Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Pulsaciones
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19: Pulsaciones 19: Pulsaciones La entrada de la academia se erguía en el crepúsculo como una fortaleza espectral, abandonada por los dioses y entregada al lento veneno de un anochecer que teñía todo de melancolía profunda, esa que se mete bajo la piel y se queda ahí, royendo.
El cielo, desangrado de su luz diurna, se vestía con púrpuras enfermos y grises cenicientos, como un corazón abierto que gotea hacia la noche sin prisa, sin remedio.
Frente a la gran puerta, flotando con una quietud que engañaba —esa calma que precede al golpe definitivo—, se extendía el Velo de la Llama Eterna: una cortina de energía estelar que palpitaba con suavidad, como el último aliento de un moribundo que se resiste a soltar el mundo.
No era fuego voraz, ni hechizo barato de academia; era algo más viejo que las estrellas mismas, una presencia que absorbía el dolor del ocaso y lo devolvía multiplicado, cargado de secretos que nadie debería conocer.
Aria se detuvo en seco a unos pasos del velo, el rostro tenso como alambre a punto de romperse, los labios entreabiertos buscando una palabra que el silencio se había tragado.
Desde que la alerta de emergencia había sacudido los cimientos como un grito helado, una certeza amarga le apretaba el pecho: el tiempo ya no era un aliado, sino un verdugo lento que contaba los segundos con una sonrisa cruel.
Aun así, por más que su mente rebuscaba una grieta, una lógica en esa pared luminosa, se sentía tan perdida como una gota en un océano de tinta.
Extendió la mano con lentitud dolorosa, dedos temblando apenas, y rozó la superficie incandescente.
Una vibración sutil —pero cargada de advertencia antigua— la recorrió como un escalofrío que se clava en los huesos y no suelta, una sensación protectora y maternal que, en medio de tanta desolación, dolía más que cualquier golpe.
—No basta con desearlo con toda la puta desesperación del mundo —murmuró para sí misma, la voz un hilo roto en el vasto silencio—.
Tienes que… sintonizar con esta mierda, sentir su misma frecuencia.
Cerró los ojos, refugiándose en la oscuridad propia, buscando conectar con ese núcleo que latía débil en su pecho.
Su energía estelar, un resplandor azul tenue como una vela en tormenta, palpitaba frágil.
Intentó moldearla, proyectarla hacia las manos como una plegaria muda, pero al tocar el velo era rechazada con firmeza inquebrantable, como si su esencia fuera una nota desafinada en una sinfonía que no la quería.
No era un muro bruto.
Era una membrana viva, sensible, que solo dejaba pasar lo que vibrara en su misma longitud de onda, indiferente a la fuerza o a los llantos de quien llegaba tarde.
Un crujido leve de pasos —como hielo rompiéndose bajo una bota cuidadosa— quebró la quietud opresiva y la sacó del trance.
Se giró de inmediato, cuerpo tenso en postura defensiva, el corazón latiendo con la fatiga de quien lleva horas esperando lo peor.
Pero la figura que emergió de las sombras no traía amenaza, solo esa familiaridad agridulce que pica en el fondo del estómago, moviéndose con la parsimonia de quien ya ha visto demasiados ocasos y aprendido a no correr.
—Otra vez tú por aquí, ¿en serio?
—soltó Aria con un suspiro que arrastraba frustración acumulada y una sorpresa que no quería admitir—.
¿Qué, ahora eres el guardián oficial del velo o solo te gusta aparecer como un fantasma dramático?
Aldrich se detuvo a su lado, su silueta recortada contra el brillo espectral como una estatua que hubiera cobrado vida.
Su rostro era una máscara de serenidad que nada parecía agrietar, aunque en los ojos —esos ojos viejos en un cuerpo joven— se adivinaba la sombra de incontables amaneceres perdidos.
No aplastaba con su presencia, pero irradiaba una autoridad silenciosa, esa certeza de quien ya descifró el acertijo mientras los demás aún buscamos la pregunta.
Y conservaba esa chispa intuitiva, esa habilidad de leer entre líneas que la mayoría ni siquiera sabe que existen.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí, dándole vueltas como un perro persiguiendo su cola?
—preguntó ella, la urgencia carcomiéndole la voz como ácido.
—Lo suficiente para ver que estás peleando con el velo en vez de intentar entender su rollo —respondió él con una sonrisa tenue, casi imperceptible, como si compartiera un chiste privado con la penumbra—.
No se trata de derribarlo a hostias.
Se trata de convencerlo de que perteneces al otro lado.
Aria arqueó una ceja, escepticismo y fastidio quemándole en el pecho como un trago de whisky barato.
—¿Y tú tienes una idea más iluminada de cómo se supone que debo “convencer” a una pared de energía cósmica de que soy persona grata?
¿Le canto una serenata, o qué?
Aldrich avanzó hacia el velo con una calma que contrastaba con la tensión eléctrica de Aria, manos abiertas en gesto de paz, sin desafío.
Su energía estelar comenzó a emanar con una suavidad pasmosa, expandiéndose como una ola tranquila que no busca destruir, sino acompañar.
No era una explosión de poder bruto; era armonía pura, palpable.
Al rozar el velo, este vibró no con resistencia, sino con reconocimiento, como una vieja melodía que alguien por fin toca bien.
—No se trata de imponer tu voluntad —dijo casi en susurro, como si temiera romper el hechizo—.
Es una prueba de sintonía.
De pertenencia real a este lugar, a esta energía que nos mece desde antes de que naciéramos.
—¿Y qué carajos significa eso?
¿Tengo que ponerme mística ahora, recitar poesía y bailar bajo la luna?
—preguntó Aria, impaciencia a punto de desbordarse como agua hirviendo.
Aldrich giró apenas el rostro hacia ella, ojos transmitiendo una sabiduría tranquila que no sermoneaba, solo estaba.
—Significa que si de verdad quieres cruzar… tienes que dejar de nadar contra la corriente.
Y empezar a escuchar su pulso.
A sentir cómo fluye todo a tu alrededor, sin pelearte con ello.
Por un instante, una sombra amarga cruzó el rostro de Aria, tocando heridas que aún sangraban en silencio.
Dejar de luchar… una paradoja cruel cuando cada segundo perdido era un cuchillo en el pecho de alguien allá dentro.
Cerró los ojos, buscando un resquicio de paz en la tormenta que la sacudía.
Respiró hondo, profundo, dejando que el temblor se calmara.
Y esta vez no lanzó su energía como un puñetazo desesperado, sino que la dejó fluir suave, como un río que cede y busca su cauce natural.
El cambio fue inmediato, sutil al principio, pero innegable como el primer aliento tras ahogarse.
El velo, antes infranqueable como un muro de hielo eterno, comenzó a ondular con suavidad etérea, respondiendo a la delicadeza de Aria como un amante que por fin reconoce la caricia correcta.
Lentamente, una apertura se formó en su centro, un portal luminoso que palpitaba invitador, justo lo suficiente para que dos cuerpos pasaran.
—¿Lo ves?
—dijo Aldrich, comenzando a avanzar hacia la abertura con esa tranquilidad suya que a veces sacaba de quicio.
Aria no respondió de inmediato.
Sus ojos estaban fijos en el hueco que se había materializado, la mente luchando por digerir la sencillez brutal de la respuesta que se le había escapado entre los dedos.
Escuchar… sentir… ¿era tan jodidamente simple?
Con una mezcla de orgullo herido —porque, vamos, odiaba que le enseñaran la lección evidente— y un alivio que le aflojaba los hombros como si le quitaran un yunque de encima, siguió a Aldrich.
Cruzaron el umbral hacia lo desconocido, hacia el corazón de la academia que ahora latía con un misterio más hondo, más oscuro, como si el velo no solo protegiera… sino que también ocultara algo que ya no quería ser encontrado.
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