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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 11

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11: El Velo 11: El Velo —No es un entierro; es una refracción —dijo Raven.

En la penumbra de la sala de ocultismo, su voz resonaba como el roce áspero de lápidas antiguas, un sonido que se adhería al aire cargado de polvo y el olor rancio de incienso quemado.

La habitación misma parecía contener la respiración, con sus estanterías inclinadas bajo el peso de tomos mohosos y artefactos que susurraban secretos en la quietud.

Raven se inclinó sobre la mesa, la luz azul de la Llama proyectando sombras grotescas y alargadas sobre su rostro, haciendo que sus cuencas oculares parecieran pozos vacíos, devorados por la oscuridad.

El fulgor pulsaba contra su piel, un calor frío que erizaba el vello de los brazos de Jake y Sophia, como si la energía misma tanteara sus nervios.

—En términos simples: mañana el sol saldrá, los pájaros cantarán y el café de la cafetería seguirá sabiendo a cartón quemado —continuó Raven, su aliento visible en el aire que se había vuelto espeso, impregnado de ozono como antes de una tormenta—.

Pero para cual-quier entidad del exterior, para cualquier sabueso interdimensional que rastree el brillo de la energía estelar, esta escuela dejará de existir.

Seremos un punto muerto en su radar.

Un aguje-ro negro de indiferencia absoluta.

Sophia levantó una ceja, sus dedos tamborileando nerviosos sobre el cuero cuarteado de su chaqueta, un ritmo irregular que resonaba en el silencio como el pulso acelerado de un corazón aterrorizado.

El sonido parecía amplificarse en la sala, rebotando contra las paredes tapizadas de pergaminos amarillentos.

—O sea, una fachada —dijo ella, su voz cortando el aire como un filo, trayendo consigo un leve temblor en sus labios—.

A los ojos del cartero o de un satélite, esto seguirá siendo una escuela para niños privilegiados.

Pero por dentro, estaremos envueltos en una armadura que nadie puede ver.

¿Es eso?

Raven asintió con una lentitud solemne, su cuello crujiendo ligeramente en el movimiento, como ramas secas bajo el pie.

—Exactamente.

Invisibilidad selectiva.

Los estudiantes podrán ir a sus citas, los profesores podrán seguir aburriendo a sus clases.

Pero ninguna fuerza exterior podrá manipular la ener-gía que fluye aquí dentro.

Estaremos blindados, Sophia.

No atrapados, sino protegidos por un muro de silencio cósmico.

Jake soltó un suspiro que no sabía que retenía, el aire escapando de sus pulmones como un peso liberado, sus hombros —tensos como cuerdas de piano desde la batalla en el templo— descendiendo un par de centímetros, aliviando el nudo de músculos que le dolía en la base del cuello.

—Entonces…

no es una celda.

Es un escudo.

Seguimos siendo parte del mundo, pero el mundo ya no puede mordernos —dijo, sintiendo un cosquilleo residual de la energía en sus venas, como electricidad estática que no se disipaba.

Raven esbozó una sonrisa satisfecha, pero sus ojos permanecieron fríos, calculadores, reflejando la llama como espejos helados.

—Exacto, Jake.

Todo lo demás seguirá igual.

El tráfico, el clima, las estaciones…

todo fluirá a nuestro alrededor, pero sin el riesgo de que algo como lo que despertamos en el templo pue-da rastrear nuestro olor y romper la realidad para devorarnos.

Sophia se recostó en su silla, que chirrió en el silencio de la sala como un lamento metálico, el respaldo crujiendo bajo su peso.

Observó la Llama Eterna con una expresión pensativa, casi melancólica, el fulgor azul bailando en sus pupilas y calentando levemente su rostro.

—Tengo una duda, Raven —dijo, y su mirada se volvió afilada como un bisturí, cortando a través de la bruma de incienso—.

Si sellamos la entrada y la salida de energía…

¿qué pasa con nosotros?

¿No estaremos cortando nuestras propias manos?

Si la energía no entra ni sale, ¿podremos seguir usándola aquí dentro?

Raven negó con la cabeza y extendió las manos sobre el artefacto, sintiendo el calor fantasmagórico que emanaba de él, un pulso que le trepaba por los dedos como venas vivas.

—La energía estelar dentro de los muros seguirá siendo nuestra.

Podrás canalizarla, entrenar con ella, sentirla en tus venas.

Pero el sello actuará como un filtro absoluto.

No podrás abrir portales, no podrás llamar a nada que viva en el vacío, y nada del vacío podrá llamarte a ti.

Es un circuito cerrado.

Mantendremos el poder, pero perderemos el riesgo de atraer a los pa-rásitos dimensionales.

Sophia asintió lentamente, procesando la magnitud de la “jaula” que estaban construyendo, un peso que se asentaba en su estómago como plomo frío.

—Básicamente, somos invisibles para los monstruos, pero podemos seguir jugando con fue-go aquí dentro, siempre y cuando no intentemos quemar la casa desde los cimientos.

Jake soltó una pequeña risa, una válvula de escape para la tensión acumulada que le apretaba el pecho, aunque sus ojos buscaban la aprobación de ella, un ancla en la incertidumbre.

—Y tú eras la que decía que no debíamos jugar a ser dioses del espacio-tiempo —se burló, aunque el humor le salía forzado, como un músculo entumecido.

Sophia le devolvió la sonrisa, una de esas sonrisas genuinas que iluminaban su rostro incluso en la oscuridad de aquel club lleno de polvo y secretos, un calor que contrastaba con el frío que se filtraba por las grietas de las paredes.

—Bueno, Jake…

Si vamos a reescribir las leyes de la física, al menos hagámoslo con un poco de estilo, ¿no crees?

Raven se puso de pie, y el ambiente en la habitación cambió de inmediato: la temperatura pareció bajar varios grados, un frío que calaba la piel como niebla húmeda.

El aire se espesó, cargado de expectación.

—Esto es un escudo, no una solución —advirtió Raven, y su seriedad fue como un balde de agua fría, salpicando sus rostros con gotas heladas—.

Es tiempo comprado, nada más.

Mientras buscamos la forma de entender qué es realmente la Llama Eterna, este sello nos mantendrá con vida.

¿Están listos?

Jake tomó aire, llenando sus pulmones con el aire rancio y antiguo de la sala oculta, un sabor a moho y metal que se pegaba a la lengua.

Sintió el peso de la decisión en sus huesos, un dolor sordo que se extendía por su espina.

—Adelante —dijo con firmeza—.

Hagámoslo.

El ritual no fue como los libros de texto describían la magia.

No hubo cánticos melodiosos ni luces brillantes.

Fue algo físico, sucio y agotador, un proceso que les succionaba el aliento y les dejaba la piel pegajosa de sudor.

Raven comenzó a canalizar la Llama, y el sonido que llenó la habitación fue el de una fre-cuencia de radio mal sintonizada, un zumbido que hacía que los dientes dolieran y vibrara en el cráneo como un enjambre atrapado.

Jake y Sophia se colocaron a su lado, cerrando el círculo, el suelo de madera fría bajo sus pies.

Jake sintió cómo la energía estelar le recorría los brazos, no como un fluido suave, sino como miles de agujas microscópicas perforando su piel, un ardor que le subía por los nervios hasta el cerebro.

Sophia cerró los ojos, con el rostro contraído por el esfuerzo de estabilizar el flujo, gotas de sudor perlando su frente y rodando por sus sienes.

A medida que Raven dirigía el poder hacia los puntos cardinales de la academia, Jake experimentó una extraña sensación de desdobla-miento, como si por un segundo pudiera ver todo el campus desde arriba: los dormitorios envueltos en niebla nocturna, el auditorio silencioso, los bosques susurrantes…

y cómo una membrana translúcida, fina como el ala de un insecto, pero fuerte como el diamante, comen-zaba a envolverlo todo, un velo que le erizaba la nuca con su presencia intangible.

El aire en la habitación se volvió pesado, difícil de respirar, saturado de estática que crepitaba contra la piel.

El vello de sus brazos se erizó y un sabor metálico, como a sangre y cobre, inundó sus bocas, haciendo que tragaran saliva con dificultad.

Entonces, con un último tirón que pareció arrancarles el aliento, un vacío que les comprimió el pecho, la energía se estabili-zó.

El silencio regresó, pero era un silencio distinto: el silencio de una cámara acorazada bajo el océano, profundo y opresivo.

Jake caminó hacia la ventana, sus pasos resonando amortiguados en el suelo, y miró hacia fuera.

El cielo nocturno sobre Altamira no había cambiado; las estrellas seguían allí, distantes y frías, parpadeando en la oscuridad.

Sin embargo, Jake sentía el roce de la barrera en su mente, una vibración sutil, un recordatorio de que ahora eran una isla, un pulso que le hor-migueaba en las yemas de los dedos.

Se giró hacia sus amigos, secándose el sudor de la frente con la manga, dejando un rastro húmedo en la tela.

—Bueno —dijo con una sonrisa cansada y temblorosa, el agotamiento pesando en sus párpa-dos—, supongo que ahora somos oficialmente una “institución mística protegida”.

Estoy es-perando que mi teléfono me mande una notificación de que hemos perdido la señal con la realidad.

Sophia se rio, una risa clara que rompió el último vestigio de la atmósfera opresiva del ritual, un sonido que aliviaba el nudo en el estómago de Jake.

—No te preocupes, Jake.

Si alguien pregunta por qué no podemos recibir visitas del más allá, diremos que la academia tiene una política muy estricta contra los invitados sin invitación.

Raven no se rio.

Permaneció junto a la Llama Eterna, observando cómo el azul se reflejaba en sus ojos negros, un fulgor que no calentaba su expresión.

Sabía lo que Jake y Sophia aún no querían admitir: que cuando te escondes del mundo, a veces terminas olvidando cómo volver a él.

Pero por ahora, estaban a salvo.

Y en ese mundo quebrado, eso era lo más parecido a una victoria que iban a conseguir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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