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ARTHAS: "Historia de un Heroe Caido" - Capítulo 93

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  3. Capítulo 93 - 93 CAPITULO 93 El Veneno de la Venganza El Odio de Daelin Proudmoore
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93: CAPITULO 93: El Veneno de la Venganza: El Odio de Daelin Proudmoore 93: CAPITULO 93: El Veneno de la Venganza: El Odio de Daelin Proudmoore Mientras el Imperio de Lordaeron se preparaba para la guerra en Kalimdor, la figura del Almirante Daelin Proudmoore emergía como un pilar inquebrantable de la campaña naval.

Su determinación de aniquilar a los Orcos Mano Negra no era mera obediencia a la corona; estaba forjada en las brasas de una tragedia personal, un odio tan arraigado que definía su existencia: “Mientras yo viva y respire, nunca permitiré que un orco viva.” El Legado de Sangre: La Tragedia del Almirante El odio aferrimo del Almirante Daelin Proudmoore hacia los orcos no era un capricho ni una política; era el eco de un pasado devastador, un trauma que había carcomido su alma y moldeado cada una de sus decisiones.

Para entender su furia, había que recordar las cicatrices que las Guerras Orcas habían dejado en Kul Tiras y, más íntimamente, en su propia familia.

Daelin recordaba con vívida y dolorosa claridad la Primera Guerra, cuando la Horda, una marea verde de destrucción, se desató sobre los Reinos del Este.

Kul Tiras, su amada nación, había enviado sus flotas y sus hijos a la guerra, combatiendo con valentía, pero también sufriendo pérdidas incalculables.

La invasión de Lordaeron y la caída de Stormwind habían sido golpes que Daelin nunca perdonaría.

Vio ciudades incendiadas, campos devastados y, lo que era peor, la crueldad intrínseca de aquellas bestias.

Pero la herida más profunda, el contexto trágico y emotivo de su odio, provenía de la Segunda Guerra, el conflicto que casi le arrebata todo lo que amaba.

Durante la Invasión de Khaz Modan y el asedio a la capital enana, Grim Batol, la Horda había lanzado un asalto sorpresa por mar.

La flota de Kul Tiras, aunque formidable, fue sorprendida en desventaja.

Daelin, al mando de su buque insignia, luchó con la desesperación de un león acorralado.

La batalla fue un infierno de fuego, acero y gritos.

En medio del caos, la noticia llegó: el buque donde servía su hermano menor, un joven y prometedor oficial de la flota, había sido abordado por los orcos.

Daelin vio, con sus propios ojos, cómo el mástil de su hermano caía en llamas, y los gritos de la tripulación eran ahogados por el rugido de los orcos.

No pudo llegar a tiempo.

Cuando los restos fueron recuperados, apenas quedó nada del barco, ni de su hermano.

Su cadáver, si es que lo había, nunca fue encontrado.

Se desvaneció en el mar, devorado por las olas y el fuego orco.

Aquel día, algo se rompió dentro de Daelin.

El dolor se transformó en una rabia helada, una convicción inquebrantable: los orcos eran una plaga, una aberración que no merecía vivir en el mundo.

No había redención, no había paz, solo aniquilación.

Este odio no era solo emocional; era una convicción racional para Daelin.

Creía que la existencia misma de los orcos ponía en peligro a la humanidad.

Había visto su brutalidad, su insaciable sed de conquista.

Su misión en la vida se convirtió en asegurarse de que ninguna otra vida, especialmente ninguna vida humana, fuera segada por sus garras.

Cada barco que construía, cada marinero que entrenaba, era una herramienta en su cruzada personal.

Su ira era una fuerza palpable, un aura gélida que emanaba de él, incluso en la quietud de una sala de mapas.

La Reacción de los Proudmoore: Hermanos de Sangre, Corazones Divididos La noticia de la guerra en Kalimdor y la orden del Emperador de formar una flota colosal resonó profundamente en la casa Proudmoore, afectando a los hijos de Daelin de maneras muy diferentes.

Jaina Proudmoore, la hija menor, una maga brillante y una erudita de corazón, sintió una punzada de dolor y aprensión.

Ella había sido testigo del odio de su padre, lo había visto consumirlo.

Había crecido con sus historias de horror, pero también había estudiado el mundo, soñando con un futuro donde las razas pudieran coexistir.

La idea de una nueva guerra a gran escala, y especialmente una liderada por su padre, la llenó de una profunda tristeza.

Recordó las conversaciones con Arthas, su esperanza compartida por un nuevo comienzo en Kalimdor.

El odio de su padre chocaba directamente con su propia visión.

“Padre,” Jaina le suplicó una noche, su voz apenas un susurro, “esta guerra…

¿debemos lucharla hasta el último orco?

¿No hay una forma de…

coexistir?

Arthas ha estado en Kalimdor, ha hablado de los Tauren, de un equilibrio…” Daelin la miró con ojos que no veían más que el pasado.

“Coexistir, Jaina,” replicó su padre, su voz dura como el acero, “es una ilusión que solo los ingenuos abrazan.

La coexistencia con una plaga solo lleva a la enfermedad.

Cada orco que respira es una amenaza.

Y el Príncipe…

es un joven.

Ha sido engañado por la novedad de esa tierra.

Lo verá.” La falta de apoyo de su padre a la visión de Arthas, y su ciega determinación, dolía a Jaina.

Se preguntaba si esta guerra los destruiría a todos, o si Arthas podría, de alguna manera, cambiar la mente de su padre.

Derek Proudmoore, el hijo mayor, y Thandred Proudmoore, el segundo, ambos comandantes en la Marina Imperial y herederos naturales del genio naval de su padre, reaccionaron con una lealtad inquebrantable y una furia más contenida, pero igualmente profunda.

Habían sido criados en la sombra del odio de su padre, alimentados con las historias de la Horda.

Derek, un estratega naval metódico y un líder respetado, sintió una fría determinación.

Para él, la orden del Emperador era una justificación largamente esperada.

“Padre tiene razón,” le dijo a Thandred.

“Estas bestias nunca cambian.

Debemos ser la mano del Emperador, la lanza que purga Kalimdor de su presencia.” Su reacción fue de deber, una aceptación sombría de la necesidad de la guerra.

Ya estaba revisando cartas de navegación y planes de asedio para el puerto de Pentos.

Thandred, más impulsivo y volátil que Derek, compartió el ardor de su padre con mayor intensidad.

Su rostro se endureció ante la noticia del Fuerte Águila.

“¡Por fin!” exclamó, golpeando la mesa.

“¡Una oportunidad para acabar con esta plaga de una vez por todas!

¡Cada orco, muerto!

¡Cada una de sus fortalezas, arrasada!” Su reacción fue de una sed de venganza casi tan pronunciada como la de Daelin, la oportunidad de vengar las pérdidas pasadas.

Los astilleros de Kul Tiras, ya activos con los preparativos, bullían con una frenética energía.

Miles de carpinteros, herreros y marineros trabajaban día y noche.

Los cascos de nuevos buques de guerra crecían a la vista, las velas eran cosidas, los cañones forjados.

La poderosa flota de Kul Tiras, la espina dorsal de la Armada Imperial, se preparaba para una campaña sin precedentes, impulsada por el odio visceral de su Almirante.

El Almirante Daelin Proudmoore, al timón de esta colosal fuerza naval, era una figura sombría, pero resuelta.

Su corazón, aunque marcado por la tragedia, estaba inflexible.

Para él, la guerra en Kalimdor no era una mera estrategia política o una expansión imperial; era la culminación de su vida, la oportunidad de cumplir su juramento más sagrado: extirpar la raíz de la plaga orca.

El destino de Kalimdor, y el encuentro inminente de esta fuerza naval con el Príncipe Arthas II y sus propias estrategias, prometían un choque de ideologías tan grande como el de las flotas en el mar.

El lector, cautivado por el tormento y la determinación del Almirante, era arrastrado a la inminencia de una guerra donde el pasado y el presente chocarían con una fuerza devastadora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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