Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 13
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13: Elección Inminente 13: Elección Inminente La luna de Solaria pendía en el cielo con un fulgor frío e implacable esa noche, más intenso de lo habitual, derramando sombras alargadas y afiladas sobre los pasillos desiertos de la Academia Altamira.
El aire estaba cargado de una energía extraña, un zumbido sutil que se adhería a la piel como una niebla pegajosa, haciendo que los estudiantes más sensibles al flujo estelar se removieran inquietos en sus camas, el corazón acelerado por un malestar indefinible.
Para Raven, esa incomodidad se había convertido en una constante, un peso opresivo en el pecho desde la irrupción de Zephyr, como si el aire mismo conspirara contra su paz.
Cuatro días habían transcurrido desde aquel primer encuentro en el club de ocultismo, y las palabras de Zephyr aún reverberaban en su mente como un eco distante y maligno.
Lo que Raven no había anticipado era el horror que se desplegaría esa noche, en la intimidad de su dormitorio.
Estaba solo en su habitación, el espacio angosto y cargado de un olor a libros viejos y velas extinguidas, cuando oyó el crujido de la ventana: un sonido suave, casi un susurro de madera contra madera, pero suficiente para erizarle el vello de la nuca y acelerarle el pulso.
Sus instintos se afilaron como cuchillas; se levantó de la cama con un movimiento fluido, sintiendo una presencia oscura invadiendo el aire, un frío que se filtraba por las grietas de la puerta y le helaba los huesos.
Al girarse, lo vio.
Zephyr se erguía allí, imponente como una sombra escapada de las profundidades cósmicas, su silueta llenando el umbral con una oscuridad que parecía absorber la escasa luz de la luna.
Su máscara negra, surcada por grietas que relucían con un aura púrpura y pulsante, destellaba en la penumbra, y sus ojos —pozos negros y penetrantes— se clavaban en Raven con una intensidad que le secaba la boca.
Pero no estaba solo.
Ante Zephyr, atado y arrodillado en el suelo polvoriento, se hallaba un joven: Lucian, uno de los matones más notorios del primer ciclo, el tipo corpulento y desafiante que siempre había acosado a los estudiantes más jóvenes, incluyendo a Raven en sus días de novato, si Marcus en su momento parecía un sujeto problemático, este último lo era veinte veces más.
Lucian era alto y musculoso, con una arrogancia que ahora se había evaporado, dejando solo un rostro pálido y sudoroso, el cuerpo temblando incontrolablemente mientras forcejeaba contra las ataduras que le mordían las muñecas, cortando la circulación hasta hacer que sus manos hormiguearan.
Una mordaza tosca le cubría la boca, sofocando cualquier grito, y sus ojos desorbitados reflejaban un pánico puro que hacía que Raven sintiera un nudo en el estómago, una mezcla de rabia ardiente y compasión inesperada.
¿Por qué él?
El pensamiento le punzaba el pecho como una aguja helada; Lucian nunca había sido un santo, pero verlo reducido a aquello, vulnerable y aterrorizado, despertaba en Raven un asco profundo por la crueldad desplegada.
—Raven…
—pronunció Zephyr, su voz suave como seda rasgada, pero cargada de amenaza, un sonido que se enredaba en el aire y le erizaba la piel—.
Sabía que tarde o temprano tendrías que tomar una decisión.
Raven se quedó inmóvil, el corazón martilleándole en los oídos, la mente girando en un torbellino frenético.
No podía apartar los ojos de Lucian, cuya mirada suplicante le perforaba el alma, un pánico que le hacía sudar frío.
No puede estar haciendo esto.
No puede usar a alguien así…
—¿Qué diablos crees que estás haciendo, Zephyr?
—espetó Raven, la voz tensa y quebrada, aunque intentaba mantener la compostura; el terror le subía por la garganta como bilis, un nudo que le impedía tragar.
Zephyr dio un paso adelante, y la tensión en el aire se espesó, un peso palpable que oprimía el pecho de Raven, haciendo que cada respiración doliera.
Su sonrisa era apenas un atisbo tras la máscara, pero el brillo malicioso en sus ojos revelaba un placer sádico, un deleite que le revolvía las entrañas a Raven.
—Estoy aquí para hacer lo que ya sabes que debo hacer —respondió con calma glacial, el aire vibrando a su alrededor como si su mera presencia distorsionara la realidad—.
Tienes algo que quiero, Raven.
Algo que me pertenece.
Pero sé que no serías tan ingenuo como para entregarlo fácilmente.
El corazón de Raven latía con fuerza desbocada, un tambor en su pecho que le hacía sentir las venas palpitar en las sienes.
¿Qué quiere de mí?
La pregunta se repetía en su mente, pero con Lucian allí, temblando en el suelo como una hoja marchita, todo parecía al borde del colapso, un abismo que le succionaba el aliento.
—No te equivoques —continuó Zephyr, inclinándose levemente hacia Lucian, su sombra cubriendo al joven como un manto funerario—.
No tengo ningún interés en este…
insignificante mortal.
Es simplemente un medio para un fin.
Lucian intentó gritar, pero la mordaza ahogó el sonido en un gemido patético, un forcejeo que hacía que sus músculos se contrajeran en vano.
Raven sintió que su estómago se hundía, el desprecio en la voz de Zephyr perforándole como un cuchillo, pero algo más le inquietaba en lo profundo: la frialdad absoluta, la indiferencia que le helaba la sangre.
Él lo va a matar si no hago algo.
—Sabes bien lo que estoy buscando, ¿verdad?
—La voz de Zephyr se hizo más grave, un ronroneo que reverberaba en las paredes—.
La energía estelar en este lugar es una fuente que no puedo ignorar.
Y tú, Raven…
Tú estás justo en el centro de todo.
No te imaginas cuán útiles pueden ser tus habilidades para mí.
Solo tienes que ceder.
Raven dio un paso hacia Zephyr, su cuerpo vibrando de ira contenida, un calor que le subía por el cuello, pero en el fondo era consciente de su impotencia, un vacío que le debilitaba las rodillas.
No aquí.
No con Zephyr.
—¿Qué pretendes hacer con toda esa energía?
—preguntó al fin, aunque el temor a la respuesta le secaba la garganta.
—¿No es obvio?
—Zephyr se inclinó aún más cerca de Lucian, pasando sus dedos sobre su cabeza como quien acaricia una presa condenada, un toque que hizo que el joven se estremeciera visiblemente—.
Liberar el caos en el torneo.
Imagina el pánico, el miedo, la confusión.
Toda esa energía fluyendo hacia mí, como un río desbordado.
Y luego…
consumirla.
De todos.
Incluyéndote a ti.
El silencio se rompió solo por los jadeos entrecortados de Lucian, quien ahora luchaba desesperadamente, el sudor rodándole por la frente y goteando en el suelo.
Raven sintió la presión de las circunstancias apretándose alrededor de su cuello, como una soga invisible que se cerraba inexorablemente.
¿Qué hago?
¿Lo dejo morir?
¿Qué puedo hacer realmente?
—Voy a darte una elección, Raven.
—Zephyr levantó la mano, y una pequeña esfera de energía púrpura y oscura comenzó a formarse, girando lentamente sobre la cabeza de Lucian, un zumbido que crecía como un enjambre enfurecido—.
Si me das lo que quiero, el torneo será solo una distracción menor, y Lucian vivirá para seguir siendo el mismo matón de siempre.
Pero si decides oponerte…
La esfera creció un poco más, emitiendo un sonido sibilante que hizo que Raven contuviera la respiración, el aire cargado de un olor a ozono quemado.
No podía permitir que Lucian muriera.
No así.
Pero si cedo…
¿qué me convierte eso a mí?
El dilema se apretaba en su mente como un veneno lento, un dolor que le nublaba la vista.
No había una respuesta clara, solo el peso de una decisión imposible.
—Elige, Raven.
Y elige bien.
Porque el tiempo…
se está acabando.
El frío en la habitación se intensificó, un hielo que le calaba los huesos, y el zumbido de la esfera creció hasta reverberar en su cráneo.
Lucian cerró los ojos, resignado a lo inevitable, un temblor que le sacudía el cuerpo entero.
Raven, por su parte, se quedó congelado en su lugar, atrapado entre la vida de Lucian y la destrucción inminente.
Y en ese momento, todo quedó en suspenso.
Época Astral, Año 7635 – Día 5 del Quinto Ciclo (Noche) El aire se cargó de tensión en el instante en que Raven decidió actuar, un silencio opresivo roto solo por el zumbido profundo de la esfera de energía de Zephyr, flotando amenazante sobre la cabeza de Lucian, un sonido que vibraba en los huesos y aceleraba el pulso hasta el vértigo.
Los ojos de Zephyr brillaban con una expectativa oscura detrás de la máscara, disfrutando del tormento que infligía, un placer que le curvaba los labios en una sonrisa invisible.
Pero Raven no podía permitir que las cosas escalaran más; con una exhalación profunda, extendió los brazos hacia adelante, concentrando toda la energía estelar que podía convocar.
Sentía su poder resonando dentro de él, un calor que se acumulaba en el pecho como un sol naciente, sincronizado con el crepúsculo eterno de Solaria, un pulso que le hacía arder las venas.
La energía se acumulaba, el aire crepitando a su alrededor con una intensidad creciente, un olor a tormenta inminente.
Y entonces, la liberó.
Una ráfaga de luz anaranjada, como el fulgor de un sol al atardecer, brotó de sus manos, envolviéndolo en una explosión de poder cálido y ardiente que iluminaba la habitación con destellos que herían los ojos.
Era la técnica que había aprendido en secreto, una manifestación pura de su energía estelar, algo que nunca había desplegado en una situación de vida o muerte, y ahora le temblaban los músculos por el esfuerzo, el sudor perlando su frente.
El rayo de energía salió disparado hacia la esfera oscura que Zephyr había conjurado.
El impacto fue inmediato: las dos fuerzas colisionaron en el aire, chisporroteando con una fuerza que sacudió la habitación, haciendo que los muebles vibraran y el polvo cayera del techo.
El brillo anaranjado del ataque de Raven envolvió la oscuridad púrpura de Zephyr, luchando por dominarla en un torbellino de luz y sombra que crepitaba como electricidad viva.
Por un instante, pareció que ambas energías se neutralizarían mutuamente, un equilibrio precario que hacía que el aire oliera a quemado, pero Raven inyectó todo lo que tenía en esa última ráfaga, los brazos temblándole por el agotamiento, un dolor que le subía por los hombros.
La energía solar prevaleció, disipando la esfera oscura en un estallido de luz cegadora que dejó ecos en la retina.
Zephyr apenas se movió, pero sus ojos se estrecharon detrás de la máscara, denotando una ligera sorpresa, un parpadeo que revelaba un cálculo recalculado.
—Interesante…
—murmuró con una mezcla de diversión y desprecio, la voz ronca como grava—.
Parece que subestimé tu poder.
Antes de que Raven pudiera reaccionar, el agotamiento le nublando la vista, Zephyr dio un paso adelante y, con un movimiento rápido y preciso, propinó una patada brutal al cuerpo de Lucian, lanzándolo sin piedad hacia Raven.
El impacto fue feroz: el cuerpo inerte de Lucian, desprovisto de defensa, chocó con Raven con fuerza, un golpe sordo que le cortó el aliento y los derribó a ambos al suelo en un enredo de miembros y dolor.
Raven se golpeó el costado al caer, el aire abandonando sus pulmones en un jadeo ahogado, un dolor agudo que le irradiaba por las costillas.
Pero no era él quien había recibido la peor parte: Lucian yacía a su lado, inconsciente, el rostro cubierto de sudor frío que goteaba al piso, un leve gemido escapando de su boca, apenas audible, confirmando que aún respiraba…
por ahora.
Con un dolor punzante recorriendo su cuerpo, como fuego en las articulaciones, Raven intentó levantarse, pero su vista se nubló por un momento, un vértigo que le hacía girar la habitación.
Esto no puede estar pasando…
no ahora…
Pero no había tiempo para procesar el caos; Zephyr no había terminado.
El misterioso hombre se irguió en el centro de la habitación, su presencia imponente como una sombra interminable que absorbía la luz lunar filtrada por la ventana.
Lentamente, extendió la mano, y otra esfera de energía comenzó a formarse, esta vez más pequeña, más concentrada, su brillo púrpura aún más oscuro y siniestro, un zumbido que le erizaba la piel a Raven.
En cuestión de segundos, la esfera mutó, moldeándose en una delgada y afilada hoja de energía estelar, un filo que cortaba el aire con un silbido bajo.
—Sabes que esto no es personal, ¿verdad?
—dijo Zephyr con una calma inquietante, el aire cargado de un frío que le helaba el sudor en la espalda a Raven—.
Solo es…
necesario.
Con un simple gesto de su mano, la navaja de energía se lanzó a través del aire en dirección a Lucian.
No hubo vacilación en el ataque, ni misericordia; volaba con una velocidad mortal, destinada a encontrar su objetivo sin error, el aire crepitando a su paso.
Raven, aún en el suelo, sintió un pánico visceral que le recorrió el cuerpo, un frío que le paralizaba las extremidades.
¡No!
El sonido que vino después fue inconfundible: un chasquido seco, seguido de un silencio que parecía devorar todo lo demás, un vacío que le succionaba el alma.
El filo de la navaja había penetrado en carne…
pero en ese instante, la oscuridad se cernió sobre Raven, un velo que le nublaba la visión.
La imagen de la navaja quedaba grabada en su mente, pero no había forma de saber qué había ocurrido.
El silencio sepulcral que llenó el espacio dejaba una sola pregunta flotando en el aire, un peso que le oprimía el pecho: ¿quién había sido alcanzado?
Época Astral, Año 7635 – Día 6 del Quinto Ciclo (Mañana) El sol de la mañana proyectaba sus primeros rayos sobre la Academia Altamira, inundando los pasillos con una luz dorada y cálida que contrastaba con la frescura del aire matutino, un aroma a rocío y hierba fresca filtrándose por las ventanas abiertas.
Era como si el día anterior no hubiera sido más que una sombra pasajera, disipada por el amanecer, y el mundo ahora continuara su curso con una normalidad aparente, aunque un leve zumbido residual en el aire recordaba a los más atentos que algo subyacía.
Jake caminaba por los corredores, estirándose mientras trataba de despejar el sueño de su mente, los músculos agarrotados por la noche en vela, un bostezo que le hacía crujir la mandíbula.
Había pasado casi toda la noche supervisando los últimos detalles para el torneo, asegurándose de que todo estuviera listo, el agotamiento pesando en sus párpados como plomo.
A su lado, Sophia bostezaba también, el cansancio marcando ojeras bajo sus ojos, pero con una sonrisa que iluminaba su rostro, un calor que contrastaba con el fresco de la mañana.
—No puedo creer que ya estemos en el día del torneo —dijo Jake, masajeándose la nuca mientras pasaban frente a un grupo de estudiantes que corrían de un lado a otro, sus pisadas resonando en el suelo de piedra pulida—.
Todo el mundo está como loco con los preparativos.
—Lo sé —respondió Sophia, riendo suavemente, un sonido que aliviaba el nudo de tensión en su estómago—.
Pero eso es lo que lo hace emocionante, ¿no?
Este es el primer gran evento del año.
Además, si todo sale bien, los profesores estarán impresionados.
Jake asintió, aunque el torneo era una tradición en la academia, algo le había parecido extraño en esta ocasión: una sensación vaga pero incómoda, un hormigueo en la nuca que no había podido sacudirse desde hace varios días, como si el aire mismo susurrara advertencias.
Quizás solo son los nervios, pensó, el estómago revuelto por la anticipación.
Después de todo, la competencia era feroz, y los estudiantes más talentosos de todo Solaria participarían, un bullicio que llenaba los pasillos con voces excitadas y risas nerviosas.
—¿Te sientes preparado para hoy?
—preguntó Sophia, lanzándole una mirada curiosa, su mano rozando levemente su brazo en un gesto reconfortante.
—Supongo que sí —Jake se encogió de hombros, sintiendo el peso de su mochila contra la espalda—.
Pero con todos estos genios alrededor, no sé si tenga muchas posibilidades.
—No seas modesto.
—Sophia le dio un suave golpe en el brazo, un toque que le envió un cosquilleo cálido por la piel—.
Tienes tanto talento como cualquiera de ellos, si no más.
Ambos siguieron caminando por los pasillos abarrotados, los preparativos en su apogeo: estandartes colgando de las paredes con colores vibrantes que ondeaban levemente con la brisa, los profesores reunidos en el auditorio con murmullos serios, y los estudiantes más jóvenes corriendo de un lado a otro llevando equipo y decoraciones, el sudor perlando sus frentes bajo el sol naciente.
Todo parecía estar en su lugar para un día de celebraciones y competencias amistosas, un aroma a pan fresco y café flotando desde la cafetería.
Pero en algún rincón de su mente, Jake no podía sacudirse la sensación de que algo estaba fuera de lugar, un escalofrío que le subía por la espina pese al calor del sol.
Quizás solo sea el estrés, se dijo a sí mismo, intentando concentrarse en lo que tenía delante, el pulso acelerado por la emoción.
El torneo prometía ser el evento del año, y no quería dejar que una sensación extraña arruinara el día.
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