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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 17

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Capítulo 17: Pesadilla

Academia Altamira de la Isla Solaria – Planta Baja, Ala C – Laboratorio del Club de Ciencias, Salud y Tecnología

Las luces del corredor titilaban con un zumbido tenue mientras Sophia se deslizaba por la pared, agachada, apretando la chaqueta contra su pecho como si eso pudiera ocultarla de él, el tejido áspero rozándole la piel como un recordatorio de su vulnerabilidad. El aire estaba cargado de un olor a metal oxidado y ozono quemado, cada parpadeo de las luces proyectando sombras alargadas que le erizaban la nuca, como dedos invisibles rozando su espalda.

Zephyr Blackthorn.

El nombre por sí solo le había helado la sangre, un frío que le calaba hasta los huesos y le aceleraba el pulso hasta un martilleo ensordecedor en sus oídos. No sabía cómo, ni por qué él sabía de ella. Pero lo que era seguro… es que la estaba buscando, un acecho invisible que le revolvía el estómago como un nudo de alambre.

Sophia (mental):

“¿Por qué yo? ¿Qué hice? ¿Qué quiere? No tengo nada especial. No soy Jake. No soy un duelista estrella. Solo quiero salir viva”, pensó, el pánico subiéndole por la garganta como bilis amarga.

Corrió hasta el final del pasillo de seguridad, cada paso un eco amortiguado que le resonaba en el pecho. La puerta metálica del Club de Ciencias, Salud y Tecnología se mantuvo cerrada… hasta que le acercó su credencial de asistente temporal, una que le habían otorgado hacía semanas para un proyecto que nunca terminó. Pitido. Acceso concedido, un sonido agudo que cortó el silencio como un veredicto.

Entró.

Y la puerta se cerró tras ella con un susurro suave y definitivo, un clic que le dejó un vacío en el estómago.

Dentro del laboratorio, el ambiente era completamente distinto al resto de la academia. Una penumbra blanca bañada por la luz de pantallas suspendidas, un fulgor frío que le picaba en los ojos. El zumbido de los generadores era casi reconfortante, un ritmo constante que le vibraba en el pecho como un segundo corazón. El espacio olía a metales ionizados, polímeros y vidrio templado, con una humedad en el aire que se pegaba a la piel, como si las máquinas respiraran con ella, exhalando un vapor sutil que le enfriaba las mejillas.

Ella sabía que allí no encontraría humanos. Solo máquinas. Y quizá, eso era lo mejor, un refugio estéril donde el caos exterior no podía penetrar.

Sophia (mental):

“Zephyr no entra a estos sitios. No le interesa lo que no puede destruir. Aquí… aquí puedo pensar”, reflexionó, el alivio efímero mezclado con un nudo de ansiedad que le oprimía el pecho.

Se dejó caer junto a una consola desactivada, intentando recuperar el aliento, el suelo frío calando a través de su ropa como un recordatorio cruel. Solo entonces reparó en un detalle: una caja de seguridad aislada, abierta a medias, como si alguien se hubiera marchado con prisa, el aire alrededor cargado de un zumbido bajo. Dentro: prismas translúcidos flotando en pequeños soportes, cada uno con un núcleo que palpitaba lentamente, como si latieran, un pulso sutil que le aceleraba el corazón al observarlos.

Se acercó con cautela, cada paso un crujido en el silencio, el sudor perlando su frente como gotas heladas. Una tableta encendida aún mostraba un documento reciente, firmado digitalmente, la pantalla proyectando un fulgor azul que le iluminaba el rostro:

Bitácora Personal – Aria Stephen (aprendiz)

“Prototipo CEES – Canalizadores de Energía Estelar Sintética

Los CEES están diseñados para capturar, comprimir y estabilizar partículas de radiación estelar latente mediante capas de silicio vibrante y núcleos sintéticos de trión de litio.

El principio base: presión energética.

Al igual que la presión de materia, donde la densidad fuerza a los átomos a ocupar un volumen mínimo, aquí comprimimos energía estelar bruta en una matriz subatómica que solo puede ser liberada al vincularse con un receptor orgánico compatible.

El cuerpo humano no puede contener energía estelar por sí mismo, pero el CEES actúa como una válvula catalizadora, soltando cargas dosificadas al sistema nervioso, muscular y linfático.

En resumen: el CEES convierte a su usuario en un vector de radiación canalizada.

Un arma biológica, sí. Pero solo si el usuario sobrevive a la adaptación.”

Advertencia: Uso no autorizado puede inducir colapso neurológico, fallo mitocondrial o destrucción celular espontánea.

Sophia tragó saliva, el sabor amargo en su boca como ceniza, y dio un paso atrás… pero algo dentro de ella se movió, un tirón invisible que le aceleraba el pulso.

Un pensamiento.

Una posibilidad.

Una voz interna que susurraba promesas.

Sophia (mental):

“¿Y si esto es justo lo que necesito?

No para pelear. No para ganar.

Sino para no volver a correr”, reflexionó, el corazón latiéndole con fuerza desbocada.

Sus ojos buscaron entre los prismas. Uno de ellos, más tenue que los demás, comenzó a brillar al acercarse, un fulgor que le picaba en la piel como electricidad estática. Un haz de luz azul escaneó su rostro, un barrido frío que le erizaba el vello.

La pantalla de la caja de contención parpadeó:

Sincronización espontánea detectada.

Candidato orgánico viable: SOPHIA JOHNSON

Adaptabilidad celular: 88.2%

Carga de prueba sugerida: 1.5 microciclos

La puerta de la caja se abrió, un clic que resonó en sus oídos como un destino sellado. Y el CEES flotó hacia ella como si la reconociera, un movimiento fluido que le aceleraba el corazón.

Sophia extendió la mano. Lo tocó, el contacto un calor sutil que le subía por el brazo como un río interno.

Y lo sintió entrar.

No fue físico. Fue como si algo se deslizara entre sus nervios, su espina dorsal, su columna, un flujo que le vibraba en las venas como un torrente controlado. Una vibración. Luego presión, un peso que le oprimía el pecho. Luego una explosión de luz en su mente, un fulgor que le nublaba la vista y le hacía jadear.

Sophia (jadeando, casi desmayada):

—¡AHHHH!

La consola pitó múltiples veces, un sonido agudo que le perforaba los tímpanos.

Las pantallas se encendieron solas, proyectando datos que danzaban en el aire como fantasmas.

Adaptación biotecnológica en proceso.

Saturación energética inicial estabilizada.

Matriz energética activa.

Sophia cayó de rodillas, el suelo golpeándole como un martillo, su cuerpo temblando con espasmos que le dolían en los músculos. Su visión se distorsionaba, el mundo borroso alrededor, pero lo más extraño era que no sentía dolor puro.

Sentía más.

Más velocidad en su pulso, un ritmo acelerado que le vibraba en el pecho como un motor encendido.

Más claridad en sus pensamientos, un foco que cortaba el pánico como un filo.

Más agudeza en su percepción, cada zumbido, cada fulgor, amplificado hasta el punto de la sobrecarga.

Como si el universo hubiera subido el volumen de todo, un torrente sensorial que le revolvía el estómago, pero le llenaba de un poder innegable.

Sophia (mental, con lágrimas calientes rodando por sus mejillas):

“¿Esto es… lo que se siente no tener miedo?”, pensó, el alivio mezclado con un terror residual que le temblaba en las manos.

Una última línea apareció en la pantalla, como una firma final de Aria, un mensaje que le quemaba en la retina:

“Si llegaste hasta aquí… ya no estás huyendo. Estás despertando.”

Y Sophia, por primera vez en días, sonrió.

No de felicidad.

Sino de certeza, un fuego que le ardía en el pecho como un juramento.

Porque en ese laboratorio de la planta baja, escondida del villano más peligroso del universo, había encontrado la única arma que no era ni espada ni técnica ni armadura.

Había encontrado su canal.

Y ahora…

solo quedaba abrirlo.

Cuando activó la secuencia desde la consola, los CEES comenzaron a vibrar en sincronía, cada uno modulando una frecuencia específica como si respondieran a un patrón oculto en el cuerpo de Sophia, un zumbido que le resonaba en los huesos. Un campo de partículas brillantes se proyectó desde cada prisma, como si el aire se fracturara en líneas de código estelar, un remolino que le picaba en la piel como electricidad viva. La luz no cegaba, pero lo iluminaba todo, proyectando sombras danzantes en las paredes. El laboratorio entero pareció contener el aliento, el aire espesándose como antes de una tormenta.

Sophia sintió primero un cosquilleo detrás de la nuca, un hormigueo que le subía por la espina como dedos invisibles. Luego un latido debajo del esternón, como si su cuerpo reconociera los dispositivos antes que su mente, un pulso que le aceleraba el corazón hasta un martilleo doloroso.

Uno a uno, los canalizadores flotaron lentamente desde la bandeja, alineándose con puntos precisos en su cuerpo —sin tocarla—, estabilizándose en una especie de órbita suspendida, un movimiento fluido que le erizaba el vello. Luego, como guiados por una fuerza invisible, se aproximaron y se “adhirieron” sin invadir la piel. No se incrustaron, no atravesaron nada. Simplemente… se fundieron con su campo bioeléctrico, un calor sutil que le filtraba por las venas como un elixir.

No hubo dolor. Solo un leve cambio de presión, como si el aire alrededor de su cuerpo se comprimiera ligeramente, un peso que le oprimía el pecho, pero le llenaba de un poder latente. Los CEES se sincronizaron con sus ritmos internos —su respiración, sus impulsos neuronales, la vibración de su energía estelar latente. Un tenue fulgor azul violeta los envolvía, pulsando al mismo ritmo que su corazón, un latido compartido que le vibraba en el pecho como un segundo pulso.

No me han invadido… me han aceptado, pensó, el alivio subiéndole como una marea.

Era como si cada uno de ellos construyera un canal interno que guiaba la energía estelar de forma elegante, sin dejar que se derramara o se desbocara. Sophia podía sentirlo: la diferencia era como contener una tormenta en una copa de cristal y, de repente, convertirla en un río de flujo perfecto, un equilibrio que le calmaba el alma, pero le aceleraba las venas.

Su cuerpo no había cambiado. Ninguna marca, ningún brillo permanente. Solo la atmósfera había mutado. Un aura translúcida la envolvía ahora, flotando apenas milímetros sobre su piel, como una exhalación constante de poder contenido, un velo que le picaba en la epidermis como una promesa.

Y por primera vez en días, Sophia Johnson se sintió… completa, un vacío llenado que le dejaba las piernas temblorosas pero firmes.

[PLATAFORMA A – Jake Evernight vs Vahn Elric]

La arena temblaba, como si la misma tierra estuviera siendo marcada por los ecos de los golpes, los rugidos de la multitud y el poder desatado que colisionaba entre los dos combatientes, un zumbido bajo que le vibraba en los huesos a Jake. Cada paso resonaba, cada movimiento una sinfonía de fuerza y determinación, el aire cargado de un olor a ozono quemado y sudor rancio. Jake mantenía su postura, los ojos fijos en su oponente, el sudor deslizándose por su frente como gotas calientes, sus músculos tensos como cuerdas a punto de romperse, el pecho agitado con cada inhalación.

Vahn lo observaba con una sonrisa torcida, el rostro marcado por la arrogancia y la confianza de un guerrero experimentado, su aura un velo que distorsionaba el aire a su alrededor. Pero había algo en su mirada, algo que Jake no pudo identificar de inmediato, un vacío que le helaba la sangre. Algo que dejaba entrever que este duelo no era solo físico. No era una lucha para demostrar quién era el más fuerte; era algo mucho más personal, un enfrentamiento que explotaba vulnerabilidades internas.

Jake bloqueó una patada directa al rostro con un destello de luz, una barrera estelar que se encendió justo en el momento exacto, apenas desviando el impacto, el flujo redirigido como un río desviado. El golpe de Vahn había sido rápido, calculado, y por un instante, Jake pensó que podría haber sido demasiado tarde, el impacto reverberando en sus brazos como un eco doloroso.

Vahn se rio entre dientes, una risa baja, llena de veneno, como si estuviera disfrutando de cada segundo, un sonido que le revolvía el estómago a Jake.

—Eres bueno… pero aún no has visto lo que yo he visto. —Su tono era grave, arrastrado por un aire de desdén, como si estuviera hablando desde las alturas de una montaña de experiencias, tan altas que nadie más podría alcanzar, un peso que oprimía el espacio entre ellos.

Jake apretó los dientes, sus ojos ardían con una furia que no podía ocultar, el calor subiéndole por el cuello. Se mantenía firme, pero dentro de su mente, una voz le susurraba que esta batalla era solo el principio. La sensación de que algo mucho más oscuro se estaba gestando se hacía cada vez más presente, un nudo en su estómago que no se disipaba.

—¿Y eso incluye perder? —replicó Jake con fiereza, levantando la mano y lanzando una descarga de luz blanca que salió disparada en un resplandor cegador, un pulso que buscaba perforar defensas internas. La explosión de energía destrozó parte del hombro de Vahn, arrancándole parte de su armadura, la cual se desplomó al suelo con un sonido metálico que reverberaba en la arena.

Vahn no gritó. En cambio, su risa se hizo más fuerte, más macabra. Una risa que no provenía de un hombre, sino de algo más profundo, más oscuro. La risa de alguien que ya había conocido la derrota, pero que aún sentía que todo estaba bajo su control, un eco que le helaba la sangre a Jake.

[PLATAFORMA B – Lyra Vex vs Kael Riven]

En la plataforma opuesta, el espectáculo continuaba. Lyra danzaba entre cristales rotos, cada paso un destello de belleza y violencia, sus movimientos rápidos, casi imposibles de seguir, como si el viento mismo la guiara, el aire silbando con cada giro. Los cristales afilados se fragmentaban en su paso, cortando el aire como filos invisibles, pero ella no se detenía, sus ojos brillando con una determinación feroz, el sudor perlando su piel como gotas de mercurio.

Kael, por otro lado, estaba cubierto por una armadura elemental que parecía tener vida propia, un velo que absorbía y redirigía impactos. Cada golpe que recibía hacía que la armadura se agrietara, un crujido que resonaba en sus oídos, pero Kael se mantenía en pie, su cuerpo de acero imparable a pesar de la sangre que brotaba de las heridas en su rostro, un sabor metálico en su boca que avivaba su rabia.

—No voy a ser la siguiente en caer —jadeó Lyra, luchando por mantener la concentración mientras sentía el cansancio comenzar a tomar su toll, un peso que le oprimía los músculos.

—Ya estamos todos cayendo —respondió Kael, escupiendo sangre sobre la arena, mirando a su alrededor con una mirada sombría, el dolor latiendo en su cráneo—. Solo que tú aún no lo sabes.

La tensión se podía cortar con un cuchillo, un silencio opresivo entre los golpes. Las plataformas estaban al borde del colapso, inclinándose peligrosamente hacia un abismo que se extendía más allá de las paredes del Coliseo, el suelo temblando con cada impacto. La multitud rugía, el sonido de miles de voces uniéndose en un solo grito, un clamor que le vibraba en el pecho a todos.

Pero entonces, algo cambió. Algo que hizo que el tiempo se detuviera, un vacío que succionaba el aliento colectivo.

El rugido del Coliseo se apagó de golpe, como si la misma arena hubiera dejado de respirar, un silencio que le erizaba la nuca a Jake.

El cielo se partió en dos.

Una grieta afilada, tan brillante como la luz de un relámpago, rasgó la atmósfera sobre la arena central, un corte que le helaba la sangre. De ella descendió una figura, una sombra flotante que parecía estar hecha de la misma oscuridad del universo, un peso que oprimía el espacio. Su manto fluía, como humo pesado, y la máscara que cubría su rostro era como la de Zephyr, pero mucho más grotesca. Más tosca. De sus líneas naranjas brillaban luces que se movían como venas palpitantes, un pulso que le aceleraba el corazón a todos.

No era Zephyr. Pero no importaba.

La presencia de la figura era innegable. Era como si la realidad misma temiera su existencia, un horror que le revolvía las entrañas.

En su mano izquierda, colgaba un cuerpo inerte. Lucian. O al menos lo que quedaba de él. Cortado con una precisión que solo un ser sobrenatural podría lograr. La sangre caía en hilos gruesos, flotando en el aire, suspendida como si el tiempo estuviera roto. Los intestinos de Lucian ondeaban con el viento como estandartes macabros, un hedor a vísceras que se extendía como una niebla.

En su otra mano, la figura movió los dedos, trazando un arco en el aire, un gesto sutil que cortaba el silencio.

Una línea oscura, mortal, surgió de sus dedos. No hubo luz, ni sonido, ni advertencia. Solo un movimiento, rápido como el parpadeo, y en ese segundo exacto, Vahn, Kael y Lyra cayeron. No hubo explosión, ni gritos. Solo la quietud mortal del impacto directo al corazón, un corte interno que les succionaba la vida. Silencio absoluto, sus cuerpos desplomándose como marionetas cortadas.

Cayeron al suelo como muñecos rotos, sus cuerpos sin vida haciéndose eco en la arena, el thud amortiguado reverberando en el pecho de Jake. La mirada de todos estaba vacía, perdida en un abismo que ya no podía comprenderse, un horror que le nublaba la vista con lágrimas contenidas.

Jake se quedó allí, inmóvil, el único que permanecía en pie. El aire estaba denso, el peso del momento aplastando su pecho como un torno invisible. Sabía que la batalla había cambiado, pero no entendía cómo o por qué, el pánico subiéndole como una marea.

La figura flotó hacia él, deslizándose como una sombra sobre el Coliseo, su presencia un peso que oprimía el espacio. Sus ojos, invisibles tras la máscara, se clavaron en él con una intensidad tan penetrante que parecía que podía leer cada rincón de su alma, un perforar que le helaba la sangre.

—Jake Evernight… —dijo la figura, su voz profunda y cargada de un tono que podría haber sido burlón, pero también estaba impregnado de una calma siniestra, como si estuviera hablando desde el vacío, un eco que le vibraba en los huesos.

—No es personal. Solo… necesitaba tu atención. —La figura no se apresuró. Cada palabra era medida, como si disfrutara de la reacción que su presencia causaba en el joven, un peso que le oprimía el pecho a Jake.

Sin pensarlo, la figura arrojó el cadáver mutilado de Lucian hacia Jake. El cuerpo voló en el aire como una marioneta rota, cayendo con fuerza hacia él, el hedor a muerte golpeándolo como un muro.

Jake intentó moverse, pero su cuerpo estaba paralizado, la horrorosa imagen de Lucian en sus manos lo mantenía fijo, como si el peso de la tragedia lo hubiera atrapado, el estómago revuelto con náuseas crecientes.

Pero justo cuando pensó que iba a ser aplastado por la brutalidad de lo que quedaba de su amigo, algo sucedió.

La figura levantó su mano, cerrando los dedos con desprecio.

Una chispa naranja brilló en el aire, y en el siguiente segundo, Lucian desapareció. No quedaba nada de él. Ni carne, ni huesos, ni sangre. Solo una nube de polvo cálido que se deshizo en el aire, como si el mundo mismo hubiera borrado su existencia, un vacío que le succionaba el aliento a Jake.

Jake temblaba, las piernas casi cediendo bajo su peso, el horror se apoderaba de él como un veneno lento. Pero la figura, sin inmutarse, lo observaba con una calma aterradora, un silencio que amplificaba el latido de su corazón.

La figura flotó frente a él, su presencia un peso opresivo.

—Ahora sí… ¿tienes mi atención? —preguntó, su voz suave, casi susurrante, un eco que le revolvía las entrañas.

Y antes de que Jake pudiera reaccionar, la figura se desvaneció. No dejó rastro. No hubo sonido, ni aire roto, ni huella. Como si jamás hubiera existido, un vacío que le dejaba un nudo en la garganta.

El Coliseo quedó en absoluto silencio, un peso que oprimía el espacio.

La multitud, paralizada. Los comentaristas, llorando desconsolados, sus voces quebradas en sollozos ahogados. La brutalidad de lo sucedido les dejó sin palabras, un horror colectivo que les calaba hasta los huesos.

Jake, de pie entre los cuerpos sin vida de sus compañeros, sintió algo más allá del miedo. Sintió que ya no era el protagonista de esta historia.

Era el detonante de algo mucho más grande, un peso que le aplastaba el pecho como una sombra inminente.

[ACADEMIA ALTAMIRA – SECTOR LABORATORIOS – INTERIORES]

La puerta del laboratorio se abrió de golpe. No explotó, no crujió. Solo se rindió ante el peso de una decisión irreversible, un clic que resonó en el silencio como un juramento.

Sophia salió como si hubiera despertado de un coma lleno de dolor, el aire a su alrededor crepitando con un zumbido bajo. El resplandor azul de su núcleo estelar vibraba debajo de su piel, un pulso que le aceleraba el corazón, y su mirada ya no era de una estudiante… sino de un cometa buscando algo que arrasar, un fuego que le ardía en los ojos.

Silencio absoluto.

No había un alma en los pasillos. Ni instructores. Ni alumnos. Ni ecos, un vacío que le succionaba el aliento.

Solo ella y sus pisadas resonando como metrónomos del fin, cada paso un eco que le vibraba en los huesos.

—Zephyr… —murmuró mientras su mano se cerraba y respondía con un leve zumbido cósmico, un calor que le picaba en las palmas—. No tengo idea de qué estás haciendo… pero lo voy a romper todo si hace falta para encontrarte.

Un zumbido agudo le atravesó el oído, un dolor sutil detrás de los ojos. Una alteración en el campo estelar del ala norte, un tirón invisible que le revolvía el estómago.

Él estaba cerca.

Y ella lo sintió, un hormigueo en la nuca que le aceleraba el pulso.

Sin pensarlo, giró en seco, deslizándose como si su cuerpo flotara a centímetros del suelo. Su energía estelar se amplificó al instante: trazos de luz azul y blanca la envolvieron como un aura viva, un velo que le picaba en la piel. En segundos, se perdió en las sombras del pasillo, rumbo a su objetivo, el corazón martilleándole con furia renovada.

[EXTERIOR – PATIO INTERMEDIO – LÍMITE ENTRE SECTOR DE CIENCIAS Y LOS INVERNADEROS]

Él estaba allí. De pie. En medio del vacío.

Zephyr.

O lo que parecía serlo.

Traje negro de líneas púrpuras, un tejido que absorbía la luz. Máscara afilada, de cristal oscuro surcado por filamentos que vibraban como circuitos sanguíneos. Imperturbable.

Sin moverse.

Como si la hubiera estado esperando, un peso que oprimía el espacio.

Sophia aterrizó frente a él con la fuerza de un rayo impactando la tierra. El suelo se fracturó bajo sus pies, un crujido que reverberaba en sus huesos, y un halo de energía celeste se expandió desde su núcleo, un fulgor que le quemaba en la retina.

—¡ZEPHYR! —gritó, con la garganta hecha fuego, el sonido cortando el silencio como un filo—. ¡¿Tú también formas parte de esta jodida pesadilla?!

Él no respondió. Solo inclinó levemente la cabeza, un gesto sutil que le helaba la sangre.

Eso bastó.

Sophia cargó de inmediato, envolviendo su cuerpo en una capa de cristales estelares que endurecían su estructura interna. Sus puños eran meteoritos, canalizando la energía en pulsos que explotaban vulnerabilidades. Sus ojos, cuchillas, perforando la máscara.

Zephyr apenas bloqueó el primer golpe, redirigiendo el flujo con un giro sutil.

Pero el segundo le atravesó el hombro, un impacto que reverberaba en sus huesos como un eco doloroso.

La pelea estalló, un caos de flujos colisionando.

Ella lo despedazaba con una brutalidad quirúrgica:

—Codo giratorio estelar, a la mandíbula, un pulso que buscaba desestabilizar el equilibrio interno.

—Patada invertida, con detonación de núcleo en el talón, explotando brechas energéticas.

—Gancho triple impulsado por líneas gravitacionales, redirigiendo el momento para perforar defensas.

Cada golpe dejaba un trazo de luz en el aire y un crujido en el cuerpo del falso Zephyr. Su máscara vibraba con cada impacto, deformándose levemente, un zumbido que le picaba en los oídos a Sophia.

—¡¿Te parece gracioso mirar cómo destruyen a los demás desde las sombras?! —bramó ella, girando sobre sí misma y conectando una rodilla ascendente que lo lanzó contra una pared, el impacto reverberando en su pecho—. ¡¿Y ni siquiera tienes el coraje de hablarme?!

Zephyr se levantó. Su hombro izquierdo colgaba descolocado, y su respiración era mínima, apenas audible, un jadeo ahogado.

Entonces movió los dedos.

Un sello.

Rápido. Impecable. Como una flor que se cierra, un gesto que cortaba el aire.

—Ya es tarde para tus amigos de la arena. —dijo con una voz vacía, como una copia mal hecha del original—. Y tú lo sabes. No nos volveremos a ver.

—¡¿QUÉ MIERDA SIGNIFICA ESO?! —gritó Sophia, corriendo hacia él, el pánico subiéndole como una marea.

Pero era inútil.

Una cortina de niebla oscura surgió del suelo y lo envolvió, un remolino que le revolvía el estómago. Zephyr… desapareció.

Como si nunca hubiera estado, un vacío que le dejaba un nudo en la garganta.

Sophia quedó sola. Respirando con violencia, el pecho agitado. Sus nudillos ensangrentados, un ardor que le quemaba en las yemas. El rostro desencajado. Y algo más importante:

Una certeza que la partía en dos, un peso que le oprimía el pecho.

—Jake…

Sus ojos se abrieron de golpe. Algo vibraba en el aire. Como un susurro desde el núcleo del planeta, un hormigueo en la nuca.

Una explosión.

Una vibración.

Un rugido distante.

Y después… un grito colectivo, un clamor que le helaba la sangre.

Desde el otro extremo de la academia, un brillo rojizo se alzaba como el sol enloquecido. Sophia no pensó.

Simplemente corrió, cada paso un impulso que le aceleraba el pulso.

[COLISEO DE ALTAMIRA – INSTANTES DESPUÉS DEL INCIDENTE]

Cuando Sophia llegó, el caos ya había empezado, un hedor a sangre y humo que le llenaba los pulmones.

Uno de los techos de las gradas estalló en mil fragmentos, aplastando decenas de cuerpos que aún no terminaban de gritar, un crujido masivo que reverberaba en sus oídos. Sangre. Humo. Chispas, un horror que le revolvía el estómago.

Y él estaba allí.

El enmascarado.

No Zephyr. Otro.

Una figura más corpulenta, envuelta en un humo negro que giraba como serpientes furiosas, un remolino que le picaba en la piel. Su máscara era un cascarón deformado, con líneas anaranjadas pulsando como nervios abiertos, un fulgor que le quemaba en la retina.

En su mano… una energía densa. Como la de un sol muerto, un peso que oprimía el espacio.

Sophia no lo pensó. Se elevó, el aire crepitando a su alrededor.

—¡VOOOOY POR TI, BASTARDO! —gritó con furia estelar, la voz ronca cortando el caos.

Se lanzó en picada.

Su cuerpo estalló en una danza de partículas azules, y todo su núcleo brilló como si fuera a quemarse por dentro, un calor que le ardía en las venas.

Impactó contra el ser con una fuerza tectónica, directa al rostro, un pulso que reverberaba en sus huesos.

La explosión fue absoluta, un boom que le zumbaba en los oídos.

El enmascarado salió disparado hacia el centro del Coliseo, y su máscara se rompió en mil pedazos… revelando un rostro que no parecía humano. Piel grisácea. Ojos sin pupila. Una sonrisa rota, un horror que le helaba la sangre.

Sophia aterrizó frente a él, jadeando, aún humeante, el sudor perlando su frente.

—¿Quién demonios… eres tú?

El ser la observó. Tosió algo viscoso. Y sonrió, con una ceja alzada vacía.

—¿Importa? —dijo—. Tú ya llegaste tarde.

[COLISEO DE ALTAMIRA – CENTRO DE LA ARENA – MINUTOS DESPUÉS]

El polvo aún no se había asentado, un velo gris que nublaba la visión y le picaba en los pulmones.

El enmascarado, ahora sin su máscara —rota por el impacto de Sophia—, se irguió entre los escombros, con la media cara descubierta, bañado en sombra… y con un hilo de sangre morada deslizándose desde la comisura de sus labios, un sabor amargo que le manchaba la piel.

La multitud no sabía si gritar o no moverse, un silencio opresivo que pesaba como plomo.

Los directivos, ubicados en el palco de autoridades, empezaban a retroceder, entre murmullos, jadeos y órdenes apresuradas por comunicadores rotos, el pánico subiéndoles como una marea.

El hombre los miró.

Una mirada sin emoción. Sin prisa. Sin culpa, un vacío que les helaba la sangre.

Y alzó la mano.

—…Tch.

Los hilos surgieron de su palma como fibras etéreas, casi invisibles, un remolino que cortaba el aire.

Docenas.

Se desplegaron como telarañas furiosas, abrazando los cuellos de todos los jurados, líderes de casa, coordinadores, y funcionarios de alto rango, un contacto frío que les succionaba el aliento.

Antes de que alguien pudiera gritar, él giró los dedos…

—Crack.

—Crack.

—Crack.

—CRACK.

—CRAACK…

Los cuellos se torcieron como si exprimiera ropa mojada, un sonido húmedo que reverberaba en el silencio.

Uno tras otro.

Las vértebras tronaron, un crujido que les helaba la sangre.

Los ojos se abrieron al máximo, pupilas dilatadas en terror.

Los cuerpos colapsaron entre estertores, un thud colectivo que le revolvía el estómago a Jake.

Muertos. Todos.

El asesino observó el charco de sangre crecer sin pestañear. Luego, soltó un suspiro leve… y dijo, con tono casual, casi fastidiado:

—…Pensé que el profe Aldrich estaría aquí.

Como si lamentara que su plato favorito no estuviera servido, un desdén que pesaba en el aire.

Solo entonces, sus ojos se encontraron con los de Jake.

Y Jake… Jake sintió que se congelaba desde el alma hacia afuera, un frío que le calaba hasta los huesos.

Esa cara.

Esos ojos.

Esa aura oscura mezclada con energía estelar en estado corrupto, un flujo que le picaba en la piel como veneno.

Lo conocía.

—…Raven…

El asesino le sonrió. Con los labios manchados de púrpura. Con la calma de quien siempre supo que este momento llegaría.

—Lamento que tenga que ser así, Jake.

—No había escapatoria.

—Pero acabaré con esto… lo más rápido posible.

[ENTRADA PRINCIPAL DE LA ACADEMIA ALTAMIRA – ESE MISMO INSTANTE]

Aria Stephen llegó al borde del empedrado, justo donde la verja alta y ornamentada de la academia comenzaba. Sus botas resonaban con eco seco en el suelo mientras sus ojos recorrían el paisaje frente a ella, el aire cargado de un silencio opresivo que le erizaba la nuca.

Todo… estaba perfecto.

Demasiado perfecto, un contraste que le revolvía el estómago.

No había humo. No había ruido. No había ni una sola alma a la vista más allá del portón, un vacío que succionaba el aliento.

El cielo era sereno, como si el tiempo mismo se hubiese detenido para posar como un cuadro, un azul inmaculado que le picaba en los ojos.

Pero su estómago se revolvía como si algo dentro de ella gritara, un nudo que le oprimía el pecho.

—No… —dijo en voz baja, apretando los puños, las uñas clavándose en las palmas hasta doler—. Esto no es normal.

Dio un paso más. Estiró la mano. Y sin aviso—

¡THUMP!

Su palma se estrelló contra una barrera invisible, un impacto sordo que le reverberaba en el brazo.

—¡¿Qué rayos?! —retrocedió, mirando su mano, luego el espacio delante de ella. No había nada. Pero podía sentirlo… una densidad en el aire, algo que latía y presionaba hacia afuera, un pulso sutil que le aceleraba el corazón.

Volvió a tocar. Nada visible. Ninguna señal. Solo una solidez absoluta. Como si el aire estuviera hecho de acero, un contacto frío que le helaba los dedos.

—Esto no es una ilusión… no es un campo de energía estándar… —se dijo, empezando a sentir que su voz temblaba más de lo normal, un quiebre que le subía por la garganta—. ¿Qué clase de… truco barato…?

Golpeó. Golpeó con ambas manos. Pero el impacto se apagaba como si se hundiera en algo vivo, un rebote que le dolía en las palmas.

De pronto, otra persona llegó. Y luego otra. Y otra. Estudiantes, instructores, ciudadanos, un murmullo que crecía como un enjambre.

Un chico lanzó una piedra: ¡clac!

Rebotó en el aire, flotó un segundo y cayó al suelo, un sonido que cortaba el silencio.

—¿¡Qué es esto!? —gritó alguien, la voz quebrada.

—¡¿Por qué no podemos entrar?! —dijo otra voz, desesperada, un eco que le aceleraba el pulso a Aria.

—¿Y los que están adentro?

—¡Oigan! ¡¿Hay alguien ahí adentro?!

El murmullo empezó a subir como una ola, cargada de ansiedad, un clamor que le zumbaba en los oídos.

Aria no respondía. Solo observaba, paralizada, el corazón latiéndole con fuerza desbocada.

Y entonces lo sintió.

Una presencia.

Allí adentro. Algo indescriptible. Algo… antiguo, como si una fuerza se hubiera despertado y se negara a ser vista por el mundo, un peso que le oprimía el pecho.

Su garganta se cerró.

No por falta de aire.

Sino por miedo, un terror que le subía por la espina como dedos helados.

—Jake… —susurró. No gritó. No lloró. Solo dejó que su alma se partiera un poco mientras su mente se negaba a aceptar lo obvio, las lágrimas picando en sus ojos.

Algo terrible estaba ocurriendo.

Y nadie podía entrar, un vacío que le dejaba un nudo perpetuo en el estómago.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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