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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 88

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88: CAPITULO 88: El Rugido de la Horda y el Último Bastión del Águila 88: CAPITULO 88: El Rugido de la Horda y el Último Bastión del Águila Mientras la Ciudad Capital de Lordaeron se bañaba en la opulencia y el estruendo de un torneo de caballeros, a leguas de distancia, en las inhóspitas y olvidadas tierras de Kalimdor, la brutal verdad de la expansión imperial se desataba.

El Fuerte Águila, un pequeño pero crucial centinela de piedra, estaba a punto de convertirse en un altar de sacrificio, un testimonio sangriento de la feroz resistencia que el nuevo continente oponía a sus conquistadores.

El Despertar del Águila: Un Amanecer Teñido de Escarlata El Fuerte Águila, encaramado precariamente sobre una imponente prominencia rocosa, era un monumento a la tenacidad.

Sus muros de piedra gris, erosionados por los vientos incesantes de Kalimdor, habían visto innumerables puestas de sol y amaneceres.

Su comandante, el Sargento Dorren Makrag, era la encarnación misma de la vieja guardia: un caballero de armadura abollada y rostro curtido por el sol, un hombre cuya lealtad al Emperador ardía con la fuerza de un faro.

Bajo su mando, una guarnición de apenas 200 hombres, una mezcla heterogénea de curtidos veteranos y jóvenes reclutas con el brillo de la inexperiencia en sus ojos, era la única defensa contra lo desconocido.

La noche había envuelto el fuerte en un manto de falsa paz, rota solo por el ulular monótono del viento del desierto.

Las patrullas nocturnas no habían reportado nada más que la inmensidad silenciosa del páramo.

Pero con el primer atisbo del alba, una sinfonía de aullidos guturales rasgó la quietud, un sonido primordial que se clavó en los huesos.

Dorren, apostado en la torre de vigía, sus ojos de águila escudriñando el horizonte, vio una visión que le heló la sangre: una fuerza desconocida y monstruosa de orcos, emergiendo de las sombras de los cañones, un mar hirviente de pieles verdes, colmillos afilados y hachas que brillaban con una sed insaciable de sangre.

No eran bandas de merodeadores; era una horda organizada, vasta y despiadada, que avanzaba con una velocidad alarmante, una marea verde implacable que prometía anegar el fuerte y todo lo que representaba.

“¡A las murallas!

¡Preparen las defensas!

¡Por Lordaeron!” la voz de Dorren, un trueno repentino que cortó el pánico incipiente, resonó por todo el fuerte.

Sus hombres, arrancados de su letargo matutino, se apresuraron a sus puestos.

El chirrido de las ballestas al ser amartilladas, el cliquetear metálico de las espadas al ser desenvainadas y el retumbar de los escudos al ser alzados llenaron el aire con una urgencia palpable.

El asalto fue un torbellino de violencia incontrolable.

Los orcos chocaron contra los muros del fuerte como olas furiosas contra una costa inamovible, sus cuerpos masivos y sus armas primitivas golpeando la piedra con una fuerza devastadora.

Los gritos de batalla de los pieles verdes se mezclaron con los rugidos de desafío de los defensores, creando una cacofonía infernal.

Flechas y virotes volaron desde las almenas, buscando el corazón de los asaltantes, derribando a decenas, pero por cada orco que caía, dos más tomaban su lugar, trepando por la roca con una tenacidad fanática, usando sus propias garras y colmillos si era necesario para aferrarse a la piedra.

Dorren Makrag, desde lo alto de la torre, observaba con un orgullo sombrío la postura de cada uno de sus hombres, cada uno un faro de resistencia inmutable y sin miedo.

Pero él sabía que el verdadero peligro no era el número, sino la marea implacable.

El flanco sur, el más débil, estaba cediendo.

Sin pensarlo dos veces, el caballero se asomaba sobre la horda, y sosteniendo su espada, cargó con una furia fría, una mirada firme se formó en su rostro, un presagio de la tormenta que estaba a punto de desatar.

La Brecha de Sangre: Un Duelo Primordial Y marchó con valor, se enfrentó a la Horda.

Su armadura, aunque abollada y marcada por el tiempo, brillaba con el honor de innumerables batallas, un aura de acero que contrastaba con la desesperación.

Su espada se agitó y, sonriendo, una sonrisa de desafío y éxtasis de batalla, pudo sentir el calor de la batalla sobre su espalda; el ardor implacable del combate lo acompañaba.

Saltó de las almenas hacia la brecha recién abierta, cayendo como un meteoro de acero y furia entre los orcos que ya se derramaban por el interior del fuerte, sus cuerpos retorciéndose bajo el impacto de su aterrizaje.

“¡POR EL EMPERADOR!

¡POR LORDÆRON!” Su grito fue un trueno, una ráfaga de viento contra la tormenta orca, una declaración de guerra personal que resonó hasta los cimientos del fuerte.

Se agitó con rapidez, un torbellino imparable de acero y músculo, mientras se asomaba a la batalla, sonriendo empujó su escudo, con el emblema del león grabado, mientras se encaminaba sobre las hordas de aquellos pieles verdes que amenazaban con destruir su batallón.

Su espada bailaba en un torbellino de golpes mortales, cada estocada precisa, cada empujón de su escudo un muro inquebrantable.

A su alrededor, los soldados, inspirados por su temeraria valentía, se unieron a la carga, transformando el pánico en una furia desesperada, cerrando la brecha con sus propios cuerpos.

De entre la masa furiosa de orcos, surgió una figura imponente, un comandante orco de proporciones colosales, su piel de un verde casi negro, adornada con cicatrices tribales que contaban historias de innumerables victorias.

En su mano, blandía una maza de guerra tan grande como un tronco de árbol, su superficie dentada y ensangrentada.

Sus ojos, dos brasas inyectadas en sangre, ardían con una furia primordial.

“¡ASQUEROSO HUMANO, CÓMO OSAS EN MI TIERRA!” bramó el comandante orco, su voz un rugido gutural que hizo temblar el suelo mientras cargaba con ira desatada sobre el caballero, sus pasos retumbando como tambores de guerra.

Un giro abrumador se dio.

La maza del orco descendió con la fuerza de un rayo, un golpe capaz de pulverizar piedra.

Pero Dorren, con la velocidad del pensamiento y la intuición de un guerrero, levantó su escudo.

El choque resonó por toda la fortaleza, un estruendo metálico que opacó los gritos de la batalla, una onda de choque que hizo vibrar el aire mismo.

Las tajadas punzantes se hicieron sentir ante el embate de ambos campeones, la maza buscando destrozar la voluntad de Dorren, la espada del caballero buscando perforar la armadura de hueso del orco.

El duelo se convirtió en el punto focal de la brecha, un choque de voluntades primarias.

Dorren, a pesar de la furia orca y el agotamiento que se apoderaba de sus miembros, mantuvo su compostura.

Con la fe inquebrantable que solo un paladín puede poseer, reunió sus últimas reservas de energía.

“¡POR LORDÆRON!” Se escuchó una vez más, su grito resonando con la fuerza de un credo.

Su cuerpo brotó en una aura dorada.

No era el brillo de su armadura, sino la Luz Sagrada misma que lo envolvía, una barrera brillante contra la oscuridad de la Horda.

Y sobre él, en el cielo que comenzaba a teñirse de escarlata por la batalla, la figura etérea de un león, el símbolo ancestral del Imperio, se creó, majestuosa y resplandeciente, su melena de luz vibrando con poder.

El ataque, imbuido de luz dorada, se hizo sentir en el campo de batalla, el poder de la Luz quemando la piel del comandante orco, haciéndolo retroceder, sus músculos contrayéndose por un dolor incomprensible.

“¡EL EMPERADOR ME PROTEGE!” rugió Makrag, su voz ahora imbuida con la autoridad de la Luz divina.

En un golpe abrumador, que fue tanto un acto de fe como de pura fuerza, la espada del caballero se fragmentó, producto de un golpe brutal contra la coraza de hueso del gran orco.

La hoja se astilló en mil pedazos, pero la voluntad de Dorren no se rompió.

Con la furia de un león herido, no flaqueó.

Con ira, se abalanzó, sus manos desnudas aferrándose al cuello del orco.

Tirando de él con una fuerza sobrehumana, una fuerza nacida de la desesperación y la fe, lo impactó contra el suelo, un retumbar colérico que sacudió los cimientos del fuerte.

“¡Agh!” La bestia cayó sobre sus lomos, gimiendo de dolor, su cuerpo titánico convulsionando.

Adolorido, el orco se puso de pie, dejando atrás su gran maza, y cargó a manos desnudas sobre el caballero, sus garras buscando desgarrar la carne de Dorren.

El sargento, con un golpe de mano hábil y poderoso, contrarrestó su ataque con un impacto directo sobre sus fauces, dejando a la bestia aturdida por un instante.

Ambos campeones se miraron con ira, sus ojos reflejando la misma determinación implacable.

Cargando una vez más, cruzaron sus puños con fuerza y brutalidad, un choque de carne y hueso, de voluntad contra voluntad.

Solo entonces el equilibrio de poder se rompió.

Haciendo uso de un poder inimaginable, Dorren Makrag, con el rostro contraído por el esfuerzo y los ojos brillando con la luz divina, canalizó la esencia de la Luz Sagrada a través de cada fibra de su ser, a través de cada músculo fatigado, a través de su misma alma.

Su puño, ahora un conducto de pura energía sagrada, se tensó.

Con un grito que venía desde lo más profundo de su alma, un grito de fe, desesperación y triunfo inminente, lanzó un golpe que no era solo músculo, sino espíritu concentrado.

El puño impactó contra la mandíbula del comandante orco con la fuerza de un ariete forjado en el cielo, una onda de choque dorada y brillante se propagó por el cuerpo de la bestia, haciendo que sus músculos se contrajeran en un espasmo agónico.

El orco, con un último gruñido de desafío y sorpresa, sus ojos perdiendo el foco, se desplomó inconsciente, su cuerpo inmóvil, derrotado por una fuerza que trascendía lo físico.

La brecha había sido sellada, y el Fuerte Águila, aunque maltrecho, aún se mantenía en pie.

La caída del comandante orco fue el punto de inflexión.

La moral de la Horda flaqueó.

Los gritos de guerra se convirtieron en balbuceos, y la avalancha verde comenzó a ceder, la retirada se convirtió en una desbandada desorganizada.

Los hombres de Makrag, viendo el milagro y el poder desatado por su líder, cargaron con una ferocidad renovada, barriendo a los orcos restantes del fuerte.

El Fuerte Águila había aguantado, aunque al alto precio de muchas vidas, un testimonio del coraje inquebrantable de sus defensores y del sacrificio de su líder.

El Vórtice de la Capital: Un Espectáculo Distante Mientras la sangre empapaba la tierra en Kalimdor, y el eco de la batalla moría en los cañones, en la lejana Ciudad Capital, el torneo de caballería se seguía llevando a cabo con una indiferencia sublime.

El fragor de la batalla lejana era desconocido para la multitud que llenaba la arena, absorta en la gloria y la competencia.

La segunda semana del torneo era tan emocionante como la primera, con justas espectaculares que hacían vibrar las gradas y duelos a pie que mantenían a los espectadores al borde de sus asientos.

La eliminación de los contendientes más débiles había elevado el nivel, dejando solo a los más hábiles, a los más fuertes, a los más audaces.

Los nombres de Sir Kael Sunstrider, con su gracia letal y su esgrima de relámpago; el Comandante Mograine, con su inquebrantable fe y su defensa impenetrable; la Dama Alonsa, con su danza de dagas elusiva y mortal; y el imponente Grainm Hellscream, que seguía siendo una fuerza de destrucción bruta, su hacha resonando con cada golpe decisivo, eran coreados por la multitud.

Cada uno de ellos, con sus estilos únicos, se abría camino implacablemente hacia la final, sus miradas fijas en el gran premio y el inminente duelo contra el Príncipe.

El Príncipe Arthas II, sentado en la tribuna real, continuó observando cada movimiento, cada estrategia, cada debilidad, con la intensidad de un depredador.

No había una pizca de aburrimiento en su rostro, solo la atención concentrada de un guerrero que evaluaba a sus futuros adversarios.

Si bien estaba inmerso en los combates, su mente, quizás de forma subconsciente, sentía el eco de algo más, algo que se extendía más allá de las murallas de la capital, hacia las tierras salvajes que lo habían forjado.

Desconocía la batalla de Dorren Makrag, pero la intensidad de los duelos en la arena lo preparaba para la batalla que un día podría librar, no por un premio de oro, sino por la supervivencia de su imperio y de las vidas de aquellos a quienes había jurado proteger.

La capital seguía girando en su vórtice de celebración, ajena a los sacrificios que se hacían para mantener su prosperidad, y la anticipación del duelo final crecía, atrapando al lector en la expectativa de un choque épico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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