Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 18
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Capítulo 18: Cicatrices
La máscara negra, aun exhalando un humo acre y espectral, yacía partida en dos como un cráneo abierto en cirugía, reposando en medio de charcos de sangre tibia que se extendían como venas rotas sobre el suelo agrietado del coliseo. Aquellos patrones anaranjados, que antes latían con una energía inquietante —como el pulso de un corazón enterrado vivo—, ahora estaban apagados, fracturados, como si una grieta invisible hubiera rasgado no solo el metal, sino el alma misma que lo animaba. Sophia temblaba allí de pie, su cuerpo un cable vivo de nervios expuestos; el eco de su propio ataque aún reverberaba contra las paredes desnudas y ensangrentadas, como un trueno que se niega a morir en la distancia. Sus dedos se aferraban con rigidez, agarrotados por una furia que ardía como ácido, o quizás por el horror que se filtraba en su mente como una niebla fría y pegajosa.
—Raven… ¿eres tú? —susurró, y su voz se quebró en el aire espeso, como vidrio pisoteado.
Los ojos del joven ocultista, ahora al descubierto sin la máscara que lo había ocultado como una segunda piel, retenían esa calma perturbadora que siempre exhibía al divagar sobre mundos paralelos y geometrías imposibles, esas que doblaban la mente como papel mojado. Pero el asombro había huido de ellos, dejando solo un vacío irónico, frío y lento, como una enfermedad terminal que se arrastra por los huesos sin prisa, saboreando cada momento de agonía.
Jake se mantenía inmóvil, una estatua de carne y hueso en medio del caos, mientras la sangre resbalaba por las grietas del suelo como lágrimas rojas y pegajosas. El hedor a muerte era tan denso, tan visceral, que dolía al inhalarlo, como si cada bocanada arrastrara fragmentos de almas rotas hacia los pulmones. No podía mirar a Raven sin revivir ese instante eterno: los cuerpos de los directivos, jueces y profesores colapsando como marionetas destripadas por un titiritero loco. Hilos invisibles de energía estelar habían surgido de los dedos de Raven, enredándose en sus cuellos con una delicadeza siniestra. Luego, con un gesto casi perezoso —como si estuviera exprimiendo una esponja sucia—, los había estrujado uno por uno. Los huesos crujieron como ramas secas bajo una bota, un sonido que se clavaba en el cerebro como un clavo oxidado.
Jake no dijo nada. Aún no podía procesar si aquello era real, o si su mente, fracturada como el suelo bajo sus pies, lo había arrastrado a un sueño febril del que no quería despertar. Parte de él anhelaba abrir los ojos en su cama, sudando, pero a salvo. Otra parte, más profunda, más rota —esa que susurraba verdades en la oscuridad—, sabía que esto era solo el preludio de algo peor, un prólogo escrito con tinta de sangre.
Un crujido repentino cortó la tensión como una daga oxidada rasgando seda. Desde un ángulo ciego, entre los restos humeantes de una columna derrumbada —pedazos de piedra que aún soltaban volutas de humo como almas en fuga—, Reiss emergió con los músculos tensos como cables de acero a punto de romperse, el rostro desencajado por una rabia que le deformaba las facciones en una máscara de furia pura. No gritó. No dudó. Solo cargó, como un toro herido que ve rojo en todas partes.
Su puño, envuelto en una capa brillante de energía estelar que chispeaba como estrellas moribundas, impactó el rostro descubierto de Raven con una violencia que hacía eco en los huesos. El sonido fue sordo y brutal, como un martillo golpeando carne fresca. La cabeza de Raven giró con un chasquido que amenazaba con desprenderla del cuello, y una lluvia de sangre salpicó el suelo como confeti macabro.
El golpe lo catapultó varios metros atrás, rebotando contra las losas rotas como una piedra lanzada sobre un lago de vidrio fracturado. Se arrastró por inercia, dejando un reguero rojo y viscoso detrás, como el rastro de un caracol herido.
—¿Qué carajos hiciste? —gruñó Reiss, avanzando paso tras paso, cada uno más pesado que el anterior, como si cargara el peso de todos los muertos en sus hombros.
Raven escupió un coágulo de sangre, y luego sonrió. Sus dientes partidos brillaban como pedazos de vidrio incrustados en la carne abierta, una sonrisa que era mitad desafío, mitad locura.
—Lo que tenía que hacer —replicó, con una voz que goteaba sarcasmo, como si estuviera explicando por qué el café se toma negro y no con esa mierda de leche que lo arruina todo.
No hubo más advertencias, ni charlas de salón. Reiss saltó sobre él como un depredador enloquecido, canalizando su energía hacia la pierna en un giro aéreo que descargó una patada como un látigo ardiente directo al costado de Raven. El impacto fue brutal, un estallido de carne y hueso que se propagó en el aire como un disparo en una iglesia vacía. El cuerpo de Raven se dobló por el costado, los huesos crujiendo como palos secos en una fogata, y volvió a estrellarse contra una columna destruida, enviando esquirlas de piedra volando como metralla.
Aun así, seguía sonriendo, esa maldita sonrisa que hacía que Reiss quisiera borrarla a puñetazos.
Sophia no se movía, su cuerpo clavado al suelo como raíces profundas en tierra maldita. No era miedo lo que la paralizaba, sino algo peor: una mezcla amarga de traición y compasión que se revolvía en su estómago como veneno lento. Aquel rostro herido, sangrante, aún era el de su amigo, el que una vez le había hablado de cómo la oscuridad podía ser un refugio cálido, no solo una amenaza acechante que te devora en las noches sin luna.
—¿Por qué? —su voz salió quebrada, atascada en el alma como un nudo que no se deshace.
Raven alzó la mirada, su ojo izquierdo hinchado como una fruta podrida, apenas entreabierto. Y, aun así, habló como si el dolor fuera un viejo amigo invitado a la fiesta.
—Porque ellos no entienden, Sophia. Y tú… tú lo sabías desde siempre.
Antes de que pudiera responder, Reiss cargó de nuevo, esta vez con ambas manos extendidas como garras, una oleada de energía estelar rodeándolo en espirales erráticas que vibraban con cada paso, deformando el aire a su paso y arrastrando polvo y sangre seca como un torbellino de muerte.
Raven levantó una mano, los dedos crispados como garras de cuervo. El suelo bajo él explotó en un anillo de presión invisible, una barrera que bloqueó el avance de Reiss justo antes del impacto, arrojándolo hacia atrás como si hubiera chocado con una pared de hierro forjado en el infierno.
Jake dio un paso al frente por puro reflejo, pero sus piernas temblaban como hojas en una tormenta. No por miedo a Raven… sino por lo que significaba su presencia allí. Por la confirmación de que nadie estaba a salvo, ni siquiera de los suyos, esos que creías que compartían tu sangre y tus sueños.
—¿Cómo pudiste…? —murmuró Jake, su voz perdida en el eco, inaudible para todos menos para su propia mente fracturada.
Raven se irguió de nuevo, aunque su cuerpo estaba doblado por los golpes, cubierto de moretones que florecían como flores venenosas y cortes que goteaban rojo. Pequeños hilos de energía salían de sus muñecas, danzando en el aire como tentáculos translúcidos y hambrientos, buscando nuevos objetivos con una inteligencia perversa.
—Este mundo necesita una purga —declaró con una calma que dolía más que cualquier grito, como el susurro de un verdugo antes de bajar el hacha.
Los hilos se tensaron en el aire, listos para atacar de nuevo, vibrando con una promesa de agonía.
Pero esta vez, Sophia ya no dudaba. Su duda se había evaporado como niebla al sol.
—Te voy a detener con mis propias manos —dijo, bajando la mirada mientras una esfera de energía estelar comenzaba a latir entre sus palmas, su luz pura y blanca palpitando como un corazón encendido en la oscuridad.
Y Jake, aun temblando, apretó los puños hasta que los nudillos blanquearon.
El silencio se rompió como cristal bajo un martillo.
Y el coliseo volvió a temblar, como si la tierra misma sintiera el peso de lo que estaba por venir.
Los hilos de energía estelar que flotaban desde sus muñecas se replegaron lentamente, como serpientes conscientes que retrocedían para morder mejor, respirando el caos a su alrededor. Y fue entonces cuando algo en el aire cambió, un giro sutil pero irrevocable, como el momento en que una pesadilla se filtra en la realidad y te das cuenta de que no hay escape.
Jake lo sintió primero: un escalofrío seco y rastrero que se deslizó desde la base de su nuca hasta la espalda baja, como dedos invisibles arañando bajo la piel. Un zumbido, apenas audible al principio, empezó a llenar el coliseo, no proveniente de un lugar específico, sino de todas partes, como si el mundo mismo estuviera murmurando secretos prohibidos.
La sangre que manchaba el rostro de Raven comenzó a vibrar, gotas que habían escurrido por su mentón elevándose en el aire, suspendidas como perlas rojas en un hechizo invertido. Sus heridas, antes abiertas y crudas como carne fresca, comenzaron a cerrarse con un sonido viscoso y pegajoso, la carne fusionándose como cera derretida, los moretones disipándose bajo la piel como humo aplastado por una mano invisible. El hueso partido en su costado encajó con un chasquido seco, como una roca cayendo en su lugar eterno.
Una niebla oscura, apenas perceptible al ojo desnudo, brotó de sus poros como un sudor maldito. No era niebla común; era algo más denso, más sucio, como una mancha en el tejido del universo que había cobrado forma y vida. Su energía ya no era como la estelar que conocían —esa que palpitaba con vida y luz—; era un abismo frío, sin latidos, sin calidez, y sin embargo… estaba viva, retorciéndose con un hambre primordial.
—¿Ves lo que soy, Reiss? —dijo con una voz hueca, pero cargada de una calma insoportable, como el ojo de una tormenta que te observa—. Esto no es un simple poder. Es una liberación. Una ruptura definitiva con esa estructura podrida que ustedes llaman moral. Joder, si hasta parece un chiste cósmico: ¿cuántos idiotas se necesitan para mantener un sistema roto? Todos, al parecer.
Reiss no respondió. Ya no estaba para charlas filosóficas de medianoche. Había sentido el cambio en sus entrañas, su cuerpo reconociéndolo antes que su mente: el enemigo frente a él ya no era un estudiante trastornado con un mal día. Era algo distinto, algo que no debía existir en este mundo ni en ningún otro, una aberración que olía a podredumbre eterna.
El siguiente segundo fue un borrón de movimiento y violencia. Raven se desvaneció del lugar donde estaba, reapareciendo justo detrás de Reiss sin sonido, sin aviso, como un fantasma que se materializa en tu sombra. El aire ni siquiera tuvo tiempo de registrar el desplazamiento.
El primer golpe fue seco, quirúrgico, directo a la columna vertebral, un puñetazo reforzado con energía de abismo que resonó hueco y brutal en el coliseo. El cuerpo de Reiss se arqueó hacia adelante como si una fuerza invisible lo hubiera doblado por la mitad, la onda de impacto haciendo vibrar las piedras del suelo como un tambor de guerra. El aliento se le escapó en un quejido ahogado y primitivo, un sonido que salía de lo más profundo del instinto animal.
Antes de que pudiera caer, Raven lo sujetó del cuello con una sola mano, no apretando, solo sosteniéndolo como un gato juega con un ratón moribundo. Su mirada era tranquila, clínica, como la de un cirujano preparando una incisión lenta y meticulosa.
—Te metiste donde no debías —dijo, levantándolo sin esfuerzo del suelo, como si pesara menos que una pluma ensangrentada—. No tienes ni idea de la magnitud de lo que estás intentando frenar. Es como tratar de detener un tsunami con una cuchara de té. Patético, ¿no?
La energía de abismo se concentró en la palma que lo sujetaba, burbujeando como brea hirviente en un caldero olvidado. Se extendió lentamente por el cuello de Reiss, dejando una marca negra como carbón encendido, las venas bajo su piel marcándose primero azules, luego negras, como si lo drenaran desde adentro, succionando la vida gota a gota.
Reiss, reuniendo las últimas fuerzas de su rabia, golpeó el rostro de Raven con todas sus ganas: un puñetazo directo al pómulo, su puño estelar resplandeciendo un instante como una estrella fugaz. El impacto resonó como un tambor roto en una sinfonía del caos. Pero Raven no se movió ni un centímetro, su cabeza firme como una estatua de obsidiana.
La sonrisa que le respondió no tenía nada de humana; era una grieta en la máscara de la cordura, revelando el vacío debajo.
—¿Eso es todo? —preguntó, con un tono que rozaba el aburrimiento, como si estuviera criticando un chiste malo en una cena incómoda.
Y entonces lo estrelló contra el suelo.
Una, dos, tres veces, con una saña metódica, como si intentara borrar su existencia de la tierra misma. Las piedras crujieron bajo el impacto, la sangre brotando desde el cuero cabelludo de Reiss en espirales rojas que salpicaban el aire. Su cuerpo golpeaba como una muñeca de trapo arrojada contra un muro de hormigón, flácido y roto.
Luego lo arrojó lejos, como quien se cansa de jugar con su comida y la desecha. Reiss rodó por el suelo, dejando una línea de sangre detrás como un pincel arrastrado por un artista loco, hasta detenerse boca abajo. Jadeaba, pero ni siquiera podía levantar la cabeza; su respiración era un silbido irregular, como un fuelle agujereado.
Sophia gritó su nombre, un aullido que rasgó el aire como tela rota. Intentó correr hacia él, pero la presión del campo de energía que Raven emanaba era como una pared invisible y aplastante, deteniéndola en seco. Sus piernas temblaron, amenazando con ceder bajo el peso invisible.
—Esto… esto no está bien… —murmuró Jake, sintiendo cómo la rabia y el miedo se fundían en su pecho como un ácido corrosivo que devoraba todo a su paso.
Raven se acercó lentamente a Reiss, cuya respiración ahora era espesa, irregular, como si le costara mantener los pulmones funcionando en un cuerpo que ya no respondía. Se agachó junto a él, su sombra cayendo como una mortaja.
—¿Aún crees que eres un héroe? —susurró al oído del muchacho que ya no podía responder, su voz un susurro venenoso—. Mira lo que lograste. Una lección. Una advertencia. Para ti… y para todos los que crean que pueden interferir. Porque al final, ¿sabes qué? Todos terminamos en el mismo pozo de mierda, solo que algunos caemos antes.
Se levantó, y sin volverse, caminó de nuevo hacia el centro del coliseo. El suelo a su paso se agrietaba ligeramente, no por su peso físico, sino por el estremecimiento de la energía que fluía dentro de él, desordenada, maldita, como un cáncer que se expande sin control.
Jake dio un paso. Solo uno, pero fue suficiente para atraer la atención.
Raven no lo miró. Solo alzó una mano y chasqueó los dedos, un gesto seco que resonó como un veredicto.
Reiss… no se movía.
Pero seguía respirando.
A duras penas, un hilo de vida en un cuerpo destrozado.
El aire se volvió más denso, opresivo, como si el coliseo entero contuviera la respiración.
Jake dio ese paso. Luego otro. Su cuerpo se sentía lejano, como si caminara dentro de agua hirviendo que escaldaba la piel y el alma. No podía ignorarlo: Reiss, su compañero, su amigo —el tipo que siempre tenía un chiste idiota para aligerar la tensión—, yacía tirado en el suelo como un animal sacrificado en un altar olvidado. Y Raven… Raven seguía ahí, tan tranquilo como si todo eso no fuese más que un juego torcido que había planeado desde el principio, con reglas que solo él conocía.
—Raven… —dijo entre dientes, su voz saliendo rasgada, como si algo invisible le apretara la garganta con dedos de hierro—. ¿Qué carajos hiciste?
La figura de Raven se detuvo justo antes de cruzar el centro del coliseo. Se giró, lento, teatral, como si le diera pereza el mero acto de reconocer su presencia.
Sin previo aviso, apareció frente a Jake en menos de un parpadeo, un borrón de oscuridad que desafiaba la física.
El puño impactó con la precisión de una flecha envenenada: un golpe seco al abdomen, sin técnica compleja, sin energía añadida, solo pura fuerza cruda y despiadada que se hundía como un cuchillo en mantequilla.
Jake sintió como si su estómago hubiese sido desgarrado desde adentro, un fuego líquido expandiéndose por sus entrañas. Todo el aire salió disparado de sus pulmones con un sonido gutural, primitivo. Sus piernas temblaron, su cuerpo entero se dobló en seco, y cayó de rodillas mientras el mundo giraba de lado en un vértigo nauseabundo. No podía respirar. No podía pensar. Solo sentía: dolor crudo, punzante, real, como si cada nervio gritara en coro.
—Ahí estás —murmuró Raven, inclinándose apenas para susurrarle al oído, su aliento cálido y podrido como el de un cadáver reciente—. Bienvenido de vuelta a la realidad, Jake. Porque a veces, una patada en el culo es el mejor despertador que existe.
El mundo dejó de sonar, un silencio ensordecedor que ahogaba todo menos el latido errático de su corazón.
Sophia, que había quedado paralizada por segundos eternos, vio caer a Jake y todo dentro de ella colapsó como un castillo de naipes en una tormenta. Algo se rompió en su interior: no era solo rabia, era desesperación pura, impotencia que ardía como brasas en el pecho, el dolor de ver a alguien que amas siendo doblegado sin poder defenderse. El grito que salió de su boca fue más animal que humano, una mezcla salvaje de llanto y furia, de amor perdido y pérdida inminente.
Y en un destello de luz dorada con tonos plateados —como un amanecer furioso—, se lanzó hacia Raven como una lanza viviente, cortando el aire con un silbido agudo.
Él giró justo a tiempo para cruzar los antebrazos y bloquear el primer impacto. El estallido de energía fue tan violento que las piedras bajo sus pies se fracturaron en mil líneas delgadas como venas expuestas, el suelo gimiendo en protesta. Sophia empujó con todas sus fuerzas, su cuerpo envuelto en un aura que chispeaba como fuego líquido, vivo y voraz.
— ¿¡Qué te hicieron, maldito!? ¡Tú no eras así! ¡TÚ ERAS MI AMIGO! —rugió, su voz quebrándose en las aristas del dolor.
Raven no respondió con palabras; se impulsó hacia atrás en pleno vuelo, girando en el aire como un felino sobrenatural, aterrizando con una gracia antinatural que desafiaba la gravedad. Ni un jadeo escapó de sus labios, ni una expresión de esfuerzo surcó su rostro.
—Yo sigo siendo el mismo, Sophia. Tú eres la que nunca quiso ver lo que había detrás de la máscara. Era más fácil fingir que éramos héroes en un cuento de hadas, ¿verdad? Pero la realidad no viene con finales felices; solo con facturas pendientes.
Ella cargó de nuevo, bajando el centro de gravedad como una depredadora acechante, lanzando un golpe ascendente dirigido al mentón de Raven con la fuerza de un martillo neumático. Él esquivó con un leve movimiento lateral, fluido como agua oscura, y respondió con una patada baja al tobillo de ella, obligándola a saltar para no tropezar. Sophia giró en el aire, disparando una ráfaga de proyectiles estelares desde sus manos, cada uno más veloz que el anterior, trazando arcos luminosos que iluminaban el coliseo como fuegos artificiales en un funeral.
Raven alzó una sola mano, un gesto casual.
La energía de abismo absorbió los proyectiles como un pozo sin fondo los devoraba, las luces apagándose al contacto en un silencio ominoso. No hubo explosión, solo oscuridad que se expandía, tragando todo.
—Tu poder brillar, Sophia… pero lo hace como una vela frente a un pozo infinito —murmuró mientras caminaba hacia ella, cada paso un eco de inevitabilidad.
—Prefiero ser una vela que quemarme con algo como lo tuyo —gritó ella, descargando una patada giratoria que él atrapó con una mano como si fuera un mosquito molesto. Pero no la esperaba: el puñetazo directo al rostro con la otra mano fue limpio, crujiente, enviando una onda de shock que resonó en el aire.
Raven retrocedió unos pasos, el labio partido goteando sangre fresca. Por primera vez, algo parecido a sorpresa brilló en sus ojos, un destello fugaz en la oscuridad.
—Interesante —dijo, limpiándose la sangre con el dorso de la mano, saboreando el cobre en su boca—. ¿Te dolió más ver caer a Jake, o que fuera yo quien lo hiciera? Porque, admitámoslo, siempre fui el que arruinaba las fiestas.
Sophia volvió a atacar, pero esta vez no gritaba, no hablaba. Solo golpeaba, su rabia hablando por ella en un lenguaje de puños y energía. El puño derecho trazó un arco que desató una onda de presión tan potente que partió un pedazo del coliseo detrás de Raven cuando él esquivó, enviando escombros volando como confeti de piedra. Él contraatacó con un codazo que ella bloqueó con el antebrazo envuelto en luz estelar; el choque generó chispas como acero fundido chocando con yunque, iluminando sus rostros en flashes intermitentes.
Cada movimiento era un mensaje cifrado en violencia.
Cada golpe, una historia sin palabras, un capítulo de traición y pérdida.
Sophia se movía con urgencia desesperada, como si luchar fuera la única forma de no quebrarse en mil pedazos irreparables. Raven respondía con una calma inhumana, anticipando cada ataque como si ya hubiera vivido esta pelea en sueños proféticos, en otros mundos paralelos que solo él conocía.
—Estás peleando como si creyeras que todavía puedes salvarme —murmuró, atrapando su muñeca en pleno ataque y girándola en el aire hasta estrellarla contra el suelo con un impacto que levantó polvo como una niebla antigua.
— ¡NO! —rugió ella, levantándose de inmediato con un giro rápido, lanzando una explosión de energía desde su pecho que lo obligó a cubrirse, el estallido iluminando el coliseo como un relámpago interno.
Cuando el polvo se asentó, ambos jadeaban, el aire cargado con el olor a ozono quemado y sangre fresca.
La mirada de Raven no mostraba enojo; era más triste que otra cosa, un velo de melancolía sobre el abismo, como si supiera que esta pelea era inevitable, pero odiara que tuviera que ser con ella, con la única que alguna vez lo había entendido.
—No lo entiendes, Sophia… no es que haya cambiado. Es que por fin me quité las cadenas que me ataban a su mundo de mentiras.
—Entonces voy a ponértelas de nuevo —espetó ella, alzando los puños una vez más, los nudillos blancos como hueso expuesto—. Aunque tenga que romperte los huesos uno por uno, como si fueras un rompecabezas que armé mal desde el principio.
Raven sonrió. No con arrogancia, sino con un dolor profundo, como una herida que no cierra.
—Entonces empieza —invitó, su voz un susurro que desafiaba al destino.
Y volvieron a lanzarse el uno contra el otro, como dos cometas destinados a chocar en medio de un cielo sin estrellas, dejando tras de sí un rastro de luz y sombra que se entretejía en una danza mortal.
La energía estelar crujió entre los dedos de Sophia mientras se lanzaba a una velocidad bestial hacia Raven, cada paso resonando como una detonación en el aire viciado, como si el mundo mismo se estremeciera ante su furia desatada. La punta de su pie se deslizó contra el suelo agrietado y despegó en un salto violento, una lanza de luz brotando desde su palma como un rayo forjado en ira pura, estrellándose contra el rostro de Raven… o al menos intentándolo.
Él la desvió con una mano, girando apenas el cuello en un movimiento fluido y letal. Un golpe de palma en diagonal chocó con la muñeca de Sophia, desviando su brazo con precisión cruel, pero ella rotó el cuerpo con una gracia mortal, mortal como una víbora, y con la pierna extendida lo pateó directo al pecho. El impacto hizo temblar el aire como un trueno cercano, Raven deslizándose varios metros hacia atrás, sus botas abriendo surcos profundos sobre las losas rajadas del coliseo, como arados en tierra maldita.
— ¿¡Qué hiciste con Jake!? —espetó Sophia, jadeando, sus ojos encendidos de rabia como brasas en la noche—. ¿¡Por qué lo golpeaste así, maldito!?
—Porque necesitaba despertar —respondió Raven con una calma antinatural, como si estuviera discutiendo el clima en lugar de una traición—. A veces el dolor es el único puente entre la fantasía y la realidad. Y tú lo sabes mejor que nadie, ¿o ya olvidaste esas noches en que fingíamos que todo estaba bien?
Sophia frunció el ceño, apretando los dientes mientras una esfera vibrante se formaba en su mano, girando con filamentos afilados como cuchillas de luz. Su respiración era como el zumbido de un trueno contenido, acumulando fuerza. Se impulsó de nuevo, un borrón de movimiento y determinación.
El choque entre los dos fue un estallido primordial: rodilla contra antebrazo, codo contra clavícula, energía contra energía en una sinfonía de caos. Raven arremetió con los dedos como garras curvadas, atrapando el hombro de Sophia e intentando estamparla contra el suelo como un insecto molesto. Pero ella giró como una sierpe brillante, se soltó en el aire con un twist elegante y le dio una patada ascendente al mentón que lo hizo levantar la cabeza hacia el cielo oscuro, un chasquido que resonó como un látigo.
— ¿¡Dónde estuviste los tres días antes del torneo!? —gritó Sophia, ahora con la voz rota por algo más que furia: un hilo de vulnerabilidad que se filtraba como sangre de una herida vieja.
Raven se detuvo.
Apenas por una fracción de segundo, un parpadeo en el tiempo. Lo suficiente para que el mundo pareciera congelarse.
—No importa —musitó él, pero sus ojos —esos ojos pálidos y casi inhumanos— titilaron como estrellas agonizantes. Su labio inferior tembló con una mueca apenas perceptible, un crack en la armadura.
Y para Sophia, eso fue más que suficiente, un faro en la tormenta.
— ¡Zephyr…! —susurró ella, como si el nombre le hubiera drenado el alma, dejando solo un cascarón hueco—. ¿¡Tuviste contacto con él!? ¿¡Qué te hizo!?
La expresión de Raven se endureció como granito helado. Se lanzó hacia ella con violencia renovada, como si el solo nombre de Zephyr lo hubiese quemado por dentro, un fuego negro que avivaba su rabia. Sus manos se envolvieron en un humo oscuro y resplandeciente: energía de abismo estelar concentrada, girando como un remolino hambriento que devoraba la luz a su alrededor. Su puño rompió la barrera de defensa de Sophia una, dos, tres veces, cada impacto un trueno que reverberaba en sus huesos.
Ella escupió sangre, un arco rojo que salpicó el suelo, pero seguía luchando, terca como una mala hierba en concreto agrietado.
— ¡Él te corrompió! ¡Lo sé! ¡Yo estuve contigo cuando querías proteger a todos! ¡Tú no eras así!
—¿Y tú qué sabes lo que yo era? —gruñó Raven con la voz distorsionada, como si hablara con una segunda garganta oculta detrás de la carne, un eco de algo antiguo y prohibido—. No entiendes lo que hay allá fuera… lo que hay debajo. Es un puto abismo, Sophia, y todos estamos cayendo en él, queramos o no.
Se deslizó a su alrededor con velocidad inhumana, dejando líneas de oscuridad a su paso como grietas en la tela de la realidad. Golpeó a Sophia en el abdomen, luego en la mandíbula con un uppercut que chasqueó como ramas quebradas, luego un rodillazo en la espalda la hizo caer de rodillas, pero ella volvió a levantarse, envuelta en un aura brillante y temblorosa, el rostro manchado de tierra, sudor y sangre que se mezclaban en un tapiz de guerra.
—¿Debajo de qué? —escupió ella, su voz un desafío ronco—. ¿Del miedo? ¿De tu propia cobardía? ¿Del poder que te prometieron a cambio de destruir todo lo que eras? Porque si eso es libertad, prefiero mis cadenas, cabrón.
Raven alzó la mano. La energía del abismo estelar comenzó a cubrirlo como una capa negra y ardiente, con raíces resplandecientes saliendo de sus muñecas como venas vivas que pulsaban con vida perversa. Su máscara estaba rota en la mitad, dejando ver parte de su rostro: un ojo lleno de rabia incontrolable, el otro… el otro lloraba sin lágrimas, un silencio líquido que hablaba de pérdidas irreparables.
—Calla —susurró, pero era un mandato que temblaba en los bordes.
Sophia arremetió otra vez, con más rabia que antes, más dolor que rabia, un torbellino de emociones crudas. Y mientras el duelo continuaba —entre cada golpe que resonaba como un eco de traición, entre cada esquiva milimétrica que salvaba vidas por fracciones, entre cada grito ahogado y cada destello de luz o sombra que iluminaba el coliseo como un teatro de pesadillas—, se deshacía lentamente algo más que sus cuerpos maltrechos: se deshacía la amistad forjada en fuego y risas compartidas, se deshacía la historia que habían tejido juntos, se quebraba la inocencia de lo que una vez creyeron que eran, fragmentos cayendo como vidrio roto en un piso eterno.
Y al final de ese fragmento de batalla, con ambos empapados de heridas que sangraban no solo sangre sino recuerdos que dolían más que los huesos rotos, Sophia entendió algo profundo, irrevocable: Raven no solo había sido corrompido por Zephyr.
Había elegido caer, abrazando el abismo como un amante largamente esperado.
XVII
Devuélvelo
La sangre aún flotaba en el aire como un vapor rojo y espeso cuando Sophia se arrodilló junto a Jake, el suelo del coliseo convertido en un pantano seco de vísceras retorcidas, huesos pulverizados que crujían bajo sus rodillas como vidrio pisoteado, y columnas caídas que yacían como cadáveres de gigantes olvidados. El hedor metálico —ese olor a hierro caliente mezclado con carne quemada— se pegaba a la garganta como una mano invisible, un recordatorio cruel de que la muerte no se disipa tan fácil, no en noches como esta. Raven había desaparecido por unos segundos, un fantasma en la penumbra, pero Sophia no iba a permitir que Jake se desangrara allí, no en ese infierno que una vez llamaron academia. No hoy, no mientras ella aún respirara.
Lo sostuvo entre sus brazos, su cuerpo pesado como plomo fundido, el rostro tenso con la mandíbula apretada contra el dolor que lo devoraba por dentro. Sus ojos estaban abiertos, vidriosos, mirando al vacío como si buscaran un horizonte que ya no existía.
—Aguanta, idiota… —susurró Sophia, con un nudo en la garganta que amenazaba con ahogarla, mientras canalizaba energía estelar en sus palmas temblorosas. Ondas brillantes le recorrían los brazos como riachuelos de luz viva, temblorosa, pero su corazón ardía con una furia contenida que se filtraba en cada pulso, como veneno dulce. Cuando el cuerpo de Jake se estabilizó un poco —un latido más firme, una respiración menos rota—, se lo echó al hombro con un gruñido ahogado, y se impulsó fuera del coliseo, cada paso un martillo contra el suelo fracturado.
Cada huella que dejaba era un beso de sangre ajena en las losas pulidas del camino, un rastro macabro bajo la noche que había cubierto la academia como un sudario negro. La luna, una cicatriz plateada y fría en el cielo, alumbraba el trayecto hacia la plaza principal, proyectando sombras largas que danzaban como espectros burlones.
Al llegar, depositó a Jake con cuidado en el centro de una fuente seca y agrietada, un pozo vacío que una vez había cantado con agua cristalina. A su alrededor, vitrales rotos de los edificios destellaban como ojos ciegos, y estatuas decapitadas de antiguos sabios —esos pomposos bastardos de piedra— miraban en silencio eterno, juzgando sin palabras. Sophia se arrodilló de nuevo, enfocando todo su poder en sellar las heridas de él, hilos de luz tejiéndose en la carne desgarrada como suturas de estrellas. No podía perderlo. No ahora, cuando el mundo ya se había ido al carajo. No así, como un sacrificio olvidado en un altar roto.
Entonces lo sintió: esa presión sofocante, un peso invisible que le erizaba la nuca como dedos helados arañando la piel. Giró la cabeza, y ahí estaba. Raven. Emergiendo de las sombras con una calma que olía a tormenta contenida, envuelto en una capa negra desgarrada por la batalla anterior, jirones que ondeaban como alas de cuervo herido. Su máscara, aunque astillada como un cráneo fracturado, seguía encendida con ese resplandor naranja que se filtraba como venas de magma vivo, pulsando con una energía que no pertenecía a este mundo.
—No sabes cuánto detesto que interrumpan lo inevitable —dijo Raven, su voz resonando con una calma artificial que apenas cubría la tormenta interna, un trueno lejano en un cielo despejado—. No tendría que haber sido así, Sophia. Joder, si hasta parece un mal chiste del destino.
Ella se levantó, jadeando, el pecho subiendo y bajando como un fuelle roto.
—Raven, dímelo. ¿Dónde estuviste los tres días antes del torneo? ¿Dónde demonios estuviste, cabrón?
Raven se detuvo. Su silencio fue una respuesta en sí misma: esa pausa cargada, ese micro gesto en su respiración que traicionaba el abismo debajo.
Sophia sintió la cólera como un fuego nuevo taladrándole el pecho, un incendio que devoraba todo lo demás.
—¡Zephyr! ¡Ese maldito tiene algo que ver contigo! Lo sabía… Desde que apareciste, tu energía… No eres el mismo, no eres ni la sombra de lo que fuiste.
Raven levantó una mano, un gesto lento que cortaba el aire como una hoja.
—No digas su nombre con esa facilidad. No entiendes lo que hiciste al nombrarlo aquí. Es como invitar al diablo a una fiesta y esperar que no se coma el pastel.
Sophia no lo dejó terminar. Con un grito salvaje que rasgó la noche, arrojó una esfera comprimida de energía estelar directa al pecho de él, un sol en miniatura que silbaba al cortar el aire. Raven se deslizó hacia un lado, apenas alterado, sus pies rozando el suelo con una gracia malsana, antinatural, y al instante se abalanzó contra ella como una sombra viviente.
El primer intercambio fue brutal, un baile de muerte en la plaza muerta: puños envueltos en luz rasgando el aire con silbidos agudos, patadas que rompían columnas residuales al fallar, enviando esquirlas de piedra volando como metralla. Sophia lo enfrentaba con todo lo que le quedaba —rabia, dolor, recuerdos que dolían más que los golpes—, pero en cada cruce podía sentirlo: su energía no se disipaba, no se gastaba como la de un mortal. Al contrario, aumentaba, se hinchaba como una marea negra que devoraba la luz.
—Tú elegiste esta vía —gruñó Sophia, clavándole una rodilla en el estómago con un impacto que resonó como un tambor hueco, lanzándolo contra una banca de piedra que se pulverizó bajo su peso.
Raven se levantó, escupiendo sangre negra como petróleo, una sonrisa torcida en los labios partidos.
—Y tú elegiste resistirte a lo inevitable. Admítelo, Sophia: siempre fuiste la terca del grupo, la que prefería romperse antes que doblarse.
Las palabras eran cuchillas oxidadas, pero más lo era su presencia, una oscuridad que se filtraba en los huesos. Sophia notó que su visión se emborronaba, los bordes del mundo suavizándose como en un sueño febril. Un segundo después cayó de rodillas, el suelo golpeándole como un amante cruel. Los Prismas CEES. A su alrededor, esos cristales invisibles comenzaban a drenarla, succionando su energía como vampiros etéreos.
—No puede ser…
Raven avanzó con paso firme, inexorable, como el avance de la noche misma. Sophia lo recibió con un salto desesperado, girando sobre su propio eje en un torbellino de luz y lanzando una barrida impulsada por una onda de energía que lo empujó hacia el aire como una marioneta cortada. Lo alcanzó en pleno vuelo con una serie de golpes encadenados que crujieron en sus costillas como ramas secas en una hoguera.
Pero al descender, Raven se regeneró. Como si su carne se rearmara con la densidad del abismo mismo, huesos encajando con chasquidos viscosos, heridas cerrándose como bocas que se sellan. Sus ojos brillaban con ese tono infernal, un rojo profundo que no era de este mundo. No era un simple combatiente. Era un emisario de lo que se escondía bajo la realidad, un heraldo de grietas que no deberían abrirse.
—Todo esto por él, Sophia. Todo esto por alguien que nunca entenderá lo que llevas dentro. Qué ironía, ¿no? Luchando por un idiota que ni siquiera ve lo que tiene delante.
—¡Calla!
Los dos volvieron a estallar en una danza brutal, un torbellino de carne y energía que hacía temblar la plaza. Cada impacto era un estallido que iluminaba la noche como relámpagos internos, cada roce un terremoto que agrietaba el suelo y derribaba estatuas restantes. Las ventanas explotaban en cascadas de vidrio que llovían como lágrimas afiladas. Pero Sophia seguía, a pesar del dolor que le quemaba los músculos, a pesar de la fatiga que le pesaba en los huesos como plomo, a pesar del vacío que la devoraba por dentro con cada segundo que pasaba usando esos catalizadores malditos.
El agotamiento le golpeó como un yunque cayendo del cielo. Sophia ya no podía ignorarlo: el flujo constante de energía estelar desgastada, los impactos que resonaban en sus entrañas, el forcejeo contra algo que no era humano. Su respiración se volvió errática, un silbido roto; su brazo derecho temblaba como una hoja en tormenta, y sus piernas se negaban a obedecer, pesadas como cadenas. Raven lo notó, claro que lo notó, con esa calma depredadora que lo definía ahora.
—Ya no estás bailando con el mismo ritmo de hace unos minutos… —murmuró mientras avanzaba, lento, casi saboreando la victoria como un vino añejo—. Parece que la estrella se está apagando, Sophia.
Sophia retrocedió con torpeza, el mundo girando en los bordes. No le quedaba mucho, un hilo de vida en un cuerpo al límite. Pero entonces, desde su punto ciego, una ráfaga de energía le rozó el rostro a Raven, un destello púrpura que lo forzaba a girarse, chamuscando el aire.
—¡Apártate de ella! —rugió Jake, apenas manteniéndose en pie, tambaleante como un borracho en una tormenta. Había recuperado la conciencia a duras penas, su presencia una mezcla cruda de rabia contenida y determinación feroz. Con un movimiento rápido, sujetó a Sophia del brazo y la alejó de Raven, colocándose entre ambos como un escudo humano roto.
Sophia apenas lo miró y le sonrió débilmente, una grieta de luz en su rostro exhausto.
—Estás vivo… —susurró, y luego con una risa seca, quebrada, agregó—: Vaya, tu sentido del drama sigue intacto. Como si no pudieras entrar en escena sin un golpe de efecto.
Jake le guiñó un ojo, aunque el dolor le surcaba el rostro como ríos secos.
—Y tu blazer está hecho un asco, pero sigue entero… hasta eso te sale bien, cabezota.
Ella rio, pero detrás de esa risa había algo que temblaba, una grieta profunda en su fortaleza, lágrimas no derramadas picando en los ojos.
—Idiota… ¿por qué siempre te lanzas así? —murmuró—. Eres como… ese hermano mayor fastidioso que nunca tuve, el que siempre llega tarde, pero con estilo.
Jake bajó un poco la mirada, con una media sonrisa torcida que ocultaba una punzada en el pecho, un eco de algo más profundo, no dicho.
Raven observaba la escena con ojos hundidos tras los restos de su máscara, la respiración pausada, esperando como un verdugo paciente.
—Bonito reencuentro —dijo en voz baja, con un tono que rozaba el sarcasmo amargo—. Pero no servirá de nada. Al final, todos terminamos en el mismo saco de huesos.
Jake lo miró de frente, y su voz fue un filo de acero templado en fuego:
—No sé qué te pasó, ni qué clase de infierno atravesaste en estos días… pero tú mismo dijiste que lo terminara. Así que eso haré, aunque tenga que arrastrarte de vuelta pateando y gritando.
La energía estelar se encendió a su alrededor, cubriendo su cuerpo como una tormenta sin forma, un aura que crepitaba con vida. En su muñeca, justo detrás, una marca púrpura oscura se formó lentamente, un tatuaje vivo que pulsaba como una advertencia muda. No lo notó. Pero estaba allí, acechando.
Sophia, con pasos vacilantes, se alejó de ellos, arrastrando los pies hasta la salida de la plaza central, donde la enorme puerta dorada de la academia aguardaba como un guardián mudo. Pero no abrió. Una capa cristalina, transparente y viva, le impidió avanzar: la barrera, un sello que vibraba con energía antigua.
—La llama eterna… —murmuró, el nombre un susurro de derrota.
Nadie había entrado. Nadie había salido. Entonces entendió: estaban completamente sellados, ratas en una trampa cósmica.
Intentó canalizar algo de energía para examinar el sello… pero no hubo respuesta. Su pecho se contrajo en un vacío helado. Nada. Absoluto vacío. Y entonces, sus piernas flaquearon como ramas podridas.
—No… no ahora…
Y cayó al suelo, desmayada, el cuerpo rindiéndose al fin en un silencio roto.
Jake ni siquiera lo notó. Estaba demasiado concentrado, su mirada afilada como una cuchilla recién forjada.
—Vamos, Raven… no voy a contenerme.
Y así comenzó. El primer impacto fue brutal, un trueno en la quietud: Jake desapareció de su posición en un borrón y reapareció frente a su antiguo amigo con un puñetazo que llevaba toda su frustración acumulada, un meteorito de carne y hueso. Raven lo bloqueó, pero aun así fue empujado varios metros, sus botas surcando el suelo como arados en tierra muerta. Ambos se lanzaron el uno contra el otro en un remolino de choques y destellos, energía estelar desbordándose por la plaza como un grito contenido que finalmente se liberaba.
Los restos del coliseo aún ardían bajo brasas humeantes, y la sangre caliente empapaba cada grieta del concreto despedazado como un bautismo macabro. La plaza principal, aunque menos devastada, no ofrecía respiro: el aire seguía cargado de tensión palpable, y el eco de la violencia reciente vibraba en las piedras como un corazón latiendo bajo la tierra. Jake avanzaba, sintiendo el frío del suelo filtrarse por las suelas rotas de sus zapatos mientras el polvo se mezclaba con el olor metálico de la sangre, un perfume de muerte que se pegaba a la piel.
Raven lo esperaba, su silueta alta y firme recortada contra las estructuras ennegrecidas del fondo, como una estatua oscura tallada en obsidiana. Sin máscara ahora, su rostro estaba marcado por una expresión indescifrable, pero sus ojos… irradiaban algo que Jake no había visto nunca: determinación corrompida, un fuego negro que consumía todo rastro de humanidad.
—Nunca imaginé que llegarías tan lejos —dijo Raven, su voz como un filo cruzando el silencio, frío y preciso.
Jake se detuvo, su respiración estable por fuera, pero por dentro hervía como lava contenida.
—Yo tampoco imaginé que tú… terminarías de este lado. Como el villano de un cuento barato, pero sin el monólogo divertido.
No hubo más palabras. Solo acción pura, visceral.
Jake se impulsó con una torsión limpia de su cuerpo, su brazo derecho cortando el aire como una lanza forjada en ira. Pero Raven no era lento; con una rotación elegante, casi como un bailarín en un escenario de pesadillas, se desvió, dejando que la mano de Jake pasara rozándole la mejilla, un beso de muerte fallido. La contraofensiva fue inmediata: Raven clavó su rodilla en el costado de Jake con una fuerza tan precisa que le cortó la respiración, un golpe que resonó en los huesos como un gong funerario.
Jake retrocedió, rodó por el suelo en un revoltijo de polvo y sangre, y se puso de pie usando la inercia como un resorte. La palma de su mano brilló con un fulgor púrpura, y una corriente de energía estelar brotó desde su centro como una descarga directa, un rayo recto de luz blanca envuelta en tonos violetas que silbaba al avanzar.
Pero Raven lo absorbió con una sola mano, la energía disipándose entre sus dedos como humo tragado por el vacío. Sin esperar, lanzó hilos de energía oscura desde su antebrazo, tentáculos negros que danzaban con hambre. Jake apenas logró zafarse con un salto lateral desesperado, pero uno de los hilos se enredó en su tobillo, arrastrándolo con brutalidad contra un muro derrumbado que se pulverizó al impacto.
Jake escupió sangre, un arco rojo que salpicó el suelo.
—No sabes nada del poder que yo… que nosotros cargamos ahora —murmuró Raven, levantando una mano y señalando con el dedo índice hacia el cielo, como un profeta maldito—. ¿De verdad crees que estás peleando contra algo al mismo nivel que tú? Apenas rozas el dos por ciento de lo que poseen ciertos individuos… y tú, Jake, ni siquiera eres consciente del peso que cargas. Es casi cómico, si no fuera tan trágico.
Jake respiraba agitado, cada fibra de su cuerpo gritando de dolor como nervios expuestos. Pero debajo de eso… sentía algo más: un escudo invisible envolviéndolo, un remanente cálido de la energía que Sophia le había transferido, fluyendo como emociones convertidas en fuerza bruta.
—Puede que no entienda del todo lo que está pasando… pero sí sé algo —Jake se impulsó hacia adelante, un borrón de movimiento—. Tú me enseñaste a no retroceder. Me dijiste que, si algo se salía de control, tenía que acabarlo. Así que aquí estoy, cobrándote la lección.
Su puño chocó con el de Raven en un estallido seco que los separó como una explosión contenida. Jake giró en el aire, usó el rebote de una columna caída como trampolín y aterrizó tras Raven, conectando una patada en la espalda que lo desequilibró por primera vez, un crujido que resonó como victoria fugaz. Raven se volteó y trató de ensartar su codo en el rostro de Jake, pero éste se agachó y giró su cuerpo en un ángulo bajo, rozando el suelo con la mano para impulsarse y dejarle un corte diagonal con energía concentrada, una línea ardiente que chispeaba.
Chispas oscuras salpicaron del corte, como sangre de otro mundo. Raven se tensó, pero sonrió, una grieta en la fachada.
—Así que sí estás aprendiendo a improvisar. No todo está perdido, supongo.
Jake se acercó, esta vez con un ritmo distinto: no velocidad bruta, sino control preciso, movimientos como si danzara con la gravedad misma, rompiendo ángulos predecibles con giros que nacían de los talones y se liberaban con precisión quirúrgica.
Raven empezaba a retroceder, no por miedo, sino por estudio frío, analizando cada gesto como un ajedrecista en un tablero de sangre.
—No creas que puedes deducir todo solo con pelea… —murmuró.
—¿Dónde estuviste esos días antes del torneo, Raven? —interrumpió Jake, sin dejar de atacar, su puño pasando al costado de la mandíbula, pero su rodilla conectando en el estómago con fuerza sorda. Raven se tambaleó, un paso atrás que olía a debilidad.
—No importa.
—Sí importa, joder.
Jake cambió el ritmo de nuevo, dio un giro en el aire como si el combate fuera una danza ensayada en sueños rotos, y desde arriba lanzó una patada descendente que Raven bloqueó con ambos antebrazos, aunque el suelo crujió bajo sus pies como huesos protestando. Jake aprovechó el contacto, se coló por el flanco y sujetó a Raven del brazo con fuerza desesperada.
—¿Por qué te fuiste justo cuando todo empezó? ¿Por qué volviste así, como un puto extraño?
Raven gruñó, un sonido gutural que escapaba de lo profundo.
—Porque descubrí que lo que creía saber… no era nada. Necesitaba más. Necesitaba verlo por mí mismo. El abismo no miente, Jake.
—¿Ver qué?
—No lo entenderías —respondió, soltándose con una ráfaga oscura que barrió a Jake unos metros, enviándolo a resbalar sobre losas rotas.
Jake aterrizó de pie, el brazo ardiendo, pero sus ojos fijos en los de su oponente, buscando el amigo perdido en ese vacío.
—Dime al menos esto —Jake apretó los dientes, sangre goteando—. ¿Quién estuvo detrás de todo esto? ¿Fuiste tú solo, o hay un titiritero mayor?
La respuesta no llegó en palabras. Pero Raven vaciló, su mandíbula tensándose como cable a punto de romperse, y sus ojos miraron un punto invisible sobre el hombro de Jake, como si allí acechara la sombra del verdadero responsable, un fantasma sin nombre.
Jake lo entendió. Y lo odió, un odio que ardía como ácido en las venas.
El combate continuó, más rápido, más violento, más técnico: dos corrientes en una tormenta desatada, golpes que cortaban el aire con silbidos letales, movimientos que dibujaban líneas invisibles en el espacio. Raven usaba técnicas de manipulación oscura —hilos que se enredaban como serpientes, ráfagas que devoraban la luz, cristales oscuros generados de su sangre mezclada con energía prohibida—. Jake respondía con potencia pura, sincronía instintiva, y una adaptabilidad en tiempo real que sorprendía incluso a su oponente, improvisando como si el dolor fuera su maestro.
El eco hueco de los pasos de Raven cruzó la plaza con un ritmo inhumano, su figura despojada de toda máscara envuelta en una quietud anormal, como la calma antes del abismo. Una ráfaga de viento seco arrastró polvo entre los dos, un susurro de arena en un desierto de ruinas. Jake respiró profundo, sintiendo cómo el ambiente se comprimía, el aire pesando toneladas como una losa invisible. Todo se ralentizó por un instante eterno.
Y entonces, Raven se desvaneció.
Una fricción invisible cortó el espacio, y Jake apenas giró la cabeza cuando una sombra se le vino encima como una avalancha. Se lanzó hacia un costado, el golpe pasando por su hombro como una guadaña ardiente, el aire silbando comprimido mientras un bloque de piedra estallaba al recibir el impacto, esquirlas volando como balas.
—¿De verdad va a matarme? —Jake ladeó la cabeza, la respiración acelerada, el pulso martilleando en los oídos como un tambor de guerra.
La mirada de Raven no titubeaba, un vacío que absorbía toda duda. Con un giro antinatural, atacó otra vez: una serie encadenada de puñetazo giratorio que alzó una corriente de polvo y un barrido descendente que partió el suelo en dos con un crujido tectónico.
Jake se cubrió con los antebrazos, pero el embate lo arrojó varios metros hacia atrás, chocando con una columna caída que se desmoronó ulteriormente. El impacto le sacudió los pulmones, dejándolo sin aire, el mundo girando en negro por un segundo.
—No hay señales de contención. Esto… esto ya no es un combate entre conocidos —pensó, poniéndose de pie de un salto inestable, el pecho sacudiéndose con jadeos dolorosos.
Raven avanzó sin pausa, pasos veloces, pero sin esfuerzo, como si flotara sobre el suelo. De su antebrazo emergió una extensión de energía irregular, una garra de obsidiana y plasma que vibraba con un zumbido visceral, hambriento.
Jake intentó esquivar, pero la garra descendió con precisión quirúrgica. Apenas logró desviar el ataque con su antebrazo izquierdo, sintiendo cómo la presión le quemaba los músculos por dentro, un fuego que se extendía como veneno. Su brazo quedó entumecido, vibrando incontrolable.
Raven no esperó. Se movió detrás en un parpadeo y conectó una rodilla directa al abdomen. Jake se dobló, escupiendo saliva teñida de rojo, los ojos temblando al borde del desmayo. Su cuerpo fue levantado del suelo por la fuerza, suspendido un instante eterno, hasta caer como un saco vacío, el impacto resonando sordo.
—Tendrías que estar inconsciente —dijo Raven con voz monótona, como si narrara una ecuación fría e inexorable. Extendió su mano derecha con lentitud ritual, lista para rematar, energía concentrándose en la palma como un sol negro.
—¡Maldito seas…! —gruñó Jake entre jadeos, incorporándose a duras penas, un hilillo de sangre cayéndole del mentón, pero su expresión lúcida, feroz como un animal acorralado.
—”¿Por qué lucha así? ¿Por qué ahora no hay pausa, ni duda? Antes vaciló… ¿qué cambió?” —reflexionó, sintiendo la quemazón de músculos desgarrados y piel rota.
Raven lo alcanzó otra vez, lo sujetó del cuello con una sola mano y lo alzó como un trofeo roto. Jake pataleó, lanzo golpes con intención usando sus pies, pero no era suficiente. La presión en la tráquea era precisa, quirúrgica: solo un hilo de aire pasaba, lo justo para mantenerlo consciente en el tormento.
—No entiendes nada… —susurró Raven, con un tono cargado de… ¿culpa? Un eco distante de humanidad.
—¡Entonces háblame, joder! —escupió Jake, las pulsaciones en el rostro por la falta de oxígeno, visión tunelada—. ¡Si todo esto es por algo más grande, entonces dilo! ¡Deja de ser un maldito títere elegante con aires de grandeza!
Raven tensó el brazo, la otra mano alzándose, apuntando directo al cráneo, energía cargándose como un veredicto.
Y justo entonces, todo se detuvo.
El brazo permaneció extendido… pero congelado en el aire. Sus dedos temblaban, el fulgor en sus ojos vibraba irregular, como una llama azotada por viento interno. Por un segundo, Raven luchaba contra sí mismo, un titán dividido.
—¿Qué estás haciendo…? —Jake lo miró de frente, párpados caídos, visión borrosa, pero sentidos despiertos como nunca.
El cuerpo de Raven empezó a temblar levemente, no por agotamiento, sino por contención feroz, como si algo dentro gritara para no cruzar esa línea irrevocable.
—No puedo… no puedo hacerlo —dijo en un murmullo apenas audible, un crack en la armadura. Bajó el brazo lentamente. Jake cayó al suelo con fuerza, tosiendo violento mientras se llevaba la mano al cuello, marcas rojas floreciendo como flores venenosas en la piel.
—”Ese titubeo… fue real. Fue suyo. A pesar de todo, aún hay algo de él… no sé si lo suficiente, pero lo hay” —pensó Jake, escupiendo sangre al costado y levantándose tambaleante, el mundo estabilizándose en dolor.
Raven retrocedió un paso, su rostro firme, pero con una distorsión mínima en la comisura de los labios, como si un dolor invisible lo carcomiera.
—No debería haber sido así —dijo finalmente, sin mirar a Jake, voz hueca—. Nunca quise esto. Pero… es tarde. Demasiado tarde para cuentos de redención.
—¿Tarde para qué? —preguntó Jake, voz apenas estable, sangre en los labios—. ¿Para redimirse? ¿Para detener esta locura? ¿Para recuperar lo que eras antes de que te tragara el vacío?
Raven cerró los ojos un instante, el aire deteniéndose con el gesto, un silencio que pesaba como el mundo.
—Para mí, ya no hay camino de regreso. Tú… tú aún puedes elegir. No cometas mi error.
Y con eso, giró lentamente la cabeza hacia él, mirada más turbia que antes: no odio, no pena, sino vacío puro, un pozo sin fondo.
Jake respiró hondo, ignorando el ardor en costillas rotas y la sangre en la boca, un sabor cobre que lo anclaba a la realidad.
—Entonces no voy a parar —declaró, alzando de nuevo los puños, aunque el cuerpo le gritara rendición—. Porque si tú no puedes detenerte… alguien más tiene que hacerlo. Y ese alguien soy yo, aunque me cueste todo.
La plaza quedó suspendida en un hilo de tensión frágil, dos figuras enfrentadas como polos opuestos. Dos historias entrelazadas en sangre y traición. Una de ellas a punto de quebrarse desde adentro, un crack que resonaba en el silencio como el preludio de algo inevitable.
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