Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Abismo
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15: Abismo 15: Abismo El alba en la isla Solaria trajo consigo un cielo teñido de tonos carmesí y dorado, un presagio de la batalla que estaba por comenzar.
La academia Altamira hervía en actividad.
Miles de voces se entrelazaban en un murmullo vibrante, una sinfonía de emoción que anunciaba el evento más esperado del ciclo: el Gran Torneo Estelar.
Las gradas estaban abarrotadas de estudiantes, profesores y figuras destacadas de la academia.
En lo alto de la arena, ondeaban estandartes con emblemas dorados que representaban las distintas casas y especialidades de los combatientes.
El suelo, una mezcla de piedra pulida y material reforzado con energía estelar, relucía bajo la luz matinal, el aire cargado de un zumbido eléctrico que erizaba la piel, el olor a ozono y sudor anticipado mezclándose en una niebla intangible que hacía que cada inhalación pesara en los pulmones.
Jake Evernight, vestido con su uniforme de combate, permanecía en la zona de espera.
Su uniforme era una obra de diseño funcional y estilizado: una chaqueta ajustada de fibra oscura con el símbolo de la academia grabado en el lateral izquierdo de su pecho.
Las mangas estaban adornadas con líneas fluorescentes que reaccionaban a su flujo de energía, intensificándose con cada latido, un pulso que le vibraba en las venas como un recordatorio constante de su poder.
Los pantalones, resistentes y flexibles, permitían movimientos ágiles sin restricciones, el tejido crujiendo ligeramente con cada flexión.
Un par de botas de suela adaptable completaban su atuendo, diseñadas para absorber impactos y mejorar su tracción en cualquier superficie, el peso de ellas anclándolo al suelo como raíces profundas.
Su capa no existía; en su lugar, la vestimenta misma emanaba un aura de poder, un reflejo de su entrenamiento y determinación, un calor sutil que le picaba en la piel como electricidad estática.
Frente a él, Reiss Vauren se ajustaba los guantes de su propio uniforme de combate.
Su atuendo, en contraste con el de Jake, era una gabardina de alto rendimiento, abierta en la parte inferior para facilitar el movimiento, con placas de polímero reforzado sobre los hombros y el torso que brillaban bajo la luz como escamas metálicas.
El color predominante era un azul profundo con detalles plateados, un homenaje a la casa de los Vauren, el tejido emanando un leve zumbido cuando su energía fluía a través de él.
Su pantalón, diseñado con la misma tela reforzada, le daba una apariencia de guerrero moderno, alguien que combinaba tradición con tecnología de punta, el peso de la gabardina oprimiéndole los hombros como el legado que cargaba.
Su energía estelar pulsaba a través de patrones geométricos en su uniforme, signos de su linaje y control absoluto sobre su flujo de poder, un torrente que le aceleraba el corazón con cada pulso.
Alrededor de ellos, el público gritaba con fervor.
La intensidad del combate ya había superado las expectativas iniciales y apenas estaba comenzando, el rugido de la multitud reverberando en el pecho como un tambor de guerra inminente.
—Jake Evernight contra Reiss Vauren.
—La voz del anunciador resonó por toda la arena, arrastrando consigo un estruendo de vítores que hacía vibrar el suelo bajo sus pies.
Jake entrecerró los ojos y se dirigió a la plataforma de combate, cada paso enviando una onda de anticipación por su cuerpo, el aire espeso con la expectación colectiva.
Frente a él, su contrincante ya estaba en posición, el sudor perlando su frente bajo la luz cegadora.
Reiss era un tipo corpulento, de complexión atlética, cabello plateado y un porte de guerrero curtido.
A pesar de ser un personaje secundario en la historia de la academia, era todo menos ordinario.
Hijo de una familia de artistas marciales que estudiaban la energía estelar desde la disciplina del combate puro, Reiss no peleaba por vanidad, sino por un legado.
Era alguien con quien el público podía empatizar, alguien con sueños, esfuerzo y una vida fuera del ring, un hombre cuya presencia emanaba una solidez que hacía que el aire a su alrededor pareciera más pesado.
Mientras el anunciador daba la señal de inicio, la mente de Reiss viajó al pasado.
Años atrás…
El eco de los golpes resonaba en el dojo familiar de los Vauren.
Las antorchas titilaban, proyectando sombras alargadas sobre los muros de piedra, el aire cargado de un olor a sudor rancio y madera quemada que picaba en la nariz.
En el centro, un joven Reiss caía por enésima vez sobre el suelo de madera, el impacto enviando un dolor sordo por su espina, el pecho agitado con jadeos ahogados.
—Levántate.
—La voz del anciano era áspera, implacable, cortando el silencio como un filo.
Reiss apretó los dientes y se incorporó con dificultad.
Sus brazos temblaban, su energía estaba casi agotada, un vacío que le ardía en las venas, pero no podía rendirse.
No frente a él, el peso de la mirada de su abuelo oprimiéndole como una mano invisible.
—No basta con lanzar golpes fuertes, Reiss.
El verdadero combate es un arte, y el arte nace del control absoluto sobre tu energía y tu cuerpo.
—El anciano caminó alrededor de él, midiendo cada movimiento, sus pasos resonando como un juicio inminente—.
Luchamos para preservar nuestro linaje, no por gloria ni venganza.
¿Entiendes?
Reiss asintió con esfuerzo, el sudor cayéndole por la sien como lágrimas calientes.
Su abuelo había sido uno de los guerreros más temidos y respetados en la historia de la familia Vauren, y aunque nunca le pidió seguir su camino, la expectativa estaba grabada en cada fibra de su ser, un nudo perpetuo en su estómago.
La energía estelar no era solo poder, era un principio.
Una herencia que debía proteger y honrar, un fuego que le quemaba en el pecho incluso en la derrota.
Esa noche, tras una agotadora sesión de entrenamiento, Reiss se sentó junto a su madre en la terraza del dojo.
Ella, una mujer de facciones suaves, pero con la misma determinación en sus ojos, le ofreció un té caliente, el vapor subiendo en espirales que le calentaban el rostro helado.
—Siempre intentas impresionarlo.
—Su voz tenía un matiz de ternura, un bálsamo contra el agotamiento que le dolía en los músculos.
Reiss tomó el té y suspiró, el calor filtrándose por su garganta como un alivio efímero.
—Quiero ser fuerte.
Quiero ser digno de esta familia.
Su madre sonrió, apartando un mechón de su cabello plateado con una caricia que le erizaba la piel.
—La fuerza no se mide solo en golpes, hijo.
Se mide en convicción.
Esa noche, bajo el cielo estrellado, Reiss hizo un juramento silencioso, el viento frío azotándole la piel como un recordatorio cruel.
Llegaría más lejos de lo que cualquiera de su linaje había llegado.
Y lo haría bajo sus propios términos, un voto que le aceleraba el pulso en la oscuridad.
Pero no fue hasta la gran prueba de su abuelo que entendió lo que realmente significaba la fuerza.
Tres días después, lo llevó a las montañas que rodeaban el dojo.
Allí, en medio de un acantilado donde el viento rugía sin piedad, el anciano lo desafió a mantener una postura de combate mientras enfrentaba los vientos gélidos de la cumbre, el frío calando hasta los huesos como agujas invisibles.
—No quiero que golpees el aire.
No quiero que esquives sombras.
—El anciano se cruzó de brazos, su silueta recortada contra el horizonte tormentoso—.
Solo resiste.
La nieve se acumulaba en su cabello, sus músculos ardían con un fuego interno que amenazaba con extinguirse, y cada segundo que pasaba sentía que su cuerpo se rompería, el viento aullando en sus oídos como un lamento eterno.
Pero no cayó.
Su convicción era más fuerte que el dolor, un ancla que le mantenía erguido contra la furia de los elementos.
Cuando finalmente descendieron, su abuelo le puso una mano en el hombro, el contacto pesado y cargado de significado.
—Ahora entiendo.
—Sus ojos severos, por primera vez, reflejaban algo similar al orgullo, un destello que le calentaba el pecho a Reiss—.
No solo eres un Vauren.
Eres algo más.
Desde ese día, Reiss nunca volvió a dudar, el eco de esa aprobación reverberando en su mente como un mantra eterno.
Presente.
La voz del anunciador lo trajo de vuelta, un trueno que cortaba el aire cargado.
—He esperado este combate, Jake.
—Reiss flexionó los hombros, dejando escapar un leve crujido en su cuello que resonaba en sus oídos—.
No pelearé para ganar, sino para demostrarte mi estilo.
Jake sonrió, el gesto tensándole los labios.
—Entonces muéstramelo.
El anunciador bajó la mano y la arena entera contuvo la respiración, un silencio opresivo que hacía que el pulso en las sienes de Jake latiera como un tambor.
—¡COMIENZA!
El suelo vibró bajo los pies de ambos combatientes, un temblor que subía por las piernas como un presagio.
Reiss fue el primero en moverse.
Su cuerpo se deslizó hacia adelante con una velocidad impresionante, el aire silbando a su paso, y en un instante, su puño derecho estaba a centímetros del rostro de Jake, el impacto inminente cargado de una fuerza que le erizaba la nuca.
Pero Jake no era un novato.
Se inclinó ligeramente hacia atrás, sintiendo la ráfaga del golpe pasarle rozando la nariz, el viento caliente quemándole la piel.
Sus ojos reflejaban la chispa de la emoción, un fuego que le aceleraba el corazón.
La batalla había comenzado, cada segundo estirándose como un hilo tenso.
Reiss giró sobre su eje y lanzó una patada baja con precisión quirúrgica, el movimiento cortando el aire como un filo.
Jake saltó en el aire, esquivando con la agilidad de un felino, el suelo crujiendo bajo su aterrizaje, y al tocar tierra, canalizó su energía estelar en sus palmas, un calor abrasador que le picaba en las yemas.
—¡Impacto!
—exclamó, enviando una onda de energía que estalló contra el suelo y levantó polvo a su alrededor, una nube espesa que nublaba la visión y le llenaba los pulmones de partículas ásperas.
Reiss entrecerró los ojos y utilizó su propio flujo de energía para disipar la nube de escombros, el aire crepitando a su alrededor, pero Jake ya no estaba allí, su ausencia un vacío que le helaba la sangre.
—¡Arriba!
—gritó alguien en las gradas, la voz cortando el caos como un rayo.
Reiss alzó la vista justo a tiempo para ver la silueta de Jake descendiendo como un meteorito.
Su puño brillaba con energía aetheriana pura, un golpe destinado a ser devastador, el aire vibrando con la promesa de destrucción.
Pero Reiss no estaba en la arena solo para perder.
—¡No tan rápido!
—gruñó, canalizando su propio poder en un escudo de energía sólida, un muro invisible que le tensaba cada músculo.
El impacto sacudió la arena, y por un momento, todo quedó en silencio, un vacío que succionaba el aliento colectivo.
Luego, la explosión de choque rompió el aire, una onda que reverberaba en los huesos y hacía que el pecho doliera con cada eco.
Los espectadores rugieron mientras la batalla continuaba, la emoción creciendo con cada movimiento, un clamor que le erizaba la piel.
Y este era solo el primer combate.
La llama del torneo apenas había comenzado a arder.
Reiss aterrizó con fuerza, deslizando los pies para estabilizarse, el suelo raspándole las suelas como arena abrasiva.
Respiró hondo, sintiendo el temblor en sus músculos, un agotamiento que le ardía en las extremidades.
Su escudo había resistido el impacto de Jake, pero no sin consecuencias.
Su brazo derecho le ardía, la vibración del golpe aún persistía en su cuerpo, un dolor sordo que le nublaba los pensamientos.
Jake, en cambio, aterrizó con elegancia, su postura aún relajada, pero el sudor perlando su frente y el pecho agitado traicionando el esfuerzo.
En sus ojos había reconocimiento, un destello que le aceleraba el pulso.
—Nada mal.
—Jake sonrió de lado, el gesto tenso en sus labios—.
Pocas veces alguien bloquea eso de frente.
Reiss exhaló, con una sonrisa de determinación que le dolía en las mejillas.
—Soy un Vauren.
No caemos tan fácil.
Con una explosión de energía estelar, ambos se lanzaron nuevamente al combate, dispuestos a llevar su enfrentamiento a un nivel aún mayor, el aire crepitando con la colisión inminente.
—¡Punto para Jake!
—bramó el presentador con una voz eléctrica, amplificada por todo el coliseo, un trueno que reverberaba en las gradas.
Reiss gruñó, retrocediendo con el brazo entumecido por el impacto, un entumecimiento que le subía por el hombro como veneno lento.
Jake, por su parte, apenas bajó la guardia.
Respiraba agitado, la energía estelar a su alrededor chispeando con un azul cada vez más profundo, un fulgor que le picaba en la piel.
Un segundo más y Reiss podría contraatacar.
Todo era tensión y ruido…
un caos que le aceleraba el corazón hasta el punto del dolor.
…excepto para Sophia.
Ella ya no miraba la pelea.
Algo frío le había corrido por la nuca como un susurro invisible, un escalofrío que le erizaba el vello y le helaba la sangre.
Una punzada, un presentimiento que le apretaba el estómago como un puño invisible.
Sus ojos buscaron en la plataforma de los jueces y ahí lo vio, el corazón latiéndole con fuerza desbocada.
Zephyr.
Se estaba levantando.
Despegó las manos del regazo con un movimiento tan suave que pareció flotar, su túnica oscilando con elegancia, negra con tonos púrpura tan oscuros que parecían absorber la luz, un vacío que succionaba el aliento.
Pasó junto a los otros jueces sin intercambiar palabras.
No saludó, no miró atrás.
Tomó un pasillo lateral, casi imperceptible para los espectadores…
y se desvaneció en la penumbra, su silueta fundiéndose con las sombras como si nunca hubiera estado allí.
—¿Qué…?
—murmuró Sophia, frunciendo el ceño, el nudo en su garganta creciendo como un tumor.
Nadie más parecía notarlo, el rugido de la multitud ahogando todo lo demás.
El clamor del combate la envolvía, pero ya no lo escuchaba.
Solo sentía ese escalofrío en espiral bajando por su columna, un frío que le calaba hasta los huesos y le hacía temblar las manos.
Y un recuerdo.
La última vez que había hablado con Raven.
—”¿Ves esto?” —le dijo él en la biblioteca semanas atrás, mostrándole un cuaderno de cubiertas negras con bordes desgastados—.
“No es un grimorio… al menos no todavía.
Está en blanco.
Jake debe llenarlo con lo que descubra.
Lo que sienta.” —”¿Le regalaste un diario?” —había dicho ella, entre risas.
—”Le di una semilla.
Lo que crezca depende de él.” No lo había vuelto a ver desde entonces.
Y ahora Zephyr se marchaba como si algo le llamara desde las sombras, un tirón invisible que le revolvía las entrañas a Sophia.
Sin pensarlo más, Sophia se deslizó entre la multitud, el roce de los cuerpos ajenos oprimiéndole como una jauría, el sudor colectivo pegándose a su piel.
Saltó las gradas, avanzó por detrás de los bastidores, evitando a los supervisores y a los técnicos de energía con movimientos precisos, el corazón martilleándole en el pecho como un preso enjaulado.
Nadie reparó en ella.
Todo el mundo tenía la vista en la pelea, el eco distante de los golpes reverberando en sus oídos.
Excepto ella.
Excepto Zephyr.
El pasillo al que él había entrado era antiguo, casi abandonado.
No tenía iluminación automática, la oscuridad envolviéndola como una manta asfixiante.
Las baldosas estaban cubiertas de polvo, aunque ahora mostraban huellas frescas.
Las suyas.
Las de él, un rastro que le erizaba la nuca.
Sophia tragó saliva, el sabor amargo en su boca como bilis, y entró, cada paso un eco que le aceleraba el pulso.
Los sonidos de la arena desaparecieron detrás de ella, un silencio opresivo que le zumbaba en los oídos como un enjambre.
Solo quedaba el eco de sus pasos y el golpeteo acelerado de su propio corazón, un ritmo desbocado que le dolía en el pecho.
Las paredes estaban cubiertas de vitrales antiguos, pero la luz que una vez los atravesó los ahora los hacía parecer tumbas oscuras, el aire cargado de un olor a moho y piedra fría que le picaba en la nariz.
Todo parecía sumergido en un crepúsculo perpetuo.
Como si ese lugar no perteneciera al mismo tiempo que el resto de la academia, un vacío temporal que le succionaba el aliento.
¿A dónde vas, Zephyr…?
¿Qué hay aquí que no pueda esperar al final del combate…?
pensó, el miedo enredándose en su mente como raíces.
Se detuvo.
Un sonido.
Como si algo se arrastrara por la piedra más adelante, un raspado sutil que le helaba la sangre.
Sophia pegó la espalda a la pared, el frío de la piedra calando a través de su ropa como dedos helados.
No había invocado su aura.
Estaba completamente vulnerable, el pulso latiéndole en las sienes con fuerza ensordecedora.
—”Raven…
Si tenías razón sobre él…” —susurró apenas, su voz trémula, un hilo quebradizo en la oscuridad, “…
¿por qué nadie más lo ve?” Pasó al siguiente pasillo, el aire espesándose como niebla.
Y lo vio.
Zephyr estaba de espaldas, frente a una puerta enorme, sellada con runas olvidadas que no aparecían en ningún tomo moderno, un muro de símbolos que pulsaban débilmente como venas vivas.
Él no hacía nada.
Solo…
miraba, su presencia un peso que oprimía el espacio.
La penumbra se condensaba a su alrededor, girando como una niebla viva, un remolino que le revolvía el estómago a Sophia.
Y por un segundo, vio una sombra brotar de sus pies como una segunda capa de su cuerpo.
Algo que no tenía forma…
ni nombre, un horror indefinido que le picaba en la piel como agujas.
Un zumbido la sacudió.
Dolor sutil detrás de los ojos, como si el aire mismo estuviera tratando de entrar en su mente, una presión que le nublaba la vista y le hacía jadear.
No…
no te acerques más…
no lo mires directo…
pensó, el pánico subiéndole por la garganta como bilis.
Pero no podía dejar de mirar.
No podía moverse, las piernas pesadas como plomo.
Entonces, él habló.
No se volteó.
Solo pronunció, con una voz imposible, lejana, como un eco en otra realidad: —”Veo que tú también caminas sin ser vista.” Sophia retrocedió un paso, el corazón deteniéndose por un instante.
Pero el suelo no estaba.
Cayó.
Caía.
El eco de sus pasos resonaba con violencia en los pasillos pulidos de la academia.
No había nadie.
Nadie, el vacío amplificando cada sonido como un grito ahogado.
El torneo rugía a lo lejos, con su energía estelar disparada como fuegos artificiales, un clamor distante que contrastaba con el silencio que la envolvía.
Y sin embargo…
Sophia sentía que el verdadero peligro no estaba en la arena.
Estaba detrás de ella, un acecho invisible que le erizaba la nuca.
¿Cómo fue que llegué a esto…?
¿Por qué él…?
pensó, el sudor frío deslizándose por su espalda como serpientes.
—Zephyr…
—murmuró entre dientes.
Su voz se sentía ajena, débil, como si no fuera suya, un susurro que se perdía en la oscuridad.
La persecución no era física.
Zephyr no corría.
Zephyr no necesitaba correr.
Solo caminaba, cada paso un eco sutil que le aceleraba el pulso hasta el dolor.
Pero ese paso lento, firme, invisible, era suficiente para quebrarle el alma, un peso que le oprimía el pecho como una mano invisible.
¿Dónde estás?
¿Qué eres…?
se preguntó, el miedo enredándose en su mente como alambre de púas.
Recordó por un instante la voz tranquila de Raven, días antes de desaparecer.
—”Hay presencias que no se pueden analizar…
solo se sienten.
Como cuando algo dentro de ti te dice que un sitio ya no es seguro.” Y lo peor de todo, pensó Sophia con un nudo en la garganta que le impedía tragar, era que no había entendido esas palabras hasta ahora, un arrepentimiento que le quemaba en el pecho.
Una esquina.
Un corredor lateral, el aire cada vez más espeso, asfixiante.
Y al fondo…
una puerta de vidrio opaco.
El laboratorio del Club de Ciencias, Salud y Tecnología.
Iluminado.
Accesible.
Normal.
Demasiado normal, un contraste que le revolvía el estómago.
No se lo pensó dos veces.
Canalizó la energía en sus dedos con un movimiento rápido, un calor que le picaba en las yemas, y lanzó una serie de destellos—pequeños puntos de luz estelar que se bifurcaron en distintas direcciones por el pasillo.
Trampas visuales.
Ecos falsos.
Casi imperceptibles por el estruendo lejano de la batalla en la arena, pero suficientes para crear ilusiones que le aceleraban el corazón con esperanza frágil.
Y entonces, se desvió.
Abrió la puerta del laboratorio con un solo tirón, el clic resonando como un disparo en su mente, y se deslizó dentro como una sombra, el aire acondicionado golpeándola como un viento helado.
Click.
Cerró, el sonido final como un veredicto.
Las luces se apagaban automáticamente al no detectar movimiento.
Perfecto, la oscuridad envolviéndola como un manto protector, aunque el zumbido de las máquinas en reposo le zumbaba en los oídos como un enjambre.
Contuvo el aliento mientras se agazapaba tras una estantería de químicos y contenedores térmicos.
Todo era en orden.
Todo brillante bajo la luz residual.
Y sin embargo…
¿Por qué se siente tan…
sucio aquí…?
pensó, el olor a desinfectante quemándole la nariz, un brillo artificial que le hacía doler los ojos.
El silencio era absoluto, salvo por el tenue zumbido de las máquinas en reposo, un ritmo que le martilleaba en el pecho como un reloj contando su final.
Sophia contuvo las lágrimas.
No de tristeza.
De rabia; de impotencia, un torrente que le ardía en las venas y le temblaban las manos.
—”Ese libro… no tenía letras.
Era…
como si me dijera: ‘Escribe tú lo que debe existir’.”—”Sophia, a veces el hechizo más fuerte es lo que decides dejar por escrito.” Raven le había dicho eso.
No había broma en su mirada.
No había ligereza, un recuerdo que le clavaba como una daga.
¿Sabía algo?
¿Intentaba advertirnos sin hacerlo directamente…?
se preguntó, el pánico subiéndole como una marea.
¿Fue por eso por lo que Zephyr lo buscó…?
Se abrazó las piernas, el suelo frío calando a través de su ropa como un recordatorio cruel.
Tragó saliva, el nudo en su garganta impidiéndole respirar profundo.
Su mente comenzaba a agrietarse, pero su espíritu aún resistía, un fuego tenue en el pecho.
Zephyr no entró.
Pasaron segundos, minutos.
No lo sabía, el tiempo estirándose como un hilo a punto de romperse.
Tal vez…
había comprado algo de tiempo.
Tal vez…
él creyó que los destellos eran reales, un alivio efímero que le dejaba las piernas temblorosas.
O tal vez simplemente no le interesa matarme todavía, pensó, el terror instalándose en su estómago como un peso muerto.
—Jake…
—susurró.
Su voz no hizo eco, un hilo quebradizo en la oscuridad—.
Si estás sintiendo algo…
por favor, reacciona.
Le dolía admitirlo, un ardor en el pecho que le nublaba la vista con lágrimas contenidas, pero estaba sola.
Y aunque había escapado por ahora, no lo había perdido.
Zephyr ya no era solo una sospecha.
Era una amenaza latente.
Un depredador vestido de autoridad, un horror que le succionaba el aliento con solo pensarlo.
Y ella…
Era solo una chica respirando al borde del pánico, en un laboratorio donde todo parecía normal… menos su sombra, que se alargaba en la penumbra como un presagio vivo, temblando con cada latido de su corazón aterrorizado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com