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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 El umbral de la corrupción
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2: El umbral de la corrupción 2: El umbral de la corrupción La Gran Asamblea de Altamira siempre era un espectáculo que rozaba lo teatral.

El auditorio principal de la Academia Altamira de Solaria —un vasto anfiteatro de cristal translúcido y acero iridiscente— se llenaba hasta el último asiento esa mañana soleada de principios de semestre.

Los rayos del sol de Solaria se filtraban a través del domo retráctil, proyectando arcoíris danzantes sobre las gradas repletas de estudiantes uniformados en tonos azul profundo y plata estelar.

El aire vibraba con el zumbido bajo de los hologramas flotantes y el murmullo expectante de cientos de voces jóvenes.

En el escenario elevado, flotando sobre una plataforma antigravitatoria, estaba el director Elysar Voss: un hombre alto y enjuto de cabello plateado, cuya presencia imponía respeto sin esfuerzo.

Vestía la túnica oficial de la academia, bordada con constelaciones luminosas que se movían lentamente como estrellas vivas.

A su lado, los profesores principales formaban una semicircunferencia solemne.

El director alzó las manos y el silencio cayó como una cortina pesada.

—Estudiantes de Altamira —comenzó su voz, amplificada por los altavoces invisibles—, hoy no solo inauguramos un nuevo ciclo académico, sino que anunciamos algo histórico.

Un holograma masivo se materializó en el centro del auditorio: el emblema del Gran Torneo Estelar, una estrella de ocho puntas envuelta en llamas azules y doradas, girando lentamente.

—Esta edición del Torneo Estelar será única —continuó Voss, y su tono adquirió un matiz de orgullo contenido—.

Por primera vez en décadas, será exclusiva para los estudiantes de nuestra propia academia.

Ya no competiremos contra las otras grandes instituciones de Solaria.

Un murmullo recorrió las gradas, mezcla de sorpresa y excitación.

Durante generaciones, el Gran Torneo Estelar había sido el evento que unía —y a la vez enfrentaba— a las cuatro academias élite de Solaria en una competencia feroz que decidía cuál institución dominaría el ranking planetario.

Eran duelos legendarios bajo las luces de las arenas capitalinas, transmitidos en directo a todo el planeta, con apuestas de prestigio, becas y contratos profesionales.

Que ahora se limitara solo a Altamira era un cambio radical, casi sospechoso para algunos.

Pero entonces, el director hizo una pausa dramática.

El holograma cambió: el emblema se rodeó de un aura negra, sutil, casi imperceptible.

—Y para hacer de esta edición algo inolvidable, contamos con un patrocinador externo de prestigio excepcional.

Las luces del auditorio se atenuaron ligeramente.

Una figura emergió de las sombras laterales del escenario, avanzando con paso deliberado.

Era alto, envuelto en una capa negra que absorbía la luz como un vacío.

Su rostro estaba completamente cubierto por una máscara de obsidiana pulida, sin rasgos humanos: una superficie lisa y totalmente oscura, surcada por grietas finas y profundas como venas de un mineral antiguo.

De esas grietas emanaba una luz púrpura fluorescente, pulsante y fría, que se filtraba como plasma contenido.

A la altura de los ojos, dos destellos intensos del mismo tono violeta brillaban con una fijeza inhumana, perforando la penumbra sin parpadear jamás.

Muchos estudiantes ya habían visto imágenes suyas en las holoredes: Zephyr Blackthorn nunca aparecía en público sin esa máscara.

La excusa oficial —aceptada sin cuestionamientos en los círculos de alta sociedad y medios de Solaria— era un accidente industrial ocurrido años atrás en una de sus instalaciones de extracción de Energía Estelar profunda.

Una explosión de plasma corrupto le habría desfigurado gravemente el rostro, dejándolo en un estado que, según sus propias palabras en raras entrevistas, “no deseaba imponer a los demás”.

Los tratamientos regenerativos existían, pero Blackthorn afirmaba preferir la máscara como recordatorio permanente de los riesgos de manipular la esencia cósmica.

Era una historia trágica que lo humanizaba ante la opinión pública y, al mismo tiempo, alimentaba su aura de misterio y poder.

Nadie osaba pedirle que se la quitara; hacerlo sería una falta de decoro imperdonable.

Sin embargo, para Jake, esa explicación nunca había encajado del todo.

Blackthorn inclinó la cabeza con elegancia aristocrática.

Su voz, cuando habló, era profunda, resonante, como un eco proveniente de abismos lejanos, ligeramente distorsionada por el modulador integrado en la máscara.

—Es un honor patrocinar el talento emergente de Altamira —dijo, y cada palabra parecía cargada de doble intención—.

La Energía Estelar es el futuro…

y también el pasado.

Estoy ansioso por ver cómo ustedes, los mejores de Solaria, la moldean en esta competencia interna tan…

íntima.

En las gradas medias, Jake Evernight sintió que el mundo se detenía.

Aquella presencia.

El aura oscura, el fulgor violeta que se derramaba por las grietas de la máscara, la forma en que la luz parecía doblarse y morir a su alrededor…

Era idéntica.

Exactamente la misma que había sentido diez años atrás, cuando Aetheria ardió.

Cuando el cielo se abrió y una sombra con ojos púrpura devoró su planeta natal, dejando solo cenizas y supervivientes huérfanos como él.

Sus manos se cerraron en puños tan fuertes que las uñas se clavaron en las palmas.

El pulso le retumbaba en los oídos, ahogando los aplausos.

Sophia, sentada a su lado, percibió el súbito endurecimiento en las facciones de Jake.

Su rostro había perdido todo color; los ojos, fijos en el escenario, ardían con una furia contenida que ella rara vez había visto.

Con un movimiento rápido, le dio un ligero codazo en las costillas, intentando romper el trance en el que parecía haber caído su amigo.

—Oye, ¿en qué piensas?

—preguntó, ladeando la cabeza con curiosidad, aunque una inquietud ya le trepaba por la espalda.

Jake sacudió la cabeza, parpadeando para disipar las imágenes del ritual de la noche anterior y, ahora, los recuerdos mucho más antiguos.

El bullicio del auditorio regresó a sus oídos como una marea lejana.

—Nada, solo…

tal vez deberíamos investigar un poco sobre ese club de ocultismo —respondió Jake, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro áspero—.

Algo me dice que podrían estar más involucrados en lo que viene de lo que aparentan.

Y esa máscara de Blackthorn…

no me fío ni un pelo.

¿Por qué de repente el torneo se cierra solo a Altamira?

¿Y por qué él lo patrocina?

Sophia lo observó con una mezcla de sorpresa y sospecha.

Cruzó los brazos sobre el uniforme de la academia, ajustándose la mochila que aún llevaba colgada del hombro aunque estaban sentados.

—¿Investigar?

¿Ahora te interesa ese lugar?

—Sophia soltó una risita incrédula que sonó hueca incluso para ella—.

Siempre pensé que te parecía el rincón más aburrido de la academia.

Jake esbozó una sonrisa cargada de una ironía amarga.

Sus ojos recorrieron los carteles holográficos del torneo que ahora flotaban por todo el auditorio, emitiendo un zumbido eléctrico casi imperceptible y proyectando la silueta enmascarada de Zephyr Blackthorn en loop.

—Tal vez es hora de dejar de ignorar lo que está justo frente a nosotros —dijo, y su voz adquirió una gravedad que detuvo la risa de Sophia en seco—.

Este torneo ya no es el de siempre, Soph.

Cerrarlo a las otras academias de Solaria…

eso cambia todo.

Siento que hay algo mucho más grande en juego.

Algo pesado.

Y ese hombre, detrás de esa máscara, es el centro de ello.

Sophia asintió lentamente.

El entusiasmo inicial por el anuncio se había evaporado, dejando lugar a una inquietud que le erizó el vello de los brazos y le secó la boca.

—Bueno, si tú lo dices…

—murmuró ella, lanzando una última mirada nerviosa al escenario, donde Blackthorn ya se retiraba entre aplausos, la luz púrpura de su máscara destellando una última vez antes de perderse en las sombras—.

¿Empezamos ahora?

Jake respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire saturado de ozono y perfume adolescente del auditorio, y asintió con firmeza.

—Sí.

Vamos a ver qué podemos averiguar.

Mientras ambos se levantaban y se abrían paso entre la multitud que salía en tropel hacia los pasillos, una figura permanecía inmóvil en la penumbra espesa de los árboles que rodeaban el sendero exterior del anfiteatro.

Sus ojos, ocultos tras una máscara de diseño enigmático y arcaico —grabada con runas que parecían retorcerse bajo la luz—, brillaban con una intensidad oscura, una luminiscencia fría que recordaba a las estrellas moribundas.

—Zephyr Blackthorn… —susurró la figura para sí misma, con una voz que era un siseo de viento helado.

Era el mismo espectro que había orquestado la caída de Aetheria, el arquitecto del fuego primordial que devoró el hogar de Jake hace una década.

Ajustó su propia máscara con un dedo enguantado mientras veía al chico caminar alejándose, flanqueado por su amiga—.

El Gran Torneo Estelar será solo el comienzo.

Al cerrarlo a las otras academias, el velo se levanta más rápido.

El chico recordará…

y yo estaré allí cuando lo haga.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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