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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 14

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Capítulo 14: Inexorable

En medio de los preparativos para el torneo, Jake deambulaba por los pasillos del instituto con una languidez distraída, el eco de sus pasos amortiguado por el bullicio distante de estudiantes afanados. Las paredes estaban cubiertas de decoraciones vibrantes —banderines de tela iridiscente que captaban la luz artificial y carteles holográficos que proyectaban mensajes parpadeantes—, un tapiz caótico que le hacía sentir como si el edificio entero respirara expectación. Otro día más…, pensó con un aburrimiento que le pesaba en los hombros, aunque una chispa de emoción le hormigueaba en el estómago, un pulso sutil que aceleraba su corazón ante la proximidad del torneo.

Doblando la esquina de uno de los pasillos, un impacto repentino le golpeó el costado como un ariete invisible, derribándolo al suelo con un golpe sordo que le cortó el aliento. Antes de que su mente procesara el caos, papeles revoloteaban por el aire como hojas secas en una tormenta, y un microchip plateado destellaba al caer, rebotando contra el linóleo frío con un tintineo metálico. El dolor le subió por las costillas, un ardor punzante que le hizo jadear, y cuando alzó la vista, se encontró con una chica rubia de ojos azules afilados como cuchillas, vestida con una bata de laboratorio sobre su uniforme arrugado, arrodillada y recogiendo sus pertenencias con manos temblorosas de urgencia.

—¡Mira por dónde vas! —exclamaron, su voz un latigazo de irritación que reverberó en el pasillo vacío, el aire cargado de un olor a ozono quemado y antiséptico que emanaba de sus cosas.

Jake, aún aturdido, el mundo girando levemente en su visión periférica, se incorporó sacudiendo el polvo de su ropa, un polvo invisible que le picaba en la piel. El golpe le había dejado un zumbido en los oídos, un eco interno que le nublaba los pensamientos.

—¿Yo? Tú fuiste la que chocó conmigo —replicó, frunciendo el ceño, un calor de frustración subiéndole por el cuello.

La chica lo miró con una mezcla de frustración y desdén, sus ojos azules perforándolo como rayos láser. Él la había visto antes, en los márgenes de la academia: Aria Stephen, la prodigio del club de ciencias, siempre envuelta en un aura de aislamiento intelectual. No participaba en el torneo, pero su reputación por inteligencia feroz y dedicación obsesiva flotaba en el aire como un rumor persistente.

—Si fueras un poco más atento, evitarías estas situaciones —replicó ella mientras recogía el último de sus papeles, sus dedos ágiles pero temblorosos, el sudor perlando su frente bajo la luz fluorescente que zumbaba por encima—. Tengo cosas más importantes que perder el tiempo en esto.

—Claro, porque chocar con alguien en medio del pasillo es mi culpa… —Jake cruzó los brazos, la irritación le tensaba los músculos del pecho, un nudo que le hacía difícil respirar profundo.

Mientras Aria murmuraba algo ininteligible, un susurro entre dientes que sonaba como un conjuro frustrado, Jake se fijó en ella de nuevo: era atractiva, innegablemente, con esa rubia cascada de cabello que captaba la luz y ojos que prometían tormentas. Pero su actitud, afilada como un bisturí, le quitaba el encanto en ese instante, aunque una parte de él sentía un tirón inexplicable, un calor sutil en el estómago que mezclaba atracción con la absurdidad del momento. El pasillo parecía más estrecho de repente, el aire espeso con la tensión no resuelta.

—Deberías tener más cuidado, especialmente con esos… chips o lo que sea —dijo Jake, señalando uno de los microchips que aún yacía en el suelo, su brillo metálico captando la luz como un ojo parpadeante.

—¿Microchips? —respondió ella con sarcasmo, recogiendo el objeto con delicadeza, sus uñas rozando el suelo frío—. Son parte de un proyecto de investigación importante para el club de ciencias, computación y medicina. Algo que, probablemente, no entenderías.

—¿Y qué haces corriendo por los pasillos con eso? —Jake no pudo evitar el comentario, el ridículo de la situación le picaba en la lengua como un sabor amargo.

Aria lo miró un segundo con los ojos entrecerrados, como si estuviera evaluando si valía la pena el esfuerzo de responder, un tic en su mandíbula revelando su impaciencia.

—Porque algunos de nosotros priorizamos cosas más importantes que los torneos, como… no sé, ¿descubrir cosas que puedan cambiar el mundo?

Jake no pudo evitar sonreír levemente ante la arrogancia de la respuesta, un calor de diversión mitigando la irritación, aunque le dolía el costado aún.

—Vale, Einstein. No te detengo más.

Ambos se quedaron en silencio por un momento, el aire cargado de una tensión que no era del todo incómoda, un pulso eléctrico que le erizaba la piel a Jake. En parte, le divertía la manera en que Aria lo trataba, un desafío que le aceleraba el pulso, pero también sabía que no se llevarían bien tan fácilmente, un pensamiento que le dejaba un regusto agridulce.

—Bueno… ¿tienes algo más que decir o te puedo dejar seguir “descubriendo el mundo”? —bromeó Jake, arqueando una ceja, el humor un escudo contra la curiosidad creciente.

—Por supuesto que no —respondió ella, finalmente guardando sus cosas en su mochila con un chasquido seco—. Y, por si te interesa, espero que pierdas en el torneo.

Jake soltó una risa, un sonido que aliviaba el nudo en su pecho.

—Ah, claro, gracias por el ánimo. Me aseguraré de no decepcionarte.

Aria se dio la vuelta y, con un último vistazo altivo que le quemó en la nuca, continuó su camino, sus pasos resonando en el pasillo como un eco distante. Mientras Jake la veía alejarse, no pudo evitar pensar que había algo más en ella, más allá de la actitud: una profundidad que le intrigaba, un tirón que le aceleraba el corazón. Aunque la interacción fue corta, había despertado una curiosidad en él que no esperaba sentir, un calor persistente en el pecho. Además, la atracción inicial que sintió hacia ella no había desaparecido del todo, un susurro en su mente que le hacía cuestionar el encuentro fortuito.

El pasado de Aria: Una Sombra del Ayer

Cuando Aria llegó a casa ese día, se desplomó en su cama con un suspiro exhausto, el colchón hundiéndose bajo su peso como un abrazo indulgente. El día había sido un torbellino de agotamiento, el encontronazo con Jake añadiendo una capa de tensión que le apretaba los hombros como un yugo invisible. El aire de su habitación estaba cargado de un olor a libros viejos y hierbas secas de su laboratorio improvisado, un refugio que ahora le parecía opresivo. Sus pensamientos empezaron a divagar, arrastrándola a un recuerdo que prefería sepultar, un peso que le oprimía el pecho como una mano fría.

Era una tarde tranquila en Solaria, el sol reflejándose en los edificios altos y tiñendo la ciudad de tonos cálidos que calentaban la piel. Aria, con apenas doce años, caminaba de regreso a casa junto a su madre y su hermana menor, Alicia, el aire perfumado con el aroma dulce de las flores urbanas y el zumbido distante de vehículos flotantes. Aquel día, todo cambió en un instante, un giro que le heló la sangre.

Una figura oscura apareció de la nada, moviéndose como una sombra fluida, rápido y letal, un borrón que le erizó la nuca. Aria apenas pudo reaccionar antes de sentir un frío intenso recorrer su espalda, un dolor agudo que le cortó el aliento como un cuchillo helado. El ataque fue sin aviso, un impacto que la dejó inconsciente casi al instante, el mundo desvaneciéndose en un vórtice de oscuridad y pánico.

Cuando abrió los ojos, estaba en un lugar desconocido, el aire cargado de un olor a ozono y hierbas medicinales, rodeada de seres con aspecto de guerreros, algunos con armaduras brillantes que reflejaban la luz de las estrellas como espejos vivos. Intentó moverse, pero una herida en su costado la hizo estremecerse de dolor, un ardor que le subía por las costillas y le nublaba la vista con lágrimas. Un grupo de médicos la rodeaba, pronunciando palabras en un idioma gutural que no lograba entender, sus manos frías tocando su piel con precisión clínica.

—Tranquila —dijo uno de ellos con una voz calmada, un timbre que le vibró en el pecho como un bálsamo—. Estamos aquí para sanarte. Somos de Aetheria.

La palabra resonó en su mente como un trueno distante: Aetheria. No sabía qué significaba, pero desde entonces, ese recuerdo la perseguía como un espectro, un escalofrío que le subía por la espina en las noches solitarias. Fue salvada por esos misteriosos guerreros, pero el ataque… nunca lo había podido olvidar, un vacío que le dejaba un regusto amargo en la boca.

De vuelta en su habitación, Aria apretó los puños, las uñas clavándose en las palmas hasta doler, un ancla contra el torbellino de emociones. Sabía que algo grande estaba ocurriendo, y tenía la sensación de que todo estaba conectado: el torneo, el caos, las extrañas energías que le picaban en la piel como electricidad estática. Nada de esto era casualidad, un pensamiento que le aceleraba el pulso y le secaba la garganta.

El sol estaba comenzando a ponerse en el horizonte, cubriendo el inmenso patio trasero de la casa de Aria con un brillo dorado que calentaba la piel y proyectaba sombras alargadas sobre el césped verde. Era uno de esos atardeceres perfectos de Solaria, donde el cielo parecía un lienzo de colores cálidos, fusionando el naranja con el morado en un tapiz que le hacía sentir pequeña bajo su vastedad. Aria se encontraba sentada en medio del césped, con las piernas cruzadas, en un profundo estado de meditación, el viento suave acariciando su rostro y revolviendo su cabello como dedos invisibles, su respiración lenta y controlada, un ritmo que le calmaba el pulso acelerado.

Cerró los ojos y dejó que la calma la envolviera, pero sabía que, bajo esa aparente serenidad, algo más profundo fluía en su interior: la sangre Aetheriana, un torrente que le vibraba en las venas como un río subterráneo.

Todo había comenzado cuando aquellos guerreros la salvaron aquel día, dándole una segunda oportunidad de vida. No solo la habían sanado de las heridas, un dolor que aún le dolía en los recuerdos, sino que le habían hecho una transfusión de sangre Aetheriana, una herencia de aquellos guerreros que habían prometido proteger las estrellas. Esa sangre no solo la había curado, sino que también le había otorgado una conexión poderosa y directa con la energía estelar, un pulso que le ardía en el pecho como un sol interno.

Aria abrió los ojos lentamente, levantándose de su posición de meditación con una gracia inusual, los músculos tensos pero fluidos. A un lado de ella, el diario que le habían dejado los guerreros estaba abierto sobre el césped, sus páginas amarillentas cubiertas de símbolos y palabras que había tardado años en descifrar, un olor a pergamino antiguo subiendo con la brisa. Pero ahora, cada línea tenía sentido para ella, un mapa de poder que le erizaba la piel.

Tomó una posición de combate, flexionando las piernas y alineando los brazos, como había aprendido en los años desde que empezó su entrenamiento, el suelo blando cediendo ligeramente bajo sus pies. La energía estelar fluía por su cuerpo con naturalidad, un calor que le subía por las extremidades como electricidad viva. Era algo que había aprendido a controlar y a usar con precisión, un dominio que le hacía sentir invencible. Con una respiración profunda, levantó una mano hacia el cielo y concentró su energía, el aire crepitando a su alrededor.

De inmediato, una ráfaga de luz naranja comenzó a formarse en la palma de su mano, vibrando suavemente con una fuerza cálida que le picaba en la piel, como sostener un pequeño sol que le quemaba las yemas. La energía estelar de Aetheria era diferente, más intensa, más pura, un torrente que le aceleraba el corazón. Su sangre la había transformado, permitiéndole acceder a niveles de poder que incluso la mayoría de los estudiantes de Solaria jamás alcanzarían, un pensamiento que le llenaba el pecho de un orgullo ardiente.

Con un movimiento rápido, lanzó la esfera de energía hacia un árbol al final del patio, el aire silbando a su paso, pero antes de que golpeara el tronco, Aria hizo un giro elegante y el proyectil cambió de dirección, volviendo hacia ella con un zumbido. Con una destreza impresionante, lo atrapó entre sus manos, disipando la energía al instante con un chasquido que le erizó el vello, una sonrisa de satisfacción dibujándose en su rostro, el sudor perlando su frente bajo el sol poniente.

Jake jamás podría hacer eso, pensó, sintiendo un leve orgullo que le calentaba el pecho. Luego, frunció el ceño, exasperada, un nudo de irritación en su estómago. ¿Por qué pienso en él? Aquel chico la volvía loca, y no en el buen sentido: era tan… básico, suspiró, recordando el tonto encuentro en los pasillos, el impacto que aún le dolía en el hombro. ¿Cómo alguien tan distraído y despistado podría sobrevivir en un torneo serio? Aunque la verdad era otra: Jake tenía talento, solamente que le costaba admitirlo, un pensamiento que le picaba como una espina. Pero lo que más le molestaba era que, a pesar de sus habilidades, no podía dejar de pensar en él de vez en cuando. Como ahora, mientras entrenaba, un calor traicionero subiéndole por las mejillas. Aria agitó la cabeza rápidamente, tratando de quitarse esa idea de la mente, el viento enfriando su piel acalorada.

—¡Concéntrate, Aria! —se reprendió a sí misma en voz alta, el sonido cortando el silencio del patio como un latigazo.

Dio un salto, impulsándose con una agilidad impresionante hacia una roca cercana, el aire silbando en sus oídos. Aterrizó suavemente sobre ella, y una corriente de energía estelar fluyó por sus piernas, dándole el impulso suficiente para volver a saltar al aire, esta vez más alto, el corazón martilleándole en el pecho con excitación.

En pleno vuelo, giró sobre sí misma, formando un arco con sus brazos y concentrando la energía en torno a su cuerpo, el aire a su alrededor chisporroteando como electricidad estática que le erizaba el vello. La energía fluye a través de mí…, pensó mientras sentía cada célula de su cuerpo vibrar con una fuerza inigualable, un éxtasis que le hacía doler los músculos. Es parte de mí, como si siempre hubiera estado ahí, esperando ser despertada.

Cuando aterrizó de nuevo en el suelo, la energía estelar se disipó lentamente, dejando una leve estela luminosa a su alrededor que se desvanecía en el crepúsculo, un calor residual que le picaba en la piel. Se quedó de pie, respirando profundamente, sintiendo la satisfacción de haber completado un entrenamiento más, el pecho subiendo y bajando con esfuerzo.

La sangre de Aetheria me ha dado este poder, pero también una responsabilidad…, pensó, mirando hacia el cielo estrellado que comenzaba a aparecer, las estrellas brillando como ojos distantes que le aceleraban el pulso. Soy más fuerte que la mayoría aquí en Solaria. No puedo permitirme fallar.

Miró de nuevo el diario a su lado, recordando las palabras de los guerreros que la habían salvado, un escalofrío de determinación subiéndole por la espina. Sabía que su destino estaba atado a algo mucho más grande que ella misma, algo que aún no lograba comprender del todo, un vacío que le dejaba un regusto amargo. Pero lo que sí sabía era que tenía que seguir adelante, mejorar, fortalecerse, un fuego que le ardía en el pecho.

Y aunque Jake la sacaba de quicio, no podía evitar preguntarse si él también estaba destinado a algo más grande. Tonto, se dijo a sí misma de nuevo, aunque esta vez con una leve sonrisa que le calentaba los labios.

El sueño envolvía a Aria en una neblina espesa y opaca, como si la realidad misma se hubiera convertido en una capa de sombra pegajosa que le adhería a la piel, un peso que le oprimía el pecho y le dificultaba respirar. En su mente, el mundo se desvanecía en un horizonte de inquietud y desasosiego, el aire cargado de un olor a moho y cera quemada que le picaba en la nariz. A medida que avanzaba, el cielo se tornaba gris oscuro, y el aire se cargaba con un peso invisible y opresivo que le hacía doler los músculos, un frío que le calaba los huesos.

Aria se encontró de pie en el centro del club de ocultismo, un lugar que había comenzado a conocer a través de sus investigaciones sobre las fluctuaciones de energía estelar, el suelo de madera crujiendo bajo sus pies como huesos viejos. El ambiente era más siniestro de lo que recordaba, bañado en una penumbra constante que parecía absorber la poca luz que quedaba, las paredes adornadas con símbolos arcanos y pergaminos antiguos que se movían ligeramente con una brisa inexistente, todos iluminados por una luz tenue y parpadeante que emanaba de unas velas antiguas dispuestas en círculos, su cera goteando como lágrimas calientes.

Un escalofrío recorrió su espalda cuando notó un cuerpo tendido en el suelo del club, justo en el centro del círculo de velas, el aire vibrando con un zumbido bajo que le erizaba el vello. El cadáver era un joven de piel pálida y fría, con una expresión de horror congelada en su rostro, los labios entreabiertos en un grito mudo, su cuerpo rígido y helado al tacto imaginario, los ojos vacíos y sin vida mirando hacia el vacío con una intensidad aterradora que le succionaba el aliento. Cada detalle se grababa en su mente: las venas azuladas bajo la piel translúcida, el pecho inmóvil, el silencio absoluto roto solo por el goteo de la cera, un ritmo lento que le martilleaba en los oídos como un reloj contando el final.

Aria se acercó con pasos lentos, sus sentidos alertas a cada sonido sutil en el aire —un crujido distante, un susurro como hojas secas—, la sensación de que algo estaba fuera de lugar, de que la realidad se estaba distorsionando, invadiéndola como un veneno lento que le aceleraba el pulso. El corazón le latía con fuerza desbocada, un tambor en su pecho que reverberaba en sus sienes, el sudor frío deslizándose por su espalda como dedos helados. De repente, Zephyr Blackthorn apareció de la nada, como si hubiera surgido de las mismas sombras que se arracimaban en las esquinas, su presencia imponente y siniestra, el aura púrpura de su máscara iluminando su rostro de manera inquietante, un fulgor que le quemaba en la retina. Aunque Aria nunca había tenido un encuentro directo con él, había notado fluctuaciones inusuales en la energía estelar que parecían asociarse con su presencia, un hormigueo en la nuca que ahora, en el sueño, era mucho más intensa y perturbadora, un peso que le oprimía el pecho hasta casi asfixiarla.

Zephyr se acercó al cadáver con un paso deliberado, cada pisada resonando como un eco amortiguado en el suelo, y su aura púrpura parecía danzar alrededor del cuerpo, como si estuviera absorbiendo algo de él, un succionar invisible que le revolvía el estómago a Aria con náuseas crecientes. Sintió un impulso de terror paralizante al ver que el cadáver comenzaba a retorcerse y a cambiar de forma bajo la influencia de la energía oscura que emanaba de Zephyr, los músculos contrayéndose en espasmos grotescos, las sombras cobrando vida y envolviendo el cuerpo en una danza macabra que le hacía doler los ojos. El aire se espesaba, cargado de un hedor a corrupción, un olor metálico y podrido que le llenaba los pulmones, haciendo que cada inhalación fuera un esfuerzo agonizante.

—Este no es el final —susurró Zephyr con una voz que parecía resonar desde lo más profundo del abismo, un eco de desesperanza que le vibraba en los huesos, un aviso de que algo aún más oscuro estaba por venir, un frío que le helaba la sangre hasta el punto de sentir los dedos entumecidos.

Aria quiso gritar, pero su voz quedó atrapada en su garganta, un nudo que le impedía respirar, el pánico subiéndole por el esófago como bilis amarga. El aire a su alrededor se volvió denso, casi tangible, y cada respiración se convirtió en un esfuerzo monumental, el pecho apretado como en un torno invisible que le aplastaba las costillas. Los símbolos en las paredes parecían distorsionarse, girando y cambiando de forma con un crujido audible, como si la realidad misma estuviera siendo descompuesta ante sus ojos, un vértigo que le nublaba la vista y le hacía tambalearse.

De repente, el cuerpo en el suelo comenzó a desmoronarse en un torrente de sombras y fragmentos de luz, mezclándose con la energía estelar que parecía haberse corrompido, un caos indescriptible que le picaba en la piel como agujas, una amalgama de horror y belleza distorsionada que le revolvía las entrañas hasta el punto de sentir el estómago revuelto, como si estuviera a punto de vomitar. El zumbido en el aire crecía, un rugido sordo que le perforaba los tímpanos, el suelo temblando ligeramente bajo sus pies inestables.

Aria sintió una presión creciente en su pecho, como si el mismo miedo estuviera tratando de aplastarla, un peso que le hacía jadear con desesperación. Zephyr se volvió hacia ella, sus ojos intensos atravesando la oscuridad y encontrándola, la sensación de ser observada por algo maligno y omnipresente abrumadora, un escalofrío que le subía por la espina como dedos helados que le arañaban la piel. El terror la paralizaba, las piernas pesadas como plomo, el corazón latiéndole tan fuerte que dolía, un martilleo que le nublaba el pensamiento.

Justo cuando Aria sintió que su cordura estaba a punto de quebrarse, un chasquido en su mente, la escena comenzó a desvanecerse: el club de ocultismo y Zephyr se desmoronaron en un torbellino de sombras y luces intermitentes, y la presión en su pecho se aligeró, un alivio que le dejó las piernas temblorosas.

Aria se despertó con un sobresalto, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho como un tambor de guerra, el sudor pegajoso cubriéndole la piel y empapando las sábanas. La habitación estaba en calma, el sueño había sido solo eso: una pesadilla, pero el miedo y la inquietud que había sentido permanecían con ella, un residuo pegajoso que le hacía difícil tragar.

Se incorporó en su cama, las piernas temblando ligeramente bajo el peso de la adrenalina residual, un zumbido en los oídos que se desvanecía lentamente. La pesadilla había sido demasiado vívida, demasiado aterradora para ignorarla, un sabor amargo en la boca que le recordaba el terror. Aria sabía que los sueños a veces revelaban verdades ocultas o advertencias, un pensamiento que le erizaba el vello.

Se puso de pie, sus piernas temblando ligeramente, el suelo frío bajo sus pies descalzos enviándole un escalofrío por las piernas. La pesadilla había sido perturbadora, pero también era una señal de que debía mantenerse alerta, un nudo en su estómago que no se disipaba. El torneo, las energías oscuras, y la conexión con Zephyr eran más que simples coincidencias; había algo más grande en juego, un vacío que le oprimía el pecho.

Con la mente aún agitada pero decidida, Aria se dirigió hacia la ventana, el aire nocturno filtrándose por las rendijas y enfriando su piel sudorosa, buscando consuelo en el cielo nocturno que comenzaba a despejarse. Las estrellas brillaban con una claridad serena, como si intentaran recordarle que la calma y la claridad estaban al alcance, incluso después de la tormenta en su mente, un bálsamo que le calmaba el pulso acelerado.

A medida que la brisa nocturna acariciaba su rostro, Aria sintió un leve consuelo, un frescor que le aclaraba los pensamientos. El sueño había sido una prueba, y estaba decidida a superar cualquier desafío que se le presentara, sin importar cuán oscuro o aterrador fuera, un fuego de resolución que le ardía en el pecho.

Aria volvió a su diario, buscando respuestas entre las páginas llenas de símbolos arcanos, el papel crujiendo bajo sus dedos temblorosos, un olor a tinta antigua subiendo con cada volteo. La noche prometía ser larga, pero estaba dispuesta a enfrentarla con la misma determinación que había mostrado durante su entrenamiento, el corazón latiéndole con fuerza renovada.

La ceremonia de inauguración del Gran Torneo Estelar se llevó a cabo esa misma noche, el aire cargado de un zumbido eléctrico que le erizaba la piel a los asistentes. La junta directiva de la academia había tomado la decisión de hacerla nocturna por razones que, en un principio, parecían simplemente logísticas, pero que en el fondo escondían una estrategia más calculada, un velo de control que le dejaba un regusto amargo a Jake. No solo buscaban darle un aire solemne y majestuoso al evento, sino que querían aprovechar la atmósfera de la noche para amplificar la emoción de los estudiantes y los espectadores, un pulso colectivo que aceleraba los corazones.

La luz artificial nunca podría igualar la grandeza de un cielo estrellado, y ellos lo sabían: la combinación del crepúsculo con la luminiscencia de las constelaciones creaba una sensación de inmensidad, como si el universo mismo hubiera descendido para bendecir el evento, un peso cósmico que le oprimía el pecho a Jake. Además, la energía estelar —el fundamento de las artes marciales de la academia— se veía particularmente impresionante bajo la oscuridad del firmamento, cuando los destellos de poder de los combatientes contrastaban con la noche, un fulgor que le picaba en los ojos.

Pero había un detalle aún más sutil en todo esto: programar la inauguración en la noche también servía para controlar los ánimos de los estudiantes, un cálculo frío que le dejaba un escalofrío en la nuca a Jake. La euforia de un evento de este calibre podía ser peligrosa si se desbordaba a lo largo del día; de esta forma, al terminar la ceremonia, la mayoría de los asistentes estarían agotados, y la adrenalina se disiparía al llegar a sus dormitorios, un sueño pesado que aplacaría cualquier revuelta. Una medida sencilla, pero efectiva, para evitar conflictos innecesarios antes de los combates oficiales del día siguiente.

Jake caminaba despreocupado por uno de los pasillos iluminados tenuemente por lámparas de cristal estelar, el fulgor azul parpadeando contra las paredes y proyectando sombras danzantes que le erizaban el vello, cuando una voz familiar lo sacó de sus pensamientos, un sonido que cortó el silencio como un filo.

—Hey, ¿por qué tienes esa cara de haber estado peleando con una pared?

Se giró y encontró a Sophia, con su característico tono burlón y una sonrisa ladina que iluminaba su rostro bajo la luz tenue, un calor que contrastaba con el fresco del pasillo.

—No fue una pared —replicó él, suspirando, el aire escapando de sus pulmones con un peso de cansancio—. Fue Aria Stephen.

Sophia arqueó una ceja, interesada, un tic que le hacía brillar los ojos.

—¿La del club de ciencias?

—Computación y medicina también. Al parecer tienen un nombre larguísimo para hacer que suene más sofisticado.

—Sí, definitivamente suena como ellos —rio ella, un sonido claro que aliviaba el nudo en su estómago—. Pero espera, ¿qué pasó?

Jake exhaló con pesadez y apoyó un hombro contra la pared fría, el mármol enviándole un escalofrío por el brazo.

—Me la encontré en el pasillo, o más bien, nos encontramos el uno al otro… de frente y a toda velocidad.

—¡¿Qué?!

—Tal cual. Nos chocamos y sus cosas salieron volando por todo el lugar. Papeles, microchips, quién sabe qué más. Hasta creo que vi un pequeño dron intentando escapar del desastre.

Sophia soltó una carcajada, un sonido que reverberó en el pasillo vacío.

—Dime que no te quedaste como un idiota viendo todo en cámara lenta.

—No, peor —Jake pasó una mano por su cara, sintiendo el sudor residual en su frente—. Me quedé congelado unos segundos tratando de entender qué demonios había pasado, y cuando me di cuenta, ella ya estaba recogiendo todo con una velocidad que daba miedo.

Sophia se cruzó de brazos, tratando de contener otra risa, el movimiento haciendo crujir su chaqueta.

—¿Y qué hiciste?

—Obviamente, la ayudé —gruñó él, el recuerdo le picando en la piel—. Pero casi me arranca la cabeza con la mirada. Supongo que estaba apurada o algo.

—O tal vez te odia —bromeó Sophia, aunque su tono llevaba un matiz de curiosidad.

—No sería la primera —Jake resopló, un aire que le aliviaba el pecho—. Pero bueno, después de eso me fui antes de que me lanzara un bisturí o algo así.

Sophia sonrió con diversión, pero luego su expresión cambió ligeramente, como si algo le hubiese cruzado la mente de golpe, un fruncimiento de ceño que le ensombrecía los ojos.

—Por cierto, ¿has visto a Raven últimamente?

Jake parpadeó, un escalofrío repentino subiéndole por la espina.

—¿Raven?

—Sí —Sophia frunció el ceño, el gesto le tensando la mandíbula—. Hace días que no lo veo. Normalmente lo encuentro en la biblioteca o en el jardín, pero nada.

Una sensación incómoda recorrió la espalda de Jake, como un escalofrío sin razón aparente, un nudo que le apretaba el estómago. ¿Raven… desaparecido? No era la primera vez que su amigo se esfumaba por un tiempo, pero algo en la forma en que Sophia lo dijo le dio una mala espina, un peso que le oprimía el pecho. El silencio del pasillo se volvió opresivo de repente, el zumbido de las lámparas amplificando la tensión, un pulso sordo en sus oídos.

Tal vez se fue a meditar otra vez en el club de ocultismo… o simplemente está en su dormitorio, pensó, aunque el pensamiento no le calmaba el pulso acelerado.

Sí, tenía que ser eso. Raven siempre había sido un tipo peculiar, con sus propios rituales extraños y su obsesión por las energías estelares más oscuras, un aislamiento que le erizaba la piel a Jake. Pero algo no encajaba, un vacío que le dejaba un regusto amargo.

La incomodidad se instaló en su pecho como un peso invisible.

—Seguramente está en su dormitorio —dijo finalmente, intentando sonar despreocupado, aunque la voz le salía forzada—. Ya sabes cómo es. A veces se aísla para… concentrarse o algo así.

Sophia lo observó en silencio por un momento, como si intentara leer su mente, sus ojos perforándolo con intensidad.

—Supongo… —murmuró, aunque el tono llevaba duda, un eco que colgaba en el aire como una amenaza sutil.

Jake forzó una sonrisa y se empujó de la pared, el movimiento aliviando el nudo en su hombro.

—De todos modos, mañana es el torneo. Seguro aparece antes de que empiece la primera ronda.

Pero por dentro, la inquietud seguía ardiendo como una chispa imposible de ignorar, un fuego lento que le picaba en la nuca, extendiéndose como un veneno que le tensaba cada músculo.

La plaza central de la academia, el corazón palpitante de aquel mundo de prodigios era un océano de luces y movimiento, el aire cargado de un zumbido eléctrico que le erizaba la piel a los asistentes. Lo que en el día era un amplio espacio rodeado de columnas de mármol pulido y estatuas de antiguos maestros, ahora se había transformado en un escenario de ciencia y arte, un coliseo futurista donde lo ancestral y lo vanguardista se fundían en un solo espectáculo, un fulgor que le aceleraba el pulso a Jake.

Las gradas modulares se habían desplegado con precisión milimétrica, expandiéndose desde el suelo como pétalos metálicos que crujían al abrirse, y sobre ellas, miles de estudiantes y espectadores aguardaban expectantes, sus rostros iluminados por el resplandor de los proyectores holográficos que flotaban en el aire, proyectando imágenes vibrantes en un cielo sin nubes, un calor artificial que le picaba en la piel.

Un silencio expectante se apoderó del lugar cuando las luces descendieron en intensidad, dejando la plaza en una penumbra estratégica que le helaba la nuca a Jake. Y entonces, el suelo mismo cobró vida, un temblor que le subió por las piernas.

Desde el centro de la plaza, un círculo de energía estelar se encendió con una tonalidad azul profundo, expandiéndose en ondas concéntricas que vibraban en el aire como un pulso vivo. Un segundo después, pilares de luz se alzaron a su alrededor, como si el mismísimo cosmos hubiera descendido para bendecir el torneo, un fulgor que le quemaba en los ojos.

El primer acto comenzó con una coreografía marcial: un grupo de estudiantes de último año, ataviados con túnicas adornadas con filamentos de luz que chisporroteaban, ejecutó una danza de combate donde cada golpe y cada movimiento liberaban destellos de energía estelar, dibujando patrones en el aire como pinceladas fugaces en un lienzo invisible, un viento que le revoloteaba el cabello a Jake.

Luego, la banda oficial de la academia tomó el escenario, pero no era una banda común: sus instrumentos estaban modificados con tecnología estelar, y cada nota musical resonaba con una vibración palpable, formando ondas de sonido que se manifestaban en colores danzantes sobre el público, un zumbido que le vibraba en el pecho. Cuando los tambores comenzaron a retumbar, los espectadores sintieron el impacto en sus propios pechos, como si el mismísimo espíritu de la batalla hubiera llamado, un pulso que le aceleraba el corazón a Jake.

El siguiente acto elevó el espectáculo aún más: un escuadrón de estudiantes con propulsores de energía se lanzó al aire, realizando acrobacias imposibles mientras generaban estelas brillantes tras de sí, un silbido que cortaba la noche. Sus movimientos trazaban constelaciones efímeras en la cúpula de la noche, y cuando descendieron, lo hicieron en perfecta sincronía, aterrizando con precisión quirúrgica en el suelo recién transformado en arena de combate, un impacto que reverberaba en sus huesos.

Y entonces, la voz del director resonó por toda la plaza, amplificada por la red de altavoces cristalinos incrustados en las columnas, un timbre grave que le vibraba en el cráneo.

—¡Bienvenidos, combatientes y espectadores, al Gran Torneo Estelar!

El clamor del público fue ensordecedor, un rugido que le erizaba la piel.

La plaza ya no era la misma: el suelo, antes liso, se había dividido en plataformas dinámicas, con circuitos de energía corriendo bajo ellas como venas luminosas, un zumbido que le picaba en las plantas de los pies. Cada combate tendría lugar en un terreno que podía alterarse en tiempo real, desafiando la adaptabilidad de los luchadores, un pensamiento que le aceleraba el pulso con anticipación.

Pero lo que captó la atención de Jake no fue la majestuosidad del evento, sino la figura que se alzaba junto a la junta directiva en la tarima principal, un escalofrío que le subía por la espina.

Zephyr Blackthorn.

Estaba ahí, imponente, como una sombra que había escapado de las mismas profundidades del cosmos, su silueta absorbiendo la luz circundante. Su máscara negra, con aquellas grietas iluminadas por un aura púrpura que pulsaba como un corazón vivo, destellaba bajo las luces del evento, absorbiendo la atención de cualquiera que posara la mirada en él, un fulgor que le quemaba en la retina a Jake. Sus ojos, oscuros y penetrantes, analizaban la multitud con la precisión de un depredador al acecho. Pero no estaba solo.

A su alrededor, miembros de la junta directiva de la academia intercambiaban palabras y sonrisas con él, como si se tratara de un ilustre benefactor y no de un enigma envuelto en sombras, un contraste que le revolvía el estómago a Jake. ¿Cómo demonios un tipo así ha conseguido ser patrocinador del torneo? pensó, con un malestar difícil de ignorar, un nudo que le apretaba el pecho hasta dificultarle la respiración.

Y entonces, Zephyr movió ligeramente la cabeza, un gesto sutil que le heló la sangre.

Por un instante, Jake sintió que aquellos ojos vacíos se clavaban en él a través de la máscara, un perforar que le succionaba el aliento. Fue apenas un segundo, pero el escalofrío que recorrió su espalda fue suficiente para hacerle apartar la vista, un frío que le calaba hasta los huesos, dejando un vacío helado en su interior.

Esto no es bueno.

El rugido del público lo sacó de su ensimismamiento, un clamor que le vibraba en el pecho. Sobre la tarima, el director había levantado un brazo, señalando el final de la ceremonia. El espectáculo había terminado, y ahora solo quedaba esperar la llegada del verdadero evento: el combate.

Pero Jake no podía sacudirse aquella sensación de que algo estaba fuera de lugar, un escalofrío persistente. Que algo, en algún rincón oscuro de la academia, estaba esperando el momento justo para moverse, un peso que le oprimía el pecho como una sombra inminente, extendiéndose como un veneno lento que le tensaba cada nervio, un presagio de caos que le aceleraba el pulso en la oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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