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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Fragmentos de un cielo ajeno
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1: Fragmentos de un cielo ajeno 1: Fragmentos de un cielo ajeno El primer signo de vida no fue el reloj, sino el zumbido eléctrico que precedió a la alarma.

Jake Evernight lo sintió en la base de los molares antes de que el bip-bip-bip digital estallara en el aire estancado de la habitación.

Era un ruido seco, una aguja de sonido que pinchaba el silencio cada segundo exacto.

Jake no abrió los ojos de inmediato.

Bajo las sábanas de hilo desgastado, sus dedos se contrajeron, buscando el borde de la mesilla de madera aglomerada por puro instinto muscular.

Golpeó el botón de plástico con un chasquido sordo que resonó en el cuarto vacío.

—Cinco minutos más… —exhaló.

Su propia voz le sonó ajena, cargada con el rastro de un sueño que se deshacía como ceniza en el agua.

Se incorporó con lentitud.

El somier emitió un quejido agudo, un lamento metálico que Jake conocía de memoria.

Se quedó sentado en el borde del colchón, con la espalda encorvada y los pies descalzos suspendidos sobre las tablas del suelo, donde el frío de la madrugada se filtraba en sus poros.

El aire olía a una mezcla de ozono y jazmín nocturno, la fragancia característica de los límites de Solaria, donde la selva intenta devorar al asfalto.

Caminó hacia la ventana.

Al descorrer la cortina, el metal de la anilla tintineó contra la barra.

Afuera, la metrópolis se desperezaba bajo un sol que no era amarillo, sino de un naranja eléctrico que incendiaba el Caribe.

Solaria era un bosque de cristal y acero que brotaba directamente de las aguas turquesas.

Los rascacielos, con sus fachadas de paneles solares que recordaban a escamas de peces abisales, se elevaban hacia un cielo surcado por el rastro de vapor de los vehículos de transporte ligero.

A lo lejos, el mar brillaba con una intensidad metálica, una lámina de mercurio que reflejaba la gloria de una ciudad que nunca dormía en paz.

Jake inhaló profundamente, sintiendo el aire denso y saturado de humedad llenar sus pulmones.

Cada vez que miraba la ciudad, sentía una vibración en la base del cráneo, una resonancia entre su sangre y el latido de los motores de inducción que mantenían a Solaria funcionando.

Se vistió con movimientos mecánicos.

El roce de la camisa de algodón de la Academia Altamira era áspero contra sus hombros.

Se ajustó la chaqueta azul, fijándose en el emblema bordado: un halcón de plata rodeado de engranajes.

Mientras se abrochaba el último botón, sus ojos se fijaron en sus propias manos.

Eran manos de adolescente, sí, pero bajo la piel pálida, las venas parecían trazar mapas de constelaciones que nadie en este mundo sabía nombrar.

Bajó las escaleras.

Cada peldaño emitía una nota distinta bajo su peso.

En la cocina, el ambiente era una burbuja de calidez doméstica.

El siseo de la masa de panqueques al tocar la sartén caliente producía un sonido reconfortante, seguido por el aroma dulce de la vainilla y el amargor terroso del café recién colado.

Margaret estaba de espaldas, su cabello castaño escapando de un moño sujeto por un lápiz.

Jeremy estaba sentado a la mesa, rodeado por el murmullo de una tableta holográfica que proyectaba noticias sobre el mercado de cristales de energía.

—Buenos días, campeón —dijo Margaret sin girarse, guiada por el ritmo de los pasos de Jake.

Le sirvió un plato de cerámica blanca donde los panqueques humeaban, coronados por una nuez de mantequilla que se derretía lentamente, deslizándose hacia los bordes en hilos dorados.

—”Aterrorizado” es el diagnóstico del día —respondió Jake.

Su voz era ahora más clara, pero mantenía un matiz de ironía que servía de escudo.

Jeremy levantó la vista.

Sus ojos verdes, enmarcados por arrugas de expresión, analizaron a Jake con la precisión de un ingeniero midiendo una pieza crítica.

—Mantén el centro, Jake —dijo con una gravedad suave—.

La academia es solo otro ecosistema.

No dejes que el ruido de los demás interfiera con tu propia frecuencia.

El trayecto hacia la Academia Altamira fue un asalto a los sentidos.

El aire en la calle vibraba con el zumbido de las bicicletas eléctricas y el griterío de los vendedores de frutas exóticas.

La academia se alzaba al final de la avenida principal, un edificio de ladrillo rojo que exhalaba un aire de autoridad ancestral.

Las puertas de roble macizo, reforzadas con bandas de hierro negro, se tragaban a los estudiantes por centenares.

Dentro, el olor cambió a cera de suelo, papel viejo y el sudor nervioso de mil adolescentes.

Los lockers metálicos golpeaban contra las paredes con ecos de campana.

Jake se movía intentando no ocupar espacio, sus sentidos en alerta máxima, percibiendo cada parpadeo de las luces fluorescentes del techo.

—¡Eh, nuevo!

—Una chica se plantó frente a él.

Tenía el cabello castaño claro, cortado de forma asimétrica, y unos ojos que parecían absorber toda la luz del pasillo.

Sophia Johnson olía a chicle de menta y a lavanda—.

Soy Sophia.

Y tú pareces alguien que acaba de aterrizar en otro planeta.

Durante la clase, Jake no escuchó al profesor de Historia.

Se concentró en el movimiento de la mano de Sophia al tomar notas: el rascado del bolígrafo sobre el papel, el ligero tic de su pie bajo la mesa.

Ella era real, sólida, una distracción perfecta para el fuego que siempre amenazaba con brotar de sus propias palmas.

Al llegar al dojo del maestro Hiroshi esa tarde, el contraste fue absoluto.

El suelo de madera estaba pulido hasta brillar como el agua de un pozo negro.

No había ruidos de ciudad aquí, solo el sonido rítmico de la respiración del viejo maestro.

El aire olía a incienso de sándalo y a esfuerzo antiguo.

—La energía no es una posesión, Jake —dijo Hiroshi, cuya voz sonaba como el crujido de un pergamino—.

Es un préstamo del cosmos.

Si cierras el puño con miedo, se apaga.

Si lo abres con dudas, te consume.

Jake empuñó el bokken de madera.

Sintió el grano de la madera contra sus callos.

Al exhalar, imaginó que el aire que salía de sus pulmones era el mismo que hacía vibrar las estrellas de Aetheria.

Por un segundo, la luz azul bailó bajo su piel, no como una explosión, sino como el latido de un corazón oculto.

Esa noche, Jake se tumbó en su cama.

El silencio de la habitación era denso, interrumpido solo por el tictac de un reloj y el latido de su propio pulso en las sienes.

Miró hacia las sombras del techo, sintiéndose como un náufrago que empieza a entender las corrientes del mar que lo rodea.

Mañana el despertador volvería a sonar, pero bajo su piel, aquel niño ya no tenía miedo de despertar.

La mañana siguiente en la Academia Altamira llegó con el olor a cera fresca y el zumbido de los transformadores eléctricos ocultos tras las paredes de ladrillo.

Jake caminaba por los pasillos, sintiendo cómo la estática de mil adolescentes cargaba el aire, pegándose a su piel como una fina capa de polvo.

Fue cerca de los casilleros del ala norte donde el ambiente cambió.

El ruido habitual de risas y portazos se comprimió en un silencio tenso, roto solo por el eco de unas burlas cargadas de una crueldad gratuita.

Un grupo de tres chicos de último año, con las chaquetas de la academia abiertas de forma descuidada, acorralaban a un novato contra el metal frío de un casillero.

El líder, un tipo alto llamado Marcus, cuya mandíbula apretada revelaba una necesidad casi física de dominio, sostenía un cuaderno ajado.

—¿Qué tenemos aquí, novato?

—La voz de Marcus era un raspado de lija—.

¿Es esto tu diario o un mapa para encontrar tus pelotas?

Jake se detuvo a diez pasos.

No sintió ira, sino una náusea gélida.

En Aetheria, el conflicto era una danza de voluntades; aquí, era simplemente el peso de la masa sobre el individuo.

Caminó hacia ellos.

Sus pasos no hacían ruido sobre el linóleo.

A medida que se acercaba, la temperatura en un radio de dos metros pareció descender de forma imperceptible.

—Parece que están pasando un mal rato —dijo Jake.

Su voz no era un grito; era una nota baja, clara y perfectamente modulada que cortó las risas de los abusones como un bisturí.

El grupo se giró.

Marcus entrecerró los ojos, evaluando al chico nuevo de cabello oscuro y mirada demasiado tranquila.

Había algo en la postura de Jake —los hombros relajados, el peso distribuido con una simetría perfecta— que no encajaba con el miedo esperado.

—¿Y tú quién eres, el comité de bienvenida?

—soltó Marcus, dando un paso hacia delante, invadiendo el espacio personal de Jake.

Jake no retrocedió.

Sostuvo la mirada, y por un segundo, Marcus sintió un escalofrío que no pudo explicar.

Fue como asomarse a un pozo de agua tan profunda que no se ve el fondo.

—Solo alguien que cree en el respeto mutuo —continuó Jake, inclinando levemente la cabeza hacia el niño asustado—.

Creo que todos aquí merecen conservar su dignidad, ¿no creen?

El líder intentó recuperar su compostura, pero sus dedos flaquearon sobre el cuaderno robado.

La seguridad que le otorgaba su tamaño se estaba evaporando bajo la presión invisible que Jake emanaba sin saberlo.

—Solo estábamos bromeando —murmuró Marcus, lanzando el cuaderno al pecho del novato—.

Vámonos, este tipo es un bicho raro.

Los tres se alejaron, lanzando miradas por encima del hombro, como si intentaran sacudirse una sensación pegajosa.

Jake suspiró, sintiendo cómo el pulso de sus manos —que empezaba a brillar con una luz cobalto casi invisible— se apagaba de nuevo.

—Gracias… —susurró el niño, recuperando sus cosas con manos temblorosas.

—No es nada —respondió Jake, dedicándole una sonrisa que no llegó a ocultar el cansancio en sus ojos—.

Vamos a buscar tu clase.

El primer día es el más difícil de sobrevivir.

Época Astral, Año 7635 – Día 28 del Cuarto Ciclo El sol se ocultó finalmente tras el horizonte, sumergiendo a Solaria en una penumbra anaranjada que confería a la Academia Altamira un aspecto casi espectral.

Jake y Sophia se dirigieron hacia el ala antigua del campus, un sector donde el tiempo parecía haberse detenido entre paredes de piedra y vegetación descuidada.

—Es aquí —susurró Sophia, señalando una puerta de madera maciza, desgastada por los años—.

Aquí se reúne el Club de Ocultismo.

Jake asintió, analizando el edificio con una mezcla de sospecha y curiosidad.

Si hay rastros de energía aquí, debo ser cauteloso, pensó.

Se ocultaron tras unos arbustos densos y observaron a través de un ventanal cuya superficie estaba cubierta de polvo.

Adentro, la escena era inquietante: jóvenes vestidos con túnicas oscuras rodeaban un círculo trazado en el suelo, iluminados únicamente por el vacilante fulgor de las velas.

—¡Ahora, invoquemos la fuerza lunar!

—exclamó uno de ellos, realizando ademanes exagerados que buscaban canalizar una energía que apenas comprendían.

Jake observó con detenimiento.

A pesar de la puesta en escena casi teatral, percibió una vibración real en el aire, una distorsión en el flujo del entorno que los estudiantes estaban provocando sin tener las herramientas para contenerla.

—¿Qué piensas?

—preguntó Sophia con un hilo de voz—.

¿Es esto Energía Estelar?

Jake frunció el ceño, buscando las palabras para describir la anomalía.

—Lo que hacen es peligroso —explicó en voz baja—.

Están intentando manipular una fuerza que requiere una disciplina que ellos no poseen.

La Energía Estelar no es un juego de sombras; exige un control absoluto de la mente.

Estos chicos están llamando a una puerta que no saben cómo cerrar.

Sophia asintió, sintiendo el peso de sus palabras.

—¿Intervenimos?

—Todavía no —respondió Jake con firmeza—.

No parecen ser una amenaza inmediata, pero debemos vigilar de cerca.

Si esa energía se desestabiliza, tendremos que actuar.

El silencio entre los arbustos se volvió denso, interrumpido solo por el roce sutil de las hojas contra la chaqueta de Jake.

Adentro, el ritual alcanzó un nuevo nivel de intensidad.

Uno de los miembros, ataviado con una túnica cuyos bordes lucían bordados de un hilo plateado que parecía absorber la escasa luz de las velas, se adelantó hacia el centro del círculo.

Sus movimientos ya no eran torpes; poseían una elegancia geométrica y una cadencia que sugería una disciplina antigua.

Jake forzó una sonrisa, pero su mirada se desvió hacia el horizonte.

No es solo una competencia deportiva, pensó.

Hay algo en la cadencia de estos eventos que se siente como un preludio.

En ese instante, un grupo de estudiantes pasó junto a ellos.

Susurros apresurados y miradas furtivas se dirigían hacia el rincón más sombrío de la academia, donde la sede del Club de Ocultismo se alzaba como un recordatorio persistente de la noche anterior.

—Dicen que el líder de los “raros” va a participar este año —murmuró uno de los chicos, con un tono que oscilaba entre la burla y el respeto—.

Elian, el que llaman Raven.

Dicen que su estilo no se parece a nada que hayamos visto.

—¿Raven?

¿En serio?

—respondió otro con incredulidad—.

Se lo van a comer vivo en el primer combate.

Una cosa es mover velas en un sótano y otra estar frente a frente en la arena.

Jake frunció el ceño.

Elian Raven.

El nombre finalmente tenía un rostro: el joven de la túnica plateada.

La mención de su participación en el Gran Torneo Estelar hizo que la intuición de Jake emitiera una señal clara de alarma.

El club de ocultismo no buscaba trofeos ni reconocimiento social.

Si su líder entraba en la arena pública, era porque necesitaba un escenario para algo mucho más siniestro que un combate escolar.

—Sophia —dijo Jake, con un tono de voz que la hizo detener sus estiramientos—.

Olvida lo de observar desde lejos.

Tenemos que averiguar quién es realmente ese tal Elian antes de que el primer gong suene en la arena.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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