era una muestra de confianza y poder que Sylvanas, en su obsesión por el control sobre el Emperador, no veía con buenos ojos.
La Emperatriz, sin embargo, era demasiado astuta para expresar su descontento abiertamente.
Simplemente ofreció su “bendición” al Príncipe con una sonrisa que no llegó a sus ojos, su mente ya calculando cómo esta ausencia podría afectar la dinámica de poder en la capital y cómo podría usarla a su favor.
La partida del Príncipe no solo marcaba un nuevo capítulo en la expansión de Kalimdor, sino también un nuevo juego de ajedrez en la compleja y peligrosa corte imperial.
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